Jun 29, 2026 | Especial
La muerte del Major Oak, el roble milenario del bosque de Sherwood, reavivó una de las leyendas más poderosas de la historia. ¿Quién fue realmente Robin Hood? ¿Un héroe, un asesino o una invención colectiva? La respuesta está en los bosques de Inglaterra… y en el cine.
Buenos Aires lunes 29 junio (PR/26)–Ade Andrews lleva 30 años viajando en el tiempo. Su método no tiene nada de tecnológico: simplemente se adentra en el bosque de Sherwood y, entre robles centenarios, siente que el mundo moderno desaparece y la Edad Media vuelve a respirar. No es magia —o quizás sí— pero el efecto es real.
La semana pasada, ese bosque volvió a los titulares de todo el mundo por una noticia que sacudió a los amantes de la historia y el folclore: la muerte del Major Oak, un roble de más de 1.000 años de antigüedad considerado el refugio legendario de Robin Hood y sus alegres compañeros. El árbol era mucho más que madera vieja: era el ancla física de una de las leyendas más perdurables de la humanidad.
Pero aunque ese vínculo tangible con el pasado ya no está, la fascinación global por el hombre que robaba a los ricos para dar a los pobres sigue tan viva como siempre. De hecho, acaba de estrenarse en Estados Unidos —el 19 de junio— una nueva película protagonizada por Hugh Jackman titulada The Death of Robin Hood. Robin Hood no es solo un personaje de folclore: es un destino turístico, un fenómeno cultural y un espejo en el que cada época ve reflejados sus propios deseos de justicia.
Un forajido con mala fama que se volvió héroe
La primera aparición documentada del nombre Robin Hood en la literatura inglesa no es precisamente heroica. En Piers Plowman, un poema de la década de 1370, un personaje confiesa que no sabe el Padrenuestro pero conoce bien los poemas del forajido. El recurso era claro: asociar a alguien con Robin Hood era señalarlo como irreligioso y admirador de delincuentes.
«Desde la primera referencia literaria, tiene una reputación poco respetable», explica Allen W. Wright, quien creó en 1997 el sitio Bold Outlaw, dedicado íntegramente al estudio de la leyenda.
¿Existió de verdad? Los rastros históricos son escasos pero intrigantes. En 1262, un hombre llamado «William Robehod» fue juzgado por hurto en Reading. A lo largo del siglo XIII aparecen otros con «Robynhod» como apellido —un apellido poco común, lo que sugiere que ya era conocido antes de que los textos lo popularizaran. La hipótesis más sólida de Wright apunta a un forajido de Yorkshire llamado Roberd Hood que vivió en la década de 1220 y aparece en registros históricos identificado como «forajido». Como esos documentos son anteriores a las baladas, no puede tratarse de alguien que adoptó el nombre inspirado en la leyenda.


«Las pruebas son circunstanciales», admite Wright. «Pero es la teoría más sólida entre todas las candidaturas».
Si ese Roberd Hood fue la inspiración, la historia original no tenía nada de romántica. Los textos más antiguos mencionaban «violencia, a veces sin provocación alguna», según el historiador Tom Hahn, profesor emérito de la Universidad de Rochester y fundador de la Asociación Internacional de Estudios sobre Robin Hood.
Del asesino despiadado al héroe con arco y flecha
La transformación llegó lentamente, empujada por el escepticismo popular hacia las autoridades corruptas. En la segunda mitad del siglo XV comenzaron a circular por toda Inglaterra baladas que romantizaban al forajido. Ya no era un asesino: era un yeoman, una figura social intermedia entre campesino y noble, con un código de honor propio.
La balada A Lytell Geste of Robyn Hode, escrita alrededor de 1450, fijó los elementos centrales de la leyenda: los orígenes de su vida fuera de la ley, la introducción de sus alegres compañeros y hasta su muerte a manos de una monja intrigante. El texto termina pidiendo que descanse en paz, «porque fue un buen forajido».

