May 26, 2026 | Actualidad, Columnas, Política
El análisis de una realidad política donde los roles institucionales se confunden, la autoridad se dispersa en internas digitales y la épica del agravio empieza a desgastar la paciencia del votante clave.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, martes 26 mayo (PR/26) — El que manda no lidera, el que ejecuta conduce, y un pastor desde California viene a salvar la patria. La épica del insulto comienza a cansarnos a todos.
Hay países que se gobiernan al derecho. En ellos, el presidente preside, el vocero vocea y la sociedad, cuando se enoja, es escuchada. La Argentina, en cambio, ha perfeccionado un sistema alternativo y propio: el presidente se inmola por el vocero, la que era ministra conduce desde el Senado, y un pastor evangelista radicado en California, que llena estadios con mensajes de fe y esperanza, es medido por las consultoras como posible presidente de la Nación.
Bienvenidos al reino del surrealismo político criollo, donde los roles están perfectamente intercambiados y nadie parece advertirlo o, peor aún, a nadie parece importarle.
Empecemos por el centro de la escena, que es también el centro del desastre. Javier Milei salió en televisión y, sacado, puso sus manos y su presidencia en el fuego por Manuel Adorni. Se encadenó al salvavidas de plomo: se obligó a sostenerlo en el cargo al precio de seguir despellejándose: “Ni en pedo se va”, declaró el Presidente con esa precisión quirúrgica que lo caracteriza cuando el lenguaje del llano reemplaza al del argumento.
El problema no es sólo Adorni. El problema es lo que esa defensa revela sobre el Presidente que la ejerce. Milei no lo respalda a través de voceros que podrían saltar como fusibles más o menos inocuos si las evidencias terminaran por condenar al investigado, sino que lo hace él mismo, eliminando de un plumazo todos los escudos que, según las máximas que rigen la política, se colocan delante del Jefe de Estado para protegerlo.
En la política convencional existe una sabiduría acumulada: los presidentes no mueren en la colina de sus subordinados. Milei, consecuente hasta el delirio, también rompió esa regla.
Lamentablemente, los números no mienten. El 79,9% considera que el caso Adorni afecta “mucho” o “algo” el principal argumento moral con el que Milei llegó al poder: ser una figura “anti casta” y “anticorrupción”. El 46,4% de los que votaron a La Libertad Avanza en el balotaje de 2023 afirman que el caso empeoró la imagen que tenían del Gobierno.
Dicho de otro modo: no es la oposición la que sangra al oficialismo. Es el oficialismo el que se autoinflige la herida y luego culpa al periodismo por haberla fotografiado.
Pero la Argentina al revés tiene un segundo protagonista, y este resulta aún más revelador. Patricia Bullrich, la mujer que durante años fue candidata presidencial sin ganar elecciones, luego fue Ministra de Seguridad sin terminar el mandato, y que hoy es Senadora con agenda propia y encuestas que envidiaría cualquier candidato en ejercicio, se ha convertido en la figura política con mejor imagen del país.
La exministra de Seguridad lidera la imagen positiva en Argentina con el 41%, desplazando por primera vez al Presidente Javier Milei, quien se ubica en segundo lugar con el 40%.
Vale aclarar que las mediciones más recientes muestran que la imagen de Milei parece haber encontrado, al menos transitoriamente, un piso: el índice de confianza al consumidor de la Universidad Di Tella subió 1,3% en mayo tras tres meses consecutivos de caída.
No es una recuperación. Es una pausa. Y esa diferencia, en política, importa: la macro retiene al votante pragmático justo en el límite; el estilo presidencial, en cambio, lo sigue empujando lentamente hacia otro lado.

Lo notable no es que Bullrich tenga buena imagen. Lo notable es por qué la tiene. Su figura aparece menos golpeada por la coyuntura inmediata; parece quedar más asociada a una idea general de orden, autoridad y cambio que a la gestión cotidiana del Gobierno. Es decir: Bullrich lidera precisamente porque no está gobernando.
