Marcelo Sánchez convirtió sus 70 hectáreas en Allen apostando fuerte por duraznos, pelones y ciruelas. Con innovación tecnológica y un manejo intensivo, logró potenciar la calidad de su fruta y obtener una rentabilidad superadora.
Buenos Aires miércoles 16 septiembre (PR/26)– En una jornada ventosa en Allen, los intensos aromas de los ciruelos en flor se sienten con mucha fuerza.
En la Chacra de La Costa, una de las tres propiedades de Marcelo Sánchez, se preparan lotes para nuevas variedades de duraznos y pelones.
El productor de 65 años revisa cada detalle, preparándose para las fuertes heladas anunciadas, deteniendo su camioneta para dar indicaciones precisas.
Su explotación de 70 hectáreas tiene una rareza en la región: la mitad se destina a frutas de carozo, el gran eje de su producción.
Más de un Siglo de Historia Frutícola
La historia familiar comenzó hace más de 100 años con Manuela Martínez, una inmigrante española que instaló un tambo inicial en la zona.
Luego llegaron los cultivos anuales como habas, habichuelas y arvejas, trabajados con esfuerzo en la misma tierra que hoy recorre incansablemente Marcelo.
El tiempo trajo la fruticultura y la uva para vino, pero al dejar de ser rentable, la familia se volcó hacia peras y manzanas. El abuelo Pedro era lechero. Al fallecer, Manuela crio sola a sus cuatro hijos, incluyendo al padre de Marcelo, quien ayudaba arduamente en el tambo.

Esa actividad lechera se volvió insostenible, empujando a la familia de forma definitiva hacia la fruticultura y los cultivos comerciales de temporada.
La chacra vivió muchas reconversiones: bajó la viña, subió la manzana y la pera tomó un fuerte protagonismo histórico en la región.
Sin embargo, Marcelo tomó una decisión muy radical para su negocio: erradicar la pera por completo de sus campos para cambiar el rumbo.
Él creció entre frutales, manejando tractores desde los ocho años. Aunque estudió ingeniería industrial, su verdadera vocación siempre fue el campo.
El Viaje a Europa que lo Cambió Todo
El gran salto productivo llegó cuando compró una chacra para horticultura, pero al casarse decidió concentrarse plenamente en la producción de carozos.
A fines de los 80, un viaje técnico a Europa definió su futuro al recorrer Italia y aprender sobre nuevos sistemas de plantación.
En la Toscana pasó días con un veterano productor de olivos y frutales de carozo, convenciéndose de que había mucho por hacer en el Alto Valle. Al regresar, comenzó a producir sus propios plantines, armar viveros, estratificar material biológico y realizar novedosos injertos a campo.

La razón era comercial: el carozo entra en producción más rápido, permitiendo cambiar de variedades velozmente según las exigencias y demandas del mercado.
A nivel precio, el diferencial de la fruta de carozo compensa los altos costos: un kilo equivale a tres o cuatro kilos de pera.
Producción Estratégica y Venta Directa
Hoy maneja 35 hectáreas de carozos y 35 de manzanas, combinación clave para mantener un flujo de ingresos constante durante todo el año.
Produce ciruelas, duraznos, pelones y algo de cerezas, reconvirtiendo lotes continuamente para incorporar nuevas y mejores variedades que atraigan compradores.

A diferencia de la pera, que depende muchísimo de la exportación, el carozo permite una comercialización directa y dinámica en el mercado interno.
Los Desafíos de Producir en Río Negro
El carozo es exigente. Su floración temprana lo expone a las heladas tardías, obligando a usar eficientes sistemas de aspersión subarbórea.
Este método evita mojar las plantas y reduce enfermedades, combinándose estratégicamente con cortinas rompeviento y modernas mallas antigranizo. El manejo arranca en otoño, manteniendo la hoja para retrasar las horas de frío mediante riego constante y una cuidadosa fertilización foliar.
La modernización es total: de 70 hectáreas, solo 15 conservan el riego por inundación, mientras el resto funciona con eficiente riego por goteo.

El 75% del campo tiene malla antigranizo, y Marcelo sumó tecnología de punta con un dron para aplicar fungicidas durante la noche. El clima seco del Alto Valle ayuda a sacar una fruta limpia y brillante, ideal para agilizar la venta directa sin tantos intermediarios.
Para triunfar en este mercado manda el calibre, color y calidad. Un pelón grande y vistoso siempre encuentra rápidamente un buen comprador.
Lograr esto exige proteger la fruta, nutrirla adecuadamente y realizar un exhaustivo raleo manual, empleando hasta 80 personas en esa etapa crítica.
Un Calendario Frutícola Intenso
La cosecha arranca a mediados de diciembre con los pelones, sigue con los duraznos y culmina en abril con las tardías ciruelas.
El uso del frío permite conservar ciertas ciruelas hasta mayo, logrando descomprimir las ventas cuando hay una excesiva oferta de fruta disponible.

Con 26 empleados fijos y unos 50 tipos de variedades, la cosecha gradual permite distribuir el trabajo y reemplazar lo que no rinde. La alta densidad rinde excelentes frutos: algunas ciruelas alcanzan las 70 toneladas por hectárea, demostrando el rotundo éxito de la intensificación.
La noche cae en Allen y las heladas acechan. Marcelo sabe que su éxito radica en la precisión, velocidad y calidad de cada fruta que saca de su chacra.


