Para finales del siglo XV, Robin Hood era el disfraz favorito en ferias y festivales populares. Un obispo escandalizado del siglo XVI relató haber encontrado una iglesia cerrada en una festividad religiosa porque todos los feligreses habían salido a celebrar el «día de Robin Hood». En 1510, incluso el rey Enrique VIII se disfrazó del personaje para sorprender a su esposa.
«Ayuda que las personas contra las que lucha sean más corruptas que él», reflexiona Wright. «El sheriff no cumple su palabra, pero el forajido sí. La leyenda prospera gracias a esa ironía: Robin sigue siendo más honorable que quienes supuestamente representan el bien».
El americano que lo convirtió en fenómeno global
Paradójicamente, fue un estadounidense quien catapultó a Robin Hood al estrellato mundial. En 1883, el escritor e ilustrador Howard Pyle publicó The Merry Adventures of Robin Hood of Great Renown in Nottinghamshire, un libro de lujo editado por Scribner’s que reescribió las viejas baladas como una novela para toda la familia. La obra tuvo éxito inmediato y, según Hahn, «americanizó» la leyenda: la suavizó, la universalizó y «convirtió a Robin Hood en un buen tipo».

La industria cinematográfica tomó la posta con entusiasmo. En 1922, Douglas Fairbanks protagonizó la primera película de la historia con estreno oficial en Hollywood. Luego vendrían Errol Flynn (1938), Sean Connery (1976), Kevin Costner (1991) —cuya canción principal de Bryan Adams permaneció 16 semanas en el número uno del Reino Unido, récord que aún no ha sido igualado—, Russell Crowe (2010) y ahora Hugh Jackman (2026). También la animación de Disney (1973), con Robin convertido en un zorro, se volvió un clásico generacional.



Hoy, una búsqueda en IMDb devuelve literalmente decenas de películas sobre el personaje. Robin Hood ha permeado tan profundamente la cultura que, según Hahn, es «prácticamente imposible atravesar la vida sin encontrárselo en algún lugar». Incluso algunos simpatizantes de Luigi Mangione, acusado del homicidio del CEO de UnitedHealthcare, lo presentaron como una especie de Robin Hood moderno.
El bosque donde el tiempo se detiene
Volver al bosque de Sherwood es volver al origen de todo. Aunque el bosque se redujo de 100.000 acres originales a apenas 800 actuales, conserva su núcleo histórico: más de 400 robles centenarios —algunos con más de 400 años— que constituyen una de las mayores concentraciones de «robles ancestrales» de Europa occidental.
«Es un paisaje mágico», dice Andrews. «En la ciudad estás en el siglo XXI, en una jungla de concreto. En Sherwood Forest, en cuanto dejas el centro de visitantes y tomas el sendero entre los robles, retrocedes en el tiempo. No necesitas imaginarlo. Tu mente está receptiva a la experiencia de estar en el pasado».
Andrews trabajó seis años como guardabosques patrimonial antes de convertirse en intérprete del personaje. Hoy guía a visitantes de todo el mundo por Nottingham y sus alrededores, vestido con pantalones de cuero, jubón medieval, sombrero tipo bycocket, una espada, un arco largo y un cuerno. Se define a sí mismo como una «manifestación de Robin Hood», un trovador moderno que mantiene vivas las viejas baladas.

El Major Oak, que durante siglos fue el símbolo físico de esa leyenda, permanecerá en el bosque para descomponerse lentamente. «Le llevará décadas degradarse, y será algo extraordinario verlo», dice Andrews. «Las ramas más pequeñas caerán primero. Las más grandes durarán más. A medida que se degrade, será una obra de arte viva dentro del paisaje, con una enorme historia que contar».
A menos de una hora en auto al norte de Nottingham, el bosque sigue transmitiendo esa misma sensación especial. Uno de sus robles, el Parliament Oak —también de unos 1.000 años de antigüedad—, fue usado como lugar de reuniones parlamentarias durante el siglo XIII. Otro nombre para la leyenda de que el poder siempre estuvo al abrigo de los árboles.
Mientras tanto, Andrews sigue recorriendo Nottingham con sus grupos: la iglesia de Santa María (mencionada en una balada medieval), el Museo Nacional de Justicia, el castillo que se levanta sobre los cimientos del fuerte medieval… y siempre termina en Ye Olde Trip to Jerusalem, el pub más antiguo de Inglaterra, que sirve cerveza desde 1189.
«La gente se sorprende por la belleza de la ciudad», asegura. «Y por la fuerza de una historia que, después de ocho siglos, todavía tiene algo que decirnos».

