“La semilla crece sin que él sepa cómo”

“La semilla crece sin que él sepa cómo”

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 26-34

 

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor
“Tú eres el Hijo de Dios”

“Tú eres el Hijo de Dios”

Lectura del santo evangelio según san Marcos 3, 7-12

 

En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del mar, y lo siguió una gran muchedumbre de Galilea.

Al enterarse de las cosas que hacia, acudía mucha gente de Judea, Jerusalén, Idumea, Transjordania y cercanías de Tiro y Sidón.

Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una barca, no lo fuera a estrujar el gentío.
Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.

Los espíritus inmundos, cuando lo veían, se postraban ante él y gritaban:
«Tú eres el Hijo de Dios».

Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.

Palabra del Señor
El Papa pide seguir el ejemplo de San Juan Bautista para no caer en las «ilusiones pasajeras de éxito y de fama»

El Papa pide seguir el ejemplo de San Juan Bautista para no caer en las «ilusiones pasajeras de éxito y de fama»

Asomado al balcón de su estudio privado en el Palacio Apostólico, el Pontífice dirigió una reflexión centrada en el pasaje del Evangelio de San Juan (cf. Jn 1,29-34), en el que el Bautista reconoce en Jesús al Cordero de Dios: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo», recordó.

A continuación, el Papa subrayó que Juan «reconoce en Jesús al Salvador, proclama su divinidad y su misión al pueblo de Israel y luego se aparta, una vez cumplida su tarea».

Ante los cientos de files congregados en la Plaza de San Pedro, León XIV destacó la actitud de humildad del Bautista, quien, pese a ser una figura muy popular y temida incluso por las autoridades de Jerusalén, no se deja seducir por el prestigio ni por la notoriedad.

«Le habría sido fácil aprovecharse de esta fama; en cambio, no cede en absoluto a la tentación del éxito y la popularidad», afirmó. Por el contrario, «frente a Jesús, reconoce su propia pequeñez y le da espacio a su grandeza».

A menudo «se le da una importancia excesiva a la visibilidad»

El Papa señaló que este testimonio resulta especialmente actual ya que a menudo «se le da una importancia excesiva a la aprobación, al consenso y a la visibilidad, hasta el punto de condicionar las ideas, los comportamientos y los estados de ánimo de las personas».

El Santo Padre advirtió que esta dinámica genera «sufrimiento y divisiones» y conduce a «estilos de vida y de relación efímeros, decepcionantes y oprimentes».

Frente a ello, el Pontífice rechazó lo que denominó «sucedáneos de la felicidad» y recordó que «nuestra alegría y nuestra grandeza no se basan en ilusiones pasajeras de éxito y de fama, sino en sabernos amados y deseados por nuestro Padre que está en los cielos».

Dios no viene «para sorprendernos con efectos especiales»

En su meditación, León XIV subrayó que el amor anunciado por Jesús no se manifiesta con gestos espectaculares, sino en la cercanía y la compasión: «Es el de un Dios que aún hoy viene entre nosotros, no para sorprendernos con efectos especiales, sino para compartir nuestro esfuerzo y asumir nuestras cargas».

Antes de concluir, el Papa exhortó a los fieles a no dejarse distraer por lo superficial y a aprender de San Juan Bautista un estilo de vida marcado por la sencillez y la profundidad espiritual. «No malgastemos tiempo y energías persiguiendo lo que es mera apariencia», pidió.

Finalmente, invitó a amar las «cosas sencillas y las palabras sinceras», a vivir con sobriedad y a reservar cada día «un momento especial» para el silencio, la oración y la escucha.

 

 

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Fuente: ACI Prensa

Abrazar el camino de la infancia espiritual y sus secretos para llegar a Dios

Abrazar el camino de la infancia espiritual y sus secretos para llegar a Dios

Abrazar la infancia espiritual es combinar audacia, humildad, inventiva y, sobre todo, un abandono y confianza en Dios en todo momento

España, martes 13 enero (PR/26) — Jesús nos advierte: «En verdad les digo que si no vuelven a ser como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos» (Mt 18,3). Pero, ¿cómo volver a ese estado? No se trata de embrutecerse, ni de gatear, ni de hablar con un lenguaje inarticulado.

Al contrario, hay que progresar siempre en la inteligencia de la fe y en la inteligencia en general. ¿Cómo conciliar entonces una inteligencia cada vez más viva con la infancia? En realidad, por infancia espiritual hay que entender dos cosas: confianza y entrega en las manos del Padre, por un lado, y audacia, por otro.

Hasta aquí la confianza. Pero, ¿qué hay de la audacia en la infancia espiritual? La infancia es la época en la que no se calcula. El niño se entrega por completo a lo que emprende. Además, asume todos los riesgos.

 

Enfant priant

En su creatividad, el niño no está limitado por el recuerdo de sus fracasos ni por una experiencia desilusionada. Es nuevo en el mundo.

