Introducidos hace más de siete décadas para impulsar la producción rural, los búfalos salvajes de Rondônia se transformaron en una de las especies invasoras más problemáticas de Brasil. Con una población que podría superar los 50.000 ejemplares en pocos años, el debate enfrenta distintas estrategias de control: desde el sacrificio técnico impulsado por el gobierno hasta programas de caza regulada y manejo sustentable financiado por el turismo cinegético.

 

Buenos Aires, jueves 4 de junio (PR/26) .- Lo que comenzó en 1952 como un proyecto de desarrollo agropecuario terminó convirtiéndose en una crisis ambiental de gran magnitud. Ese año fueron introducidos en Rondônia, en la Amazonia brasileña, 36 búfalos —30 hembras y 6 machos— con el objetivo de producir carne, leche y servir como fuerza de trabajo en áreas inundables.

La iniciativa fracasó y los animales quedaron en libertad. Sin depredadores naturales, rodeados de abundante agua y pasturas, encontraron condiciones ideales para reproducirse. Durante las décadas siguientes la población creció de forma exponencial hasta alcanzar decenas de miles de ejemplares.

Aunque antiguos informes oficiales estimaban unos 5.000 animales, investigadores y especialistas que trabajan en la región sostienen que la cifra real sería muy superior. Algunas estimaciones hablan de más de 35.000 búfalos y advierten que la población podría acercarse a los 50.000 individuos en pocos años si no se implementan medidas de control efectivas.

Un impacto ecológico cada vez más grave

Los daños provocados por los búfalos afectan prácticamente todos los componentes del ecosistema.

Cada animal puede pesar cerca de media tonelada. Al desplazarse en grupos, abren senderos de varios metros de ancho que terminan convirtiéndose en canales permanentes de drenaje. Estudios técnicos citados por especialistas indican que en algunas áreas la superficie de agua se habría reducido hasta un 48%, alterando humedales fundamentales para la biodiversidad amazónica.

La compactación del suelo por el pisoteo dificulta la infiltración de agua y afecta las raíces de árboles y palmeras. Uno de los casos más emblemáticos es el deterioro de los palmares de buriti, característicos de zonas inundadas, que en algunos sectores han quedado reducidos a verdaderos «cementerios vegetales».

La fauna nativa también sufre las consecuencias. Especies vulnerables como el ciervo de los pantanos ven reducido su hábitat, mientras que numerosas aves acuáticas encuentran cada vez menos áreas aptas para reproducirse.

A ello se suma un riesgo sanitario significativo. Al tratarse de animales que nunca formaron parte de sistemas de control veterinario, existe preocupación por la posible transmisión de enfermedades como fiebre aftosa, tuberculosis o brucelosis al ganado doméstico y, potencialmente, a las poblaciones humanas cercanas.

La respuesta oficial: sacrificio técnico controlado

Ante la gravedad del problema, el Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio) lanzó a fines de 2025 un proyecto piloto para eliminar 500 búfalos salvajes.

La iniciativa cuenta con la participación de organismos científicos y empresas especializadas. Además del sacrificio, contempla monitoreos sanitarios y estudios sobre los efectos ecológicos de la intervención.

Desde el gobierno sostienen que la geografía de la región dificulta cualquier otra alternativa. Las áreas afectadas son remotas, inundables y prácticamente inaccesibles por vía terrestre. Experiencias anteriores de captura demostraron costos muy elevados y resultados limitados.

Sin embargo, los críticos consideran que la medida es insuficiente. Eliminar 500 ejemplares en una población que podría superar ampliamente los 30.000 individuos tendría un impacto reducido y no modificaría la tendencia de crecimiento a largo plazo.

La alternativa de la caza regulada

Frente a las limitaciones del sacrificio estatal, algunos especialistas proponen adoptar un modelo de manejo inspirado en experiencias desarrolladas en África y otras regiones del mundo.

El agrónomo y guía profesional Cristiano Furtado sostiene que la caza regulada podría transformar un problema ambiental en una fuente de recursos para la conservación.

Según esta propuesta, cazadores deportivos extranjeros pagarían sumas importantes por participar en programas autorizados de control poblacional. Los fondos obtenidos podrían financiar tareas de monitoreo, vigilancia ambiental, investigación científica y protección de especies nativas.

Los defensores de este sistema argumentan que una reducción anual del 15% al 25% de la población permitiría contener el crecimiento del rebaño sin depender exclusivamente de recursos públicos.

Además, plantean que parte de los ingresos debería destinarse directamente a comunidades indígenas y ribereñas para financiar infraestructura, salud y educación, generando incentivos locales para apoyar el manejo de la fauna.

Los desafíos de la caza como herramienta de conservación

La propuesta, sin embargo, también genera controversias.

Brasil mantiene desde 1967 una legislación restrictiva respecto de la caza deportiva, por lo que cualquier modificación requeriría cambios normativos y amplios consensos políticos y sociales.

Los críticos advierten que la implementación debería contar con controles extremadamente rigurosos para evitar abusos, fomentar la transparencia y garantizar que la actividad se limite exclusivamente al control de una especie invasora.

También señalan que la caza, por sí sola, no resolvería todos los problemas ecológicos ya generados por décadas de degradación ambiental.

Otras opciones complementarias

Además del sacrificio técnico y la caza regulada, especialistas mencionan otras herramientas que podrían formar parte de una estrategia integral:

  • Captura y traslado de animales hacia áreas productivas autorizadas.
  • Programas de esterilización o control reproductivo, aunque su aplicación resulta compleja y costosa en ambientes selváticos.
  • Cercados estratégicos para proteger zonas críticas de conservación.
  • Monitoreo mediante drones, cámaras y sensores remotos.
  • Participación activa de comunidades locales en el seguimiento y manejo de la población.

La mayoría de los expertos coincide en que ninguna medida aislada será suficiente para revertir décadas de crecimiento descontrolado.

Un problema que exige decisiones urgentes

La expansión del búfalo salvaje en Rondônia se ha convertido en uno de los mayores desafíos de conservación de la Amazonia brasileña. La degradación de humedales, la pérdida de biodiversidad, los riesgos sanitarios y los impactos sociales obligan a encontrar soluciones efectivas y sostenibles.

El debate actual enfrenta dos visiones principales: la intervención directa financiada por el Estado y los modelos de manejo que incorporan mecanismos de mercado como la caza regulada. Probablemente, la solución definitiva requiera una combinación de herramientas, respaldo científico y participación de las comunidades locales.

Lo que parece cada vez más claro es que la inacción ya no constituye una alternativa viable. Cada año sin control permite que la población siga creciendo y que los daños sobre uno de los ecosistemas más importantes del planeta se profundicen.

 

Primicias Rurales
Fuente: Gerardo Grosso