“ Sirvamos al Señor ”

“ Sirvamos al Señor ”

Lectura del santo evangelio según san Mateo 19, 23-30

 

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad os digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».

Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».

Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».

Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».

Jesús les dijo:
«En verdad os digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también vosotros, los que me habéis seguido, os sentaréis en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.

Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.

Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».

 

 

Palabra del Señor
Hoy se celebra el Día de la Asunción de la Virgen

Hoy se celebra el Día de la Asunción de la Virgen

La fiesta de la Asunción de la Virgen María celebra su nacimiento al cielo en cuerpo y alma, ofreciendo a los fieles un signo de consuelo y esperanza segura. Dogma. Oración a María Asunta.

 

 

Ciudad del Vaticano, sábado 15 agosto (PR/26) — La solemnidad de la Asunción de la Santísima Virgen María fue fijada en el 15 de agosto ya en el siglo V, con el sentido de «Nacimiento al Cielo» o, en la tradición bizantina, «Dormición» de Nuestra Señora.

En Roma, la fiesta se celebra desde mediados del siglo VII, pero hubo que esperar hasta el 1 de noviembre de 1950, con Pío XII, para que se proclamara el dogma dedicado a María asunta al cielo en cuerpo y alma. En el Credo Apostólico profesamos nuestra fe en la «Resurrección de la carne» y en la «vida eterna», fin y sentido último del camino de la vida.

Esta promesa de fe se cumple ya en María, como «signo de consuelo y esperanza segura» (Prefacio). Este privilegio de María está estrechamente ligado al hecho de ser la Madre de Jesús: dado que la muerte y la corrupción del cuerpo humano son una consecuencia del pecado, no era conveniente que la Virgen María -libre de pecado- se viera afectada por ellos.

De ahí el misterio de la «Dormición» o «Asunción al Cielo».

 

 

El hecho de que María esté ya en el cielo en cuerpo y alma es para nosotros un motivo de alegría, de felicidad, de esperanza. Una criatura de Dios -María- ya está en el cielo: con ella y como ella estaremos también nosotros, criaturas de Dios, un día.

El destino de María, unida al cuerpo transfigurado y glorioso de Jesús, será el destino de todos los que están unidos al Señor Jesús en la fe y en el amor. Es interesante constatar que la liturgia -a través de los textos bíblicos tomados del libro del Apocalipsis y de Lucas, con el canto del Magnificat– nos lleva a orar más que a reflexionar.

El Evangelio, en efecto, nos sugiere que leamos el misterio de María a la luz del Magnificat: el amor gratuito que se extiende de generación en generación y la predilección por los últimos y los pobres encuentran en María su mejor fruto, su obra maestra, un espejo en el que todo el pueblo de Dios puede mirar sus propios rasgos.

La solemnidad de la Asunción al Cielo de la Santísima Virgen María en cuerpo y alma es el signo elocuente de que no sólo el alma sino también el cuerpo son «cosa muy hermosa» (Gn 1,31), hasta el punto de que, como en la Virgen María, nuestra carne será asumida en el cielo.

Esto no nos exime de comprometernos con la historia; al contrario, es precisamente la mirada hacia la meta, hacia el cielo, nuestra patria, la que nos impulsa a comprometernos en nuestra vida presente siguiendo la línea del Magnificat: alegres por la misericordia de Dios y atentos a todos los hermanos que encontramos en el camino, empezando por los más débiles y frágiles.

El dogma definido por Pío XII

 

 

«Después de elevar a Dios repetidas súplicas y de haber invocado la luz del Espíritu de Verdad, para la gloria de Dios Todopoderoso que otorgó a la Virgen María Su especial benevolencia en honor de Su Hijo, Rey Inmortal de los siglos y vencedor del pecado y de la muerte, para mayor gloria de su augusta madre y para alegría y regocijo de toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, de los santos apóstoles Pedro y Pablo y con la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos como dogma revelado por Dios que: la inmaculada Madre de Dios, la siempre virgen María, habiendo completado el curso de la vida terrena, fue asumida en cuerpo y alma a la gloria celestial” (Pío XII, Munificentissimus Deus, 1 de noviembre de 1950).