La infancia es la época de la libertad. Por eso los santos se parecen más a los niños: ellos también lo arriesgan todo, inventan nuevas formas de amar, dan muestras de inventiva en las iniciativas que emprenden para dar a conocer a Dios.

La experiencia no es un obstáculo para la iniciativa

Es cierto que los santos tienen más experiencia de la vida que los niños. Conocen sus peligros, saben adivinar las trampas que el demonio tiende en el camino de sus proyectos de evangelización.

Además, los santos se conocen bien a sí mismos y saben distinguir entre lo que es iniciativa divina y lo que es búsqueda interesada del reconocimiento de los hombres. Sin embargo, esta experiencia, lejos de paralizarlos, les permite evitar los callejones sin salida para alcanzar su objetivo de forma más directa y eficaz.

La conciencia de los peligros no los detiene y nunca debilita su sentido de la iniciativa y la asunción de riesgos. Porque su audacia se apoya en su abandono y su confianza.

De hecho, los santos siempre tienen presente que, en todo lo que emprenden, es Dios quien realiza la mayor parte del trabajo. De este modo, se unen al espíritu de abandono que es la primera característica del espíritu de la infancia espiritual.

Los santos, y los cristianos en general, se cuidan mucho de descuidar la ayuda de Dios cuando se embarcan en una empresa. Le confían todas las dificultades, como un niño que tira de la manga de su padre o de su madre cuando se encuentra con un obstáculo. Así es como el espíritu de iniciativa y el abandono van de la mano.

El orgullo, enemigo del espíritu infantil

Sin embargo, en este camino hacia el espíritu infantil hay un obstáculo que hay que evitar: el orgullo, el pecado por excelencia.

No sólo nos lleva a menospreciar injustamente a los demás, sino que además nos impide pedir ayuda al Altísimo.

Ahora bien, los santos, al igual que los niños, han renunciado a todo orgullo: ahí reside la clave de su éxito. Conscientes de sus limitaciones, han aceptado sin rencor la idea de que no pueden hacerlo todo.

Los santos, dulces y tiernos de corazón como Jesús, son coherentes con su fe al proyectar estas cualidades en Dios, al igual que los orgullosos lo son con su desconfianza al proyectar en Él su soberbia.

Porque siempre tendemos a ver a Dios a través del filtro de nuestras cualidades o defectos. Con la diferencia de que nuestras cualidades se las debemos a Dios, mientras que nuestra desconfianza proviene de nuestra propia maldad.

Al volver a ser niños, los santos comprenden intuitivamente cuán tierno es Dios, como un padre atento. No solo no se avergüenzan de recurrir a Él en las dificultades porque no tienen el orgullo de querer hacerlo todo por sí mismos, sino que, además, el Espíritu de Jesús los ha hecho mansos y humildes de corazón como Él, y saben que el Padre celestial es a imagen de su Hijo: manso y amoroso. Están seguros de que Dios no los juzgará, porque Él no es un examinador.

Superar los obstáculos con su pequeñez

 

Así es como los cristianos vuelven a ser niños, tal y como nos recomienda Jesús, y cómo logran conciliar la audacia y la entrega a Dios. Al haber conservado la ingenuidad y el gusto por las cosas grandes y bellas de la infancia, los santos se lanzan a los proyectos más atrevidos. A menudo los niños nos sorprenden porque han logrado cosas que nosotros nunca hubiéramos emprendido.

¿Y por qué han tenido éxito? ¡Porque no sabían que era imposible de lograr! Más experimentado, pero no menos confiado, el discípulo de Cristo también se lanzará a las empresas más difíciles, porque sabe que Dios suplirá sus carencias.

Para él, no existen obstáculos insuperables, siempre y cuando la obra corresponda al Espíritu de Dios. Dios llenará las lagunas del obrero, ya que es Él quien le ha inspirado esta aventura. Y si el obrero de la viña del Señor fracasa, no se lamenta durante mucho tiempo, ya que, al no ser orgulloso, no le da vueltas a su fracaso y no tarda en embarcarse en una nueva obra.

Así, el espíritu infantil logra combinar la conciencia de su pequeñez con el deseo de realizar grandes cosas. Santa Teresa de Lisieux quería abarcar todas las vocaciones: mártir, misionera en los confines del mundo y todas las demás que han ilustrado la historia de la Iglesia.

Sin embargo, consciente de su impotencia para lograrlo, encontró la solución sirviéndose de Jesús como ascensor para subir la montaña de la santidad y encontrarse así en el corazón de la Iglesia, ese Corazón desde el que podría realizar sus sueños de misiones en todas partes.

Al igual que la pequeña Teresa, la infancia espiritual es a la vez humilde, inventiva y audaz.

 

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Fuente: Aleteia

“ Conviene así que cumplamos toda justicia ”

“ Conviene así que cumplamos toda justicia ”

Lectura del santo evangelio según san Mateo 3, 13-17

 

En aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.

Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».

Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».

Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.

Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor