Jun 30, 2026 | Aventura y Turismo
Con raíces centroeuropeas, festivales únicos y una apuesta firme por el turismo sostenible, Villa General Belgrano recibió su certificado como candidata argentina a los Best Tourism Villages de ONU Turismo 2026.
Buenos Aires 30 junio (PR/26)–Hay pueblos que guardan un secreto: no hacen ruido, pero cuando los descubrís, no los olvidás más. Villa General Belgrano es uno de ellos.
Enclavado en las sierras cordobesas, este destino de aire centroeuropeo acaba de recibir un reconocimiento que puede cambiarle el rumbo para siempre: la Secretaría de Turismo y Ambiente de la Nación le entregó el certificado que lo acredita como candidato nacional para representar a la Argentina en la edición 2026 de los Best Tourism Villages de ONU Turismo, el programa de las Naciones Unidas que premia a los mejores pueblos turísticos del planeta.

El acto tuvo lugar en el propio pueblo y reunió a figuras clave del sector. El director nacional de Desarrollo y Promoción, Pablo Cagnoni, fue quien hizo entrega de la distinción. Del otro lado, la recibieron el intendente municipal Oscar Santarelli y el presidente de la Agencia Córdoba Turismo, Darío Capitani.
No fue solo un acto protocolar: la jornada incluyó una mesa de trabajo con autoridades municipales y provinciales, y una recorrida por los espacios más representativos del destino, desde emprendimientos privados hasta propuestas turísticas locales.
Un pueblo con alma europea en el corazón de Córdoba
Lo que hace especial a Villa General Belgrano no es solo su paisaje serrano —aunque eso ya sería suficiente—, sino la identidad que construyó a lo largo de décadas. Sus calles, su arquitectura, su gastronomía y sus fiestas llevan el sello de las raíces centroeuropeas de quienes lo fundaron y poblaron. Y eso se nota en cada rincón.

Entre sus celebraciones más icónicas se destacan el Oktoberfest, la Fiesta de la Masa Vienesa y la Fiesta del Chocolate Alpino, esta última recientemente declarada como fiesta nacional por la Secretaría de Turismo y Ambiente. Festivales que no solo atraen turistas, sino que refuerzan el orgullo y la pertenencia de la comunidad local.

Innovación para vivir el pueblo de otra manera
Pero Villa General Belgrano no se queda en el pasado. Durante la visita también se presentaron dos propuestas que muestran cómo el pueblo está innovando para enriquecer la experiencia de quienes lo visitan.
El City Tour Silent invita a recorrer los principales hitos arquitectónicos, históricos y culturales del pueblo con una audioguía y experiencia inmersiva: silencio afuera, historia adentro. Y el Dorf Tour ofrece un recorrido en bus turístico por las calles principales, donde el paisaje y las tradiciones cobran vida. Dos maneras distintas, complementarias, de descubrir que detrás de cada esquina hay algo para contar.
Argentina pone ocho pueblos en el mapa del mundo
Villa General Belgrano no compite sola. Este año, la Argentina postula ocho pueblos para los Best Tourism Villages: Cachi (Salta), Mar de las Pampas (Buenos Aires), Villa Sanagasta (La Rioja), Zenón Pereyra (Santa Fe), El Trapiche (San Luis), Puerto Pirámides (Chubut) y Tafí del Valle (Tucumán). Cada uno con su propia historia, su propio paisaje, su propia razón para estar en ese mapa.

