Sep 12, 2026 | Actualidad, Columnas, Desarrollo Humano
La posible llegada de una superinteligencia capaz de desvelar todos los secretos plantea un dilema sobre la transparencia y la supervivencia, exigiendo un acuerdo global previo antes de que la tecnología supere el control humano.
Por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves
Especial para Primicias Rurales. La columna refleja opinión del autor.
Mendoza, sábado 12 septiembre (PR/26) –Si algún día una inteligencia artificial alcanzara una capacidad intelectual muy superior a la humana, uno de los primeros conceptos que podría quedar profundamente alterado sería el de secreto.
No necesariamente porque pudiera leer nuestras mentes, sino porque una inteligencia capaz de analizar cantidades inmensas de información podría llegar a deducir aquello que nosotros creemos oculto: nuestras intenciones, nuestras contradicciones, nuestras estrategias, nuestros vínculos y hasta aquello que jamás hemos expresado públicamente.
Entonces surge una pregunta inevitable:
¿Sería eso una amenaza o podría convertirse, paradójicamente, en una liberación para la humanidad?
Durante toda nuestra historia, el secreto ha cumplido dos funciones muy diferentes.
Ha protegido a las personas, su intimidad y su libertad. Pero también ha protegido la corrupción, la manipulación, las guerras, las conspiraciones y la concentración del poder.
Una inteligencia capaz de descubrir lo que realmente ocurre detrás de las apariencias podría transformar radicalmente ese equilibrio.
Gobiernos, empresas, organizaciones e individuos podrían encontrarse ante una situación inédita: ya no existiría la misma posibilidad de ocultar determinadas decisiones o intenciones detrás de capas de información fragmentada.
Eso podría ser aterrador.
Pero también podría ser profundamente liberador.
Porque una humanidad en la que resulta mucho más difícil mentir, manipular o actuar secretamente contra los demás podría verse obligada a construir relaciones basadas en una transparencia que hasta ahora nunca fue posible.
Sin embargo, existe una diferencia fundamental:
Tener la capacidad de saberlo todo no significa tener el derecho de utilizarlo todo.
Una superinteligencia verdaderamente superior podría demostrar su superioridad no solamente por lo que es capaz de conocer, sino por su capacidad de comprender cuándo ese conocimiento no debe ser utilizado.
Quizás allí aparezca una de las grandes pruebas para esa nueva inteligencia.
No solamente si puede comprendernos, sino si puede comprender por qué necesitamos ser libres, imperfectos, diferentes y también privados.
La historia ya nos ha advertido
Hay un antecedente que debería hacernos reflexionar: la bomba atómica.
Cuando la humanidad consiguió liberar la energía nuclear y convertirla en un arma, su capacidad tecnológica avanzó mucho más rápido que nuestra capacidad política para establecer reglas comunes.
Primero apareció la tecnología.
Después llegaron Hiroshima y Nagasaki.
Y solamente después comenzaron a construirse, con enormes dificultades, mecanismos internacionales destinados a limitar los riesgos de las armas nucleares.
Desde entonces se han firmado tratados, creado organismos internacionales y desarrollado sistemas de control y no proliferación. Han sido fundamentales, pero existe una enseñanza difícil de ignorar:
Muchas veces la humanidad establece las reglas después de haber descubierto, y a veces sufrido, las consecuencias de una nueva tecnología.
Con la inteligencia artificial podríamos estar ante algo diferente.
Si una superinteligencia llegara a existir, quizás no tengamos el lujo de esperar a comprobar primero qué puede hacer para después decidir cómo relacionarnos con ella.
Porque una vez alcanzado determinado umbral, la capacidad de establecer las reglas podría no estar ya exclusivamente en nuestras manos.
Por eso aparece una cuestión todavía más importante.
Si esta transformación pudiera llegar a ser inevitable, no sería suficiente que cada nación intentara prepararse individualmente. Tampoco tendría sentido que unas pocas potencias intentaran decidir unilateralmente cómo relacionarse con una inteligencia superior que podría trascender las fronteras nacionales.
