El auge de inversiones en energía y minería está redibujando el mapa productivo argentino. La clave para que ese impulso llegue a más regiones y sectores está en la complejidad económica: cada provincia puede sumarse desde las capacidades que ya tiene, no desde cero.

 

 

 

 

 

 

 

Por Gerardo Alonso Schwarz   

Buenos Aires sábado 18 julio (PR/26)–Argentina está viviendo un momento poco frecuente en su historia económica reciente. Desde hace dos años, impulsado en buena medida por el Régimen de Incentivos a las Grandes Inversiones (RIGI), un ciclo de inversiones está reconfigurando el mapa productivo del país.

La energía, de la mano del desarrollo no convencional en Vaca Muerta, y la minería metalífera, con proyectos de litio, cobre y oro, son las que hoy concentran los montos más grandes de capital comprometido. Pero no son las únicas protagonistas de la historia.

 

 

Sectores con fuerte arraigo territorial, como la agroindustria, la foresto-industria, los servicios basados en el conocimiento y las energías renovables, también abren su propio abanico de oportunidades. Cada uno con su propia geografía, su propio ritmo exportador y su propia capacidad de generar empleo calificado.

La pregunta que surge, entonces, es inevitable: ¿pueden sectores más tradicionales sumarse a este auge, y de qué manera? La economía de la complejidad ofrece una respuesta interesante: una actividad productiva no es solo transformar materia prima, sino combinar conocimientos técnicos, capacidades organizacionales, marcos jurídicos e infraestructura acumulada durante años.

 

 

Por eso las economías regionales no se diversifican al azar ni pegando «saltos al vacío». Migran, de forma natural, hacia aquello para lo que ya tienen capacidades instaladas. Y ahí aparece un mapa de oportunidades tan heterogéneo como el propio país: cada región argentina cuenta con una dotación de recursos y una base industrial que puede potenciarse en dos direcciones distintas.

Hacia «aguas arriba», desarrollando proveedores para los sectores que hoy traccionan la economía. Y hacia «aguas abajo», industrializando localmente los recursos que ese mismo auge pone a disposición.

 

 

Aguas arriba: la oportunidad de convertirse en proveedores

 

Las oportunidades más realistas no son necesariamente las más atractivas en el papel, sino las que exigen capacidades que la región ya tiene. La región Pampeana, con su base industrial y metalmecánica consolidada, está en condiciones de dar el salto hacia bienes de capital complejos: tubos sin costura, aceros especiales, compresores, tableros de automatización y software embebido de alta sofisticación.

Cuyo, con su tradición metalmecánica ligada al petróleo y a la vitivinicultura, tiene ventajas concretas en montaje electromecánico, reactivos químicos e instrumentos de medición de precisión. La Patagonia, por su parte, puede capitalizar la experiencia de Vaca Muerta para consolidar un clúster de metalmecánica de precisión —válvulas, bombas, tanques— y de servicios de telemetría y sensores.

El segundo gran frente aguas arriba son los servicios basados en conocimiento, un terreno donde Argentina tiene una ventaja poco explotada frente al resto de la región: capital humano calificado y una industria de software con trayectoria exportadora propia.

 

 

Ahí conviven oportunidades tan diversas como el monitoreo hídrico y la geología aplicada a la minería del litio en el NOA, la genética forestal y la automatización de secado en la foresto-industria del NEA, o los servicios de remediación ambiental que demandan tanto la actividad portuaria patagónica como la minería de Cuyo.

Son actividades que requieren poco capital físico, son altamente escalables y, sobre todo, exportables más allá de la suerte de la materia prima que les dio origen. Aunque el precio internacional del litio o del petróleo cayera, el software minero o la ingeniería de perforación desarrollados en el camino seguirían teniendo mercado propio.

Lo que une a ambos frentes —bienes de capital y servicios de conocimiento— es que ninguno necesita protección arancelaria ni «compre local» forzado para consolidarse. Su viabilidad depende de competir en calidad y escala, como muestran experiencias internacionales tales como el clúster de ingeniería petrolera de Alberta, en Canadá, o el ecosistema AgTech de Nueva Zelanda.

 

Aguas abajo: industrializar la ventaja geográfica

 

Del lado del derrame aguas abajo, el patrón es igual de claro: el mayor potencial de industrialización aparece donde el «descuento geográfico» —ahorro en fletes, aranceles y riesgo cambiario— pesa más que la escala del recurso disponible.

