Con un tipo de cambio menos favorable y precios internacionales en baja, el sector agroindustrial diversificado responde con mayores volúmenes exportados. Sin embargo, la brecha entre productos exitosos y sectores en crisis como el vino o la manzana plantea serios interrogantes a futuro.
Jorge Day 
Buenos Aires, miércoles 26 agosto (PR/26)– Las economías regionales enfrentan hoy un escenario sensiblemente menos favorable que en años anteriores. Esto se debe a la combinación de un tipo de cambio real más bajo y precios de exportación situados bajo sus promedios históricos.
A pesar de este panorama, el desempeño reciente del sector muestra una llamativa particularidad: las cantidades exportadas se han recuperado, aunque con un comportamiento sumamente desigual entre las distintas actividades productivas.
Mientras algunos rubros lograron compensar los menores precios con incrementos en sus volúmenes, otros sectores clave como los vinos y las manzanas continúan mostrando preocupantes señales de deterioro continuo.
Frente a este escenario, surge un interrogante crucial: ¿hasta qué punto podrá sostenerse esta recuperación cuando la rentabilidad depende cada vez más de la productividad, la eficiencia en costos y la capacidad real de ganar mercados?
Más allá de la Pampa Húmeda: la riqueza de la diversidad productiva
Al hablar del agro argentino, la atención suele centrarse en los grandes cultivos de la región pampeana, como la soja, el maíz, el trigo o la carne vacuna. Sin embargo, el desarrollo productivo y social de buena parte del Interior descansa sobre otro motor clave.
Este entramado incluye actividades como la producción de vinos, frutas, legumbres, ajo, arroz, yerba mate, jugos concentrados, aceite de oliva y diversos alimentos procesados de alto valor agregado.

Este “otro agro” posee dinámicas singulares: suele operar con menor escala, afronta mayores distancias hacia las terminales portuarias y requiere un uso considerablemente más intensivo de mano de obra local.
Asimismo, a diferencia de los granos estandarizados, sus productos no son commodities genéricos. Presentan una notable diversidad en calidades, variedades, mercados de destino y grados de diferenciación comercial.
Debido a estas particularidades, la rentabilidad global de estas cadenas depende en forma directa de la evolución de sus precios internacionales de exportación y de la competitividad del tipo de cambio real.
Un giro radical en las condiciones de mercado
Durante la primera década de los años 2000, estas producciones regionales gozaron de un marco altamente favorable. El dólar alto en términos reales (en 2007 equivalía a más de $2.500 actuales) coincidió con precios en constante alza.
En la actualidad, el escenario es completamente opuesto. El tipo de cambio real se mantiene relativamente bajo y los precios internacionales, corregidos por la inflación de EE.UU., registran caídas significativas respecto a sus picos históricos.

De hecho, durante el primer semestre de 2026, los valores promedio de exportación del sector se ubicaron, en términos reales, un tercio por debajo de los niveles alcanzados en el año 2013.
Tratándose de bienes tan heterogéneos, cabe preguntarse por qué la baja de precios afectó a tantos sectores en forma simultánea. La respuesta combina dos factores estructurales globales que impactan a los alimentos.
Por un lado, influye el menor dinamismo de la demanda global, especialmente de China, cuya rápida expansión había impulsado las compras agroalimentarias en décadas pasadas.
Por otro lado, se registra un aumento generalizado de la oferta mundial, motivado por mayor productividad global y el ingreso de nuevos competidores internacionales en diversos rubros.
Adicionalmente, la retracción del precio promedio refleja en ciertos casos un cambio en la composición exportadora hacia productos o destinos comerciales de menor valor unitario.
En consecuencia, aunque no exista una cotización única para estas producciones, se consolidó un patrón común: demanda menos pujante y oferta más abundante, empujando los valores a la baja.
La paradoja de los volúmenes en alza
Ante precios deprimidos y un tipo de cambio poco competitivo, la teoría prevería una fuerte caída en los embarques. Sin embargo, la realidad de los datos refleja una notable recuperación en las cantidades.
Tras el declive de la década pasada, el volumen exportado creció con solidez en los últimos años. En el primer semestre de 2026, el índice agregado volvió a niveles cercanos a los de 2013.
No obstante, este repunte no ha sido homogéneo. Mientras algunas actividades incrementaron sustancialmente sus despachos a pesar de los menores precios, otras continuaron perdiendo terreno.
Varios factores explican las mayores cantidades. En ciertos sectores se comienzan a cosechar los frutos de inversiones pasadas y ganancia de eficiencia, sumado a la apertura de nuevos mercados de exportación.
En otros casos, jugaron a favor problemas climáticos temporales en países competidores que abrieron ventanas de oportunidad transitorias para la oferta argentina.
Conviene remarcar que una actividad puede sostener o elevar su producción a corto plazo operando sobre su capacidad instalada previa, aun cuando sus márgenes de ganancia estén muy reducidos.
Por ende, un mayor volumen exportado no implica necesariamente una mejora en la rentabilidad del negocio, ni las ventanas de oportunidad ajenas garantizan beneficios sostenibles en el tiempo.
Sectores críticos: cuando la crisis impacta en la producción primaria
La dinámica expansiva en volúmenes no alcanza a todos. Las mayores dificultades se concentran en sectores como el vino fraccionado y la manzana, con caídas de envíos y precios débiles.
Cuando el estancamiento de valores se prolonga, el ajuste económico no se limita al comercio exterior, sino que se traslada hacia atrás en la cadena productiva.
En el sector vitivinícola, si la bodega obtiene un precio menor por el vino final, busca defender su margen amortiguando el costo y pagando menos por la uva al viñatero.
El productor primario absorbe así la mayor parte del ajuste, recibiendo liquidaciones castigadas que comprometen severamente la viabilidad financiera de sus fincas.
Un proceso similar atraviesa a la fruticultura de pepita. Al persistir precios bajos del producto final, cae drásticamente el valor de la materia prima pagada en chacra.
La consecuencia más grave del deterioro continuado es la parálisis de inversiones y el consecuente abandono o erradicación de montes frutales y viñedos.
La pérdida de hectáreas cultivadas resulta un indicador más alarmante que la baja temporal de exportaciones, pues refleja una contracción directa de la capacidad productiva del país.
Perspectivas: la urgencia de la competitividad estructural
En el plano cambiario, las proyecciones macroeconómicas vigentes sugieren que el dólar real continuará bajo, por lo que las cadenas regionales no podrán depender de saltos de devaluación.
Las recientes mejoras en ciertos precios internacionales aportan un alivio, pero su naturaleza es frágil. Responden más a mermas puntuales de cosecha en competidores que a un rebote sólido de la demanda global.
Dichas subas circunstanciales corren el riesgo de disiparse rápidamente en cuanto los mercados competidores normalicen su producción y oferta en las siguientes temporadas.

En definitiva, el contexto del “otro agro” muestra una realidad dual: precios desfavorables e incertidumbre macroeconómica conviven con volúmenes exportados resilientes.
Sin el auxilio de un dólar alto, el éxito futuro descansará exclusivamente en la eficiencia productiva, reducción de costos, diferenciación de producto y apertura de nuevos mercados internacionales.

















