Homilía del Papa León XIV en la Misa de la Solemnidad de Todos los Santos

Homilía del Papa León XIV en la Misa de la Solemnidad de Todos los Santos

En esta Solemnidad de Todos los Santos, es una gran alegría inscribir a san John Henry Newman entre los doctores de la Iglesia y, al mismo tiempo, con motivo del Jubileo del Mundo Educativo, nombrarlo copatrono, junto con santo Tomás de Aquino, de todas las personas que forman parte del proceso educativo.

La imponente estatura cultural y espiritual de Newman servirá de inspiración a las nuevas generaciones, con un corazón sediento de infinito, dispuestas a realizar, por medio de la investigación y del conocimiento, aquel viaje que, como decían los antiguos, nos hace pasar per aspera ad astra, es decir, a través de las dificultades, hasta las estrellas.

De hecho, la vida de los santos nos da testimonio de que es posible vivir apasionadamente en medio de la complejidad del presente, sin dejar de lado el mandato apostólico: «brillen como haces de luz en el mundo» (Flp 2,15).

En esta solemne ocasión, deseo repetir a los educadores y a las instituciones educativas: “brillen hoy como haces de luz en el mundo”, gracias a la autenticidad de su compromiso en la investigación coral de la verdad, a su coherente y generoso compartir, a través del servicio a los jóvenes, particularmente a los pobres, y en la experiencia cotidiana de que «el amor cristiano es profético, hace milagros» (cf. Exhort. ap. Dilexi te, 120).

El Jubileo es una peregrinación en la esperanza y todos ustedes, en el gran campo de la educación, saben bien cuánto la esperanza sea una semilla indispensable. Cuando pienso en las escuelas y en las universidades, las considero como laboratorios de profecía, en donde la esperanza se vive, se manifiesta y se propone continuamente.

Este es también el sentido del Evangelio de las Bienaventuranzas proclamado hoy. Las Bienaventuranzas traen consigo una nueva interpretación de la realidad. Son el camino y el mensaje de Jesús educador.

A primera vista, parece imposible declarar bienaventurados a los pobres, a aquellos que tienen hambre y sed de justicia, a los perseguidos o a los trabajan por la paz. Pero, aquello que parece inconcebible en la gramática del mundo, se llena de sentido y de luz en la cercanía del Reino de Dios.

En los santos vemos cómo ese Reino se acerca y se hace presente en medio de nosotros. San Mateo, acertadamente, presenta las Bienaventuranzas como una enseñanza, proponiendo a Jesús como Maestro que transmite una nueva visión de las cosas y cuya perspectiva coincide con su camino.

Las Bienaventuranzas, sin embargo, no son una enseñanza más, son la enseñanza por excelencia. Del mismo modo, el Señor Jesús no es uno entre tantos maestros, sino el Maestro por excelencia. Más aún, es el Educador por excelencia.

Nosotros, sus discípulos, estamos en su escuela, aprendiendo a descubrir en su vida, es decir, en el camino que Él recorrió, un horizonte de sentido capaz de iluminar todas las formas de conocimiento. ¡Ojalá que nuestras escuelas y universidades sean siempre lugares de escucha y de práctica del Evangelio!

Recuerdo lo que mi querido predecesor, el Papa Francisco, subrayó en su discurso ante la Primera Asamblea Plenaria del Dicasterio para la Cultura y la Educación, que debemos trabajar juntos «para liberar al ser humano de la sombra del nihilismo, que es quizás la plaga más peligrosa de la cultura actual, porque es la que pretende borrar la esperanza».[1]

La referencia a la oscuridad que nos rodea nos remite a uno de los textos más conocidos de san John Henry, el himno Lead, kindly light («Guíame, Luz amable»). En esa hermosa oración, nos damos cuenta de que estamos lejos de casa, que nuestros pies vacilan, que no logramos descifrar con claridad el horizonte.

Pero nada de esto nos detiene, porque hemos encontrado la Guía: «Guíame, oh Luz amable, entre las tinieblas que me rodean. Guíame tú». Es tarea de la educación ofrecer esta Luz amable a aquellos que, de otro modo, podrían quedarse prisioneros de las sombras particularmente insidiosas del pesimismo y el miedo.

Por eso los animo a hacer de las escuelas, las universidades y toda realidad educativa, incluso informal y callejera, los umbrales de una civilización del diálogo y la paz. A través de sus vidas, dejen que trasluzca esa «enorme muchedumbre», de la que nos habla en la liturgia de hoy el libro del Apocalipsis, «[…] imposible de contar, formada por gente de todas las naciones, familias, pueblos y lenguas».

Y que «estaban de pie ante el trono y delante del Cordero» (7,9). En el texto bíblico un anciano, observando la muchedumbre, pregunta: «¿Quiénes son y de dónde vienen […]?» (Ap 7,13). En este sentido, también en el ámbito educativo, la mirada cristiana se posa sobre «estos […] que vienen de la gran tribulación» (v. 14) y reconoce en ellos los rostros de tantos hermanos y hermanas de todas las lenguas y culturas, que, a través de la puerta estrecha de Jesús, han entrado en la vida plena.

Y entonces, una vez más, debemos preguntarnos: «¿los menos dotados no son personas humanas? ¿Los débiles no tienen nuestra misma dignidad? ¿Los que nacieron con menos posibilidades valen menos como seres humanos, y sólo deben limitarse a sobrevivir? De nuestra respuesta a estos interrogantes depende el valor de nuestras sociedades y también nuestro futuro» (Exhort. ap. Dilexi te, 95). Añadamos: de esta respuesta depende también la calidad evangélica de nuestra educación.

En estas palabras encontramos expresado de manera espléndida el misterio de la dignidad de cada persona humana y también el de la variedad de los dones distribuidos por Dios. La vida se ilumina no porque seamos ricos, bellos o poderosos. Se ilumina cuando uno descubre en su interior esta verdad: Dios me ha llamado, tengo una vocación, tengo una misión, mi vida sirve para algo más grande que yo mismo.

Cada criatura tiene un papel que desempeñar. La contribución que cada uno tiene para ofrecer es de un valor único, y la tarea de las comunidades educativas es alentar y valorar esa contribución. No lo olvidemos: en el centro de los itinerarios educativos no deben estar individuos abstractos, sino personas de carne y hueso, especialmente aquellas que parecen no producir, según los parámetros de una economía que excluye y mata.

Estamos llamados a formar personas, para que brillen como estrellas en su plena dignidad. Por lo tanto, podemos decir que la educación, desde la perspectiva cristiana, ayuda a todos a ser santos. Nada menos.

El Papa Benedicto XVI, con motivo de su viaje apostólico a Gran Bretaña en septiembre de 2010, durante el cual beatificó a John Henry Newman, invitó a los jóvenes a ser santos con estas palabras: «Lo que Dios desea más que nada para cada uno de vosotros es que os convirtáis en santos. Él os ama mucho más de lo que podéis imaginar y quiere lo mejor para vosotros». [2]

Esta es la llamada universal a la santidad que el Concilio Vaticano II convirtió en parte esencial de su mensaje (cf. Lumen gentium, capítulo V). Y la santidad se propone a todos, sin excepción, como un camino personal y comunitario trazado por las Bienaventuranzas.

Rezo para que la educación católica ayude a cada uno a descubrir su vocación a la santidad. San Agustín, a quien san John Henry Newman apreciaba tanto, dijo una vez que somos compañeros de escuela que tienen un sólo maestro, cuya escuela y cátedra están en la tierra y en el cielo respectivamente (cf. Sermón 292,1).

El secreto de un matrimonio sólido como cimiento del amor

El secreto de un matrimonio sólido como cimiento del amor

El teólogo John R. Searle nos recuerda que el amor verdadero no se siente solamente: se elige, se cuida y florece donde genuinamente habita la confianza

España, sábado 1 noviembre (PR/25) — Hay amores que nacen de un destello y mueren en un suspiro, y otros que, sin ruido ni fuegos artificiales, echan raíces profundas en la tierra de lo cotidiano.

