Jul 5, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro, Vitivinicultura
Petróleo que cae, vino que sufre y minería que promete pero tarda. Mendoza busca un rumbo productivo, aunque los números muestran que el freno de fondo viene de más arriba.
Buenos Aires domingo 5 julio(PR/26)–Hay una pregunta que empieza a circular con más fuerza entre quienes miran de cerca la economía mendocina: ¿a qué nos vamos a dedicar de acá en más? La inquietud no es caprichosa. El petróleo viene en baja, la vitivinicultura atraviesa uno de sus momentos más difíciles a nivel global y la minería, la gran esperanza de muchos, todavía necesita tiempo para transformarse en algo concreto.

Pero antes de sacar conclusiones apuradas, conviene mirar el problema con más perspectiva. Porque el estancamiento que arrastra Mendoza desde hace quince años no parece explicarse solo por sus propias debilidades. Buena parte de la historia tiene que ver con algo mucho más grande: el estancamiento de la economía argentina en su conjunto.
¿De qué vive realmente Mendoza?
Para entender el presente, primero hay que saber cómo se arma la torta productiva provincial. La producción de bienes —industria, minería y agro— representa cerca del 36% de la actividad. Son los sectores que más le importan a una provincia chica, porque generan divisas y diferencian a Mendoza del resto del país.
Los servicios, en cambio, explican alrededor del 58%. Son intensivos en empleo, pero dependen sobre todo del consumo interno y se parecen bastante a los de cualquier otra provincia argentina. El resto —construcción, energía, agua— completa el cuadro con un 6%.

Lo interesante es que ambos bloques están conectados: cuando la producción de bienes se resiente, arrastra también al empleo en servicios. Se calcula que por cada puesto de trabajo que se crea en bienes, aparecen otros dos en servicios. Por eso preocupa tanto que varios sectores productivos atraviesen dificultades al mismo tiempo.
Tres vientos que soplan en contra
Hay tres fuerzas que le complican la vida a la provincia, y ninguna depende de una decisión local.
La primera es mundial: a medida que los países se enriquecen, gastan más en servicios y menos en bienes, mientras la tecnología reduce la necesidad de mano de obra en la producción industrial.
La segunda es argentina: los costos en dólares —salarios, tarifas, alquileres— encarecen la producción local frente a la competencia externa, golpeando especialmente a los sectores que exportan.
La tercera es propiamente mendocina: el vino enfrenta una caída sostenida del consumo, tanto afuera como adentro del país, y el petróleo pierde peso año a año.

En teoría, los servicios deberían salir mejor parados de este combo. Pero tampoco la tienen fácil: el ajuste fiscal nacional y la corrida hacia el dólar restan consumo interno, mientras que la digitalización y la inteligencia artificial empiezan a reemplazar tareas que antes generaban empleo en el sector servicios.
Lo que muestran los números de fondo
Como el PBG no está actualizado en muchas provincias, una buena forma de seguirle el pulso a la economía real es mirar la masa salarial privada, descontada la inflación. Y ahí aparece un dato revelador: Mendoza tocó su techo en 2013 y desde entonces viene cayendo, con altibajos.
La comparación con Neuquén es elocuente. Gracias al empuje de Vaca Muerta, esa provincia creció más de 60% en quince años. Mendoza, en cambio, siguió un camino mucho más parecido al del país en su conjunto, que directamente dejó de crecer en el mismo período.

Esto no significa que las debilidades del vino y el petróleo no hayan pesado. Pero el freno más determinante parece haber sido otro: la Argentina no creció, y Mendoza navegó junto a ella.
¿Se puede cambiar la matriz productiva?
La respuesta corta es: no de un día para el otro. La estructura económica de una provincia depende de tres pilares que se mueven muy despacio.
Están, primero, los recursos naturales: petróleo en baja, minería en desarrollo, y actividades más estables como la vitivinicultura, la fruticultura y el turismo, donde el desafío es sostener la competitividad más que reinventar el rubro.

