“La semilla crece sin que él sepa cómo”

“La semilla crece sin que él sepa cómo”

Lectura del santo evangelio según san Marcos 4, 26-34

 

En aquel tiempo, Jesús decía al gentío:
«El reino de Dios se parece a un hombre que echa semilla en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo fruto sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto, se mete la hoz, porque ha llegado la siega».

Dijo también:
«¿Con qué podemos comparar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después de sembrada crece, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros del cielo pueden anidar a su sombra».

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

Palabra del Señor
Reina de la Paz: «Hijitos, sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios»

Reina de la Paz: «Hijitos, sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios»

Mensaje de la Virgen de Medjugorje

 

El nuevo mensaje de la Virgen de Medjugorje invita a los fieles a “ser oración” y “ser bendición”, proponiendo una vida transformada en signo del amor de Dios, con una espiritualidad concreta que se vive en lo cotidiano y se traduce en paz, esperanza y conversión permanente.

Buenos Aires, miércoles 28 enero (PR/26) — La Virgen María por medio de sus mensajes como la Reina de la Paz desde Medjugorje, aldea croata en Bosnia Herzegovina,  nos presenta de un modo cercano y maternal un programa de trato con Dios a través de la oración y los sacramentos.

Estos mensajes marianos son, sobre todo, mensajes de paz y de esperanza para cada uno de nosotros y para el mundo. Abarcan desde el inicio de las apariciones, en el año 1981, cuando se dirige especialmente a la Parroquia de Medjugorje, hasta la actualidad.

Este es el último mensaje de Nuestra Madre,  la Reina de la Paz a través de Marija, que dio el domingo 25 de enero de 2026, dirigido expresamente a toda la Humanidad.

25 de enero de 2026

ÚLTIMO MENSAJE DE LA VIRGEN DE MEDJUGORJE

«¡Queridos hijos! Hoy los invito a ser oración y bendición para todos aquellos que no han conocido el amor de Dios. Hijitos, sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios, para que con sus vidas sean signo del amor de Dios para los demás. Los bendigo con mi bendición maternal e intercedo por cada uno de ustedes ante mi Hijo Jesús. Gracias por haber respondido a mi llamado.»
(Con aprobación eclesiástica)

 

Reflexión del P. Gustavo Jamut al mensaje del 25 de enero de 2026

¡Queridos hermanos reciban hoy y siempre la paz y la alegría de Jesús y de María!

Hoy volvemos a entrar a un nuevo curso, taller o clase magistral que nuestra Madre la Virgen Santísima nos da en su “escuela” a través de este mensaje. De nosotros depende ser buenos alumnos (es decir discípulos) o no.

A continuación intentaré desglosar algunas reflexiones en base a las apreciaciones que esta bendita “clase maternal” quiere ser para nosotros.

Como estas reflexiones suelen llegar a personas que vienen recorriendo este camino espiritual desde hace muchos años, así como también a quienes recién inician, me parece adecuado comenzar recordando o explicando que se puede entender como entrar a “la escuela de María”.

Entrar en la “escuela de María” significa -a mi entender- aceptar un camino de formación espiritual guiado por la Virgen, donde se aprende a vivir en gracia, oración, paz, construyendo fraternidad, y santidad, con la confianza puesta en Dios y en su misericordia. Es una invitación a dejarnos educar por el Espíritu Santo con la ayuda e intercesión María como Madre, para crecer en la fe y responder con firmeza a su llamado. Esto se produce cuando en nosotros se desarrolla la conciencia de que necesitamos tender a una conversión permanente (a un cambio de mentalidad) para albergar en nosotros los pensamientos, sentimientos, palabras y acciones de Dios y de María.

Para esto quiero proponerte que, si ya has leído el mensaje de este mes, vuelvas a leerlo. Pero que en esta ocasión lo hagas mucho más lentamente, con pausas, y estando más atento. Esto es necesario para llegar a percibir que palabra resuena en lo más íntimo de tu alma; pues a través de ese “resonar interior”, el Espíritu Santo te estará hablando. El quiere formar tu corazón y tu pensamiento en la escuela de María. Luego pregúntate y pregúntale al Señor: “¿qué puedo hacer para incorporar esa palabra, idea o pedido de María a mi vida concreta?”.

