En una profunda reflexión sobre el desarrollo, la propiedad y el verdadero sentido del patriotismo, el autor cuestiona el inmovilismo económico frente a la pobreza y plantea que la verdadera soberanía radica en la capacidad de transformar los recursos en oportunidades, bienestar y trabajo para la sociedad.
Por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves

Mendoza, viernes 7 agosto (PR/26) — Cada vez que en Argentina se habla de inversiones extranjeras o de la compra de tierras, aparece la misma consigna: «No entreguemos la soberanía.»
Es una frase poderosa. Emociona. Despierta patriotismo. Pero me pregunto si no estamos discutiendo el problema equivocado.
¿De qué sirve ser soberanos sobre un territorio inmenso si millones de argentinos siguen viviendo en la pobreza?
No lo planteo como una provocación. Lo planteo como una pregunta honesta.
Hablo desde mi propia experiencia.
Hace años tenía varias hectáreas de tierra. No producían prácticamente nada. Habíamos intentado explotarlas de distintas maneras y no era rentable. Esa tierra, por sí sola, no mejoraba mi vida ni la de nadie.
Entonces tomé una decisión difícil: vendí gran parte de esas hectáreas.
Con ese dinero construí una posada y varias cabañas. Reparé la casa. Creé una actividad económica que hoy genera trabajo, recibe turistas, paga impuestos y sostiene a mi familia.
¿Perdí tierra? Sí.
¿Me empobrecí? Todo lo contrario.
Transformé un activo inmóvil en un proyecto productivo.
Y desde entonces no puedo dejar de pensar que quizá eso mismo debería preguntarse un país.
Argentina posee millones de hectáreas con un enorme potencial. Muchas permanecen subutilizadas porque no existen los capitales suficientes para desarrollarlas. Mientras tanto, discutimos durante años si permitir o no que llegue inversión extranjera.
Entiendo perfectamente que existan límites.
No creo que deban venderse zonas de frontera, acuíferos estratégicos, infraestructura crítica o recursos esenciales sin controles. Tampoco defiendo la concentración desmedida de tierras.
Pero una cosa es regular inteligentemente y otra muy distinta es cerrar la puerta por un concepto abstracto de soberanía.
Porque la verdadera pregunta es otra:
¿Qué beneficio obtiene el pueblo de una tierra que no produce nada?
Si una inversión genera empleo, infraestructura, exportaciones, impuestos y desarrollo, ¿por qué el origen del capital debería ser más importante que el resultado?
Muchas veces se afirma que vender tierras es perder soberanía.
Yo creo que la soberanía no consiste solamente en ser dueño de un territorio.
Consiste en tener la capacidad de decidir qué hacer con él para mejorar la vida de quienes lo habitan.
Y aquí aparece una contradicción que me cuesta resolver.
Decimos que el soberano es el pueblo.
Sin embargo, muchas veces quienes terminan administrando esa soberanía son gobiernos que pasan, intereses políticos, corrupción o decisiones que benefician a unos pocos.
Entonces vuelvo a preguntarme:
¿De qué sirve una soberanía que no logra sacar de la pobreza a millones de personas?
Esta reflexión también tiene una raíz profundamente personal.
Mi hermano combatió en la Guerra de Malvinas. Yo había elegido la carrera militar y soñaba con ser piloto de combate. Por mi etapa de formación no pude participar, pero viví esa guerra con la misma angustia, la misma esperanza y el mismo dolor que sintieron miles de familias argentinas.
Nunca voy a dejar de admirar el valor de quienes pelearon ni de reconocer el legítimo reclamo argentino sobre las Islas Malvinas. El sacrificio de nuestros soldados merece un respeto absoluto.
Pero con el paso de los años empecé a hacerme una pregunta que todavía no logro responder.
Si una guerra deja muertos, jóvenes marcados para siempre, familias destruidas, enormes costos económicos y, aun así, el objetivo de ejercer esa soberanía no se alcanza, ¿no deberíamos preguntarnos cuál es la mejor manera de defender los intereses de una Nación?
Tal vez la fortaleza de un país no se mida solamente por aquello que reclama como propio, sino por su capacidad de ofrecer dignidad, progreso y oportunidades a quienes viven en él.
No propongo regalar el país.
Propongo dejar de confundir soberanía con inmovilismo.
La riqueza de una nación no está solamente en lo que conserva.
Está, sobre todo, en su capacidad de transformar sus recursos en oportunidades.
Hay otra realidad que también debemos reconocer con honestidad. Hoy los argentinos no contamos con el capital suficiente para desarrollar todo el potencial de nuestro país. Décadas de crisis económicas, inflación e inseguridad jurídica han destruido buena parte del ahorro y de la capacidad de inversión. Esperar que todo ese desarrollo llegue exclusivamente de capitales nacionales puede ser un deseo legítimo, pero difícilmente sea una posibilidad en el corto o mediano plazo.
Mi propia historia es una prueba de ello. Si yo hubiera conservado esas hectáreas por el simple hecho de seguir siendo su dueño, hoy probablemente tendría más tierra… pero menos futuro. Fue justamente al transformar ese patrimonio inmovilizado en una inversión productiva cuando pude crear valor.
Quizás Argentina enfrente hoy un desafío similar.
La verdadera soberanía no consiste en mantener inmóviles los recursos mientras la pobreza crece. Consiste en tener instituciones fuertes que establezcan reglas claras, protejan los intereses estratégicos del país y permitan que el capital —sea argentino o extranjero— genere producción, empleo y oportunidades para nuestra gente.
Porque un país no se hace grande por la cantidad de tierra que posee, sino por su capacidad de convertir esa tierra en bienestar para quienes la habitan.
Y si hoy no tenemos el capital suficiente para hacerlo solos, quizás la mayor expresión de soberanía no sea cerrar las puertas por miedo, sino abrirlas con inteligencia, con reglas claras y con un único objetivo: que los argentinos vivamos mejor.
Esta nota surgió por la reflexión del director de Primicias Rurales, Ing. Agr. Pedro Lobos, publicada en el siguiente link:
Soberanía en juego: el peligro oculto de ceder el territorio a capitales extranjeros
Posada y Cabañas Finca El Rincón de Lunlunta
Cruz Videla 1462
Lunlunta – Mendoza


