Tiene autoridad moral porque no tiene que firmar decreto alguno. Es el liderazgo por sustracción, la influencia que nace del alejamiento estratégico. Es lo que ocurrió frente a un intento de Patricia Bullrich por abrir un debate sobre el caso Adorni en una reunión de gabinete, Milei se paró, saludó y se fue. El Presidente abandona la sala cuando la Senadora intenta razonar. En cualquier lectura de esa escena, los roles están perfectamente invertidos: la que debería obedecer es la que piensa, y el que debería conducir es el que se va.
Pero la política argentina nos ofrece otras escenas para este triángulo de lo insólito: Dante Gebel. Pastor evangélico, conferencista, influencer, actor, conductor televisivo y residente en Anaheim, California, Gebel ha sido instalado como potencial candidato presidencial para 2027. Está en tratativas con gobernadores, sindicalistas, empresarios y dirigentes de distintos partidos, y en su círculo aseguran que, si los planes de gobierno resultan viables para resolver los problemas del país, lanzará su candidatura.
El fenómeno Gebel no es anecdótico. La irrupción de Javier Milei rompió una barrera histórica: la posibilidad de que un outsider llegue al poder. Pero también dejó una enseñanza: sin estructura, el poder se vuelve inestable. Gebel parece haber tomado nota. La base de su proyecto descansa sobre una tríada que la Argentina ya conoce de memoria: fe, dinero y medios.
Sus dos principales armadores provienen de espacios políticos antagónicos: un sindicalista peronista y un ex fundador de La Libertad Avanza. Nótese la elegancia del dato: el hombre que se presenta como alternativa al sistema convoca a sus filas a los arquitectos del sistema.
Desde la Casa Rosada le bajan el precio: “Gebel no dice nada. No es disruptivo en nada. Milei, en su época de candidato, generaba cosas que llamaban la atención”, deslizó una fuente oficialista. La comparación es involuntariamente autodestructiva: Milei generaba cosas que llamaban la atención, y hoy lo que llama la atención es el caso Adorni. Quizás el problema no sea Gebel sino el listón.
La Argentina al revés de este modo podría sintetizarse con un presidente que achica su estatura política para proteger a un funcionario cuestionado; una senadora sin cartera que crece en imagen, audiencia y capacidad de daño; un pastor desde California que recorre gobernadores, visita a la CGT y evalúa si Dios lo tiene en sus planes presidenciales para 2027; y —como coronación de la semana— un asesor sin cargo que declara la guerra digital al Presidente de la Cámara mientras el Presidente de la Nación, congelado, fracasa en imponer una tregua entre sus propios “hermanos”. Curioso, no? ¿Qué nos dice de un sistema político el hecho de que sus figuras más convocantes sean una senadora que no gobierna, un pastor que no vive en el país, y un presidente que se encadena a sus propios errores con la convicción del mártir?
El triángulo de hierro y la autoridad dispersa
La semana que cierra este editorial aportó a la galería de lo absurdo su capítulo más grave. Santiago Caputo, asesor informal sin cargo oficial, pero con acceso irrestricto a los resortes del Estado, declaró la guerra digital a Martín Menem, Presidente de la Cámara de Diputados y hombre de confianza de Karina Milei. El detonante fue una cuenta anónima en X, @PeriodistaRufus, que atacaba al entorno de Caputo y cuya autoría el asesor atribuyó a Menem. En pocas horas, la tropa digital del asesor inundó las redes de acusaciones. La pelea se tomó el espacio público oficialista con una virulencia que ya no sorprende pero que sigue espantando.
Lo revelador no fue la pelea. Fue la reacción del Presidente. Milei intervino con un dictamen salomónico: a Menem “le habían plantado” la cuenta, y Caputo seguía siendo “como un hermano”. La tregua duró horas. El Gordo Dan, divulgador estrella de Las Fuerzas del Cielo y subordinado de Caputo, desacató abiertamente al jefe: “Estoy convencido de que la cuenta era de Menem. Creo que le mintieron al Presidente”. Agustín Laje —Presidente de la Fundación Faro, el think tank ideológico de La Libertad Avanza— sumó: “Cómo molesta constatar que le están mintiendo al Presidente”. Caputo cerró con una amenaza velada en clave Game of Thrones: “Winter is coming”. El árbitro había arbitrado en el vacío.
