En el sureste de Navarra, la erosión esculpió durante millones de años un paisaje que no se parece a nada más en España: desierto, cañones y cabezos con forma de castillo. Un territorio sin pueblos ni vecinos, pero con una historia comunitaria que sigue viva.

 

 

Buenos Aires jueves 17 septiembre (PR/26)– A medida que uno se acerca, la carretera todavía atraviesa campos de cultivo que responden a la imagen clásica de Navarra. Pero alcanza con avanzar un poco más para que todo cambie de golpe.

Las primeras lomas desnudas aparecen sin aviso. Los barrancos se abren paso entre capas de arcilla y yeso que van del ocre al blanco. Así arrancan las Bardenas Reales, un paisaje que no tiene nada que ver con lo que lo rodea.

 

Un paisaje que parece sacado de otro continente

 

Al norte de la península, donde nadie esperaría un escenario semidesértico, la erosión lleva millones de años trabajando sobre casi 400 kilómetros cuadrados. Desde el año 2000, la UNESCO declaró esta zona Reserva de la Biosfera.

Es un Parque Natural sin municipios ni habitantes permanentes, pero cargado de paisajes imposibles. Forma parte, en su totalidad, del Parque Natural de Bardenas Reales, cuya gestión recae en la Comunidad de Bardenas Reales: 22 entidades que conservan derechos de uso sobre estas tierras desde hace siglos.

En este territorio predominan las margas, arcillas, limos y yesos, materiales blandos que el agua y el viento fueron excavando hasta crear una extensa red de barrancos. Las capas de roca más resistente, en cambio, protegieron el terreno de abajo y dieron origen a los característicos cabezos y mesas.

 

Castildetierra, la estrella del parque

 

Para recorrer este paisaje, la parada obligada es la Bardena Blanca, la depresión central del parque. Allí se concentran los relieves más fotografiados, como Castildetierra, un monumento natural con forma de «chimenea de hadas».

 

Así es la diversidad paisajística de las Bardenas Reales

 

La propia entidad gestora explica que estos cabezos existen porque los estratos superiores, más duros, funcionan como un escudo frente a la erosión de las arcillas blandas que quedan debajo.

Geomorfológicamente, el territorio se divide en tres grandes sectores. Al norte se extiende El Plano, una meseta elevada y relativamente estable. En el centro aparece la Bardena Blanca, y al sur emerge La Negra, marcada por relieves tabulares y masas de pino carrasco.

 

Una reserva que también cuenta una historia

 

Antes de lanzarse a recorrerlo, conviene saber que este espacio nunca estuvo del todo deshabitado. Las Bardenas guardan yacimientos arqueológicos de las edades del Bronce y del Hierro, y también fueron lugar de paso para los romanos.

Por estar ubicada entre Navarra y el valle del Ebro, durante la ocupación musulmana y la posterior Reconquista, la zona funcionó como frontera, y no siempre en calma.

De aquel pasado fortificado quedan historias, leyendas y restos vinculados a la defensa del territorio. Pero lo más singular no es ningún castillo en ruinas, sino la propia fórmula de gobierno del parque.

 

Esta es una de las zonas más conocidas de las Bardenas Reales

 

Los 22 congozantes —19 municipios, dos valles pirenaicos y el monasterio de La Oliva— mantienen derechos tradicionales de aprovechamiento que se remontan a concesiones reales. Esos derechos fueron blindados por una Real Cédula de Felipe V en 1705, y esa herencia sigue viva en los usos ganaderos y agrícolas que conviven, desde hace siglos, con la protección del medio natural.

 

Cómo recorrer las Bardenas Reales

 

La mejor forma de descubrir las Bardenas es hacerlo con calma y respetando los itinerarios señalizados. La Comunidad de Bardenas cuenta con rutas marcadas para distintos tipos de recorrido y un Centro de Información en el acceso desde Tudela y Arguedas.

Antes de empezar la visita es imprescindible consultar la normativa, ya que la circulación fuera de las pistas autorizadas está estrictamente prohibida para garantizar la conservación del parque.

 

Bardenas Reales de Navarra, excursiones, vacaciones y alojamiento

 

Si es la primera vez en la zona, la Bardena Blanca reúne los paisajes que todo el mundo tiene en mente: Castildetierra, los grandes cabezos, los barrancos y las formas erosivas del terreno blanquecino. Conviene combinar la ruta con una parada en el centro de interpretación para entender el origen geológico de la reserva antes de seguir explorando.

También vale la pena reservar tiempo para adentrarse en La Negra, donde el paisaje cambia por completo.

 

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Fuente: viajar.elperiodico.com