Está también la ubicación geográfica. Mendoza es un nodo natural del oeste argentino, con cercanía a Neuquén (por Vaca Muerta) y a San Juan (por la minería), además del potencial del corredor bioceánico hacia Chile y Brasil.
Y está la sociedad mendocina: una escala intermedia, buena calidad de vida y servicios relativamente desarrollados, un combo que puede atraer inversiones y talento con mayor valor agregado.
Ninguno de estos tres pilares cambia rápido. Por eso el margen de acción real no está en inventar una economía nueva, sino en sacarle más jugo a la que ya existe.
Minería, la gran promesa (con letra chica)
La minería concentra buena parte de las expectativas, y no es para menos: puede traer inversión, exportaciones y demanda para proveedores locales, compensando en parte lo que se pierde con el petróleo y el vino. Pero conviene bajar un poco la efervescencia.
¿Cuándo? Los proyectos mineros necesitan tiempo: inversión, permisos, infraestructura y licencia social. Entre los más avanzados aparecen San Jorge y Potasio Río Colorado, que en el mejor de los escenarios recién podrían mostrar impacto a partir de 2030.

¿Cuánto puede aportar? La minería moderna es intensiva en capital, no necesariamente en empleo directo. Donde sí puede hacer diferencia es en el empleo indirecto: se estima que por cada puesto directo, se generan entre tres y cinco indirectos, sobre todo en servicios profesionales.
Con una mirada moderada, los proyectos con mayores chances de concretarse podrían duplicar las exportaciones provinciales en los próximos años. Es un salto importante, aunque no alcanza para replicar el fenómeno neuquino.
Y ahí aparece una lección clave: apostar todo a un solo sector puede dar resultados espectaculares en los buenos tiempos —como le pasó a Neuquén con el no convencional—, pero también expone a golpes más duros cuando el ciclo se da vuelta, como le ocurrió a Santa Cruz con su petróleo convencional en declive. La diversificación no garantiza un boom, pero sí amortigua las caídas.
Lo que sí está en manos de la provincia
Mendoza no puede torcer el consumo mundial de vino ni resolver la macroeconomía argentina desde la Legislatura provincial. Pero sí puede trabajar sobre lo que depende de las decisiones locales:
Menos burocracia, para que invertir sea más rápido y menos costoso.
Mejor infraestructura en rutas, energía, agua y conectividad, la base de cualquier sector transable.
Más seguridad y mejores servicios públicos, que pesan tanto en la decisión de invertir como en la de instalarse a vivir en la provincia.
Una carga tributaria razonable, porque en un contexto de costos en dólares ya altos, cada punto de impuesto extra suma en contra a la hora de decidir dónde invertir.
Ninguna de estas medidas resuelve el problema de fondo, que es nacional. Pero son las palancas que Mendoza sí puede mover, y por eso deberían marcar la agenda local.
La conclusión que deja el análisis
Mendoza tiene, sí, un desafío productivo real: el petróleo cae, el vino atraviesa un momento complicado a nivel global y la minería, aunque promete, todavía no está a la vuelta de la esquina.

Pero los datos son claros en algo: el problema de fondo es macroeconómico, y Mendoza viene navegando el mismo estancamiento que arrastra el país hace quince años.
Por eso, la salida no pasa por inventar una economía distinta de un día para el otro. Pasa por aprovechar mejor lo que ya se tiene y bajar los costos que sí dependen de la provincia.
Primicias Rurales
Fundación Mediterránea
Fuente: IERAL
Jul 5, 2026 | Economía / Economía del Agro, Especial, Vitivinicultura
En un exclusivo hotel de Miami se celebró el 40 aniversario del triunfo de la Selección argentina de 1986 con los vinos elaborados por Mendoza Vineyards para el exitoso equipo mundialista.
Buenos Aires, domingo 5 de julio (PR/26) .-.Los vinos del equipo argentino, campeón del Mundial de Fútbol México 1986, “La Final” y “Héroes” están conquistando los corazones y los paladares en Estados Unidos.
Mientras se desarrolla la actual Copa Mundial de Fútbol, varios ex jugadores de la Selección del ´86 junto a Mendoza Vineyards, bodega creadora de la marca, han realizado acciones promocionales, en grandes cadenas, vinotecas y hoteles, llevando el vino argentino a diferentes ciudades, justo cuando se cumplen 40 años de esta gesta deportiva.
“Estuvimos en Los Ángeles, Nueva York, New Jersey, Connecticut y Miami realizando acciones con el importador: estamos posicionando la marca de una manera excelente en vinotecas y supermercados en 10 estados, en los que es muy difícil entrar” subrayó Richard Bonvin, CEO de Mendoza Vineyards.
“Esto desarrolla un potencial a futuro no sólo para esta marca, sino para Argentina. Mientras Argentina llegue más lejos en este mundial, el consumo de nuestros productos se incrementará porque hay un especial entusiasmo en Estados Unidos por la Selección Argentina” añadió.
A 40 años del triunfo del 1986, se brinda con vinos de Mendoza