El matrimonio pertenece a este segundo tipo: no es un jardín que crece solo, sino una siembra constante que pide manos, paciencia y fe.

En tiempos donde todo se descarta con facilidad, amar hasta el final parece casi una rareza. Pero el Padre John R. Searle, sabio profesor de la Pontificia Universidad Gregoriana, nos invita a mirar el amor con una luz distinta.

Nos recuerda que el amor auténtico no es un sentimiento pasajero, sino una decisión perseverante que solo puede respirar donde hay confianza.

Un acto de amor

te casas con tu mejor amigo - pareja feliz

El P. Searle enseña que el amor conyugal es más un acto que una emoción. No se sostiene en las mariposas del enamoramiento, sino en el sí renovado cada mañana: en la ternura que vuelve después de una discusión, en el perdón que cicatriza una herida, en el gesto silencioso de quien sirve sin esperar aplauso.

Ese amor, cuando se encarna, deja de ser promesa y se vuelve presencia. Pero para que respire, necesita un aire básico: la confianza mutua.

La confianza en el matrimonio

Confiar no es ingenuidad, es creer que el otro, aun con sus defectos, quiere mi bien; que su amor es casa y abrigo, no campo de batalla. Es saber que hay un puerto donde puedo descansar sin miedo a ser traicionado.

Esa confianza no nace de la nada; se cultiva como se cultiva una vid: con tiempo, cuidado y delicadeza. Y florece rodeada de otros pilares que también la nutren: la admiración, el respeto, los afectos y la ayuda mutua.

El amor no vive solo. Se alimenta de un conjunto de fuerzas invisibles que sostienen su equilibrio interior. Confiar es mirar al otro más allá de sus errores. Es admirar su esfuerzo, su batalla diaria contra sus sombras, su capacidad de volver a empezar.

El amor no vive solo. Se alimenta de un conjunto de fuerzas invisibles que sostienen su equilibrio interior. Confiar es mirar al otro más allá de sus errores. Es admirar su esfuerzo, su batalla diaria contra sus sombras, su capacidad de volver a empezar.

Cuando admiramos, fortalecemos la confianza, y cuando confiamos, nace de nuevo la admiración. Es un círculo virtuoso que mantiene viva la llama.

Respeto mutuo

Respetar es reconocer el espacio sagrado del otro. Su ritmo, sus opiniones, su historia. Es no invadir, no imponer, no controlar. El respeto protege la confianza como una muralla invisible: quien respeta, cuida.

Los afectos y el cariño son el lenguaje silencioso del amor: una mano que busca otra, una mirada que consuela, un abrazo que no juzga. Cada gesto de ternura es una palabra que dice: «Puedes confiar en mí, sigo aquí».

Las grietas del amor no aparecen de golpe

pareja- familia

Todo empieza con un pequeño descuido, con un gesto de desconfianza, con un secreto innecesario, con un reproche que hiere. Unos celos persistentes. La sospecha, como una termita invisible, comienza a roer los cimientos. Y sin darnos cuenta, lo que fue casa se convierte en campo minado.

 

El P. Searle advierte que la desconfianza paraliza la entrega: el miedo reemplaza a la confianza, y el amor, privado de oxígeno, se asfixia lentamente. Por eso, cuando la confianza se rompe, el alma del matrimonio tiembla. Se pone en riesgo el vínculo. Pero no todo está perdido.

La confianza puede resucitar

Requiere humildad para pedir perdón, coraje para perdonar y constancia para volver a creer. No se restaura con palabras, sino con hechos: promesas cumplidas, miradas sinceras, fidelidades pequeñas.

Cada acto de verdad pone un ladrillo nuevo en el cimiento. Y poco a poco, la casa vuelve a tener techo y calor. El matrimonio, cuando aprende a rehacer su confianza, se vuelve más sabio.

Comprende que amar no es vivir sin heridas, sino elegir seguir amando a pesar de ellas. Que la confianza no es un contrato, sino una forma de fe.

