Mientras el bolsillo de los argentinos se achica con cada carga, un informe privado revela que el país encabeza las subas de combustible entre los exportadores de la región, superando incluso los precios de Estados Unidos en medio de una fuerte presión impositiva.
Buenos Aires, miércoles 17 de junio (PR/26)–Tener un auto en Argentina se ha convertido en un verdadero desafío para el presupuesto familiar. Desde que estalló el conflicto bélico entre Irán y Estados Unidos a fines de febrero, los precios en los surtidores locales no pararon de escalar.
Según un informe del Instituto Argentina Grande (IAG), el precio de la nafta en el país registró un impresionante incremento del 24,3% en dólares. Esta cifra no solo duele al pagar, sino que posiciona a la Argentina en el primer puesto de la llamada «Copa América del aumento de la Nafta».

Cuando se compara esta realidad con la de otros vecinos de América Latina que también exportan crudo, la brecha es alarmante.
El salto de Argentina supera por 10 puntos al de Ecuador (14,7%), es el doble que el de México (10,7%), representa cinco veces el alza de Brasil (4,9%) y deja extremadamente atrás el mínimo movimiento de Colombia (1,9%). De hecho, nuestros surtidores solo se vieron superados por naciones que no producen petróleo y se ven obligadas a importar absolutamente todo lo que consumen.
Paradoja energética: Más dólares para el país, menos alivio para la gente
Lo más curioso del escenario actual es que ocurre en un momento de bonanza para el sector energético. En abril, la industria petrolera local logró un saldo positivo de divisas de US$1.983 millones, lo que significa que el ingreso de dólares prácticamente se triplicó en comparación con el promedio de US$832 millones que se venía liquidando el año anterior. Sin embargo, este enorme flujo de divisas no se tradujo en un respiro para los consumidores.

Desde el IAG advierten que, a diferencia de lo que ocurre a nivel global —donde los gobiernos aplicaron políticas activas para amortiguar el golpe de la crisis energética en los trabajadores—, hoy los argentinos pagan el litro de nafta un 23% más caro que en Estados Unidos y un 6% más caro que en Brasil.
En números concretos: antes de la guerra, la nafta súper en Argentina costaba US$1,12 y hoy llega a US$1,40. En el mismo período, en EE.UU. pasó de US$1,05 a US$1,14, y en Brasil se movió apenas de US$1,23 a US$1,31.
Para una familia promedio con un solo vehículo, este sacudón se traduce en un gasto mensual extra de $38.874. Si multiplicamos ese impacto por los tres meses que ya transcurrieron desde el inicio de las hostilidades en Medio Oriente, el costo adicional acumulado que debieron afrontar los hogares asciende a $116.600.
Ante semejante panorama, el consumo lógicamente se resiente: en el primer cuatrimestre del año, la demanda de nafta súper cayó un 1,8% frente a 2025 y arrastra una pérdida del 4,3% respecto al 2023.
El factor impositivo detrás del precio final
¿Por qué sube tanto si somos productores? Gran parte de la respuesta está en los impuestos. El informe detalla que bajo la actual administración de Javier Milei, los tributos que gravan los combustibles subieron un 230% en términos reales.
Esto provocó que el peso del Estado sobre cada litro de nafta diera un salto drástico: pasó de representar el 8,89% del precio final en noviembre de 2023 a un 18,54% en mayo pasado.

Si miramos la película completa desde el cambio de gestión, el valor de la nafta subió un 59,5% real; pero sin este componente impositivo, la suba hubiese sido del 41%.
La polémica no termina ahí, sino en el destino de esos fondos. Por ley, esta recaudación tiene asignación específica para el mantenimiento de rutas e infraestructura vial.
El reporte denuncia que, de acuerdo a la recaudación, la Dirección Nacional de Vialidad tendría que haber ejecutado $1,8 billones, pero en la realidad solo gastó $0,7 billones.
Los $0,9 billones restantes se mantuvieron retenidos para engrosar de forma simulada el superávit primario, frenando de raíz la obra pública y dejando los caminos federales sin la inversión que los conductores pagan cada vez que pasan por el surtidor.

