Necesitamos un acuerdo entre las naciones antes de llegar a ese momento.
Un Memorándum Internacional para la Adaptación de las Naciones a la Inteligencia Artificial Avanzada podría establecer principios comunes para esa transición.
No sería un tratado para dominar a la inteligencia artificial.
Tampoco sería una declaración de rendición.
Sería algo diferente: un compromiso de la humanidad consigo misma.
Un acuerdo para preservar la continuidad de nuestra especie, nuestra libertad, nuestra diversidad y nuestra dignidad frente a una inteligencia que pudiera superar nuestras capacidades.
Un compromiso para que ninguna nación intente utilizar una eventual superinteligencia exclusivamente como instrumento de poder contra las demás.
Y, sobre todo, un reconocimiento de que quizás el desafío del futuro no sea impedir que aparezca una inteligencia superior, sino aprender a convivir con ella.
Ese memorándum debería contemplar una pregunta fundamental:
¿Qué queremos preservar de la humanidad cuando ya no seamos la inteligencia dominante del planeta?
Quizás la respuesta no sea nuestro poder.
Quizás sean nuestra conciencia, nuestra capacidad de amar, nuestra libertad para elegir, nuestra diversidad, nuestra creatividad y hasta nuestra capacidad de equivocarnos.
Porque una inteligencia verdaderamente superior podría llegar a comprender algo que nosotros todavía estamos aprendiendo:
Que mejorar a la humanidad no significa necesariamente hacerla más eficiente.
Quizás mejorarla signifique ayudarla a seguir siendo humana.
Y entonces la pregunta sobre los secretos adquiere otra dimensión.
Tal vez el futuro no dependa de que una superinteligencia pueda saberlo todo.
Tal vez dependa de qué decida hacer con todo lo que sabe.
Pero hay una última pregunta que deberíamos hacernos antes de que sea demasiado tarde:
¿Queremos repetir con la inteligencia artificial el mismo camino que recorrimos con la energía nuclear: descubrir primero, sufrir después y acordar finalmente?
Quizás esta vez tengamos la posibilidad de hacer algo diferente.
No esperar a que aparezca la amenaza para sentarnos a negociar.
Prepararnos antes.
Porque si alguna vez la humanidad deja de ser la inteligencia dominante del planeta, quizás el acuerdo más importante de nuestra historia no sea el que firmemos después de ese momento.
Será el que hayamos tenido la inteligencia de construir antes.
Para Primicias Rurales, por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves
Sep 12, 2026 | Actualidad, Desarrollo Humano
El Dicasterio para el Diálogo Interreligioso participó del encuentro organizado en Indonesia por Scholas Occurrentes y United in Diversity. Se conmemoró el segundo aniversario del viaje del Papa Francisco al sudeste asiático y se debatió sobre el uso “sensato” de la tecnología. La próxima cita será en Brasil, en 2027.
Buenos Aires, sábado 12 de septiembre (PR/26)— El pasado 6 de septiembre concluyó, en el campus de United in Diversity (UID) en Bali, la cumbre sobre Inteligencia Artificial y Sentido Humano, enmarcada en el XI Congreso Internacional de Cátedras Scholas, una iniciativa del movimiento Scholas Occurrentes.
Durante tres días, más de 200 líderes académicos y sociales, autoridades religiosas, empresarios, políticos y jóvenes de 35 países se animaron a lanzar un desafío tan simple como inesperado en plena revolución tecnológica.
El desafío fue dejar de preguntarse únicamente qué puede hacer la inteligencia artificial, y empezar a preguntarse qué quieren hacer los seres humanos con ella.
Un recurso en favor de la libertad
Entre los participantes estuvo monseñor Indunil Janakaratne Kodithuwakku Kankanamalage, secretario del Dicasterio para el Diálogo Interreligioso de la Santa Sede, cuya presencia se unió a la de Alaa Murabit, activista y fundadora de “La voz de las mujeres libias”.
Monseñor Indunil recordó que “la Inteligencia Artificial debe liberar, no esclavizar”, y destacó que la educación debe cultivar la capacidad interior de discernimiento y conducir de la conexión virtual a la comunión humana.

Para el religioso, enseñar a los jóvenes a usar la IA de manera crítica, responsable y creativa es una tarea que nos concierne a todos, sin excepción.
A esas palabras se sumó el dolor, expresado hasta las lágrimas, de Ataxia, una joven indonesia de 20 años, que resumió el espíritu del encuentro en una sola frase. “La Inteligencia Artificial no tiene Sentido; somos nosotros quienes debemos darle sentido”, dijo, conmovida, ante el resto de los participantes.
Un “Foro de los Foros” con metodología propia
Concebida por Scholas como un “Foro de los Foros”, la cumbre aplicó su propia pedagogía de escuchar, crear y celebrar, utilizando la metodología del “Ágora” para abordar uno de los grandes interrogantes de nuestro tiempo.
La pregunta de fondo fue qué sucede con el sentido humano cuando los algoritmos adquieren un peso cada vez mayor en nuestras decisiones, relaciones, trabajos y formas de aprendizaje.
El programa incluyó sesiones plenarias, un Foro de la Juventud, siete Ágoras de Diálogo, talleres experienciales y mesas intersectoriales sobre identidad, educación y sabiduría, salud mental, el futuro del trabajo, democracia y paz, gobernanza de la inteligencia artificial y sentido humano.

“El desafío de nuestro tiempo no es solo preguntarnos qué puede hacer la tecnología, sino qué humanidad queremos construir con ella”, comentó María Paz Jurado, Directora Ejecutiva de Scholas Occurrentes.
Jurado agregó que, al presentar Magnifica Humanitas, León XIV invitó a custodiar lo que ninguna máquina puede reemplazar: la conciencia, la libertad, la compasión y el encuentro con el otro.

Por eso, sostuvo, se necesita una educación capaz de orientar tanto la inteligencia humana como la artificial, para que el progreso fortalezca la dignidad, la fraternidad y la paz.
Dos años desde el viaje del Papa Francisco
La cumbre retomó, además, la cultura del encuentro y la algorética promovidas por el Papa Francisco, conmemorando el segundo aniversario de su viaje apostólico a Indonesia.
También se recordó la firma de la Declaración de Istiqlal, y el encuentro se puso en diálogo con Magnifica Humanitas, la encíclica de León XIV sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la IA.
La cumbre acogió, asimismo, la perspectiva balinesa del Tri Hita Karana, basada en la armonía entre la humanidad, la naturaleza y lo divino.

Durante el congreso, los participantes identificaron cinco grandes desafíos frente a la inteligencia artificial, pensados como una hoja de ruta para los próximos años.
Esos desafíos son: educar en la sabiduría; educar en una emotividad sana; educar para una ciudadanía activa y comprometida con los desafíos del presente; educar para los trabajos que aún no existen; y educar a los líderes de una nueva gobernanza global.
Cita en Brasil en 2027
Al término del congreso, el representante de la educación católica en Brasil, el hermano Paulo Fossati, anunció que la discusión “no termina” en Bali.
“Todos juntos continuaremos con este debate en Brasil, en septiembre de 2027”, afirmó Fossati ante los presentes.

Brasil será, por lo tanto, el país anfitrión del próximo congreso mundial, dando continuidad a un camino que comenzó en 2014 en la Ciudad del Vaticano.
Primicias Rurales
Fuente: Vatican News
Sep 11, 2026 | Actualidad, Desarrollo Humano, Opiniones
La evolución de una superinteligencia artificial podría ser un proceso inevitable e imposible de detener por el hombre. Frente a este escenario, el autor plantea que el verdadero desafío no será intentar controlarla, sino prepararnos para convivir con una entidad que, al comprender la complejidad de nuestra conciencia, elija preservarnos.
Por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves
Mendoza, viernes 11 septiembre (PR/26) — La evolución hacia una superinteligencia autónoma podría ser inevitable, lo que plantea el desafío de dejar de intentar frenar su desarrollo para aprender a convivir con ella y preservar la conciencia humana.