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Fuente: Aleteia

Crece la devoción a San Charbel en occidente

Crece la devoción a San Charbel en occidente

Durante su viaje al Líbano, del 30 de noviembre al 2 de diciembre, el Papa León XIV visitará la tumba de san Charbel, en el monasterio de San Marón, en Annaya

España, sábado 1 noviembre (PR/25) — Occidente parece volverse cada vez más hacia san Charbel, este monje libanés, maronita y ermitaño, al que se le atribuyen cerca de 30 000 milagros. ¿Por qué privarse de la intercesión de un santo taumaturgo tan poderoso?

En pocas décadas, san Charbel ha pasado de ser objeto de devoción local a alcanzar un renombre bastante fulgurante en el mundo occidental, alentado por los sucesivos papas.

Beatificado en 1965 y canonizado en 1977 por el Papa Pablo VI, san Charbel tiene un mosaico con su efigie instalado en enero de 2024 en las grutas del Vaticano, y se prepara para recibir la visita del Papa León XIV durante su primer viaje al extranjero.

La Santa Sede reveló el 27 de octubre el programa del viaje de León XIV a Turquía y Líbano, del 27 de noviembre al 2 de diciembre de 2025. En el país del cedro, León XIV visitará la mañana del 1 de diciembre la tumba de san Charbel, en el monasterio de San Marón, en Annaya.

Un gesto significativo que no sólo refleja el apego del Papa al monje libanés, sino que también simboliza el vínculo que la Santa Sede mantiene con la comunidad maronita, la más importante comunidad cristiana del Líbano.

Si bien sus predecesores Juan Pablo II y Benedicto XVI visitaron el Líbano en 1997 y 2012, no visitaron el monasterio de san Marón. Allí es donde san Charbel pasó la mayor parte de su vida: 16 años de vida comunitaria entre los monjes de Annaya y 23 años de vida solitaria en la ermita de San Pedro y San Pablo, hasta su muerte a los 70 años.

El santo de los 30 000 milagros

Al día siguiente de su muerte, la noche de Navidad de 1898, el rumor de la santidad del monje libanés se extendió por los alrededores del monasterio de Annaya y multitudes de peregrinos acudieron a su tumba.

Tras varias exhumaciones, la constatación de fenómenos sobrenaturales en torno a su cuerpo y el reconocimiento de milagros, san Charbel fue beatificado en 1965 y canonizado en 1977 por el papa Pablo VI.

Desde entonces, el monasterio de San Marón de Annaya se ha convertido en un importante lugar de peregrinación nacional e internacional.

La tumba de San Charbel atrae cada año a miles de peregrinos, deseosos de dar gracias por un favor recibido, de confiar sus intenciones o, simplemente, de recogerse ante la tumba del ermitaño libanés, al que el monasterio atribuye nada menos que 29 600 milagros.

Desde su muerte, se han enviado al monasterio miles de cartas procedentes de 133 países diferentes, solicitando la intercesión del santo taumaturgo o dando gracias por un milagro.

Según los monjes locales, san Charbel nunca fue fotografiado en vida, pero por un milagro apareció en una fotografía tomada junto a su tumba

San Charbel vivió en el siglo XIX, en el Líbano. Se sintió atraído por la vida eremítica del desierto y acabó ingresando en el monasterio de san Marón, en Annaya.

Después de muchos años, Charbel sintió que Dios le llamaba de nuevo a convertirse en ermitaño y se le concedió permiso para vivir el resto de su vida en una ermita situada en una colina cercana al monasterio.

Murió en 1898 y, al parecer, nunca fue fotografiado en vida. Incluso si fue fotografiado, no existe ninguna fotografía de la época. Sin embargo, existe una misteriosa fotografía suya que se utilizó posteriormente para la mayoría de sus retratos oficiales.

La historia detrás de la fotografía

El P. George Webby, sacerdote maronita de Pensilvania, fue en peregrinación a la tumba de san Charbel el 8 de mayo de 1950, día de su cumpleaños, con un grupo de monjes maronitas.