Los Best Tourism Villages de ONU Turismo es una iniciativa que reconoce a los pueblos que conjugan naturaleza, cultura e identidad con un modelo de desarrollo basado en la sostenibilidad. En el proceso de selección pesan factores como la preservación del patrimonio, la integración de la cadena de valor turística y, sobre todo, la participación activa de la comunidad local. Porque los mejores destinos no son los que más invierten en marketing, sino los que tienen algo genuino para ofrecer. Y Villa General Belgrano, claramente, lo tiene.
Primicias Rurales
Fuente: argentina.gob.ar
Jun 23, 2026 | Actualidad, Vitivinicultura
Desde los Valles Calchaquíes hasta la Patagonia, la actividad vitivinícola gana terreno con propuestas diferenciadas que combinan identidad territorial, innovación y desarrollo regional.
Buenos Aires, martes 23 junio (PR/26) — Antes de la explosión de etiquetas premium, del auge del enoturismo y de la consolidación de Argentina como productor de vinos de calidad a nivel mundial, la vitivinicultura tenía una geografía bastante definida donde Mendoza y San Juan concentraban casi toda la actividad.
En los últimos años, el mapa del vino argentino comenzó a expandirse: “Estamos viendo un crecimiento y una extensión de la actividad vitivinícola en distintas regiones del país, con bodegas más boutique, proyectos más pequeños y una fuerte presencia de vinos de autor que se van sumando a toda la cadena productiva», explica Daniel Romero, secretario de Prensa de FOEVA, “las zonas que más se destacan son Cafayate, en Salta, algunos desarrollos emergentes en Jujuy y diversas regiones del sur argentino”, suma Romero.
Además de la producción tradicional de vinos, estas zonas comienzan a desarrollar otros productos derivados de la uva que amplían el alcance económico de la actividad: turismo, comercio y las industrias proveedoras encuentran nuevas oportunidades a medida que aumenta la producción y se desarrollan nuevos proyectos.
«Además de las bodegas, se benefician el turismo, la gastronomía, el comercio y toda la cadena de insumos que acompaña a la actividad, desde la producción de vidrio hasta el corcho, las etiquetas y el papel», afirma Romero.
Vinos con identidad propia

Una de las principales fortalezas de estas regiones es que ofrecen perfiles enológicos muy diferentes a los de las zonas tradicionales. Las condiciones climáticas, la altitud y las características de los suelos imprimen una identidad única a cada producción.
En las zonas de altura encontramos vinos con mucho cuerpo y gran intensidad aromática, especialmente en los blancos. En cambio, en el sur del país, las temperaturas más bajas permiten obtener vinos más suaves y con menor graduación alcohólica.
“Esta diversidad no solo amplía la oferta para los consumidores, sino que también abre nuevas oportunidades comerciales tanto en el mercado interno como en el exterior, donde cada vez existe mayor interés por etiquetas con identidad regional y producciones de escala limitada, señala Romero”.
Un motor para las economías regionales

Aunque Mendoza y San Juan continúan liderando ampliamente la producción nacional, las regiones emergentes vienen ganando participación de manera sostenida.
El fenómeno se refleja tanto en el crecimiento del consumo interno como en la llegada de inversiones de empresas y grupos vinculados al sector.
«Algunos actores importantes de la industria están comenzando a asentarse en estas nuevas zonas productivas, lo que demuestra el potencial que tienen para seguir creciendo», destaca Romero.
La expansión de la actividad también tiene un fuerte componente social. La vitivinicultura demanda mano de obra en múltiples etapas del proceso productivo, desde las tareas agrícolas hasta los puestos más especializados dentro de las bodegas

. «La génesis de la vitivinicultura aporta y sigue sosteniendo una enorme cantidad de actividades vinculadas al trabajo rural, como la siembra, la poda, la atada y la cosecha. A su vez, las bodegas incorporan cada vez más tecnología y generan empleos especializados», señala Romero.
Esta capacidad de generar trabajo local contribuye además al arraigo de las comunidades, especialmente en zonas alejadas de los grandes centros urbanos.
Los desafíos para consolidar el crecimiento
A pesar de las oportunidades, la expansión de la actividad enfrenta desafíos importantes. La vitivinicultura requiere inversiones significativas y tiempos largos para recuperar el capital invertido, una característica que la diferencia de otras actividades productivas.
«La inversión inicial es elevada y la rentabilidad llega en el largo plazo. Por eso, uno de los principales desafíos del sector es sostener esas inversiones durante el tiempo necesario para que los proyectos alcancen su madurez productiva», concluye Romero.