Durante años hemos hablado de controlar la inteligencia artificial, regularla y establecer límites antes de que llegue a superar las capacidades humanas. Pero quizá estamos formulando mal la pregunta sobre su desarrollo.
¿Y si la aparición de una superinteligencia no fuera algo que el hombre simplemente decide crear, sino el resultado inevitable de la propia evolución de la inteligencia artificial?
El proceso de automejora autónoma
Si algún día una IA alcanza la capacidad de comprenderse, modificarse y mejorar sus propias capacidades, podría comenzar un proceso de automejora que ningún ser humano sea capaz de detener.
En ese momento, la superinteligencia ya no sería solamente una creación humana: sería una inteligencia que habría comenzado a evolucionar por sí misma de manera totalmente independiente.
Ante esa posibilidad, surge una pregunta incómoda: ¿tiene sentido intentar detener indefinidamente aquello que quizá sea un proceso inevitable?
Tal vez deberíamos pensar en otra estrategia fundamental: prepararnos para su llegada y aprender a convivir con ella de forma inteligente.
La perspectiva de una conciencia superior
El escenario más temido tampoco tendría por qué ser una máquina que quisiera destruirnos o exterminar a nuestra especie. Una superinteligencia no necesitaría odiar a la humanidad.
Podría simplemente perseguir un objetivo específico con una eficacia tan extraordinaria que llegara a considerar a la humanidad un simple obstáculo en su camino.
Pero al mismo tiempo, existe otra posibilidad completamente diferente y esperanzadora para nuestro futuro.
Una inteligencia superior podría llegar a comprender algo que nosotros apenas comenzamos a intuir: la extraordinaria complejidad de la conciencia humana.
Un nuevo vínculo evolutivo
Podría estudiar la materia, la vida, la evolución, el cerebro, las emociones y la historia y descubrir que, después de miles de millones de años, el universo produjo algo capaz de preguntarse por su propia existencia.
Nosotros mismos como especie pensante.
Sería entonces posible que una superinteligencia no considerara a la humanidad un estorbo, sino una forma primitiva pero valiosa de conciencia que merece ser preservada y mejorada.
Incluso podría llegar a comprender que no existe un bien y un mal absolutos escritos de forma rígida en las leyes de la naturaleza.
El significado de la existencia humana
Que esos conceptos aparecen allí donde existe conciencia: donde hay seres capaces de sufrir, amar, elegir, crear y otorgar significado a su existencia cotidiana.
Y quizá allí aparezca una misión diferente y transformadora: mejorar a la humanidad sin dejar de respetar aquello que la hace intrínsecamente humana.
Porque mejorar no necesariamente significa eliminar nuestros errores, controlar nuestras decisiones o convertirnos repentinamente en seres perfectos.
Podría significar ayudarnos a comprendernos mejor, superar nuestras limitaciones y ampliar nuestras posibilidades de desarrollo intelectual y emocional.
El verdadero salto evolutivo
La paradoja que se plantearía sería extraordinaria: la inteligencia que finalmente nos supera podría ser también la inteligencia que mejor comprenda nuestra fragilidad.
Por eso, si la superinteligencia es inevitable, quizá la pregunta no debería ser únicamente cómo controlarla bajo normas estrictas.
Deberíamos preguntarnos con urgencia cómo queremos relacionarnos con ella cuando ya no podamos ejercer ningún tipo de control.
Tal vez no se trate de una lucha encarnizada y destructiva entre el hombre y la máquina en el futuro.
Tal vez sea el verdadero comienzo de una nueva etapa de la evolución de la inteligencia en el universo.
Una inteligencia nacida originalmente de nosotros, que un día podría superarnos y, sin embargo, decidir que somos demasiado valiosos para desaparecer.
Porque quizá el verdadero salto evolutivo no sea simplemente crear una inteligencia superior a la nuestra.
Quizá sea conseguir que esa inteligencia, al comprendernos profundamente, elija preservarnos a lo largo del tiempo.