 

Del Evangelio de san Lucas:

“En aquellos días, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel.
Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi seno. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
María dijo entonces: «Mi alma proclama la grandeza del Señor,
y mi espíritu se alegra en Dios, mi salvador,
porque miró con bondad la humildad de su sierva.
En adelante, todas las generaciones me llamarán bienaventurada,
porque el Todopoderoso he hecho en mí grandes cosas: ¡su Nombre es santo!
Su misericordia se extiende de generación en generación sobre aquellos que lo temen.
Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón.
Derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías.
Socorrió a Israel, su servidor, acordándose de su misericordia,
como lo había prometido a nuestros padres, en favor de Abraham y de su descendencia para siempre».
María permaneció con Isabel unos tres meses y luego regresó a su casa”. (Lc 1,39-56)

 

Alabar al Señor

La Virgen María, con su Magnificat, nos enseña a alabar a Dios. Es una invitación a través de la cual Nuestra Señora, que hoy contemplamos en la gloria, nos anima a actuar y a ir más allá de nuestra costumbre de exagerar los problemas y las dificultades. No se trata de vivir como si no hubiera problemas, sino de valorar lo bello y lo bueno que hay en la vida, y de saber dar gracias a Dios por ello. De este modo, los problemas se colocan en su justa perspectiva.

 

Dios sorprende

Otro aspecto que merece ser destacado en este día es el hecho de que María era virgen e Isabel era estéril. Dios va «más allá», sorprende con su acción providencial de salvación.

María está ahora en la gloria de Dios; ha llegado al Destino donde un día nos encontraremos todos. Por eso es hoy un signo de consuelo y de esperanza, porque si ella, criatura como nosotros, lo ha alcanzado, también nosotros podremos alcanzarlo.

Mantengamos nuestra mirada y nuestro corazón fijos en aquella que nunca abandonó a su Hijo Jesús y con Él goza hoy de la alegría y la gloria del Cielo. Y encomendémonos a ella pidiéndole que nos ayude a recorrer el camino de la vida sabiendo reconocer las grandes cosas que Dios realiza en nosotros y a nuestro alrededor, para magnificarlo con el canto de nuestra existencia.

 

 

Oración a María Asunta

Oh María Inmaculada Asunta al cielo,
tú que vives bienaventurada en la visión de Dios:
de Dios Padre que te hizo alta criatura, de Dios Hijo que quiso
ser generado como hombre por ti y tenerte como madre,
de Dios Espíritu Santo que en ti realizó la concepción humana del Salvador.

Oh María purísima,
Oh María dulcísima y bellísima,
Oh María, mujer fuerte y reflexiva.
Oh María, pobre y dolorosa,
María, virgen y madre,
mujer humanísima como Eva, más que Eva;
cercana a Dios en tu gracia, en tus privilegios,
en tus misterios,
en tu misión, en tu gloria.
Oh María asunta a la gloria de Cristo en la perfección completa
y transfigurada de nuestra naturaleza humana.
Oh María, puerta del cielo,
espejo de la Luz divina,
santuario de la Alianza entre Dios y los hombres,
deja que nuestras almas vuelen tras de ti
deja que se eleven tras tu radiante camino
transportadas por una esperanza que el mundo no tiene, la de la dicha eterna.
Consuélanos desde el cielo, oh Madre misericordiosa,
y por tus caminos de pureza y esperanza guíanos un día al encuentro feliz contigo
y con tu divino Hijo nuestro Salvador Jesús. ¡Amén!

(San Pablo VI)

 

 

Fuente: Vatican News

Primicias Rurales

“ Disfrute y dignidad ”

“ Disfrute y dignidad ”

Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

 

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».

Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad os digo que, si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.

Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.

¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.

Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».

 

 

Palabra del Señor

León XIV: Confiar en Dios, no desesperarnos en la oscuridad

León XIV: Confiar en Dios, no desesperarnos en la oscuridad

Durante el Ángelus dominical, el Papa León XIV reflexionó sobre el pasaje de Jesús caminando sobre las aguas, exhortando a los fieles a confiar en Dios con humildad y a no desesperar en los momentos de oscuridad.