Más de 150 invitados y representantes de medios de comunicación de distintos países participaron este lunes en el homenaje por los 40 años del título mundial de Argentina en México 1986, realizado en BLT Prime, el exclusivo restaurante de Trump National Doral Miami.
Los campeones del mundo Oscar Ruggeri, Sergio Batista, Ricardo Giusti, Carlos “Chino” Tapia, Miguel Zelada y Jorge Burruchaga compartieron una jornada de recuerdos, entrevistas y encuentros con periodistas llegados desde distintos rincones del mundo, que pudieron dialogar con los protagonistas de una de las gestas más importantes de la historia del fútbol.
La celebración también reunió a destacadas figuras del deporte argentino, entre ellas Gabriel Batistuta, histórico goleador de la Selección Argentina; Maxi Rodríguez, autor de uno de los goles más emblemáticos de los Mundiales; José Néstor Pékerman, uno de los entrenadores más influyentes en la formación de futbolistas argentinos; y Oscar Ustari, arquero argentino con trayectoria en la Selección y en el fútbol internacional.
Uno de los momentos más emotivos de la noche fue el brindis con “Héroes” y “La Final”, los vinos elaborados por los propios campeones del mundo junto a Richard Bonvin, CEO y enólogo de Mendoza Vineyards, y Jorge del Valle, director Comercial de Finca La Anita.
Un proyecto solidario
Más que una etiqueta, el proyecto representa una causa solidaria que mantiene unido al plantel campeón. Inspirados en los valores de trabajo en equipo inculcados por Carlos Bilardo, y fortalecidos aún más tras la partida de Diego Maradona, los integrantes de aquel histórico grupo decidieron convertir el vino en una herramienta para ayudar a todos quienes formaron parte de aquella conquista.
Las ganancias de las ventas se distribuyen entre futbolistas, cuerpo técnico, utileros y masajistas, reafirmando que el espíritu del ’86 continúa intacto.
El homenaje contó además con la presencia de autoridades de CONMEBOL, AFA y del Comité Organizador de la FIFA World Cup 2026™️ Miami, que acompañaron el reconocimiento a una generación cuyo legado sigue inspirando al fútbol mundial.
Cuarenta años después de levantar la Copa del Mundo, los campeones demostraron que el mayor triunfo no fue solamente el conseguido en la cancha. Fue haber construido un equipo que, con el paso del tiempo, continúa encontrándose, celebrando y tendiendo una mano a quienes compartieron aquel sueño eterno.
El vino de Los Campeones: su historia y presente
Una amistad entre Oscar El Cabezón Ruggeri y Jorge del Valle, director para LATAM de Mendoza Vineyards, hizo surgir la línea de vinos Los Campeones.
Entusiasmado con lanzar un vino Ruggeri invitó a sus ex compañeros de la Selección argentina a participar, con muy buena recepción por parte de ellos. La idea tenía además un fin solidario; las familias de algunos de los integrantes de la gloriosa selección de fútbol no estaban pasando una buena situación económica, y la idea de sus compañeros fue lanzar esta línea de vinos para ayudarlos, mediante las ventas.
Así nacieron “La Final Malbec” y “Héroes Blend”, ambos elaborados con uvas de Agrelo al que luego se sumó Héroes Malbec.
Héroes red blend 2024 está elaborado con 70% Malbec, 10% Cabernet Franc, 10% Cabernet Sauvignon y 10% Petit Verdot ($15.000), Héroes Malbec 2025 ($ 15.000) y La Final Malbec 2022 ($ 20.000)
En la etiqueta blanca de “La Final” con el número 86 en celeste y blanco se ve una foto de la Selección en el Estadio Azteca, mientras que “Héroes” es una etiqueta negra con cápsula en los colores de la Bandera argentina, en la que resalta en dorado la Copa del Mundo y el número 86.
Primicias Rurales
Jun 30, 2026 | Vitivinicultura
Sin tradición bodeguera y con mucha paciencia, Ignacio Pujante y Anabella Razetto transformaron una chacra abandonada del Alto Valle de Río Negro en un proyecto vitivinícola de alta gama. En julio llegan sus primeras botellas al mercado.
Río Negro, martes 30 juniio (PR/26)–«No venimos del vino, elegimos el vino«. Con esa frase, Ignacio Pujante resume siete años de trabajo, paciencia y convicción. Él y su esposa Anabella Razetto son abogados —él nacido en Neuquén, ella en Buenos Aires— y decidieron construir desde cero un emprendimiento vitivinícola en uno de los territorios con mayor potencial de la Patagonia: el Alto Valle de Río Negro.