El diagnóstico más preciso de la semana lo formuló Carlos Pagni: el desafío del Presidente no es lograr que Karina y el “Mago” se lleven bien, sino “reabsorber la autoridad que dispersó”. Milei construyó deliberadamente un triángulo de hierro: cedió parte del poder a su hermana y parte a su asesor. Ahora ninguno de los dos le debe obediencia completa porque ambos son depositarios de una porción del poder que el propio líder les entregó. La crisis no es una pelea de subordinados: es el costo de una estructura de gobierno inestable desde el origen.
La frase más reveladora de la semana la pronunció, sin buscarlo, Martín Menem: “No subestimen al Presidente”. Cuatro palabras que prueban exactamente que alguien lo está subestimando —y que ese alguien no está en la oposición sino en el vestuario. En la Argentina al revés, el Presidente de la Cámara baja debe salir a pedir que los operadores del Presidente respeten al Presidente.
La épica del insulto y un votante que comienza a cansarse
El 14 de mayo el Presidente de la Nación camina por la calle entre dos estudios de streaming oficialistas, encadenando casi cinco horas de entrevistas afines, insultando con nombre y apellido a periodistas, llamando “lechón iraní” a una diputada de su propio bloque, denunciando un “intento de golpe” y, en el medio, defendiendo a un legislador que llegó al Congreso en una camioneta Tesla de doscientos cincuenta mil dólares. Todo esto mientras su Jefe de Gabinete está siendo investigado por enriquecimiento ilícito.
La lectura de lo acontecido no es fácil. Va desde el diagnóstico psiquiátrico a distancia hasta la indignación moral pura. Lo verdaderamente novedoso no es el estilo —ese estilo ganó una elección— sino el contexto en el que ese estilo se sostiene y las grietas que empieza a abrir.
Desde su llegada al poder, Milei construyó una arquitectura comunicacional con tres pilares: un círculo de medios afines —Neura, Carajo, La Misa— que funcionan como cámara de eco y plataforma simultánea; un repertorio de enemigos rotativos pero estructurales —el “Kirchnerismo”, “la casta”, “los zurdos”, ahora también los periodistas con apellido— que organizan el campo discursivo en términos amigo/enemigo; y una identificación constante con figuras externas —Trump, Musk, Bukele— que opera como certificación de pertenencia a un movimiento más amplio que la política argentina.
Ese diseño no es improvisado. Pero por qué esto funcionó, y por qué empieza a no funcionar?
Durante 2024 y buena parte de 2025, el método tuvo un soporte material indiscutible: la inflación bajó, el dólar se mantuvo previsible y la sensación de “estar saliendo” fue real para amplios sectores. Mientras eso ocurrió, los excesos verbales operaron como costo aceptable, casi como una excentricidad tolerable a cambio de la macro. El votante que en la segunda vuelta optó por Milei no lo hizo porque le gustaran las puteadas; lo hizo porque consideraba que el régimen kirchnerista era una amenaza mayor que el riesgo libertario. Esa coalición se sostenía sobre dos vigas: un enemigo en común y un programa económico que se prometía doloroso pero finito.
Hoy, dos años y medio después, las dos vigas crujen. El Kirchnerismo ya no es la amenaza inminente que era en 2023 y por tanto, el voto antikirchnerista deja de tener urgencia. El programa económico, por su parte, dejó de ser una transición y se volvió un estado.
Lo notable es que la maquinaria económica no se ha detenido. En marzo la actividad creció el 5,5% interanual —muy por encima de cualquier pronóstico—, en mayo la inflación apunta a cerrar en torno al 2,1%, el nivel más bajo desde la pandemia, y el país acumula 29 meses consecutivos de superávit comercial. El FMI aprobó la segunda revisión del programa y la semana próxima desembolsará US$1.000 millones adicionales. Los números acompañan. El problema es que, en 2026, ya no alcanzan para opacar lo que se ve en el plano político.