Robin Hood fue, quizás, un bandido real. Quizás una invención colectiva. Quizás una mezcla de ambas cosas. Pero lo que es innegable es que su historia —nacida en la violencia medieval, pulida por las baladas, amplificada por Hollywood— sigue resonando en un mundo que todavía busca héroes que se atrevan a desafiar a los poderosos.
«Robin Hood fue el primer superhéroe«, dice Andrews. «Y el mundo necesita héroes».
Primicias Rurales
Fuente: cnnespanol
May 8, 2026 | Columnas, Desarrollo Humano, Especial
Un recorrido por la evolución del cine rural norteamericano, desde la construcción de mitos fundacionales hasta las miradas críticas de directores contemporáneos. La pantalla se convierte en un espejo que refleja las crisis, la resiliencia y la identidad de la «América profunda».
Por Gonzalo Fierro
Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.
Buenos Aires, viernes 8 mayo (PR/26) — El cine rural norteamericano ha sido desde sus orígenes una forma poderosa de contar la historia de Estados Unidos: sus mitos (el Oeste), sus fracturas sociales y las vidas cotidianas en el campo.
Es el país de las gasolineras solitarias, de los silos oxidados, de los pueblos con una sola calle principal y un cine que, cuando todavía existe, proyecta películas con tres semanas de retraso. Ese país la llamada América profunda que lleva más de un siglo siendo materia prima del séptimo arte. Y conviene detenerse a mirarlo, porque en sus imágenes se juega algo más grande que una estética: se juega el relato que una nación se cuenta a sí misma.
Para el público general, estas películas ofrecen tanto épica y aventura como retratos íntimos de pobreza, familia, trabajo y paisaje.
Los orígenes: cuando el cine descubrió el polvo
El cine estadounidense nació urbano, la primera proyección pública fue en Nueva York, en 1896, con el proyector de Thomas Alva Edison, pero se hizo adulto al salir al campo. En 1903, Edwin S. Porter dirigió El gran atraco al tren, apenas doce minutos que fundaron un imaginario.

Allí estaban ya, los caballos, los rieles perdiéndose en el horizonte, el forajido y el sheriff, los arquetipos de una ruralidad mítica que Hollywood explotaría durante décadas.
No es casualidad que la industria se asentara en el sur de California. Su clima templado y la variedad de sus paisajes, desiertos, sierras, llanuras, bosques; permitían rodar al aire libre durante todo el año. La geografía, literalmente, modeló la narrativa: el wéstern no existiría sin ese sol inclemente ni esos horizontes abiertos.

El nacimiento de una nación (D W Griffith, 1915)
Poco después, D. W. Griffith, discípulo de Porter, llevó el lenguaje cinematográfico a otro nivel con El nacimiento de una nación (1915), ambientada en el sur rural de la Guerra de Secesión. La película, técnicamente revolucionaria y moralmente indefendible por su visión racista, inauguró una tensión que acompañará al cine rural para siempre: la del paisaje idílico que esconde heridas profundas.
El wéstern, el melodrama y la fábrica de mitos
Durante la primera mitad del siglo XX, dos géneros construyeron el canon del cine rural: el wéstern y el melodrama. El primero mitificó la frontera se territorio donde, según el relato oficial, se forjaba el carácter americano; el segundo exploró la intimidad de las familias granjeras, los pueblos pequeños, los valores de religión, trabajo y patria.
El cine rural clásico funcionó, en palabras de los estudios culturales, como un vehículo ideológico: no solo entretenía, sino que enseñaba a los espectadores qué significaba ser estadounidense. Individualismo, autosuficiencia, desconfianza hacia el gobierno federal, comunidad basada en la iglesia y la familia: todos esos valores viajaron desde las pantallas rurales hasta el imaginario colectivo.
El reverso crítico, cuando el campo dejó de ser postal,
A partir de los años sesenta, una nueva generación de cineastas empezó a mirar la ruralidad estadounidense con ojos menos complacientes. El racismo estructural, la xenofobia, la pobreza y los conflictos de clase dejaron de ser paisaje de fondo para volverse tema central. Filmes como,
–Viñas de Ira, (John Ford, 1940), filmada en el contexto de la etapa final de la gran depresión en EE.UU. No se puede dejar de mencionar este filme al hablar de cine rural de estadounidense. Reúne todas las características de esta clase de películas, ambientación rural que comienza en Oklahoma, en plena crisis agrícola del dust bowl, un desastre ecológico y social que ocurrió en Estados Unidos durante la década de 1930.

Viñas de ira (John Ford, 1940)
Consistió en una serie de tormentas de polvo masivas que afectaron principalmente las grandes llanuras.
Muestra granjeros expulsados de sus tierras y obligados a migrar. La familia protagonista representa al estadounidense promedio golpeado por la crisis. Aborda temas referido a valores y tensiones trabajo, dignidad, familia, pero también injusticia social y desigualdad.


Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan,1962) Misisipi en llamas (Alan Parker, 1988)
– Matar a un ruiseñor (Robert Mulligan, 1962)
– En el calor de la noche (Norman Jewison, 1967)
– Mississippi en llamas (Alan Parker, 1988)
– El sendero de la traición (Costa-Gavras, 1988)

El infiltrado dl KKKlan (Spike Lee, 2018)
Y más recientemente Déjame salir (Jordan Peele, 2017) o El infiltrado en el KKKlan (Spike Lee, 2018), convirtieron los pueblos y condados rurales en escenarios donde se libra la batalla por los derechos civiles. El sur dejó de ser sólo magnolias y verandas: se mostró también como el lugar donde la promesa de igualdad sigue sin cumplirse.
Esta tradición crítica se ha reactivado con cada coyuntura política: las presidencias de Nixon o Trump, los debates sobre inmigración y el auge de los nacionalismos han reavivado un cine que interroga, más que celebra, a la América profunda.
El nuevo paisaje: Chloé Zhao y el cine de los márgenes
Si hay una cineasta que ha redefinido el cine rural estadounidense en el siglo XXI, esa es Chloé Zhao. Nacida en Pekín y formada en la NYU, Zhao construyó, casi por necesidad, cuando el financiamiento tradicional falló, un método propio: mezclar actores profesionales con no actores, filmar en locaciones reales, dejar que el paisaje sea un personaje más.
Su trilogía informal del medio oeste,
– Songs My Brothers Taught Me (2015), en la reserva lakota de Pine Ridge,
– The Rider (2017), entre los jinetes de rodeo de Dakota del Sur,
– Nomadland (2020), con Frances McDormand recorriendo el Oeste en una furgoneta,
Nomadland, ofrece un retrato inédito del país, el de quienes quedaron fuera del sueño. Basada en el libro homónimo de Jessica Bruder, sigue a Fern, una viuda sexagenaria que, tras el cierre de la planta de yeso de Empire, Nevada, en 2011, se lanza a la carretera y sobrevive con trabajos temporales. La película fue multipremiada en importantes competencias y convirtió a Zhao en la segunda mujer y, primera mujer asiática, en llevarse OscarTM a la dirección.
La constelación contemporánea, Reichardt, Granik y Nichols
Otros tres cineastas han construido, película a película, un mapa alternativo de la América rural que merece un análisis detenido. Cada uno aporta una mirada distinta sobre el mismo territorio.

Certain women (Kelly Reichardt, 2016)
Kelly Reichardt, el minimalismo como ética
Si existe una heredera directa del neorrealismo italiano en el cine estadounidense contemporáneo, esa es Kelly Reichardt. Afincada en Oregón, ha construido una filmografía donde menos siempre, es más: menos diálogo, menos música, menos explicación. Y, paradójicamente, más verdad.
Sus películas prescinden de banda sonora invasiva, de giros dramáticos convencionales, de resoluciones catárticas. El espectador debe habitar el silencio.
En Meek’s Cutoff (2010) y First Cow (2019) usa el antiguo formato «Academy», un encuadre casi cuadrado que comprime el paisaje y transmite claustrofobia incluso en espacios abiertos.
Filmografía
Old Joy 2006 Bosques de Oregón Amistad masculina y distanciamiento
Wendy and Lucy 2008 Pueblo de Oregón Precariedad económica, vínculo con un animal
Meek’s Cutoff 2010 Desierto de Oregón, 1845 wéstern revisionista desde la mirada femenina
Night Moves 2013 Oregón rural Ecoterrorismo y consecuencias morales
Certain Women 2016 Montana Aislamiento femenino en pueblos pequeños
First Cow 2019 Oregón, década de 1820 Orígenes del capitalismo americano
Lo que aporta al cine rural:
Reichardt desmonta el mito de la frontera sin estridencias. No hay épica ni denuncia explícita: hay cuerpos cansados, caminatas largas, decisiones pequeñas con consecuencias enormes. Su cine demuestra que se puede hacer política con un plano fijo
Debra Granik, la dignidad de los Ozarks(son una región montañosa y de meseta ubicada principalmente en el estado de Missouri)
Si Reichardt mira al Noroeste, Debra Granik fija su cámara en otro territorio mítico y olvidado: los Ozarks de Missouri y los bosques del Pacífico. Formada en ciencias políticas en Brandeis y en cine en la NYU, Granik combina rigor investigativo con sensibilidad documental. Su método se parece más al de una periodista de largo aliento que al de una directora convencional.
Su método:
-Inmersión comunitaria: antes de rodar, Granik y su productora Anne Rosellini pasan años investigando las comunidades que retratan. Se consideran a sí mismas «periodistas de investigación» tanto como cineastas.
– Estética naturalista: luz natural, equipos mínimos, «huella pequeña» (impacto logístico reducido en el set). Es decir: menos equipo, menos gente, menos ocupación de espacio y menor complejidad para filmar en las locaciones. El paisaje no se embellece ni se dramatiza: simplemente se habita.
Filmografía esencial:
Down to the Bone 2004 Nueva York rural
Winter’s Bone 2010 Ozarks, Missouri | Pobreza, clanes, supervivencia adolescente. lanzó a Jennifer Lawrence al estrellato
Stray Dog (doc.) 2014 Missouri rural, veteranos, subcultura motera
Leave No Trace 2018 Bosques de Oregón/Washington Vida fuera del sistema, paternidad y trauma
Jeff Nichols, el gótico sureño del siglo XXI
Si Reichardt es el neorrealismo y Granik el periodismo narrativo, Jeff Nichols es la literatura sureña hecha cine. Su obra dialoga explícitamente con Faulkner, Flannery O’Connor y Cormac McCarthy: paisajes cargados de presagios, familias rotas por herencias de violencia, hombres comunes enfrentados a fuerzas que no comprenden.
Método y estilo:
– Sus películas construyen tensión con paciencia, acumulando detalles cotidianos hasta que la presión estalla en momentos de intensidad controlada.
– Mezcla drama familiar con thriller, ciencia ficción, wéstern o cine de juicios, sin que ningún género domine sobre el otro.
– Masculinidad bajo presión, sus protagonistas son padres, hermanos, esposos que cargan con responsabilidades que los superan. El heroísmo, en Nichols, no es épico sino doméstico: proteger a un hijo, mantener una casa, resistir la tentación de la violencia.