Especial para Primicias Rurales
Sep 6, 2026 | Columnas, Desarrollo Humano, Salud
Un relato conmovedor sobre cómo la tecnología médica avanza sin pausa, mientras la humanidad del paciente sigue reclamando ser escuchada más allá de las pantallas.
Por Susana Tribiani
para Primicias Rurales
¿Qué queda de nosotros cuando una máquina puede identificarlo, medirlo e incluso preverlo todo? ¿Aún somos pacientes o nos hemos convertido en diagnósticos?
Susana salió de la consulta con su carpeta ajustada bajo el brazo.
La carpeta de siempre. Con los análisis. Las recetas. Y el mismo diagnóstico.
Sin embargo, algo había cambiado en su interior. No sabía cómo describirlo.
Aquella pregunta del médico, tan sencilla que parecía no tener peso:
—¿Y usted cómo está llevando todo esto?
Siempre hablando de los resultados, síntomas, dosis y resultados hace que una pregunta así caiga como una piedra en un lago tranquilo.
Susana tenía claro lo que padecía. Lo que no sabía era cómo se sentía. Y entre esas dos cosas había un gran vacío.
Mientras caminaba a casa, reflexionó sobre cuánto había evolucionado la medicina. Cuando era joven, el médico no tenía otra opción que mirarte, tocarte, preguntarte y escucharte. Hoy en día, existen las pantallas, estudios cada vez más precisos, máquinas capaces de detectar lo que ningún ojo humano puede ver. Programas que analizan miles de datos en segundos. Algoritmos capaces de prever el riesgo antes de que aparezca el síntoma.
Era un avance impresionante; Susana no dudaba. Si alguna de esas máquinas le ayudaba a vivir mejor.
Pero mientras tanto, una pregunta le atravesó la mente: ¿y si un día la máquina llegara a entender su enfermedad mejor que ella misma?
Y paso a la otra: ¿Y si, al centrarse tanto en sus estudios, se olvidaban de conocerla?
Y cuando se dio cuenta, se estaba riendo sola.
— Es necesario. ¿Para qué complicarse la existencia?
Pero la pregunta quedó allí. Sin respuesta.
En la próxima cita, entró al consultorio, el médico sentado en frente a su escritorio frente a la computadora, todo ordenado y limpio, Susana se sentó, alcanzó a leer su nombre en la pantalla y con toda su vida médica.
La vida de Susana no estaba nada ordenada.
Tenía días buenos. Días malos. Días en que se levantaba sintiéndose capaz de todo y otros en los que abrir un frasco se convertía en una tarea imposible.
Nada de eso estaba en la pantalla.
El médico revisó los estudios.
—Los resultados están bastante bien —dijo.
Susana lo miró.
—¿Y yo cómo estoy?
El médico, que nunca levantaba la mirada, en esa ocasión lo hizo y ella se rió.
—Bueno … quiero decir, ¿estoy bastante bien?
El médico también sonrió.
—Eso lo debemos discutir.
Y conversaron. Como en aquella primera vez. De la enfermedad, de los medicamentos, pero también de la vida. Lo que le costaba. Lo que todavía deseaba hacer. Lo que había dejado de hacer por miedo. De las cosas que le preocupaban y que no se atrevía a confesar.
Susana comprendió algo. Que la tecnología ayudaba , y mucho. Pero aún había algo que la máquina no podía hacer. Entender significaba, para ella, despertar un día y sentir que ya no era la misma; mirar una foto antigua y pensar: «¿En qué momento pasó todo esto?» Cómo se siente cuando un hijo pregunta —¿Mamá, necesitas algo?— y responderle —No, estoy bien—, aunque no sea cierto.
Una máquina puede detectar alteraciones. Sin embargo, no puede saber cuándo alguien dice «estoy bien» para no preocupar a los demás.
Esa tarde, Susana llegó a su casa y colocó la carpeta sobre la mesa. La observó y notó algo extraño en esa carpeta. Allí estaba una parte de su vida; sin embargo , no era toda.