La historia comenzó entre 2018 y 2019, cuando aquella idea que rondaba en la familia empezó a tomar forma. Para darle vida convocaron a un equipo de profesionales: los ingenieros agrónomos Marcelo Canatella y Fernando Enfarrell, el enólogo Mario Lascano, el encargado de chacra Miguel y la responsable de bodega Soledad. Juntos comenzaron a buscar el lugar ideal.
Una chacra olvidada donde la vid volvió a brotar
Lo encontraron entre Allen y Guerrico: una chacra de 10 hectáreas completamente abandonada que décadas atrás había albergado un viñedo. Luego vinieron las manzanas y las peras, y el viñedo quedó en el olvido. Pero las señales del pasado todavía estaban ahí.
«Recorriendo la chacra todavía aparecían algunas plantas de vid que seguían brotando«, recordó Ignacio. Esas raíces que se negaban a morir reforzaron la decisión de recuperar el lugar. Primero hubo que desmontar el terreno, reconstruir el sistema de riego y preparar el suelo. Un trabajo enorme antes de plantar la primera vid.

Cada decisión fue tomada con criterio. Eligieron plantar Malbec, Pinot Noir y Cabernet Franc, pero también distintas selecciones clonales de cada variedad según las características de cada parcela. La idea: poder elaborar cada sector por separado y, al momento de los cortes, tener una paleta amplia para construir vinos con mayor complejidad.
Poco volumen, mucha calidad: una filosofía diferente
Las primeras plantas se implantaron en 2022. La primera cosecha llegó recién en 2025. «Lo que imaginamos allá por 2018 y 2019 recién hoy puede apreciarse dentro de una botella», reconoció Ignacio. Esta demora no es un fracaso —es parte del plan.
El establecimiento tiene cerca de 50.000 plantas implantadas y podría producir hasta 80.000 botellas por año. Sin embargo, la meta es bien distinta: estabilizar la producción en entre 15.000 y 20.000 botellas anuales. «No nos apura el volumen ni la necesidad de vender más; queremos lograr vinos que expresen el potencial que sabemos que tiene esta región», subrayó el productor.

La primera cosecha dará origen a unas 4.500 botellas distribuidas en cuatro etiquetas y dos líneas comerciales: Arrayán y Gran Arrayán. Para julio de 2026, esas primeras botellas ya estarán en el mercado. La siguiente vendimia apunta a las 10.000 botellas.
El Alto Valle en cada copa: la identidad que buscan expresar
Para Ignacio, el gran protagonista de cada botella no es la bodega ni el enólogo: es el territorio. La amplitud térmica entre el día y la noche, el clima árido, el viento constante y la excelente sanidad del viñedo permiten obtener uvas con frescura y concentración difíciles de lograr en otros suelos.
«Eso termina notándose en el vino: son vinos frescos, con muy buena concentración y con características propias del Alto Valle», explicó.

Todos los vinos pasan parcialmente por barricas nuevas de roble francés, aunque la cantidad de madera varía según la etiqueta y la cosecha. La elaboración busca expresar lo que da el lugar, sin seguir la moda del mercado.
El nombre de la marca no es casual: Arrayán es el árbol típico de los bosques andino-patagónicos, cuya madera permanece naturalmente fresca. Esa sensación —la frescura— es la cualidad que definen como distintiva de sus vinos y de la región.
El próximo paso: una bodega propia en la chacra
Hoy elaboran en instalaciones de terceros, pero con equipamiento propio y protocolos diseñados por su equipo técnico. El objetivo mayor es construir una bodega dentro de la chacra para elaborar los vinos en el mismo lugar donde nacen las uvas y, además, abrir las puertas a quienes quieran conocer el viñedo y degustar las etiquetas en el corazón de la Patagonia.

