El mejor técnico del mundo

El mejor técnico del mundo

En esta columna de opinión, el abogado y escritor Sergio Mammarelli reflexiona sobre el fervor popular durante el Mundial, analizando cómo el fútbol trasciende lo deportivo para convertirse en un espejo de la historia, las identidades nacionales y las pasiones de todo un país.

 

 

 

 

Por Sergio Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva. Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia. Autor de varios libros y Publicaciones. Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut.

 

 

 

Buenos Aires, martes 21 junio (PR/26) — Cada cuatro años, millones de argentinos que no distinguen un lateral de un líbero amanecen convertidos en directores técnicos.

No es ignorancia ni delirio: es que en el Mundial no juegan equipos, juegan países, y eso lo explica casi todo.

Voy a confesar algo que a cualquier futbolero le sonará a herejía. No soy de fútbol. Sé poco y nada: me pierdo en las formaciones, no tengo equipo que me desvele los domingos, y podría vivir un año entero sin enterarme de quién salió campeón del torneo local.

Y sin embargo, cada cuatro años, con la puntualidad de una estación, me despierto transformado en el mejor técnico del mundo. Sé exactamente a quién había que poner de titular, en qué minuto había que hacer el cambio, qué le faltó al mediocampo y qué le sobró al rival. No soy el único. Somos millones los que ese mes hablamos con una autoridad táctica que no tenemos las otras cuarenta y siete semanas del año.

La pregunta no es por qué sabemos tan poco. La pregunta es por qué, de golpe, nos importa tanto.

El seleccionador que llevamos dentro

 

Hay algo casi cómico en el fenómeno si uno lo mira desde afuera. Un país entero que el resto del tiempo desconfía de todo —de los dirigentes, de los pronósticos, de las promesas— entrega de pronto su humor colectivo a once tipos que la mayoría no sabría reconocer por la calle.

Un tipo que jamás pisó una cancha discute la línea de tres con la vehemencia de un cirujano defendiendo una técnica. Una señora que nunca en su vida vio un partido completo llora con un himno. Y todos, absolutamente todos, tienen razón, porque en ese mes la razón futbolística es lo de menos.

Lo que se activa no es el conocimiento del deporte. Es otra cosa, más vieja y honda, que el deporte apenas viene a poner en escena.

No juegan equipos, juegan países

 

 

 

 

Para entender nuestras reacciones —las mías incluidas, que no tienen ninguna base técnica— tal vez convenga aceptar una idea incómoda: en el Mundial no se enfrentan equipos de fútbol. Se enfrentan países. Y una vez que uno asume eso, casi todo lo demás se ordena solo.

No es Argentina contra Inglaterra: es un siglo y medio de historia entrando a la cancha disfrazado de partido. No es una camiseta contra otra: es lo que cada país cree ser midiéndose contra lo que el otro país cree ser.

Por eso el resultado duele o alegra en una escala que ningún partido de club alcanza jamás. Nadie llora ochenta minutos por un descenso ajeno. Se llora por lo otro, por lo que la pelota apenas representa y nunca termina de decir del todo: quiénes somos, de dónde venimos, a quién no le perdonamos nada.

El espejo inglés

 

Y acá conviene ser honestos, porque el fenómeno no es una rareza nuestra. Del otro lado piensan igual, aunque no lo digan con nuestras palabras. Al inglés le resulta sencillamente inadmisible que la Argentina le gane: no por soberbia deportiva, sino porque entre esos dos países hay demasiada historia como para que un resultado quede en resultado.

Para él, perder con nosotros no es perder un partido. Es algo que no debería poder pasar, y que sin embargo pasa, y que por eso escuece de un modo que ningún manual táctico explica.

Lo justo es admitir que el espejo también nos devuelve nuestra imagen.

Del mismo modo que el inglés no concibe caer ante Argentina, a nosotros nos cuesta entender cómo una selección africana, a la que miramos por arriba del hombro sin decirlo, puede hacernos semejante fuerza y a veces ganarnos.

Ahí está la trampa: creemos que el asombro es por el fútbol, cuando en realidad es por el mapa.