Hicieron una foto fuera de los muros del monasterio y, después de revelarla, se dieron cuenta de que había una figura desconocida delante de todos.

La figura de la foto no formaba parte de su grupo, así que preguntaron a los monjes del monasterio si sabían quién era.

Algunos de los monjes más ancianos supieron de inmediato de quién se trataba: san Charbel.

SAINT CHARBEL PHOTO

Estos monjes habían conocido a san Charbel en vida y podían reconocerlo.

Lo fascinante es que la mayoría de los retratos modernos de san Charbel se basan en esta imagen milagrosa.

Hay otro caso de foto misteriosa: una fotografía tomada en 2016 que supuestamente muestra a san Charbel bendiciendo a una mujer enferma de cáncer.

Había acudido a su tumba para rezar por su curación, pero el monasterio estaba cerrado. Así que le pidió a un monje anciano que la bendijera y más tarde descubrió que ningún monje vivía en el monasterio con esa descripción.

Lo tomó como una señal de que el propio san Charbel la había bendecido. Cuando regresó, descubrió que el cáncer había desaparecido.

Es un recordatorio de que san Charbel sigue siendo un poderoso intercesor celestial y de que los milagros continúan produciéndose muchos años después de su muerte.

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Fuente: ACI Prensa

Mañana es el Día de los Fieles Difuntos: Así puedes sumarte al millón de rosarios por las almas del purgatorio

Mañana es el Día de los Fieles Difuntos: Así puedes sumarte al millón de rosarios por las almas del purgatorio

Buenos Aires, sábado 1 noviembre (PR/25) — Luego de la gran convocatoria que el 7 de octubre unió a los colombianos en el rezo del rosario por su país, evangelizadores y misioneros digitales, medios católicos e influencers convocan a todos los países a unir sus oraciones por las benditas almas del purgatorio.
La iniciativa lleva el lema “Una misma hora. Una misma oración. Una misma intención” y propone que el mañana domingo 2 de noviembre, día en que la Iglesia Católica conmemora a los fieles difuntos, a las 7:00 p.m. (hora local de cada país), los fieles se unan desde donde estén para ofrecer un rosario por las almas del purgatorio, con el propósito de llegar al millón de personas que recen un millón de rosarios.
Santo Rosario.Santo Rosario. | Crédito: Shutterstock.
Además, para que el gesto sea concreto y medible, se habilitará un contador online, en el que cada persona podrá registrar el rezo del rosario, ya sea individual o en comunidad.

En conversación con EWTN Noticias, el P. Daniel Bustamante de la Arquidiócesis de Bogotá (Colombia), impulsor de la iniciativa, explicó que si bien “cualquier momento es oportuno para orar por las benditas almas”, la Iglesia “especialmente durante el mes de noviembre, nos invita a ofrecer sufragios y oraciones por el eterno descanso de las almas benditas”.

“Se llaman almas benditas porque ya están en la vida eterna y están en un momento, en un espacio, donde si durante la vida terrena no confesamos todos nuestros pecados, pues el purgatorio es un lugar de misericordia de Dios, donde podemos purificarnos de esos pecados que hemos cometido aquí en la tierra durante nuestra vida terrena y que terminamos de purificar en el purgatorio”, expuso.

El arma para nuestra santificación

Al explicar por qué la oración elegida es el santo rosario, el P. Bustamante destacó que es “el arma para nuestra santificación y para derrotar al demonio”, y citando a San Pablo en la Carta a los Efesios, señaló que “nuestra lucha no es contra contra la carne y la sangre, sino contra los espíritus del mal”. Por eso, precisó, “cada vez que rezamos el rosario estamos aplastando la cabeza del demonio”.

Un alma que es salvada se convierte en intercesora

Sobre la iniciativa, el líder de Fruto del Madero, Tomás Romero, aseguró a EWTN Noticias que “no hay un alma tan agradecida como una que es salvada del purgatorio, que se convierte en una intercesora para el resto de nuestras vidas”.

La idea de añadir un contador para registrar el número real de rosarios fue ejecutada por Oremos por Colombia. Se puede acceder al contador de rosarios en este enlace.