«Elegimos todo el proceso, desde trabajar la planta hasta compartir una botella», afirmó Ignacio. «Sin esa pasión sería muy difícil sostener una actividad que requiere tantos años de trabajo y tanta paciencia». Un proyecto que tardó siete años en dar sus primeros frutos —literalmente— y que recién está empezando a mostrar de qué es capaz el Alto Valle de Río Negro.
Primicias Rurales
Fuente: Diario Río Negro Rural – Mara Díaz
Jun 25, 2026 | Vitivinicultura
Vinos oceánicos en Argentina: de la cava submarina patagónica a la mesa bonaerense
Buenos Aires, jueves 25 julio (PR/26) — ¿Qué tienen en común una cava bajo el mar en Río Negro y una bodega frente al Atlántico bonaerense? El océano, hilo conductor del vino argentino.
El concepto de vino oceánico dejó de ser un fenómeno exclusivo de la Patagonia. A los proyectos de Chubut y Río Negro, donde la cercanía del mar define el carácter de los viñedos, se sumó este año una nueva escala en el sudeste bonaerense: la apertura de Atlántica, el restaurante de Bodega Gamboa en General Madariaga.
El recorrido completo, de oeste a este y de norte a sur, dibuja un mapa donde el mar funciona como un actor activo de la enología argentina, tanto en el viñedo como en la copa y en el plato.
El restaurante Atlántica funciona en el corazón del viñedo de Bodega Gamboa, en Madariaga.
Los océanos moldean los vinos
En el valle de Trevelin, provincia de Chubut, la bodega Casa Yagüe elabora sus vinos a solo 100 kilómetros del océano Pacífico. Los vientos del oeste cargan los viñedos de salinidad y generan una amplitud térmica de más de 30 grados entre el día y la noche, con valores que oscilan entre 0 y 30 grados centígrados e incluso heladas en pleno verano.
Esa combinación produce Chardonnay y Sauvignon Blanc de baja graduación alcohólica, entre 11,5 y 12 grados, con acidez natural, frescura y marcada mineralidad. El INTI reconoció estas particularidades y otorgó a Trevelin una protección legal por sus características diferenciales de origen.
Más al norte, sobre la costa rionegrina, en San Javier, a 30 kilómetros de Viedma, la bodega Wapisa lleva la influencia oceánica a un extremo literal. Desde 2019, sumerge parte de su producción en jaulas de acero inoxidable ubicadas en el Golfo San Matías, cerca de Las Grutas.
Allí, la oscuridad, la presión constante y la temperatura estable aceleran la evolución del vino: lo que una cava tradicional logra en cinco años, el mar lo consigue en ocho a quince meses.
El proyecto, llamado Wapisa Underwater, convirtió a la bodega en la primera de Sudamérica en aplicar esta técnica, ya conocida en Croacia y Francia, y hoy comercializa cada añada limitada a un valor aproximado de 300 dólares por botella.
Los viñedos de Casa Yagüe, en Trevelin, Chubut, a 100 kilómetros del océano Pacífico.
La nueva escala bonaerense
A mediados de junio de 2026, Bodega Gamboa inauguró Atlántica en el corazón de su viñedo de General Madariaga, sudeste de la provincia de Buenos Aires. La apertura completa un ecosistema de propuestas que la bodega viene desarrollando en ese enclave, donde ya funcionan visitas guiadas, degustaciones y recorridos entre las vides.
El nombre del restaurante condensa el espíritu del proyecto: la cultura del vino propia de la casa, combinada con la influencia oceánica que define a esta región cercana al mar.
Rodeada de viñedos, lagunas y paisajes típicos de la llanura bonaerense, Atlántica propone una cocina de kilómetro cero, estacional y vinculada con su entorno inmediato.
El campo y el mar conviven a pocos kilómetros de distancia, y esa proximidad se traduce en cada plato, con ingredientes frescos de origen local trabajados con técnica y sensibilidad.
Las jaulas de acero inoxidable resguardan las botellas de Wapisa en el Golfo San Matías, Río Negro.
Una identidad que crece de costa a costa
Entre el viento del Pacífico que recorre Trevelin, las profundidades del Golfo San Matías y los nuevos platos de Atlántica frente al Atlántico bonaerense, el vino argentino encuentra en el océano un punto de referencia común.
Algunas fuentes del sector mencionan, además, un programa provincial en Río Negro que sumaría a más de 20 bodegas a la crianza submarina, entre ellas Humberto Canale, Videla Dorna y Miras, con una primera extracción conjunta de 800 botellas.
Ese dato circula en medios especializados pero aún no cuenta con confirmación oficial, por lo que conviene tomarlo con reserva. Lo que sí queda claro es que la identidad oceánica del vino argentino ya no se limita a la Patagonia, sino que recorre buena parte del litoral atlántico y pacífico del país.
Primicias Rurales
Jun 23, 2026 | Actualidad, Vitivinicultura
Desde los Valles Calchaquíes hasta la Patagonia, la actividad vitivinícola gana terreno con propuestas diferenciadas que combinan identidad territorial, innovación y desarrollo regional.
Buenos Aires, martes 23 junio (PR/26) — Antes de la explosión de etiquetas premium, del auge del enoturismo y de la consolidación de Argentina como productor de vinos de calidad a nivel mundial, la vitivinicultura tenía una geografía bastante definida donde Mendoza y San Juan concentraban casi toda la actividad.
En los últimos años, el mapa del vino argentino comenzó a expandirse: “Estamos viendo un crecimiento y una extensión de la actividad vitivinícola en distintas regiones del país, con bodegas más boutique, proyectos más pequeños y una fuerte presencia de vinos de autor que se van sumando a toda la cadena productiva», explica Daniel Romero, secretario de Prensa de FOEVA, “las zonas que más se destacan son Cafayate, en Salta, algunos desarrollos emergentes en Jujuy y diversas regiones del sur argentino”, suma Romero.
Además de la producción tradicional de vinos, estas zonas comienzan a desarrollar otros productos derivados de la uva que amplían el alcance económico de la actividad: turismo, comercio y las industrias proveedoras encuentran nuevas oportunidades a medida que aumenta la producción y se desarrollan nuevos proyectos.
«Además de las bodegas, se benefician el turismo, la gastronomía, el comercio y toda la cadena de insumos que acompaña a la actividad, desde la producción de vidrio hasta el corcho, las etiquetas y el papel», afirma Romero.
Vinos con identidad propia