Un ejemplo de esto nos lo da un querido hermano de la CEMP (Comunidad Evangelizadora Mensajeros de la Paz), quien al leer y meditar el mensaje de este veinticinco de enero, escribió en el chat de la comunidad como sintió que una de las palabras en particular: «Diferentes», resonaba en su corazón; y compartía lo siguiente: «Diferentes»: palabra que quizás haga ruido no? reconozco que al principio eso sentí, pero al seguir tratando de comprender lo que nos dice la Madre, sentí que nos sigue llamando a la conversión, a seguir convirtiendo nuestro corazón y a salir del pensamiento «ahora esto somos» y que con amor, valentía y  creatividad podamos ser signos del Amor de su Hijo… y para ello debemos intentar y esforzarnos para ser «diferentes» cada día… Diferentes nosotros mismos”.

En mi caso particular las palabras o frases que en primer lugar sentí que me invitaban a dejarme discipular por el Señor fueron “ser oración” y “ser bendición”. Lo cual me llevó a preguntarme ¿que significa ser oración? y ¿cuál es la diferencia con hacer oración?; y ¿que significa ser bendición? y ¿cuál es la diferencia con bendecir?

Para quienes (siguiendo el llamado de María) participan de grupos de oración, y comparten fraternalmente cada mes alguna reflexión o idea acerca del mensaje, tal vez pueda servirles la respuesta que yo encuentro al respecto.

“Hacer oración”, es una acción concreta: dedicar un tiempo específico a rezar, hablar con Dios, leer la Biblia, meditar, etc. Es una práctica intencional, ya que se trata de un acto que comienza y termina, como rezar el Rosario, participar en la liturgia o elevar una súplica. Es un momento de encuentro con Dios dentro de la jornada.

“Ser oración” en cambio, es un estado permanente, ya que no se limita a un momento, sino que toda la vida, gestos y actitudes se convierten en diálogo con Dios. Es la existencia ofrecida, pues la persona misma se vuelve oración, porque su ser, su trabajo, su descanso, su sufrimiento y su alegría están unidos a Dios.

La Madre no sólo nos pide “hacer oración”, sino “ser oración”. Esto nos compromete a una transformación interior permanente, pues ya no es sólo “rezar”, sino vivir en constante presencia y comunión con el Señor. Un ejemplo bíblico al respecto lo hallamos en San Pablo, cuando nos exhorta: “Oren sin cesar” (1 Tes 5,17). Esto no significa repetir palabras todo el día, sino que la vida entera se convierta en oración.

Existe una frase de Santa Teresa de Ávila muy conocida: “el Señor camina entre las ollas y sartenes” (Obras Completas de Santa Teresa de Ávila, Vol III, p. 120). Otras traducciones serían: “Dios está entre las cacerolas” (“entre los pucheros anda el Señor”) Estas palabras nos recuerdan que Dios se encuentra no sólo en el silencio y la oración, sino también en nuestros deberes diarios; en las tareas y actividades más cotidianas, no solo en lo extraordinario.

En este sentido, “ser oración” nos recuerda que la santidad se encuentra en vivir el día a día con amor y conciencia de su presencia, incluso en la cocina. Esta idea promueve una espiritualidad que integra lo sagrado en lo ordinario, haciendo de cada momento una oportunidad para el encuentro con Dios.

Cuando alguien “es oración”, incluso su silencio, su mirada, su servicio y su manera de amar se convierten en plegaria viva. Es como si la persona se transformara en un sacramento de la presencia de Dios en el mundo. Es por eso que podríamos decir que: “hacer oración” es como encender una vela, pero “ser oración” es convertirse en la misma luz que ilumina, siempre encendida en el corazón. De este modo el 100% de tu vida puede ser el momento o lugar donde encontrar a Dios, lo cual te conducirá a una profundidad y libertad únicas.

Cuando “somos oración” nuestra vida se encarna en la realidad cotidiana de manera radical, pues experimentamos (como leemos en los evangelios que lo vivía María), que Dios no solo se encuentra en los templos, sino en los pequeños detalles, en las decisiones diarias, en los encuentros, e incluso en los conflictos y hasta en las heridas de la vida.

Ahora bien, ¿qué podemos decir acerca de la afirmación de “ser bendición para todos”? prácticamente -a mi entender- es similar a lo anterior.