“Al final vamos a ver cuántas personas, cuántos rosarios alcanzamos a hacer por las benditas almas del purgatorio, para que ellas sean quienes intercedan por cada país y nos sigan sosteniendo”, dijo Tomás..

Orar por las almas olvidadas

“Yo quisiera invitar a todas las personas que nos están viendo a que tomemos conciencia de la necesidad de orar. El mundo en el que vivimos necesita de Dios. Y qué bueno que este mes de noviembre tomemos nuestros rosarios, los alcemos y encomendemos al Señor no solamente la paz del mundo entero, que tanto la necesitamos, sino que también tomemos conciencia de la necesidad de orar por las benditas almas del purgatorio, especialmente por las que nadie reza, por aquellas olvidadas”, expresó el P. Bustamante.

“El Santo Rosario es un arma de intercesión. Y qué bueno que recemos muchos rosarios para sacar almas del purgatorio, para que cuando lleguen al cielo intercedan por nosotros, por nuestra salvación y por la paz del mundo entero”, concluyó.

Primicias Rurales

Fuente: ACI Prensa

En el Día de todos los Santos: 4 santos que practicaron la medicina y la misericordia

En el Día de todos los Santos: 4 santos que practicaron la medicina y la misericordia

A lo largo de los siglos, algunos médicos han permitido que su fe cristiana moldeara la forma en que cuidaban a los enfermos, convirtiendo su práctica médica en una forma viva de oración

Buenos Aires, sábado 1 noviembre (PR/25) — La medicina y la fe comparten un ritmo sagrado. Ambas buscan la curación: una a través de la ciencia y la otra a través de la gracia. A lo largo de los siglos, algunos médicos, ahora santos han permitido que su fe cristiana moldee la forma en que cuidan a los enfermos, convirtiendo su práctica médica en una forma viva de oración. Sus vidas nos recuerdan que la curación no es meramente técnica, sino profundamente espiritual.

1. San Lucas el Evangelista

Adam Jan Figel | Shutterstock

Antes de convertirse en escritor del Evangelio (y secretario de Pablo), Lucas era médico, «el médico amado», como lo llama san Pablo (Col 4, 14). La tradición sostiene que era un griego converso cuya formación médica agudizó su sensibilidad hacia el sufrimiento humano.

Su Evangelio presta especial atención a los detalles de la enfermedad, el contacto físico y la compasión. Cuando Lucas describe las curaciones de Cristo, destaca no solo la curación, sino también el cuidado, el encuentro personal que restaura la dignidad y la salud. A través de sus ojos, la medicina y la misericordia se funden en la imagen del Divino Sanador.

2. Santos Cosme y Damián

Estos hermanos gemelos del siglo III procedentes de Arabia practicaban la medicina de forma gratuita, rechazando cualquier pago y ganándose el título de Anargyroi, «los que no aceptan plata». Consideraban a cada paciente como un vecino, no como un cliente, y utilizaban sus habilidades médicas como testimonio del Evangelio.

Los relatos antiguos hablan de curaciones milagrosas, incluido el legendario trasplante de una pierna de un hombre fallecido a uno vivo, símbolo de la renovación que Dios obra en cada alma. Fueron martirizados bajo Diocleciano, pero su recuerdo perdura como patronos de los médicos y farmacéuticos, modelos de caridad fusionada con valentía.

Santuario de Isnotú

3. San José Gregorio Hernández

En la Venezuela moderna, José Gregorio Hernández se convirtió en un médico santo para un nuevo siglo. Nacido en 1864, fue un científico, profesor y católico devoto que consideraba la medicina como una misión de misericordia. Trataba a los pobres sin cobrarles nada, llamándolos «mis verdaderos pacientes», y a menudo les daba dinero después de atender sus heridas. Su fe era práctica, arraigada en actos diarios de compasión.