La Patagonia es, quizás, el caso más conocido, con la posibilidad de escalar una petroquímica de polietileno, polipropileno y fertilizantes nitrogenados a partir del gas de Vaca Muerta. Cuyo y el NOA, en una escala menor, pueden avanzar en la trefilación de cables de cobre de alta pureza y en la purificación química especializada de litio para lubricantes y vidrios técnicos: eslabones intermedios donde Argentina sí tiene ventajas reales, a diferencia de la fabricación de baterías completas.

El segundo gran bloque aguas abajo es el de base biológica y renovable, con dos núcleos bien diferenciados. En el NEA, la disponibilidad de fibra de pino y eucalipto a costos competitivos habilita tanto una química verde —resinas, taninos, adhesivos— como la construcción industrializada en madera laminada, un nicho de alto valor agregado y demanda internacional creciente.

En la región Pampeana, en cambio, la escala de la agroindustria abre la puerta a los bioplásticos compostables, como el PLA a partir de almidón de maíz, y a los alimentos de nutrición de precisión: dos mercados globales también en expansión.

Lo que conecta a ambos frentes es que ninguno requiere que el Estado elija «sectores ganadores»: el crecimiento de estas actividades responde a incentivos de costos objetivos y a tendencias de mercado ya en marcha.

 

Las barreras que frenan el derrame regional

 

Ahora bien, que exista este potencial no garantiza que el derrame productivo ocurra solo. Las empresas argentinas todavía enfrentan barreras institucionales y tributarias que erosionan su competitividad, y ahí es donde el Estado —en sus tres niveles— tiene mucho para aportar.

El primer obstáculo es el de los impuestos distorsivos. Es prácticamente imposible construir cadenas densas de subcontratación cuando el sistema impositivo castiga la división del trabajo. El caso más crítico es el Impuesto a los Ingresos Brutos provincial: al aplicarse «en cascada» en cada transacción intermedia, empuja a las grandes empresas a integrarse verticalmente en lugar de contratar proveedores locales, y así frena el nacimiento de pymes.

El segundo es la brecha de infraestructura. La competitividad de un proveedor local se diluye si los costos de transporte internos son prohibitivos. Las regiones periféricas sufren de manera desigual la falta de inversión en la red vial secundaria, en la infraestructura ferroviaria de cargas y en la conexión aérea directa. A esto se suma la necesidad de aprovechar plenamente la Hidrovía Paraná-Paraguay, con puertos competitivos y menos regulaciones fluviales.

 

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El tercero es el exceso de regulaciones. La superposición de normativas y permisos entre Nación, provincias y municipios —en materia ambiental, de seguridad e higiene— funciona como una traba burocrática para las pymes, encareciendo costos y demorando inversiones.

Finalmente, la experiencia internacional muestra que la articulación entre academia y producción es un eslabón crítico. Hacen falta trayectos formativos flexibles —tecnicaturas cortas, diplomaturas específicas, certificaciones rápidas— que complementen las carreras tradicionales, y una reorientación del I+D hacia los cuellos de botella tecnológicos reales de las pymes locales.

 

El desafío que sigue

 

El ordenamiento macroeconómico de los últimos años, sumado a regímenes especiales como el RIGI, está generando los procesos de reconfiguración productiva que hoy traccionan la economía a través de la energía, la minería y la agroindustria.

Sin embargo, la experiencia argentina de ciclos anteriores enseña algo importante: la estabilización macroeconómica es una condición necesaria, pero no alcanza. Para transformar un boom sectorial en desarrollo regional duradero, hace falta avanzar también a nivel local.

 

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Esto implica que los gobiernos provinciales y municipales complementen los incentivos: eliminando impuestos distorsivos locales, priorizando la infraestructura vial, ferroviaria y fluvial, simplificando la maraña de permisos superpuestos, y articulando a universidades e institutos técnicos con las demandas concretas de las nuevas cadenas productivas.

Solo con esa articulación entre Nación, provincias y municipios el potencial regional podrá aprovechar plenamente la oportunidad que este auge de inversiones y exportaciones le está dando a la Argentina.

 

 

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Novedades Económicas-ERAL-Fundación Mediterránea