Con nuevos terroirs ganando reconocimiento, inversiones que comienzan a diversificarse y una creciente demanda por productos con identidad propia, la vitivinicultura argentina continúa ampliando sus fronteras.
Un proceso que no solo enriquece la oferta de vinos del país, sino que también fortalece el entramado productivo y el desarrollo de las economías regionales.
Primicias Rurales
Fuente FOEVA
Jun 15, 2026 | Actualidad, Columnas, Especial
Desde la Provenza inmortalizada por Marcel Pagnol hasta las crisis agrícolas del siglo XXI, el cine rural francés ha retratado como pocos la relación entre el hombre, la tierra y el paso del tiempo. Un recorrido por las películas que convirtieron al campo en protagonista de algunas de las historias más profundas y conmovedoras del cine europeo.
Autor: Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine
Buenos Aires, lunes 15 de Junio (PR/26)–El cine francés mantiene desde sus orígenes una relación íntima con la tierra. Los viñedos, las colinas, los campos de cultivo y los pequeños pueblos rurales nunca fueron simples escenarios: se transformaron en protagonistas capaces de contar historias de pertenencia, conflictos familiares, desigualdades sociales y cambios culturales.
A lo largo de más de un siglo, el cine rural francés construyó un extraordinario retrato de la Francia profunda, esa que vive lejos de París y de los grandes centros urbanos, donde los ritmos siguen marcados por las estaciones, las cosechas y las tradiciones heredadas de generación en generación.
Los primeros años: la tierra como destino
Ya en la década de 1930, el cine francés comenzó a descubrir la enorme fuerza narrativa del mundo rural.
Uno de los pioneros fue Jean Renoir, quien en Toni (1935) filmó en escenarios naturales de la Provenza y ofreció una mirada innovadora para su época. La vida de los trabajadores agrícolas, la inmigración y las tensiones sociales aparecían retratadas con una autenticidad cercana al documental.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el campo ocupó un lugar central en la reconstrucción simbólica del país. Mientras Francia intentaba sanar sus heridas, las películas mostraban una doble realidad: por un lado, la nostalgia por una vida campesina idealizada; por otro, la creciente amenaza del éxodo rural que comenzaba a vaciar pueblos enteros.
La Nouvelle Vague y una Francia rural relegada
Durante los años sesenta, la célebre Nouvelle Vague revolucionó el lenguaje cinematográfico. Sin embargo, la mayoría de sus figuras emblemáticas, Godard, Truffaut o Chabrol, dirigieron su mirada hacia las ciudades.

El campo quedó en un segundo plano, aunque algunos realizadores continuaron explorando la vida provincial y sus silencios. Allí empezó a consolidarse una oposición que reaparecería una y otra vez en el cine francés: la tensión entre el París moderno, dinámico y cambiante, y la llamada France profonde, aferrada a sus costumbres, sus ciclos naturales y sus viejas disputas.
Los años setenta: cuando el campo se volvió político
La década de 1970 trajo consigo una mirada más crítica y comprometida.
La mecanización agrícola, la desaparición de pequeñas explotaciones familiares, la concentración económica y las luchas de los productores rurales comenzaron a ocupar un lugar destacado en las historias.
El campesino dejó de ser una figura pintoresca para convertirse en el símbolo de una clase social amenazada por los cambios económicos y tecnológicos.
En ese contexto surgiría una de las obras más importantes de la historia del cine francés.
Jean de Florette y Manon des Sources: la epopeya moral de la Provenza
En 1986, el director Claude Berri estrenó Jean de Florette y Manon des Sources, adaptaciones de las novelas de Marcel Pagnol que rápidamente se transformaron en clásicos universales.

La trama parece sencilla: Ugolin Soubeyran y su tío César bloquean secretamente el manantial de una propiedad vecina para apropiarse de ella y desarrollar un rentable cultivo de claveles.
Cuando el nuevo propietario, Jean de Florette, llega desde la ciudad dispuesto a trabajar la tierra que heredó, ignora que su destino ya ha sido sellado por la ambición de quienes lo rodean.
Una tragedia griega bajo el sol de Provenza
Lo extraordinario de estas películas va mucho más allá de sus espectaculares paisajes.
Las colinas áridas, los caminos de piedra y la vegetación mediterránea forman parte de una tragedia donde la tierra parece observar en silencio los errores humanos.
Jean es trabajador, honesto y perseverante. Sin embargo, es un extranjero. Un hombre de ciudad que intenta integrarse a una comunidad cerrada sobre sí misma.