“Ser bendición” “bendecir” están íntimamente relacionados, pero no son exactamente lo mismo. Te lo explico del siguiente modo: “Bendecir” es una acción concreta: pronunciar palabras o realizar gestos que invocan la gracia de Dios sobre alguien o algo. Un ejemplo bíblico de esto es Jesús cuando bendice a los niños imponiéndoles las manos (Mc 10,16). Es un acto que se realiza en un momento específico: rezar por alguien, hacer la señal de la cruz, dar una bendición litúrgica.

En cambio “Ser bendición”, como nos pide la Gospa, es un estado permanente, ya que no se limita a un acto, sino que la persona misma se convierte en fuente de gracia y paz para los demás.

El ser bendición está representada en la existencia ofrecida como oblación: tu vida, tus pensamientos acerca de los otros, tus conversaciones, tus gestos, tu manera de amar y servir transmiten la presencia de Dios. El ejemplo bíblico más explícito es cuando Dios le dice a Abraham: “Serás bendición” (Gn 12,2). No solo recibirá bendiciones, sino que su vida entera será canal de bendición para otros.

Por lo tanto, debes recordar que “Ser bendición” es un modo de ser, donde tu existencia misma irradia la bondad y misericordia de Dios. De este modo “ser bendición” es “ser bien”, es decir, que tu vida se convierta en un signo vivo del amor de Dios, es el irradiar la bondad de Dios.

Finalizo esta reflexión con la siguiente imagen: “Bendecir”, es como abrir una ventana para que entre la luz. “Ser bendición” es como ser tú mismo esa luz que ilumina, sin necesidad de abrir nada. En definitiva “Ser bendición” debería ser nuestra identidad.

El mensaje de Nuestra Señora de este mes aun nos da muchos elementos más para meditar, pero siento que es mejor hacerlo más adelante, en otra reflexión… especialmente porque las frases “sean diferentes a los demás y sean personas positivas de oración y de amor a Dios” servirían -aunque fuesen sólo ellas- para todo un retiro espiritual.

Le pido a Dios que te bendiga, y te pido que me lleves en tu oración. Hasta pronto, si Dios quiere.

Padre Gustavo E. Jamut

Oblato de la Virgen María

 

 

Oración

María, Reina de la Paz, Madre que nos conduces a tu Hijo, haz de nuestra vida una oración constante, que cada gesto, cada silencio y cada palabra sea un diálogo de amor con Dios.

Enséñanos a ser bendición, a irradiar la luz de Cristo en medio de la oscuridad, para que quienes aún no conocen su amor puedan descubrir en nosotros un reflejo de su misericordia.

Toma nuestras manos, nuestros pasos y nuestro corazón, y conviértelos en instrumentos de paz, para que allí donde haya indiferencia, nazca la ternura; donde haya rechazo, florezca la acogida; y donde haya vacío, resplandezca la plenitud del Espíritu.

María, Madre y Maestra, haznos oración viva y bendición constante, para que el mundo entero se abra al abrazo del Padre y a la alegría de tu Hijo Jesús. Amén.

Fuente: https://centromedjugorje.org/

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Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

Cada 24 de enero celebramos a San Francisco de Sales, que venció su mal carácter por amor a la Virgen

La Iglesia celebra a San Francisco de Sales, obispo y Doctor de la Iglesia, recordado por su mansedumbre, su profunda vida espiritual y su enseñanza sobre la caridad cristiana. Patrono de periodistas y escritores, su legado sigue inspirando a quienes buscan transformar las debilidades personales en camino de santidad.
San Francisco de Sales, 24 de enero / ACI Prensa

Buenos Aires, sábado 24 enero (PR/26) — Cada 24 de enero la Iglesia Católica celebra a San Francisco de Sales, obispo de Ginebra (Suiza) y Doctor de la Iglesia Universal; conocido como “El santo de la amabilidad” porque fue precisamente alguien que, según se cuenta, entre sus fragilidades contaba con un mal carácter.

Siendo así, se acogió a la gracia divina y a los cuidados maternales de la Virgen para dominar aquella horrible pasión y trocarla en virtud.

Dios, que lo vio batallar cooperando con su gracia, le concedió la corona de la santidad. Hoy, desde el cielo, San Francisco de Sales intercede por todos aquellos que, como él, combaten contra sus propias debilidades -esas que suelen convertirse en ocasión de pecado-, o por todos los que procuran con esmero adquirir o crecer en la virtud.

San Francisco de Sales es patrono de la prensa católica, de los periodistas y de los escritores. Se le considera un maestro espiritual, inspirador de santos como Don Bosco y Santa Teresita del Niño Jesús.