Es en ese vacío donde la épica del insulto deja de ser excentricidad y empieza a ser problema. Lo que en 2023 sonaba a sinceridad disruptiva, en 2026 empieza a sonar a obsesión. Lo que sonaba a coraje, empieza a sonar a falta de proporción. Y, sobre todo, lo que sonaba a guerra contra una “casta” abstracta, empieza a sonar a guerra personal contra periodistas, diputadas y opositores con nombre y apellido. Esa transición es la que está revisando, en silencio, una parte importante del votante de balotage.
El votante de segunda vuelta: quién es y qué está mirando
El votante decisivo de la segunda vuelta de 2023 no es el militante libertario que hoy puebla los streamings afines; es, más bien, el adulto urbano de clase media —empleado, comerciante, profesional, jubilado activo— que llegó a Milei sin entusiasmo doctrinario, empujado por la inflación de 2022-2023 y por la convicción de que el sistema político tradicional había agotado sus respuestas. Es un votante pragmático, no ideológico. Vota resultados, no consignas.
Ese votante hoy hace, en privado, una contabilidad doble. En el haber: una inflación que cedió —en mayo apunta al 2,1%, con mediciones semanales de núcleo que no se registraban desde la pandemia—, una actividad que en marzo creció el 5,5% interanual superando todas las estimaciones, un dólar que no estalló y 29 meses de superávit comercial acumulados.
En el debe: salarios reales que no recuperan, tarifas que pesan, un sistema universitario en conflicto, una clase política libertaria que empezó a mostrar los mismos vicios —ostentación, opacidad patrimonial, internas vergonzosas— que el ciudadano creyó haber sancionado en las urnas.
Y, sobre todo, ese votante no se reconoce en el tono. Siente que el cargo presidencial supone un registro distinto al de un panelista.
Hay otro elemento que merece análisis. El Presidente atribuyó a un “intento de golpe de Estado” el ataque especulativo sobre la moneda que siguió a la victoria de Adorni en las legislativas porteñas de 2025.
Esa lectura tiene una virtud táctica innegable: ofrece al núcleo duro un relato totalizante, sin fisuras, en el que cada noticia adversa se reinscribe como prueba del complot. Pero tiene también un costo estratégico creciente. Cuando todo es golpe, la palabra golpe pierde sentido. Cuando todo crítico es operador, los aliados moderados empiezan a sentirse incómodos compartiendo la trinchera. Y cuando el adversario es siempre el mismo —los periodistas, los economistas heterodoxos, los rectores, los obispos, las diputadas díscolas— el votante pragmático empieza a sospechar que el problema no está, quizá, sólo afuera.
La discusión no se reduce a si Milei llega o no competitivo a las presidenciales del año próximo. Esa es una pregunta política legítima, pero acotada. Lo que está en juego es algo más serio: si la cultura política argentina resiste un estilo presidencial que normaliza el insulto al periodismo, la persecución verbal a opositores con nombre y apellido, y la lectura conspirativa permanente como sistema operativo del Estado.
Qué tipo de país queremos vivir cuando esto termine
Cada vez más, en estas semanas, se van revelando votantes que aun cuando no cuestionen al rumbo económico, quieren otra cosa. Quieren que las decisiones se expliquen sin agravios. Que la investigación al Jefe de Gabinete se trate como lo que es —un asunto institucional grave— y no como una operación periodística. Que la diferencia entre un panelista y un presidente vuelva a ser visible. Esos votantes no son fanáticos. Es más, en noviembre de 2023 pusieron la cruz con la nariz tapada.
Es ese votante el que decide las elecciones argentinas. No el militante intenso, sino el ciudadano cansado. Y ese ciudadano, hoy, mira el espectáculo de los streamings con una mezcla cada vez menos disimulada de gracia decreciente y preocupación creciente. El Gobierno tiene todavía tiempo y puede corregir el rumbo de su comunicación sin renunciar a su programa.
Sino lo hace, esta Argentina al revés dará muchísimo que hablar de acá al 2027.
Primicias Rurales
May 21, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro, Especial, Horticultura
Mientras la discusión económica se concentra en la inflación y el tipo de cambio, miles de productores regionales enfrentan una pelea más silenciosa: producir cada vez cuesta más y vender al mundo deja menos margen.