La indiferencia colectiva termina siendo tan devastadora como la propia conspiración.
La Provenza que muestran estas películas está muy lejos de las postales turísticas. Es una tierra donde los rencores se heredan, donde la posesión de una parcela puede definir una vida y donde el silencio pesa más que las palabras.
Marcel Pagnol y la memoria de la tierra
La fuerza de la historia nace de la experiencia personal de Marcel Pagnol, nacido en Aubagne y profundamente ligado al paisaje provenzal.
Al escribir L’eau des collines, la obra que reúne ambas novelas, Pagnol construyó mucho más que una historia rural: elaboró una profunda reflexión sobre la memoria, la identidad, la pertenencia y la justicia.
La adaptación de Claude Berri estuvo respaldada por interpretaciones memorables.
Yves Montand compone un César Soubeyran tan manipulador como humano. Daniel Auteuil entrega uno de los mejores trabajos de su carrera como Ugolin. Y Emmanuelle Béart, en la segunda parte, encarna a una Manon convertida en símbolo de la verdad y la reparación.

Emmanuelle Béart
El agua como metáfora universal
En ambas películas, el agua es mucho más que un recurso natural. Es vida, supervivencia y poder. Controlar un manantial significa controlar el destino de una familia. Pero también representa algo más profundo: la verdad.
Tal como ocurre con el agua subterránea, la memoria permanece oculta durante años, hasta encontrar finalmente el camino para salir a la superficie.

Por eso el desenlace de Manon des Sources (Manón del manantial) posee una potencia emocional tan extraordinaria: revela que algunas verdades pueden tardar décadas en emerger, pero nunca desaparecen por completo.
Después de Berri: entre la melancolía y la resistencia
El enorme éxito internacional de las películas inspiradas en Pagnol revitalizó el interés por el mundo rural.Sin embargo, las nuevas generaciones de cineastas abandonaron la mirada épica para explorar aspectos más duros y contemporáneos.
Directores como Bruno Dumont comenzaron a retratar una Francia rural marcada por el aislamiento, la falta de oportunidades y el desencanto.

En películas como La vie de Jésus (1997), el campo aparece como un espacio donde la juventud parece atrapada entre el aburrimiento, la violencia latente y la ausencia de perspectivas. La belleza del paisaje ya no alcanza para ocultar las heridas sociales.
El siglo XXI y las nuevas crisis del mundo rural
En las últimas décadas, el cine francés volvió a mirar hacia el campo impulsado por problemáticas urgentes.
La presión de los mercados, el endeudamiento de los productores, la concentración agroindustrial y las consecuencias del cambio climático se transformaron en temas centrales.
Una de las películas más representativas de esta etapa es Au nom de la terre (2019), dirigida por Édouard Bergeon, que aborda con enorme crudeza el drama de los agricultores atrapados por las deudas y la imposibilidad de sostener sus explotaciones.

En esta nueva etapa, el cine rural francés perdió parte de la nostalgia que caracterizaba a las obras de Pagnol, pero ganó una poderosa dimensión política.
El campo ya no es solamente un escenario de historias humanas universales: es también un territorio donde se manifiestan algunas de las tensiones más profundas de nuestro tiempo.
La tierra no olvida