Mud (Jeff Nichols, 2011)
Filmografía esencial:
Shotgun Stories 2007 Arkansas rural, Feudo fraternal, herencia de violencia
Take Shelter 2011 Ohio rural, visiones apocalípticas
Mud 2012 Río Arkansas historias del sur, mitología masculina
Midnight Special 2016 Sur profundo, carreteras, paternidad, lo sobrenatural, persecución
Loving 2016 Virginia rural, derechos civiles, matrimonio interracial
The Bikeriders 2023 Medio Oeste, Subculturas masculinas, transformación social.
Nichols devuelve al cine rural estadounidense su dimensión mítica y literaria sin caer en la nostalgia. Sus películas demuestran que el Sur y el Medio Oeste siguen produciendo historias con la densidad de una novela de Faulkner, pero ancladas en la precariedad económica y emocional del siglo XXI.
Un mapa común: lo que comparten estos cuatro cineastas


Wendy y Lucy (Kelly Reichardt, 2008) Nomadland (Chloé Zhao, 2020)
Pese a sus diferencias, el minimalismo de Reichardt, el periodismo de Granik, el goticismo de Nichols, el lirismo de Zhao, estos cuatro directores comparten un territorio ético y estético:
-Presupuestos modestos, ritmos lentos, finales abiertos, paisaje como personaje,
-Gente nómada, adolescentes pobres, inmigrantes, no actores, locaciones reales, investigación de campo. Derribar mitos como el sueño americano, la autosuficiencia, la familia nuclear. Y por último ambigüedad moral sin villanos claros, sin resoluciones fáciles.
Juntos, conforman lo que podríamos llamar un nuevo ruralismo cinematográfico, un cine que insiste en que las historias locales que precisamente por su especificidad, son universales.
El cine rural estadounidense de los años 2020 ha dejado atrás tanto la épica del wéstern clásico como el melodrama nostálgico. En su lugar emerge un realismo poscrisis.
Entonces:
El cine rural estadounidense nunca ha sido sólo cine rural. Ha sido y sigue siendo un campo de disputa sobre qué significa ser americano. Desde Porter hasta Zhao, desde el forajido a caballo hasta la viuda en una furgoneta, las pantallas han ido dibujando un país que se niega a caber en una sola imagen.
Quizá ésa sea la lección más honesta de este siglo largo de películas: que detrás de cada plano general de una llanura dorada hay una historia de trabajo, de pérdida y, a veces, de resistencia. Y que mirar esas historias de verdad, sin condescendencia ni mitología sigue siendo una de las formas más urgentes de hacer periodismo con una cámara.


The bikeriders (Jeff Nichols, 2023) Winter´s bone (Debra Granik, 2010)
Por Gonzalo Fierro
Especial para Primicias Rurales. El autor es especialista en cine y médico.