Un “pequeño exceso” de ímpetu

Francisco nació en el castillo de Sales, ducado de Saboya (en ese entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico), en el año 1567. Fue el mayor de seis hermanos, de carácter inquieto y juguetón, al punto que su madre y su nodriza tuvieron siempre que redoblar esfuerzos para cuidarlo o estar pendientes de sus andanzas.

Desde pequeño evidenció algo de su talante áspero. Con los años, para bien, descubriría la necesidad de luchar contra las miserias propias de un carácter irritable y así asemejarse al manso Jesús de Nazareth. Cuentan sus biógrafos que cierto día un calvinista visitó el castillo en el que vivía, y el pequeño Francisco, al enterarse, tomó un palo y se fue a corretear a las gallinas gritando: “Fuera los herejes, no queremos herejes”.

Su padre, por su parte, queriendo que Francisco crezca bien disciplinado, eligió como preceptor a un sacerdote, el P. Deage, un hombre de talante muy exigente. El sacerdote le hizo pasar amargos ratos a Francisco, pero, como él mismo reconoció después, estos le ayudarían mucho en su formación humana y cristiana.

A los 10 años, Francisco hizo su primera comunión y recibió la confirmación. Esa experiencia juvenil de encuentro con la gracia de Dios lo motivó a frecuentar el Santísimo Sacramento y pasar horas frente a Él en oración. Más adelante, su padre lo envió al Colegio de Clermont, dirigido por los jesuitas, conocido por su ambiente de piedad y amor por la ciencia. Una combinación atractiva para el joven Francisco.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero” (Rom 7, 19)

Bajo la dirección del P. Deage, Francisco se confesaba y comulgaba todas las semanas. Se entregó al estudio y empezó a practicar equitación, esgrima y baile. El noble joven, que empezaba a destacar como estudiante cultivado, se convirtió en el invitado preferido de reuniones y actividades sociales.

No obstante, su mal genio le seguiría jugando malas pasadas. A veces sus desatinos o exabruptos lo convirtieron en objeto de burlas y humillaciones, siendo que su alma tenía que cargar el peso del rencor y el deseo de revancha. Como era un hombre educado, solía controlarse al punto de que muchos no tenían idea de su mal genio.

A pesar de ese “recurso”, con el tiempo, las malas experiencias se iban acumulando en el corazón y Francisco sufría mucho. Llegó un momento en que incluso pensó que se condenaría al infierno para siempre. La mera posibilidad de que algo así sucediese lo atormentó durante mucho tiempo; tiempo en el que perdió el apetito y empezó a tener dificultades para dormir.

Por la senda de la caridad

Entonces, un día, Francisco le dijo a Dios en oración: “No me interesa que me mandes todos los suplicios que quieras, con tal de que me permitas seguirte amando siempre”. Determinado a encontrar una salida a sus entrampamientos, empezó a frecuentar templos y a ponerse en oración. Un día, en la Iglesia de San Esteban en París, arrodillado ante la imagen de la Virgen, pronunció la famosa oración de San Bernardo: “Acuérdate, Oh piadosísima Virgen María…”.

Por primera vez en mucho tiempo, Francisco encontró algo de la paz que tanto anhelaba. Y ese hallazgo había sido posible gracias a la Madre de Dios.

Haber pasado por una prueba de esta naturaleza curó mucho del orgullo que, sin saber, le había atormentado tanto tiempo. En ese momento, Francisco también podía entender mejor a las personas que lo rodeaban y darse cuenta de lo imperioso que era tratarlas con bondad. Marchó a estudiar leyes a Padua, como era el deseo de su padre, pero se matriculó también para estudiar Teología. En su corazón había brotado el deseo de conocer las cosas de Dios con profundidad.

El joven así confesaría a su padre su deseo de ser sacerdote. Al principio se encontró con una férrea resistencia, pero finalmente el padre se dejó convencer. Entonces renunció al señorío de Villaroger, que le correspondía, y se ordenó sacerdote el 10 de mayo de 1593.

Primero se desempeñó como canónigo de Annecy, aunque a la muerte del deán del Capítulo de la Catedral de Ginebra, un grupo de personajes influyentes entre los que estaba su primo, el canónigo Luis de Sales, intercedió ante el Papa para que le otorgara el cargo vacante a Francisco.