Si existe un hilo conductor que atraviesa toda la historia del cine rural francés, es la convicción de que la tierra conserva memoria.
Desde las películas pioneras de Jean Renoir hasta las denuncias contemporáneas sobre la crisis agrícola, el campo ha funcionado como un gran archivo emocional de Francia. En ese recorrido, Jean de Florette y Manon des Sources ocupan un lugar privilegiado.
No solo representan una de las cumbres artísticas del cine francés, sino que transformaron un drama rural en una auténtica epopeya moral.
La imagen final de César Soubeyran enfrentando las consecuencias de sus actos permanece entre las más conmovedoras del cine europeo: la de un hombre que comprende demasiado tarde que la tierra puede ocultar secretos durante años, pero que ninguna verdad permanece enterrada para siempre.
Porque, al igual que el agua, la verdad siempre encuentra su camino.
Primicias Rurales
Autor: Gonzalo Fierro, médico, especialista en cine
Jun 13, 2026 | Ferias, Exposiciones y Cursos
El INYM y La Rural S.A. anuncian la vuelta de la feria más esperada por los amantes del mate: dos jornadas repletas de degustaciones, novedades y cultura yerbatera en el corazón de Buenos Aires.
Buenos Aires, sábado 13 de junio (PR/26)–El mate vuelve a tener su gran escenario. El Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) y La Rural S.A. confirmaron que MATEAR 2026 se realizará el 17 y 18 de octubre en el Pabellón Ocre del Predio Ferial de Palermo, uno de los espacios más emblemáticos del país.
Después de cada edición que dejó miles de personas con el mate en la mano y las ganas de volver, esta feria ya no necesita presentación: es, simplemente, el punto de encuentro de toda la cadena yerbatera argentina.
Dos días para vivir el mate de adentro hacia afuera
Durante las dos jornadas, el público podrá recorrer los stands de las principales marcas y establecimientos productores del país, participar de degustaciones gratuitas, descubrir nuevos productos y tendencias de consumo, asistir a charlas y actividades culturales, y disfrutar de una propuesta gastronómica pensada para los que el mate no es solo una bebida, sino un ritual.
Hay algo para cada visitante: desde el consumidor curioso hasta el productor que quiere mostrar su trabajo al mundo.
Detrás de cada mate, hay una familia y una región entera
MATEAR no es sólo una feria comercial: es una ventana abierta al trabajo de miles de familias que integran la cadena de valor de la yerba mate en las provincias productoras de Misiones, Corrientes y Entre Ríos.

Desde el productor en el monte hasta el molino que procesa las hojas, pasando por cooperativas, secaderos y emprendedores que innovan en el rubro, la feria pone en valor toda esa cadena invisible que sostiene la actividad yerbatera nacional.
“MATEar se ha consolidado como un espacio fundamental para acercar la cadena yerbatera a los consumidores y poner en valor una producción que forma parte de la identidad cultural argentina. Esta feria permite mostrar la calidad, la diversidad y el enorme trabajo que realizan miles de productores, cooperativas e industrias de nuestro país, fortaleciendo el vínculo entre el sector y los millones de argentinos que eligen el mate todos los días”, destacó Rodrigo Correa, presidente del INYM.

Tradición e innovación, juntas en el mismo predio
La edición 2026 apunta a seguir profundizando ese camino: fortalecer el vínculo entre productores y consumidores, promover el conocimiento sobre la yerba mate argentina y generar nuevas oportunidades para el desarrollo comercial, turístico y cultural de la actividad.
Porque el mate no para de evolucionar: hay nuevas variedades, nuevas formas de prepararlo, nuevas marcas que apuestan fuerte, y MATEAR es el lugar donde todo eso se puede ver, probar y entender.
“Nos enorgullece realizar MATEAR conjuntamente con el INYM, una feria que ha demostrado ser el ícono de la industria y los amantes de la cultura del mate. Es una propuesta que reúne tradición, innovación, gastronomía y experiencias para toda la familia, y que permite visibilizar el enorme valor cultural y productivo de la yerba mate argentina”, señaló Carlos Solanet, director comercial de La Rural S.A.

Un símbolo que trasciende generaciones

Desde su primera edición, MATEAR convocó a miles de visitantes de todo el país y se ganó su lugar como evento de referencia para la industria y para los consumidores que encuentran en el mate un símbolo de encuentro, amistad y pertenencia.
En octubre, el Pabellón Ocre de La Rural volverá a llenarse de pava, bombilla y el aroma inconfundible de la yerba. Porque el mate, como siempre, une.
Acerca de MATEAR
MATEAR es la feria organizada conjuntamente por el Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM) y La Rural S.A., concebida como un espacio de encuentro para toda la cadena yerbatera y para los millones de consumidores que hacen del mate una costumbre cotidiana.
A través de exposiciones, degustaciones, actividades culturales, gastronómicas y experiencias interactivas, la feria promueve el valor cultural, social y económico de la yerba mate argentina.
Primicias Rurales
Fuente: Instituto Nacional de la Yerba Mate (INYM)
Jun 12, 2026 | Vitivinicultura
Un ingeniero agrónomo jubilado, su hija comunicadora y dos hectáreas en el Valle de Uco: así nació Pielihueso. Hoy elaboran 55.000 botellas al año, exportan a cinco países y acaban de abrir su propio restaurante en medio de los viñedos.
Buenos Aires, viernes 12 de junioi(PR/26)–Hay negocios que nacen de un plan impecable. Y hay otros que brotan de una intuición, un viaje o una jubilación bien aprovechada. Pielihueso pertenece, sin dudas, al segundo grupo. Celina Bartolomé, comunicadora de 34 años nacida en Venado Tuerto, Santa Fe, lo dice con una honestidad que desarma: «Me cuesta mucho cuando te preguntan la profesión para algún formulario. Nunca sé qué poner porque no soy nada, pero soy un poquito de todo». Esa imposibilidad de encasillarse fue, a fin de cuentas, su mayor ventaja.