Una de las principales fortalezas de estas regiones es que ofrecen perfiles enológicos muy diferentes a los de las zonas tradicionales. Las condiciones climáticas, la altitud y las características de los suelos imprimen una identidad única a cada producción.
En las zonas de altura encontramos vinos con mucho cuerpo y gran intensidad aromática, especialmente en los blancos. En cambio, en el sur del país, las temperaturas más bajas permiten obtener vinos más suaves y con menor graduación alcohólica.
“Esta diversidad no solo amplía la oferta para los consumidores, sino que también abre nuevas oportunidades comerciales tanto en el mercado interno como en el exterior, donde cada vez existe mayor interés por etiquetas con identidad regional y producciones de escala limitada, señala Romero”.
Un motor para las economías regionales

Aunque Mendoza y San Juan continúan liderando ampliamente la producción nacional, las regiones emergentes vienen ganando participación de manera sostenida.
El fenómeno se refleja tanto en el crecimiento del consumo interno como en la llegada de inversiones de empresas y grupos vinculados al sector.
«Algunos actores importantes de la industria están comenzando a asentarse en estas nuevas zonas productivas, lo que demuestra el potencial que tienen para seguir creciendo», destaca Romero.
La expansión de la actividad también tiene un fuerte componente social. La vitivinicultura demanda mano de obra en múltiples etapas del proceso productivo, desde las tareas agrícolas hasta los puestos más especializados dentro de las bodegas

. «La génesis de la vitivinicultura aporta y sigue sosteniendo una enorme cantidad de actividades vinculadas al trabajo rural, como la siembra, la poda, la atada y la cosecha. A su vez, las bodegas incorporan cada vez más tecnología y generan empleos especializados», señala Romero.
Esta capacidad de generar trabajo local contribuye además al arraigo de las comunidades, especialmente en zonas alejadas de los grandes centros urbanos.
Los desafíos para consolidar el crecimiento
A pesar de las oportunidades, la expansión de la actividad enfrenta desafíos importantes. La vitivinicultura requiere inversiones significativas y tiempos largos para recuperar el capital invertido, una característica que la diferencia de otras actividades productivas.
«La inversión inicial es elevada y la rentabilidad llega en el largo plazo. Por eso, uno de los principales desafíos del sector es sostener esas inversiones durante el tiempo necesario para que los proyectos alcancen su madurez productiva», concluye Romero.