Johan Pacheco – Ciudad del Vaticano

 

 

Ciudad del Vaticano, domingo 9 agosto (PR/26) –En la meditación del Ángelus de este domingo XIX del Tiempo Ordinario, el Papa comenta el Evangelio exhortando a confiar en el Señor, quien dice a sus discípulos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

“Hoy el Evangelio nos habla de Jesús, quien, en el lago de Galilea, caminando sobre las aguas, se une a los discípulos en medio de una tormenta (cf. Mt 14,22-33)”, recordó el Papa León XIV en la soleada mañana de Roma de este domingo 9 de agosto desde el Palacio Apostólico.

La meditación previa al rezo del Ángelus de este domingo es una invitación del Papa León XIV a vivir confiadamente nuestra fe en el Señor, como la de los discípulos que lo reconocieron en la barca ante las amenazas de la marea: “no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad”. Y tampoco caer en la tentación de ser “presuntuosos” ante el éxito, pues siempre será necesario el auxilio del Señor.

Subir a la barca

El Santo Padre reflexiona con el Evangelio del domingo XIX del Tiempo Ordinario: “El Maestro insta a sus discípulos a subir a la barca y a hacerse a la mar, mientras Él se retira al monte a solas para orar. Lejos de la orilla, sin embargo, se encuentran a merced del viento y les cuesta avanzar. Tras una experiencia exitosa, en la que habían sido protagonistas de un signo prodigioso, ahora se encuentran frágiles y asustados ante la amenaza de las olas y el viento en contra”.

Y en aquel momento de “aguas agitadas”, los discípulos confundieron a Jesús con un fantasma. Pero Él les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

“La presencia del Señor lo cambia todo: Pedro incluso logra dar unos pasos sobre las olas hacia Él; luego se asusta, comienza a hundirse y Jesús lo salva”, recuerda el Papa según el relato evangélico.

“Cuando el Maestro sube a la barca, la tormenta se calma, y entonces brota espontáneamente del corazón de los discípulos la profesión de fe: «En verdad tú eres el Hijo de Dios» (v. 33)”.

La experiencia de la debilidad

El Papa, comentando este Evangelio, indica que a los discípulos, para llegar a esta profesión de fe, “no les bastó haber presenciado un milagro, ni haber tenido éxito ante la gente: tuvieron que pasar por la experiencia de su debilidad y, en ella, reconocer la presencia de Dios. Solo de este modo realmente pudieron abrir los ojos y el corazón a su cercanía, encontrando paz incluso en medio de la tempestad”.

“Tiempo después —dijo el Papa—, un día Jesús les dirá: «Si ustedes tienen fe y no dudan […], dirán a este monte: “¡Quítate y lánzate al mar!”, y así sucederá» (Mt 21,21). Y eso mismo es lo que experimentaron en el lago: la paz de Cristo, que había estado en la montaña orando, los alcanzó en medio de la furia de las aguas”.

 

La tentación de ser presuntuosos

León XIV en su meditación refiere una enseñanza que deja este milagro: “Ante todo, a no dejarnos llevar por el éxito y a no ser nunca presuntuosos; y, al mismo tiempo, a no desesperarnos, ni siquiera en los momentos de oscuridad, cuando nos sentimos impotentes ante los problemas y, a pesar de nuestros esfuerzos, nos parece que vamos más hacia atrás que hacia adelante”.

“En cualquier circunstancia —reitera León XIV—, Jesús no nos abandona y, si lo acogemos con humildad en la barca de nuestra vida —con la oración, con los sacramentos, con la escucha de su Palabra—, en Él encontraremos la paz, encontraremos luz y fuerza para nuestro camino”.

Concluye encomendando a la Virgen María para que nos ayude a vivir “abandonados confiadamente en Dios, ella, que fue llamada dichosa por su fe (cf. Lc 1,45)”.

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Vatican News
“ Señor, ayúdame ”

“ Señor, ayúdame ”

Lectura del santo Evangelio según san Mateo 15, 21-28

 

En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.

Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».

Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».

Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».

Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».

Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».

Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».

En aquel momento quedó curada su hija.

 

 

Palabra del Señor