Preocupación por los que tienen una fe frágil

El santo empezó a escribir y publicar sus homilías, con las que armó una suerte de panfleto de divulgación. En ellas exponía la doctrina de la Iglesia y refutaba las posturas calvinistas. Estos escritos más tarde formarían parte de su famoso texto llamado Controversias.

Con todo, lo que la gente más admiraba era la paciencia con la que el santo soportaba las dificultades y penas que su cargo le originaba.

El Pontífice lo confirmó como coadjutor de Ginebra y el santo regresó a su diócesis a trabajar con empeño redoblado. A la muerte del obispo, Francisco le sucede en el cargo y fija su residencia en Annecy.

En ese periodo tuvo como discípula a Santa Juana de Chantal, con quien fundaría la Congregación de la Visitación en 1610. Con las notas con las que instruía a la santa compuso su célebre Introducción a la vida devota, la más conocida de sus obras.

En 1622, el duque de Saboya lo invitó a reunirse con él en Aviñón. El santo obispo aceptó la invitación, preocupado por el bienestar de la parte francesa de su diócesis. El viaje, sin embargo, era arriesgado debido a su cada vez más débil salud y al recio invierno. Luego de encontrarse con el duque, San Francisco inició el retorno. Aquella travesía sería la última.

Se detuvo en Lyon y se hospedó en la casita del jardinero del convento de la Visitación. Desde allí atendió espiritualmente por un mes entero a las religiosas. Fue el tiempo en el que disertó y escribió sobre la humildad.

Luego, a pesar del crudo invierno, prosiguió el viaje predicando y administrando sacramentos, hasta que las fuerzas lo dejaron. San Francisco de Sales murió a los 56 años, el 28 de diciembre de 1622.

Legado

Un día después de la muerte del obispo la ciudad entera de Lyon desfiló frente a la humilde casa donde había fallecido. Dado que gozaba de fama de santidad, en 1632 abrieron su féretro para saber cómo estaban sus restos. El cuerpo del santo estaba en buen estado y lucía como aquel que goza de un apacible sueño.

San Francisco de Sales sería canonizado en 1665. En 1878 el Papa Pío IX lo declaró Doctor de la Iglesia. No mucho después, San Juan Bosco lo haría patrono de su recién fundada congregación -la Pía Sociedad de San Francisco de Sales- y lo convertiría en modelo para el servicio de sus hijos espirituales, los “salesianos”.

Si quieres conocer más sobre la vida de San Francisco de Sales, puedes leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Francisco_de_Sales.

Más información:

 

 

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Fuente: ACI Prensa

León XIV insta a sacar tiempo para la oración y la reflexión: “Estamos llamados a hablar con Dios”

León XIV insta a sacar tiempo para la oración y la reflexión: “Estamos llamados a hablar con Dios”

“Durante la vida del cristiano no puede faltar el tiempo dedicado a la oración, a la meditación y a la reflexión”, señaló el Pontífice durante la catequesis pronunciada en la Audiencia General de este 14 de enero.

El Papa prosiguió con el ciclo de enseñanzas dedicado al Concilio Vaticano II y centró su reflexión en la constitución dogmática Dei Verbum, dedicada a la divina revelación. En ese contexto, subrayó la importancia de la escucha y del diálogo con Dios como fundamentos de la vida cristiana.

“La primera actitud que hemos de cultivar es la escucha, para que la Palabra divina pueda penetrar en nuestras mentes y en nuestros corazones”, afirmó el Santo Padre ante las cientos de personas que acudieron a escucharlo al Aula Pablo VI del Vaticano.

Al mismo tiempo —añadió—, “estamos llamados a hablar con Dios, no para comunicarle lo que Él ya sabe, sino para revelarnos a nosotros mismos”.

León XIV recurrió además a la experiencia humana de la amistad para advertir sobre los peligros del descuido espiritual. “Las amistades pueden terminar a causa de algún gesto clamoroso de ruptura, o también por una serie de desatenciones cotidianas que desgastan la relación hasta romperla”, afirmó.

“Si Jesús nos llama a ser sus amigos —destacó—, intentemos no desoír su llamada. Acojámosla, cuidemos esta relación, y descubriremos que la amistad con Dios es nuestra salvación”.

El Papa insistió en que esta relación viva con Dios se cultiva especialmente a través de la oración, entendida como una auténtica amistad con el Señor.

