Con la llegada del nuevo Jefe de Gabinete se abre una etapa distinta del programa económico. Ya no alcanza con ordenar las cuentas: ahora la clave pasa por sumar a los gobernadores a una agenda de reformas que el Gobierno no puede resolver solo.
Por Osvaldo Giordano 
Buenos Aires sábado 18 julio (PR/26)–Los cambios de gabinete suelen ser simples movimientos de piezas, sin demasiado peso en el rumbo de un gobierno. Esta vez podría ser distinto. Con el nuevo Jefe de Gabinete, se abre una chance concreta: involucrar mucho más de cerca a los gobiernos provinciales en las reformas que todavía faltan.
Una primera etapa que ya dio resultados
Al arrancar la gestión de Milei, la prioridad fue evitar que la economía terminara en una nueva crisis y recuperar algo de previsibilidad. Y en ese frente, los números acompañan.
El equilibrio fiscal marca un cambio de régimen. La inflación sigue bajando, el riesgo país mantiene una tendencia favorable y las reservas internacionales crecen.
A eso se suma un sector externo que funciona bien y una desregulación que, aunque incompleta, sigue avanzando paso a paso.
El empleo, la asignatura pendiente
Con la inflación cediendo, el problema que queda expuesto es otro: el funcionamiento del mercado de trabajo. El empleo de calidad lleva más de una década estancado.
A esto se suma la caída del empleo privado formal, que golpea incluso a sectores dinámicos como la producción de hidrocarburos, en medio de una reconversión productiva muy despareja entre rubros.

El punto es que sin una mejora visible en el trabajo, va a ser difícil sostener el respaldo social que necesita el programa de reformas. La estabilidad es valorada, pero no alcanza sola.
Por qué las provincias son la clave ahora
Sobre el diagnóstico hay bastante consenso. La discusión real ya no pasa por qué hacer, sino por cuándo y cómo construir las condiciones políticas para hacerlo.
Y ahí aparece un punto clave: buena parte de las reformas importantes necesitan coordinación entre Nación y provincias. En algunos casos ayuda; en otros, es directamente imprescindible.
Impuestos: la clave no es bajar, es cambiar
El caso más claro es la reforma tributaria. Los impuestos distorsivos son, para muchas empresas, uno de los principales obstáculos para sostener empleo o abrir nuevos proyectos.
Hoy la idea dominante es que bajar impuestos depende del ritmo del ajuste del gasto. Es prudente para cuidar el equilibrio fiscal, pero muy lento: las empresas tendrían que esperar más de una década para sacarse de encima ese lastre.

El problema mayor es Ingresos Brutos, pero ningún gobernador puede resignar esa fuente de recaudación de un día para el otro. Plantear su eliminación lisa y llana es, en los hechos, poco realista.
Convocar a los gobernadores con esa propuesta no seduce a nadie, y el riesgo de acordar algo que después no se cumpla es alto. El Consenso Fiscal de 2017 fracasó más por eso que por falta de voluntad política.
Hay una alternativa más atractiva: no discutir si bajar o no bajar impuestos, sino cómo reemplazar malos impuestos por mejores impuestos, cuidando el equilibrio fiscal.
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En el caso puntual del impuesto a las ventas, se trataría de rediseñar el IVA junto a los gobernadores para compensar lo que se deje de recaudar por Ingresos Brutos. La experiencia de Brasil muestra que es un camino complejo, pero con más chances de éxito que repetir el fracaso de 2017.
Gasto público, jubilaciones y la nueva ley laboral
Algo parecido pasa con el gasto público: buena parte de la ineficiencia viene del solapamiento de funciones entre Nación, provincias y municipios, que genera burocracia y diluye responsabilidades.
Ordenar entre todos los niveles de gobierno quién hace qué permitiría bajar gastos innecesarios y, de paso, mejorar el control ciudadano y la calidad de los servicios.
La reforma previsional también gana viabilidad con el aval de las provincias, ya que el gasto en jubilaciones es el componente más pesado del presupuesto tanto nacional como provincial.
Y hasta la recién aprobada ley de modernización laboral necesita a las provincias para cumplir uno de sus objetivos centrales: bajar la litigiosidad. Casi la mitad de los juicios laborales nacen de reclamos por accidentes y enfermedades profesionales, algo que depende de la calidad de las pericias médicas, una responsabilidad exclusivamente provincial.
Que las provincias entren a jugar
La conclusión es siempre la misma: esta segunda etapa del programa económico va a depender mucho menos de decisiones unilaterales y mucho más de la capacidad del Gobierno para construir consensos federales.
Vista así, la llegada del nuevo Jefe de Gabinete no solo destraba una gestión que venía empantanada por los cuestionamientos a su antecesor. Llega justo cuando el programa económico más necesita del diálogo con las provincias.
La numerosa presencia de gobernadores en la asunción fue una señal política fuerte: más allá de las diferencias partidarias, dejó abierta la puerta a un diálogo clave para destrabar las reformas pendientes.
A mitad de camino, el desafío cambió de naturaleza. Ya se logró estabilizar la economía y despejar riesgos que parecían inminentes.
Sumarle a la estabilidad un crecimiento sostenido y la creación masiva de empleo de calidad no va a pasar solo. Para eso, faltan reformas que solo se pueden completar con el acuerdo de las provincias.
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Fuente: novedadeseconomicas.ieral

