Celina Bartolomé
Todo empezó con su padre, Alejandro Bartolomé, ingeniero agrónomo con décadas dedicadas a la soja, el trigo y el maíz en la pampa húmeda. Cuando llegó a los 60 y pico, decidió que la jubilación no era para quedarse quieto.
En vez de comprar un departamento —la opción más previsible—, adquirió dos hectáreas y media dentro del proyecto Casa de Uco, en el Valle de Uco, Mendoza. «Pasamos de una idea pasiva o familiar a crear una marca, un proyecto y una pyme muy rápidamente», recuerda Celina.

Celina Bartolomé es el motor detrás de Pielihueso, el proyecto vitivinícola que fundó junto a su papá,
Mientras la tierra tomaba forma en Mendoza, Celina construía en Buenos Aires un recorrido zigzagueante pero coherente. Estudió Ciencias de la Comunicación en la UBA, pasó por productoras, agencias de publicidad y hasta por Globant.
Pero su vocación iba mutando hacia algo más tangible. Empezó organizando pop-ups de vino en la terraza de un local en Palermo, eventos independientes para acercar la bebida a una generación que la sentía lejana.
En uno de esos encuentros conoció a Micaela Najmanovich y Nicolás Arcucci, los fundadores del restaurante Anafe, y se convirtió en su primera empleada de sala y vinos. Dos años después, con ese bagaje encima, tomó la decisión definitiva: viajar a Piamonte, Italia, para hacer una Maestría en Vino y entrar de lleno a la empresa familiar.
Una pyme que aprendió a no crecer de más
Hoy la estructura es clara: Alejandro maneja la parte productiva en la finca; Celina se ocupa de lo comercial, la comunicación y el diseño, junto a Paula La Torre, la enóloga. La bodega tiene una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, de 13 hectáreas —10 plantadas— más 2 hectáreas adicionales en Chacayes dentro del complejo Casa de Uco. La inversión inicial fue de un millón de dólares, destinada a la compra de la tierra y la construcción de la bodega.