Según explicó, esta experiencia se realiza, en primer lugar, en la oración litúrgica y comunitaria, donde “no somos nosotros quienes decidimos qué escuchar de la Palabra de Dios, sino que es Él mismo quien nos habla por medio de la Iglesia”.

“Sólo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él”

En este sentido, el Pontífice subrayó que sólo desde esa relación personal con Dios es posible dar testimonio auténtico de la fe: “Solo cuando hablamos con Dios podemos también hablar de Él”.

El Papa insistió en que la revelación divina posee un carácter profundamente dialógico, propio de la experiencia de la amistad. “No soporta el mutismo”, afirmó, sino que se alimenta de un intercambio de palabras verdaderas, capaces de crear comunión.

León XIV también distinguió entre la “palabra” y la “charla”, señalando que esta última se queda en la superficie y no genera una auténtica relación. Por el contrario, en las relaciones verdaderas —explicó— la palabra no sirve solo para intercambiar informaciones, sino para “revelar quiénes somos” y para establecer un “vínculo profundo” con el otro.

 

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Fuente: ACI Prensa

El Papa: en la Iglesia el problema no son los números, sino el «sentirse Iglesia»

El Papa: en la Iglesia el problema no son los números, sino el «sentirse Iglesia»

En el número de enero de la revista Piazza San Pietro, León XIV responde a la carta de una catequista suiza que escribe: «Siembro, pero las plantitas tienen dificultad para crecer. Los niños y las familias prefieren el deporte y las fiestas». El Pontífice afirma: «Las horas dedicadas a la catequesis nunca se desperdician, aunque los participantes sean muy pocos. El problema es la falta de conciencia de sentirse Iglesia».

Ciudad del Vaticano, miércoles 14 enero (PR/25) — Como es habitual, el número de enero de 2026 de la revista Piazza San Pietro se abre con una intervención del Santo Padre y está dedicado íntegramente al tema de la paz. Este mes el Papa León XIV responde a una lectora: Nunzia, catequista suiza que vive en Laufenburg, un pequeño municipio de 620 habitantes.

«Siembro, pero las plantitas tienen dificultad para crecer. Los niños y las familias prefieren el deporte y las fiestas», escribe esta mujer de 50 años, contando con pasión su compromiso de diez años en la catequesis, desde la Primera Comunión hasta la Confirmación.

En su carta describe una realidad difícil: «Aquí en Suiza cuesta involucrar a los padres y, a veces, también a los niños y a los jóvenes para que confíen en Dios».

Familias poco presentes y a menudo indiferentes a la práctica religiosa; niños más atraídos por el deporte, la música, los teléfonos móviles y las fiestas que por la fe; domingos con iglesias cada vez más vacías, frecuentadas sobre todo por personas mayores; el esfuerzo cotidiano de «sembrar» cuando el terreno parece árido: este es el panorama que traza la catequista helvética.

Y, sin embargo, frente al desánimo, reafirma su compromiso: «Yo trato de sembrar, pero las plantitas tienen dificultad para crecer».

Al Sucesor de Pedro le pide una oración por los jóvenes que le han sido confiados y por ella misma, para no perder el valor de seguir adelante.

 

 

La respuesta del Papa León

Desde las páginas de Piazza San Pietro, dirigida por el padre Enzo Fortunato, León XIV acoge las preocupaciones de Nunzia y las sitúa en el contexto europeo: «La situación en la que usted vive no es distinta de la de otros países de antigua tradición cristiana».

El Pontífice invita a mirar más allá de los números de participación: «Las horas dedicadas a la catequesis nunca se desperdician, aunque los participantes sean muy pocos». Y lanza un desafío a la Iglesia: «El problema no son los números -que, ciertamente, invitan a reflexionar-, sino la cada vez más evidente falta de conciencia de sentirse Iglesia, es decir, miembros vivos del Cuerpo de Cristo, todos con dones y funciones únicas, y no simples consumidores de lo sagrado, de los sacramentos, quizá por pura costumbre’.

A Nunzia -y a todos los que viven dificultades similares- el Papa le indica un camino: «Como cristianos, siempre necesitamos conversión. Y debemos buscarla juntos». Y recuerda que la verdadera puerta de la fe «es el Corazón de Cristo, siempre abierto de par en par».

El llamado final del Obispo de Roma se enraíza en la herencia de Pablo VI: «Lo que podemos hacer es dar testimonio de la alegría del Evangelio de Cristo, la alegría del renacimiento y de la resurrección».

 

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Fuente: Vatican News