Con nuevos terroirs ganando reconocimiento, inversiones que comienzan a diversificarse y una creciente demanda por productos con identidad propia, la vitivinicultura argentina continúa ampliando sus fronteras.
Un proceso que no solo enriquece la oferta de vinos del país, sino que también fortalece el entramado productivo y el desarrollo de las economías regionales.
Primicias Rurales
Fuente FOEVA
Jun 22, 2026 | Actualidad, Vitivinicultura
Con 92 puntos y la distinción «Wine of the Year – Argentina» en los Sommeliers Choice Awards 2026, Bodega Trapiche convierte su historia en presente: un Cabernet Sauvignon que celebra el terruño mendocino con elegancia, frescura y una identidad que no imita a nadie.
Buenos Aires, lunes 22 de junio (PR/26)– No todos los premios llegan por sorpresa. Algunos son la confirmación de algo que muchos ya intuían: que ciertos vinos tienen una profundidad que va más allá de la cosecha, más allá de la etiqueta.
El Trapiche Medalla Cabernet Sauvignon 2024 acaba de recibir la Medalla de Oro y el título de «Wine of the Year – Argentina» en los Sommeliers Choice Awards 2026, uno de los certámenes más respetados del mundo vitivinícola, con un puntaje de 92 puntos.

El reconocimiento no solo celebra una botella: reafirma el lugar de Bodega Trapiche como referente indiscutido de la industria argentina.
Un vino con memoria: cuatro décadas de historia en cada copa
La línea Medalla no apareció de la nada. Es la heredera directa de los grandes vinos íconos que Trapiche comenzó a elaborar en 1983, cuando la bodega decidió apostar por vinos de carácter que pudieran competir con los mejores del mundo.


Lo explica con claridad Sergio Casé, enólogo de Trapiche: «Para nosotros, este vino representa la base de nuestra historia; es un gran vino de primera zona, una característica que nos permitió explorar y conquistar nuevas regiones como el Valle de Uco».
En la copa, el vino habla por sí mismo. Presenta un color rojo intenso con tonos violetas y una nariz compleja donde conviven mermelada de ciruela, pimientos verdes, pasas de uva, tabaco y un delicado toque de roble. En boca es redondo, persistente, con taninos suaves y maduros que invitan a quedarse un poco más en cada sorbo.
Volver al origen: la apuesta por los fudres y la lentitud como filosofía
Detrás de este vino hay una decisión consciente y contracultural: apostar por la crianza en fudres, esos grandes recipientes de madera que se usaban antiguamente y que permiten una evolución más lenta y natural del vino.

No se trata de una moda, sino de una filosofía que busca que el terruño, la personalidad y la frescura que aporta el Río Mendoza sean los verdaderos protagonistas, sin que la madera los opaque.
«Lo que este premio destaca es la sutileza, la elegancia y la capacidad de guarda que definen a nuestros vinos actuales», dice Casé. «Es una reivindicación de nuestras grandes zonas vitivinícolas que, desde la antigüedad, han sabido dar vinos excepcionales.
Es emocionante ver cómo este enfoque sigue siendo reconocido internacionalmente».
El segundo hito en dos años: Trapiche consolida su liderazgo global
Este galardón no llega solo. En 2024, el Tesoro Malbec de la misma bodega también había conquistado un reconocimiento de primer nivel en los mismos premios. Dos años, dos títulos de excelencia: Trapiche deja en claro que su posición como bodega líder en elaboración y exportación de vinos de Argentina no es casual ni efímera.
Con más de 1.200 hectáreas de viñedos propios y presencia en más de 80 países, Trapiche demuestra que la grandeza no se improvisa. Se construye década a década, cosecha a cosecha, con el Río Mendoza como testigo silencioso y el terruño mendocino como firma inconfundible.
Primicias Rurales
Fuente: InfoVino