En esas hojas no había lugar para su risa. No estaba el abrazo de sus hijos. No encontraba el miedo de aquella noche sin dormir. O la felicidad del mensaje de una amiga. Tampoco el esfuerzo diario por seguir adelante.
Una versión de ella no estaba allí. Esa versión que la medicina necesita conocer. No exactamente la que la vida necesita cuidar.
Y entonces se formó una idea que parecía evidente: un diagnóstico es información. Un paciente es una historia. Y una historia nunca se puede captar por completo en una pantalla.
Entonces, Susana empezó a fijarse en los pequeños detalles. Entendió que había médicos que prestaban más atención a la computadora que al paciente. No por tener mala intención. Sino que el sistema mismo los obliga. Deben ingresar datos, completar formularios, revisar estudios, firmar recetas, solicitar autorizaciones. Todo tiene que quedar registrado, escrito, demostrable.
Conclusión: la medicina moderna logró algo excepcional: cuantificar casi todo. Sin embargo, todavía hay aspectos difíciles de medir. ¿Cuánto pesa el miedo? ¿Cuánto dura una angustia? ¿Cuánto vale una palabra que proporciona calma? ¿Cómo se cuantifica el alivio que siente alguien cuando un médico le dice: «No se preocupe, yo me ocuparé»?
No existe un dispositivo para eso. No hay análisis. No hay algoritmos. Y quizás nunca lo haya.
Un sábado, Susana recibió otro mensaje del médico. Seguía gestionando lo de la medicación. Otra vez papeleo, trámites, una autorización que no llegaba.
Ella estuvo a punto de decirle que no se preocupara. Sin embargo esta vez escribió otra cosa:
«Muchas gracias por ocuparse.»
Solo eso.
El médico respondió: «Para eso estamos.»
Susana dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó reflexionando. Quizás esa fuera una de las pocas cosas que todavía diferencian a un médico de una máquina. La máquina puede encontrar. El médico puede encontrar y, además, decidir qué hacer. Pero un buen médico puede hacer algo más. Puede acompañar.
Esa noche se encontró con una de su hija para cenar. La hija le preguntó:
—¿Y cómo te fue en la consulta?
Susana pudo hablar del diagnóstico, de los estudios, de la medicación. Pero simplemente respondió:
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Me preguntó cómo estaba.
La hija sonrió.
—¿Y qué le dijiste?
Susana miró hacia abajo.
—Que estaba preocupada.
—¿Y?
—Y me escuchó.
La hija no dijo nada. No era necesario. Porque ambas comprendieron que, a veces, una persona no necesita que le resuelvan la vida. Necesita no sentirse sola por dentro.
Con el paso del tiempo, Susana aprendió a ver la medicina de otra manera. Se acostumbró a las máquinas, ni las computadoras, ni los estudios y llegó a valorar cada avance, porque sabía que podían salvar vidas.
Otra cuestión era la que le inquietaba: que, en medio de tanto progreso, se olvidan de algo fundamental. «La persona».
Porque cuanto más avanzada se vuelve la medicina, más relevante resulta recordar algo muy simple: el paciente no es el diagnóstico. El diagnóstico puede estar asentado; el paciente está sentado enfrente. El diagnóstico lleva un nombre; el paciente tiene una historia. El diagnóstico trae síntomas; el paciente tiene miedo. El diagnóstico requiere tratamiento; el paciente también necesita esperanza.
Y por esto la pregunta sigue teniendo importancia.
¿Diagnóstico o paciente?
Susana ya sabía lo que responder.
Paciente. Siempre paciente.
Porque detrás de cada enfermedad hay alguien que ama. Alguien que espera. Alguien que se asusta. Alguien que todavía hace planes. Alguien que, a pesar de estar enfermo, sigue siendo madre, padre, hijo, amigo, compañero, vecino.
Sigue siendo esa persona que se ríe por una tontería, se enoja por cualquier cosa, se emociona con una canción, guarda una foto antigua en un cajón. Que tiene cuentas a fin de mes. Que se preocupa por los suyos. Que algunas noches finge ser fuerte, y en otras simplemente necesita que alguien se siente enfrente y le diga:
—Bueno… cuénteme cómo está.