Buenos Aires, jueves 21 de mayo (PR/26) .- Durante años, gran parte de la economía argentina vivió pendiente del dólar. Si subía, parecía que exportar volvía a ser negocio. Si bajaba, aparecían las quejas por pérdida de competitividad. Pero hoy la realidad muestra algo más profundo: para muchas economías regionales, el problema ya no pasa solamente por el tipo de cambio.
El productor de peras en Río Negro, el viñatero mendocino, el citricultor del NEA o quien trabaja la aceituna y el ajo en Cuyo enfrentan un escenario mucho más complejo. Los costos de transporte aumentan, los impuestos pesan, el crédito casi no existe y competir en el exterior exige inversiones constantes en tecnología, calidad y presentación.
Mientras tanto, los precios internacionales ya no acompañan como antes. El mundo compra, pero compra barato y exige mucho. Y ahí aparece una diferencia clave con el agro pampeano: no es lo mismo exportar soja a gran escala que producir frutas, vino o alimentos regionales que requieren más mano de obra, más logística y más cuidado.
La discusión económica argentina suele simplificarse demasiado. Se instala la idea de que todo se resuelve con un dólar más alto. Pero en muchas actividades eso ya no alcanza. Si producir sigue siendo caro, transportar cuesta una fortuna y no hay infraestructura ni financiamiento, la competitividad desaparece igual.
Por eso el desafío es otro: invertir, modernizarse y ganar productividad. Parece fácil decirlo, pero implica riego eficiente, maquinaria, rutas, energía, acceso a mercados y estabilidad para planificar a largo plazo. Sin eso, muchas economías regionales quedan atrapadas entre costos argentinos y precios internacionales que no perdonan.
El riesgo no es solamente económico. Detrás de cada producción regional hay pueblos enteros que viven de esa actividad. Cuando una economía regional cae, no cierra sólo una empresa: se enfría una ciudad, se pierden empleos y se debilita el interior productivo.
Argentina necesita entender que no todo el campo es igual y que el verdadero desarrollo no se construye únicamente desde los grandes complejos exportadores. También depende de sostener vivas esas actividades que generan trabajo, arraigo y valor agregado en cada rincón del país.
Porque al final, la competitividad no se declama. Se construye todos los días.
Primicias Rurales
Fuente: Fundación Mediterránea – IERAL Jorge Day
May 21, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro, Especial
La vitivinicultura argentina enfrenta una compleja realidad marcada por la caída del consumo y factores climáticos, lo que genera una fuerte incertidumbre en toda la cadena productiva por la falta de precio para la uva.
Buenos Aires, jueves 21 mayo (PR/26) — La caída del consumo interno, menor exportación, contingencias climáticas y salarios que pierden frente a la inflación, configuran un escenario de fuerte incertidumbre para toda la cadena productiva de la vitivinicultura
En ese contexto, desde la Federación de Obreros y Empleados Vitivinícolas y Afines (FOEVA) advierten que la situación ya impacta tanto en trabajadores como en productores: “hay uvas en la bodega que todavía no tienen ni precio”, asegura Daniel Romero, Secretario de Prensa de FOEVA, que describe el nivel de imprevisibilidad que atraviesa hoy el sector.
Según explica Romero, la actividad viene acumulando dificultades desde hace al menos dos años.
A la retracción del consumo y las complicaciones para exportar se sumaron fenómenos climáticos que afectaron la producción en distintas regiones vitivinícolas: heladas tardías, lluvias y caída de granizo impactaron especialmente en las zonas altas.
La preocupación también alcanza al plano laboral.
Desde FOEVA sostienen que el salario de los trabajadores quedó muy rezagado respecto del aumento de precios.
“El precio que está un vino en la góndola no coincide con lo que está cobrando hoy un trabajador vitivinícola”, planteó Romero.
Actualmente, según detalló, un trabajador de viña percibe alrededor de 786 mil pesos, mientras que en bodega los salarios rondan los 955 mil pesos.
Otro de los puntos críticos es el funcionamiento de las negociaciones paritarias.
Desde el gremio denuncian demoras en las homologaciones de acuerdos salariales y cuestionan los límites impuestos a las discusiones.
“Las paritarias libres son mentira”, sostuvo Romero, al señalar que los aumentos terminan perdiendo valor frente a la inflación acumulada.