Nos sorprende que nos compliquen los que, en nuestra cabeza, «no deberían».

 Esa frase —«no deberían»— no la dicta la táctica. La dicta una jerarquía de países que llevamos adentro sin habérnosla enseñado nadie.

El insulto de «es sólo fútbol»

 

 

Por eso me parece un error, y hasta una pequeña falta de respeto, interpretar todo esto como que «es solo fútbol». La frase la dice siempre el mismo tipo de persona: el que confunde el desapego con la inteligencia, el que necesita que la alegría ajena pida permiso antes de ocupar espacio. Y es, además, falsa.

No es sólo fútbol.

Es pasión, y la pasión no se disculpa.

Es lo que representa un país entero puesto a prueba en noventa minutos: sus conflictos geopolíticos, étnicos, religiosos, raciales, sus deudas viejas, sus revanchas nunca cobradas. Es todo eso encontrando, por una vez, un lugar donde manifestarse sin pedir perdón.

Reducir eso a «sólo fútbol» no es sobriedad ni madurez.

Es la vieja técnica argentina de declarar menor lo que no sabemos administrar: si no lo puedo controlar, lo llamo vulgar; si no lo puedo explicar, lo llamo exceso.

Pero lo que se juega ahí no es un torneo. Es la única versión de nosotros mismos en la que, por un rato, creemos sin condiciones.

No me pidan objetividad. No la tengo. Que España tenga el mejor equipo del mundo, si quiere. Yo, que no sé nada de fútbol, sé una sola cosa con una certeza que no admite discusión: a los gallegos, esta vez, no les perdono que nos ganen.

Por Sergio Mammarelli 
Primicias Rurales
El mejor técnico del mundo

Dos películas en la misma pared

El Mundial se apagó, pero la crisis nunca se había ido: crónica del domingo en que la ilusión y el país real volvieron a jugar la misma final.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

Buenos Aires, jueves 30 julio (PR/26) — El silencio después de la final. Hay un silencio que aparece después de una derrota importante y que no se parece a la tristeza. Es más ancho, más frío: es vacío.

Es la sensación física de haber estado a un paso de tocar algo enorme y de volver, de golpe, a la intemperie de siempre. El domingo 19 de julio, España le ganó a Argentina uno a cero en el alargue y se coronó campeona del mundo por segunda vez en dieciséis años.

El dato es seco y verificable, y debería agotar la crónica en una línea. Pero no la agota. Porque una final no se juega para que después alguien nos explique, con estadísticas, por qué perder era razonable.

Argentina llegó a esa final y no era poco.

Llegó con un equipo que sostuvo la ilusión durante cinco semanas, con un Messi de treinta y nueve años jugando quizá su última gran batalla mundialista, y con un país entero que —aun sospechando que el partido podía salir mal— se permitió creer.

 

 

 

España fue superior; eso también hay que decirlo, y lo diremos más de una vez en estas líneas, porque es la parte incómoda de la historia.

Fue fiel a una idea de juego que no traicionó ni siquiera en el mal trago inicial ante Cabo Verde. La derrota duele porque el fútbol argentino no se conforma con participar, y esa exigencia, lejos de ser una enfermedad, ha sido durante décadas una de las pocas formas de ambición colectiva que todavía nos quedan.

 

 

El catálogo del reproche

 

Pero esta vez hubo algo más. La prensa internacional aprovechó la caída para desplegar su catálogo habitual: argentinos soberbios, maleducados, incapaces de perder.

Como si una disputa al borde del campo, un gesto de bronca o una mala reacción al final habilitaran a convertir a un país entero en caricatura moral. Es curioso, a las potencias se les perdona la arrogancia como si fuera carácter; a los argentinos se nos reprocha hasta el orgullo de haber llegado.

No se trata de justificar lo injustificable.

Si hubo jugadores que se excedieron, corresponde decirlo, porque la derrota también mide el carácter.

Pero una cosa es pedir autocrítica y otra muy distinta es disfrutar del castigo.