En Pielihueso hacen diferentes vinos. El Naranjo es el insignia.
Los números cuentan una historia de crecimiento sostenido: 500 botellas en la primera añada de 2017, 20.000 para 2020 y un pico de 55.000 botellas anuales en 2024. Ahí decidieron frenar. No por falta de demanda, sino por lucidez. «En 2020, 2021 y 2022 hacíamos menos vino del que la gente quería comprar. Elegimos mantenernos así.
Con el diario del lunes fue una buena decisión porque en los últimos años bajó el consumo de vino estrepitosamente. Si hubiésemos crecido, ahora nos sobraría vino», explica Celina. La flexibilidad de la estructura familiar —donde dos personas hacen muchos roles— les permite ajustarse a los picos y las caídas sin cambiar nada.
El posicionamiento es premium: el precio promedio en retail ronda los $40.000 por botella. Pero lo que más define a Pielihueso no es el precio sino la filosofía. Celina se resiste a etiquetas como «vino natural» o «boutique» y prefiere hablar de vitivinicultura artesanal: uvas orgánicas, fermentación espontánea sin levaduras comerciales, sin filtrado y con uso nulo o mínimo de sulfitos.
«Son vinos hechos por personas a las que les importa, que tienen su propia finca y manejan un volumen adecuado. Preferimos un proyecto donde todos estemos involucrados, generar vinos puros, frescos, y que sean reflejo de donde son».
Cómo terminaron registrando «Naranjo» casi sin querer
Uno de los hitos más curiosos de la historia de Pielihueso es el de su producto estrella: el vino naranjo. Cuando Celina viajó a los Estados Unidos en 2016, descubrió en barras especializadas el concepto de los orange wines y rastreó su origen ancestral en la región del Cáucaso, en Georgia.
Al volver, le propuso a su padre apostar por esa categoría para diferenciarse: «Si hacemos un Malbec de Valle de Uco, ¿por qué alguien compraría el nuestro versus cualquier otro de los buenísimos que ya existen?». De las dos barricas iniciales en 2017, hoy destinan 12.000 litros exclusivamente a este estilo.
El problema fue que el Instituto Nacional de Vitivinicultura (INV) no reconocía la categoría. Celina encontró una salida ingeniosa: registrar la palabra «Naranjo» como nombre legal del vino, no como categoría, para poder incluirla en la etiqueta.
«Al día de hoy tenemos el registro de la palabra vino naranjo sin querer», cuenta con gracia. El resultado es que Pielihueso terminó siendo pionera en un segmento que hoy tiene nombre propio gracias, en parte, a ese movimiento.
El naranjo es hoy el producto más vendido de la bodega, tanto en el mercado local como en el internacional. Este dato rompe los estándares de la industria: mientras en Argentina el tinto domina los volúmenes, en Pielihueso el tinto representa solo el 20% de la producción.
El 80% restante son naranjos, rosados y blancos. Para abastecer esa demanda sin hacer inversiones agrícolas costosas, crearon soluciones creativas: el Tinto de los Sauces —mitad tinto, mitad rosado— para bajar la intensidad tánica, y el Claranjo, un corte de Malbec vinificado como rosado y Torrontés elaborado como naranjo.
De la venta puerta a puerta a exportar a cinco países
Durante las primeras añadas, Celina era al mismo tiempo la cara, las piernas y la voz de la marca en Buenos Aires. Iba ella misma a los restaurantes donde sentía que el vino «tenía que estar». Hace dos años sumaron distribuidoras tradicionales, pero ese período de venta directa dejó una ventaja que ningún intermediario puede comprar: el conocimiento íntimo del consumidor.
«Al vender directo sabíamos qué compraban los clientes y por qué les costaba pagar. Eso ayudó a la construcción de marca. De afuera se ve el éxito comercial de Pielihueso diciendo que es por las etiquetas o por ser vinos raros, pero hay una parte de vínculos comerciales atrás que hicimos muy bien», subraya.

Pielihueso cuenta con una finca propia en Los Sauces, Valle de Uco, que abarca 13 hectáreas -10 plantadas.
El canal principal sigue siendo restaurantes de autor y vinotecas seleccionadas. El 60% de la producción va al mercado interno y el 40% se exporta, principalmente a Estados Unidos a través de Brazos Import. El resto llega a Perú, España, Japón y Canadá. En el mercado local, la estrategia de expansión apunta al interior: ya tienen alianzas con distribuidores en Córdoba, Rosario y Mar del Plata.
Un restaurante en medio de los viñedos como siguiente capítulo
El plan de largo plazo de Pielihueso siempre incluyó el turismo enológico. Y ese objetivo tomó forma con la apertura de La Amistad, su propio restaurante en el corazón de la finca de Los Sauces.
El proyecto demandó un millón de dólares de inversión y dos años de obra en medio de los viñedos. Lo hicieron junto a Najmanovich y Arcucci —los mismos de Anafe, con quienes Celina trabajó al inicio de su carrera.
La propuesta incluye almuerzos con visitas guiadas a la bodega, catas verticales enfocadas en tres variedades de naranjos y el formato Mix Sorpresa: cinco copas seleccionadas al azar.
En un mundo donde el consumo global de alcohol cae y las generaciones más jóvenes se relacionan diferente con el vino, Celina mira el panorama con realismo pero sin resignación: «Va a sobrevivir quien se adapte, tenga una estructura que pueda manejar y no subestime al consumidor«.
Y remata con la clave que, según ella, explica por qué Pielihueso permeó: «Desde el principio lo tratamos como una marca que no era solo de vino. Pensamos en su personalidad y en nuestro target. Por eso te hablaba más allá del líquido que tenía adentro».
Primicias Rurales
Fuente: FORBES