La crisis también se refleja en la dinámica de la cosecha.
Según FOEVA, este año hubo menos circulación de trabajadores temporarios debido a los bajos valores pagados por el tacho de uva.
Incluso, aseguran que en algunos casos los precios fueron inferiores a los de la temporada pasada.
Sin embargo, el gremio también busca diferenciar la coyuntura actual de un colapso estructural de la industria.
Meses atrás, desde FOEVA habían rechazado versiones que hablaban de una “crisis terminal” del sector, y advirtieron sobre discursos alarmistas en plena discusión paritaria.
“No hemos recibido comunicaciones formales de crisis por parte de las empresas”, había señalado Romero en ese momento.
Mientras tanto, productores y trabajadores permanecen a la expectativa de cómo evolucionará el precio de la uva y de si el mercado podrá recuperar algo de dinamismo en los próximos meses.
La incertidumbre, por ahora, sigue siendo una de las principales características de una actividad histórica para las economías regionales argentinas.
Primicias Rurales
Fuente: FOEVA
May 16, 2026 | Actualidad, Economía / Economía del Agro, Especial
La primera jornada de A Todo Trigo se transformó en un consultorio de empresas. Cuatro especialistas de primer nivel desplegaron un arsenal de herramientas organizacionales, económicas, financieras y de mercados para sobrevivir en un contexto de cambio e incertidumbre.
Foto: María Luján Santos / Albor
Mar del Plata, sábado 16 mayo (PR/26) — En un contexto donde la volatilidad climática, financiera y política redefine permanentemente las reglas del negocio agropecuario, el panel de «Herramientas de gestión empresaria» de A Todo Trigo 2026 puso el foco en un aspecto cada vez más decisivo: la capacidad de adaptación de las empresas.
Con exposiciones atravesadas por la gestión económica, la planificación financiera y las herramientas de mercado, los especialistas Alejandro Meneses, María Luján Santos (Albor Agro), Regina Martínez Riekes (Amauta Inversiones) y Andrés Ponte (A3 Mercados) coincidieron en una idea central: producir más ya no garantiza rentabilidad. La clave pasa por administrar mejor, tomar decisiones incómodas a tiempo y profesionalizar cada eslabón de la empresa agropecuaria.
Alejandro Meneses, de la consultora Zorraquín + Meneses, fue el primero en pararse frente a la sala. Bajo el título «Decisiones incómodas en un nuevo contexto: cuando la adaptación deja de ser opcional», planteó que el llamado «Contexto Milei» no creó problemas nuevos, sino que los aceleró. La desaceleración inflacionaria, el nuevo esquema cambiario y el menor incentivo a stockearse modificaron la lógica de funcionamiento de empresas que habían aprendido a moverse en un escenario que ya no existe. «El método anterior no me daba músculo para lo que tengo que hacer hoy. Lo que me servía en el contexto anterior hoy ya no me sirve», remarcó
Para ordenar el diagnóstico, Meneses propuso una clasificación en tres categorías. Las empresas «con margen de maniobra» —cuyo modelo todavía funciona y genera renta, aunque menor a la esperada. Las empresas «al límite» —viables en su negocio, pero condicionadas por el endeudamiento previo y el impacto de las tasas. Y las que están «cambiando de piel»: organizaciones obligadas a transformarse profundamente para poder sobrevivir. «Hay muchos empresarios que dicen: lo anterior era malo, pero me sabía mover mejor y me iba bien», señaló.
Adaptarse, para Meneses, se traduce en decisiones concretas y muchas veces incómodas: cerrar unidades improductivas, devolver campos que no son rentables, reducir estructura, asociarse aun cuando el ego se resiste, cambiar personas que ya no están alineadas o frenar el crecimiento cuando la caja no lo soporta. Para acompañar ese proceso compartió dos herramientas: el «método del 1%» —pequeñas mejoras sostenidas que generan cambios exponenciales, según la lógica de Hábitos Atómicos— y la metáfora del furgón de cola: una empresa puede tener el potencial de un tren bala, pero si arrastra un vagón que va a 60 kilómetros por hora, todo el tren va a esa velocidad.