 Hubo, en buena parte de la cobertura mundial, una satisfacción apenas disimulada por ver caer al campeón de 2022, al equipo de Messi, a ese país incómodo que, aun con todas sus crisis, conserva la insolencia de creer que puede competir con cualquiera. Y esa insolencia es lo último que deberíamos entregar.

 

 

Nadie pierde solo

 

 

Ahora bien, casi antes de que el árbitro esloveno Slavko Vinčić terminara de pitar el final, empezó a jugarse el segundo partido: el que no se disputa en el césped sino en los teléfonos.

Circuló en las redes la certeza de que algo distinto había ocurrido bajo la superficie del resultado. Una orden, un apriete, una pelota con chip, un árbitro amenazado, un acuerdo firmado en algún despacho de Zúrich para que la Argentina no repitiera título.

La final futbolística duró noventa y tantos minutos. La final imaginaria, la que se juega en el terreno de la sospecha, todavía no terminó.

Los hechos, desarmados con paciencia  y no con el machete de la indignación, son estos. En la semifinal ante Inglaterra, un grupo de jugadores desplegó sobre el césped una bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas».

La FIFA, que había prohibido ese tipo de consignas, abrió una investigación disciplinaria; el Reino Unido reclamó una pesquisa exhaustiva. Los especialistas en derecho deportivo coincidieron en que cualquier sanción, de producirse, sería económica o administrativa y en ningún caso podía derivar en pérdida de puntos ni descalificación. El reglamento no contempla ese mecanismo.

Eso no impidió que, apenas caído el resultado, un audio atribuido a Claudio Tapia mencionando una sanción de diez años circulara como si fuera evidencia forense.

El relato conspirativo tiene una arquitectura casi elegante. Primero se instala la amenaza, después, el castigo posible y finalmente, cuando el resultado no coincide con el deseo, esos dos elementos verdaderos en su origen se sueldan para explicar lo inexplicable: que el vigente campeón perdiera una final jugando mal. Hay algo cierto y es irrefutable.

Argentina jugó mal. Ese es, probablemente, el dato que menos circula, porque no tiene la textura narrativa de la conspiración. Un equipo que erra pases es una anécdota deportiva. Un equipo al que «le robaron» el título es una épica.

Con esto, nadie piense que estoy realizando una defensa acrítica de la FIFA.

Que no haya evidencia de un arreglo no vuelve inmaculado al fútbol de elite. El punto no es negar la posibilidad en abstracto, sino que afirmarla en este caso concreto exige algo más que un audio sin origen, un video descontextualizado y la necesidad emocional de que la Selección no haya, simplemente, jugado mal.

 

 

La misma gramática

 

En realidad, la pregunta que importa no es si la FIFA arregló la final, sino por qué una sociedad entera prefiere en 2026 la hipótesis del complot a la hipótesis de la derrota simple.

El complot es, paradójicamente, reconfortante: convierte a la víctima en protagonista de una trama mayor, la saca del llano de lo contingente y la instala en el escenario de lo histórico.

No perdimos: nos quitaron. La derrota humilla; el complot dignifica.

Se suponía que un mes de fútbol funcionaría como anestesia colectiva, y en cambio la lógica del pensamiento conspirativo que domina nuestra conversación pública migró sin fricción del tablero de la política al campo de juego. No hubo tregua: hubo continuidad. El mismo reflejo que explica una derrota electoral por fraude, o una crisis económica por sabotaje externo, explicó ahora una final perdida por conspiración. No es que el fútbol se haya contaminado de política. Es que ambos comparten hoy la misma gramática: si algo malo ocurre, alguien poderoso lo decidió así.

 

 

Volvimos al país real

 

Hoy, ya se acabaron los partidos, las cábalas, las noches pendientes de una pantalla. Se apagó esa pausa colectiva que nos permitió, durante cinco semanas, poner la atención en algo que no fueran las cuentas, el trabajo que falta, los precios que suben, los jubilados que no llegan, las rutas rotas, las economías regionales asfixiadas.