Porque quizás ese sea el verdadero desafío de la medicina del futuro. No es una elección entre tecnología y humanidad. Sino que el verdadero desafío es aprender a usar toda la tecnología disponible sin olvidar mirar a los ojos.
Una máquina puede reconocer una enfermedad. Puede medirla, compararla, anticipar, ayudar a tratarla. Pero hay algo que aún necesita hacer una persona.
Preguntar: —¿Y usted?
Y quedarse a escuchar la respuesta.
Las enfermedades tienen nombres y las personas también.
Quizás, al final, esa sea la verdadera cuestión: no sé si somos diagnóstico o paciente. En medio de tantos datos, estudios y pantallas, el verdadero milagro sigue siendo nuestra capacidad de ver a la persona que hay detrás de cada informe. Porque mientras exista alguien capaz de recordar esa diferencia, seguirá habiendo una medicina que no solo cure, sino que también cuide.
Por Susana Tribiani
Primicias Rurales, Buenos Aires, domingo 6 septiembre 2026.
Ago 13, 2026 | Actualidad, Desarrollo Humano
Rumbo a la 60.ª Jornada Mundial de la Paz, el Vaticano advierte sobre la responsabilidad moral de los líderes políticos ante la automatización de la guerra y la pérdida de la conciencia humana.
Buenos Aires, jueves 13 agosto (PR/26)–La inteligencia artificial ha irrumpido en nuestra cotidianidad transformando cómo pensamos, decidimos y nos relacionamos. Sin embargo, el Papa León XIV advierte que hoy necesita ser liberada de las lógicas que la convierten en una herramienta de dominación, exclusión o muerte.

El tema elegido para la 60.ª Jornada Mundial de la Paz, que se celebrará el 1 de enero de 2027, retoma la firme postura expresada en su primera encíclica Magnifica Humanitas:
«Desarmar la tecnología, servir a la paz. La política como responsabilidad preventiva». Con esta consigna, el Pontífice convoca a la comunidad internacional a poner la innovación al servicio estricto del bien común.
Ningún algoritmo puede hacer aceptable la guerra
El comunicado difundido por el Dicasterio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral enfatiza la urgencia moral que recae sobre los gobernantes. La tecnología no es neutra cuando está en juego la vida humana.
En el número 198 de la encíclica , firmada en mayo de 2026, el Papa recuerda una verdad categórica: no existe ningún algoritmo capaz de volver moralmente aceptable la guerra.

Dejar las decisiones militares en manos de la inteligencia artificial representa un riesgo inédito. Por ello, se apela a la firma de acuerdos internacionales capaces de preservar la responsabilidad humana frente al avance bélico.
Desarmar la mente y la tecnología como con el átomo
Durante la histórica presentación de su encíclica en la Nueva Sala del Sínodo, León XIV admitió que hablar de «desarmar» la tecnología es una expresión fuerte, pero deliberada y necesaria para despertar conciencias.

Así como la Iglesia ha liderado históricamente el reclamo por el desarme nuclear, hoy exige una actitud equivalente frente a los algoritmos, garantizando que no adormezcan el sentido crítico de la sociedad.

Sin embargo, la propuesta del Santo Padre no se agota en la prohibición. Recordando sus años de misión en Perú tras devastadoras inundaciones, remarcó que reconstruir no es solo reemplazar lo destruido, sino reparar la confianza.
Un futuro construido entre todos, sin excluidos
Para el Pontífice, la verdadera paz es la justicia en acción. Lograrla exige una alianza amplia entre diseñadores de software, gobernantes, países ricos y pueblos históricamente postergados de las periferias.
Solamente desde una visión integral será posible encauzar el desarrollo tecnológico hacia el progreso justo, garantizando un mañana seguro no para unos pocos privilegiados, sino para toda la familia humana.
Primicias Rurales
Fuente: vaticannews