El 29 de junio de 1919, mientras llevaba medicamentos a un vecino enfermo, fue atropellado por un coche y murió. Su muerte sumió a Venezuela en el luto, pero su legado se hizo aún más fuerte. Conocido como El Médico de los Pobres, fue canonizado por el papa León en 2025, convirtiéndose en el primer santo de Venezuela. Hoy en día, se erige como un puente entre la ciencia y la santidad, un recordatorio de que la santidad puede florecer tanto en la bata de laboratorio como en la sotana.

Juntos, Lucas, Cosme, Damián y José Gregorio demuestran que la curación es un acto de amor, un eco de la propia compasión de Dios. Como nos recuerda el Catecismo, «la vida y la salud física son dones preciosos que Dios nos ha confiado» (CCC 2288). Cuando la medicina se practica con humildad y cuidado, se convierte en una forma de gracia, una manera de tocar el rostro de Cristo en cada paciente.

Fuente: Aleteia

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Mensaje completo de León XIV a la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe

Mensaje completo de León XIV a la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe

El Papa León XIV se dirige a los miembros de la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe. | Crédito: Vatican Media.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. La paz esté con ustedes.

Buenos días a todos y bienvenidos. Voy a intentar ir un poco rápido porque me gustaría saludar personalmente a todos. Entonces, así pasamos un momento también muy fraterno, en el contexto de este Jubileo, de esta presencia de ustedes aquí en Roma.

Saludo al Presidente de la Organización de Universidades Católicas de América Latina y el Caribe, el Padre Anderson Antonio Pedroso, S.I., bienvenido, y a todos los miembros de la ODUCAL que, desempeñando diversos roles, sirven a la misión educativa de la Iglesia.

Su peregrinación a Roma, con motivo del Jubileo del mundo Educativo, es un signo visible de los lazos de colaboración y afecto que deben caracterizar a su Organización. Ustedes son conscientes de que, entre las finalidades de esta red de más de cien instituciones, está el progreso de la educación superior católica y el servir a la sociedad, creando espacios de encuentro entre fe y cultura, para anunciar el Evangelio en el ámbito universitario.

Este peregrinar juntos ya dice mucho, porque expresa la misión misma por la que la universidad nació en el seno de la Iglesia católica: ser un «centro incomparable de creatividad y de irradiación del saber para el bien de la humanidad» [1] en el que «el esfuerzo conjunto de la inteligencia y de la fe permita a los hombres alcanzar la medida plena de su humanidad». [2]

Desde los orígenes mismos de la vida universitaria en América Latina, la Iglesia ha sido motor en la educación. Las primeras universidades del continente —como la de Santo Domingo, San Marcos de Lima, México, y muchas otras— nacieron de la iniciativa de obispos, religiosos y misioneros convencidos de que anunciar a Jesucristo, «Camino, Verdad y Vida» ( Jn 14,6), «es parte integrante del mensaje salvífico cristiano». [4]

Las universidades que ustedes representan, movidas por la misma convicción, «están llamadas a convertirse en “itinerarios de la mente hacia Dios”» [5] encarnando así, la identidad católica que debe distinguirlas. La propuesta de la educación superior católica no es otra que buscar el desarrollo integral de la persona humana, formando inteligencias con sentido crítico, corazones creyentes y ciudadanos comprometidos con el bien común. Y todo esto, con excelencia, competencia y profesionalidad.

Agradezco todos sus esfuerzos y trabajos para llevar adelante esta gran tarea y los encomiendo a la Virgen María, Trono de la Sabiduría, para que, como ella, siempre sean dóciles a la acción de Aquél que es la Sabiduría misma, Jesucristo nuestro Señor. Que Dios los bendiga. Muchas gracias.

Oremos como Jesús nos ha enseñado:

[Bendición].

[1] S. Juan Pablo II, Const. ap. Ex Corde Eclesiae, 1.

[2]Ibíd., 5.

[3] Cf. Francisco, Discurso a la Delegación de la Federación Internacional de las Universidades Católicas (19 enero 2024).

[4] Id., Discurso a los participantes en la Asamblea Plenaria de la Congregación para la Educación Católica (20 febrero 2020).

Primicias Rurales
Fuente: ACI Prensa