El Mundial fue, también, un ilusionismo: hermoso, necesario, profundamente humano. Durante un mes y medio sentimos que había una causa común, una camiseta que nos ponía del mismo lado y un destino que se podía disputar hasta el último minuto. No es poca cosa en un país partido en mil fragmentos, donde cada argentino parece obligado a salvarse solo.

Pero sería fácil, y falso, caer en el lugar común del «se terminó la fiesta, volvemos a la crisis». Lo cierto es que la fiesta nunca suspendió la crisis. No fue una tregua: fue una superposición. Dos películas proyectándose al mismo tiempo sobre la misma pared, y la otra nunca dejó de correr.

Volvió el país real. El del comerciante que no sabe si podrá reponer mercadería. El del trabajador que hace cuentas antes de cargar nafta. El del productor que mira el clima, los costos y los impuestos antes que la tabla de posiciones.

El de los jóvenes que ya no discuten cómo transformar la Argentina, sino cómo irse de ella. El de las provincias que miran desde lejos cómo las decisiones se toman en Buenos Aires y las consecuencias se pagan en cada pueblo del interior.

Mientras todavía dura el duelo futbolero, la Argentina ya reactivó el ajedrez electoral: no va a tardar cinco semanas en volver a discutir 2027; va a tardar, como mucho, cinco días.

A un córner de la gloria

Hay un detalle que se parece demasiado a un símbolo. Esta es la tercera vez en la historia que Argentina pierde una final del mundo por el mismo marcador exacto: uno a cero.

Tres derrotas mínimas, tres finales decididas por un solo gol, tres veces a un córner de distancia de la gloria. Casi una lectura mística de lo que le sucede a este país frente a sus propios objetivos colectivos: siempre cerca, siempre compitiendo de igual a igual hasta el final y, sin embargo, sin la solidez adicional que hace falta en el último tramo.

Podría decirse lo mismo de nuestra historia económica de las últimas cinco décadas: siempre a un ajuste de distancia de la estabilidad, siempre a una reforma de distancia del desarrollo sostenido, siempre jugando el partido entero para perderlo por el margen más estrecho en el momento menos perdonable. La final se pierde en el detalle, no en el planteo general.

Quizá el sentimiento que nos deja este Mundial sea precisamente ése: no fracasamos por perder una final. Fracasamos cuando somos capaces de reunirnos, emocionarnos, sacrificarnos y creer durante cuarenta días por una pelota, pero no logramos exigir con la misma pasión un país que funcione para sus hijos.

La selección nos recordó que se puede competir, resistir y llegar lejos incluso cuando las condiciones no son perfectas. Falta lo más difícil: trasladar esa convicción a la vida de todos los días, donde no hay árbitro esloveno al que culpar ni pelota con chip que explique el resultado.

El Mundial terminó. Y la Argentina, esa final interminable que jugamos todos los días, recién vuelve a empezar. La pregunta es si esta vez, cuando se disipe el humo, vamos a animarnos a mirar la otra película o si preferiremos, una vez más, seguir sin saber: porque la incertidumbre, bien administrada, resulta más habitable que la certeza de haber jugado mal nuestra propia final.

Por Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales

 

¿Es la fe un obstáculo? ¿Por qué rezar fortalece la disciplina en la cancha? El debate sbre Brasil y sus jugadores evangélicos

¿Es la fe un obstáculo? ¿Por qué rezar fortalece la disciplina en la cancha? El debate sbre Brasil y sus jugadores evangélicos

La selección de Brasil el día del partido que perdió con Noruega por 2 a 1 , en los octavos de final del Mundial, el 5 de julio. Crédito: Rafael Ribeiro / CBF.

La selección de Brasil el día del partido que perdió con Noruega por 2 a 1 , en los octavos de final del Mundial, el 5 de julio. Crédito: Rafael Ribeiro / CBF.

Una teoría bastante curiosa ha cobrado fuerza en las redes sociales y los medios de comunicación desde la eliminación de Brasil del Mundial: dicen que el equipo perdió porque la gran mayoría de sus jugadores se identifican como evangélicos, a diferencia de los equipos que ganaron la Copa del Mundo cinco veces.