El cierre fue sin eufemismos: «El contexto no está esperando. Está diferenciando empresas».
María Luján Santos, de Albor Agro, llegó con un diagnóstico que muchos en la sala reconocieron de inmediato: las empresas agropecuarias no tienen falta de datos. Tienen exceso de datos desconectados. Campo, administración, área comercial y finanzas generan información en silos que no se hablan —y cuando alguien intenta cruzarla, no cuadra. Los rindes por un lado, los costos por otro, la liquidación del acopio por un tercero, la cuenta corriente por ninguno. «Sin cierre, el dato se convierte en ruido», sintetizó. Y ese ruido, tarde o temprano, se transforma en conflicto entre áreas.
Regina Martínez Riekes, de Amauta Inversiones, abrió su presentación con una pregunta que incomodó a más de uno: ¿tenés una empresa o un problema caro de mantener? La economista ubicó el problema central en la gestión financiera puertas adentro: no hay déficit de producción en el campo argentino, sino déficit de mirada empresaria. Y con la inflación ya sin su efecto anestésico sobre el resultado final, las ineficiencias quedaron expuestas.
El primer punto de fuga que identificó es el más silencioso: el dinero que duerme en cuenta corriente. Mientras el productor pelea décimas en el precio del agroquímico o del fertilizante, puede estar resignando hasta siete puntos de rentabilidad anual por no gestionar activamente sus excedentes de cortísimo plazo. Fondos money market, cauciones bursátiles, planificación de flujo de fondos son herramientas disponibles, simples y sistemáticamente ignoradas. «Ustedes se matan por pelear el precio del agroquímico y después, ¿cuántos puntos están resignando desde el escritorio?», interpeló a un auditorio poblado de productores y técnicos.
El segundo eje fue el financiamiento. En Argentina, siete de cada diez empresas se autofinancian; del resto, sólo una minoría accede al mercado de capitales. Martínez Riekes mostró con números concretos que descontar un cheque en el segmento avalado puede resultar más barato que el crédito bancario, y sin consumir cupo bancario, porque son fuentes complementarias, no competitivas. La escala de herramientas que desplegó fue amplia: facturas de crédito electrónica, pagarés, préstamos back-to-back, incluso líneas en dólares al 1 o 2% anual para quienes tienen activos en el exterior.
Andrés Ponte llegó al panel desde A3 Mercados —la plataforma surgida de la integración entre MATBA, ROFEX y MAE— para cerrar el círculo con una mirada que amplió el horizonte de lo que se entiende por «gestión empresaria». Para él, el nuevo contexto obliga a las empresas agropecuarias a incorporar instrumentos financieros y comerciales si no quieren asumir riesgos innecesarios que hoy tienen cobertura. «Las herramientas de mercado dejaron de ser algo para especialistas y pasaron a ser herramientas de supervivencia empresaria», afirmó.
Ponte señaló que muchas empresas agropecuarias todavía toman decisiones comerciales demasiado expuestas a la volatilidad de precios, tasas y tipo de cambio —no por falta de alternativas, sino por desconocimiento o por no haber incorporado esas herramientas a la rutina de gestión. El caso de la soja sin precio presentado en el mismo evento —con pérdidas estimadas de entre 160 y 180 millones de dólares para quienes retuvieron grano sin cobertura— fue el ejemplo más elocuente.
El mensaje de fondo fue de integración: las herramientas de mercado no son un recurso de emergencia para momentos críticos, sino un componente de la gestión cotidiana. «El mercado no elimina el riesgo, pero permite administrarlo», sintetizó. La competitividad futura del agro, concluyó, dependerá también —y cada vez más— de la capacidad de profesionalizar la toma de decisiones comerciales y financieras.
Más allá de los enfoques distintos —organizacional, económico, financiero, comercial— los cuatro expositores dejaron en pie una misma arquitectura de ideas:
La inflación como anestesia ya no está: las ineficiencias que tapaba ahora duelen. El dato sin cierre no decide; la tecnología sin integración frustra; el dinero sin gestión activa se evapora; el riesgo sin cobertura se acumula en silencio hasta que baja la marea.
Primicias Rurales
Fuente: A Todo Trigo / Federación de Acopiadores