La hipótesis se basa en una especie de geopolítica religiosa del fútbol: de los 22 títulos de la Copa del Mundo disputados hasta ahora, sólo los cuatro de Alemania y el único de Inglaterra fueron ganados por países con mayoría protestante.

Los demás fueron para Brasil (5), Italia (4), Argentina (3), Uruguay (2), Francia (2) y España (1), todos países que alguna vez tuvieron mayoría católica.

Se viene un duelo de oración 

El próximo domingo se enfrentarán Argentina y España, dos pa+íses católicos  y  por la final.
Será un duelo de oración porque desde el capitán de la albiceleste, Lionel Messi, considerado el mejor jugador de fútbol del mundo,  que atribuye su don y sus logros a Dios hasta el técnico español, Luis de la Fuente quien confirmó que reza todos los días, otros integrantes también oran.
O bien creen tanto en la Virgen María como el jugador argentino Lautaro Martínez que entra a la cancha con estampas de la Patrona de su país, la Virgen de Luján, en sus piernas y el partido revierte a su favor.

Técnico español: «Yo rezo»

¿En tanto qué pasa en Brasil?

 

La idea, que surgió en blogs católicos de Europa y Estados Unidos, llegó al periódico británico The Times y desde allí captó la atención mundial. En Brasil, el tema está prácticamente ausente de los interminables análisis y mesas redondas sobre el pobre desempeño de Brasil en el Mundial.

Según los editores ingleses de The Times, los jugadores brasileños han dejado de ser rebeldes, reacios al entrenamiento, mujeriegos y bebedores empedernidos, como supuestamente lo eran las estrellas del pasado.

 

Según una encuesta realizada por la columna GENTE de la revistade la revista Veja, al menos 20 de los 26 jugadores convocados por Carlo Ancelotti se identifican como cristianos evangélicos. Las oraciones en círculo antes de los partidos, las expresiones públicas de gratitud a Dios y los mensajes religiosos en las redes sociales forman parte de la rutina de muchos de los jugadores de la selección nacional.

Supuestamente, la selección nacional estaba dominada por una «ética de trabajo protestante» que privaba al fútbol brasileño de su espontaneidad y «alegría».

“Es muy prematuro” establecer un vínculo directo

 

«Es muy prematuro establecer una conexión directa entre perder un partido o perder una Copa del Mundo y la afiliación evangélica», declaró Gabriel Marquim, doctor en Estudios Religiosos, a ACI Digital, agencia en portugués de EWTN News.

Según Marquim, «la religión juega un papel fundamental en la construcción de identidades» y «la experiencia de fe que se está apoderando de los jugadores de la selección brasileña es una corriente religiosa neopentecostal».

Según él, «el neopentecostalismo ha surgido dentro de la iglesia evangélica desde la década de 2000. En Brasil, sin duda, tiene un gran impacto social, especialmente en las comunidades más pobres, y existe una relación directa entre el neopentecostalismo brasileño y el neopentecostalismo norteamericano».

Marquim afirma que el neopentecostalismo reúne tres características centrales: una experiencia de Dios «que necesariamente pasa por los sentidos y las emociones»; la valoración de la experiencia individual por encima de la experiencia comunitaria, que él define como «individualismo exacerbado»; y la teología de la prosperidad, que vincula la fe con el éxito financiero.

Marquim ve reflejos de esta forma de entender la fe en cómo algunos atletas interpretan las victorias y las derrotas. «Hay una falta de responsabilidad personal», afirma el académico. «Si me fue muy bien en un partido, fue porque Dios lo quiso. Si me fue muy mal, también fue porque Dios lo quiso».

Tras la eliminación contra Noruega, por ejemplo, el delantero Endrick reconoció haber fallado una oportunidad de gol, pero añadió: “Fue un momento en el que podría haberlo hecho mejor. No lo hice, pero le doy gracias a Dios por la oportunidad”. En otro mensaje publicado en redes sociales, volvió a agradecer a Dios la oportunidad de jugar en el Mundial.

 

Un cambio real en el perfil religioso de Brasil

 

El debate surge a raíz de una transformación real documentada por el Censo Demográfico de 2022, según el cual la proporción de católicos descendió del 65,1 % de la población brasileña en 2010 al 56,7 % en 2022.

Durante el mismo período, los evangélicos crecieron del 21,6 % al 26,9 %, mientras que el número de brasileños sin religión también aumentó.

La propia Conferencia Nacional de Obispos Católicos de Brasil (CNBB, por sus siglas en brasileño) reconoce este cambio en las Directrices Generales para la Acción Evangelizadora de la Iglesia en Brasil 2026-2032.

En los números 35 y 36, el documento afirma que está creciendo una experiencia religiosa marcada por la valoración de la autonomía personal, una ruptura con las tradiciones recibidas y formas más individualizadas de vivir la fe.

 

La perspectiva de quienes no asisten a la iglesia y una interpretación «libre» de la fe

 

El teólogo Raylson de Araújo declaró a ACI Digital que el cambio religioso en Brasil es un fenómeno real, pero considera que la tesis es una mera «conversación de bar» que simplifica en exceso esta transformación. Según él, «ignora un punto importante»: el crecimiento de los llamados «evangélicos no practicantes».

Según él, el cambio principal no es simplemente el aumento del número de jugadores evangélicos, sino la transformación en la forma en que muchos de ellos viven su fe.

Raylson analiza la presencia de los llamados Atletas de Cristo, como Kaká y Luizão, en el equipo que ganó el último título mundial de Brasil en 2002. «Los Atletas de Cristo en los equipos campeones eran, de hecho, Atletas de Cristo. Había católicos no practicantes jugando junto a evangélicos con fuertes lazos religiosos. Ahora el panorama ha cambiado. Tenemos muchos jugadores evangélicos no practicantes», afirmó.

Raylson afirma que muchos de los atletas actuales del equipo nacional expresan públicamente su fe, pero sin orientación pastoral ni participación constante en una comunidad eclesiástica.

«No reciben formación espiritual por parte de sus pastores. Por lo tanto, terminan haciendo una lectura casi ‘libre’ de la Biblia y también de la teología».

 

 

 

Fuente: Artículo publicado originalmente en ACI Digital. Traducido y adaptado por el equipo de ACI Prensa.  Por Nathália QueirozNathália Queiroz
Y adaptado por Matilde Fierro, editora de Primicias Rurales. 
La cruz olvidada que espera la bendición del Papa: la reliquia de Tumbes que resistió 500 años

La cruz olvidada que espera la bendición del Papa: la reliquia de Tumbes que resistió 500 años

 

Un sacerdote peruano sueña con que León XIV bendiga la histórica Cruz de la Conquista durante su esperada visita a Perú. La reliquia, ligada al desembarco de Pizarro en 1532, pasó casi siglo y medio lejos de su tierra antes de regresar a Tumbes.

 

 

 

 

Buenos Aires domingo 12 julio(PR/26)–Todo comenzó como un reencuentro familiar sin mayores pretensiones. Pero terminó convirtiéndose en el sueño de todo un pueblo: que el Papa León XIV bendiga, durante su anunciada visita a Perú, una de las reliquias más antiguas y menos conocidas del país.

El impulsor de esta iniciativa es el sacerdote peruano Juan Carlos Silva Yacila, párroco de la parroquia San Leonardo de Puerto Maurizio, en las afueras de Roma. Su pedido tiene un nombre propio: la Cruz de la Evangelización, también llamada Cruz de la Cristiandad o Cruz de la Conquista.

 

La cruz de la conquista en la Municipalidad del Distrito de la Cruz, en Tumbes, en el norte del Perú. Crédito: Cortesía del Juan Carlos Silva Yacila.

Según la tradición histórica de Tumbes, esta cruz está unida a los primeros pasos de la evangelización en territorio peruano y al despertar de la fe dentro del propio Imperio Inca.

 

Una oración que se transformó en misión

 

El padre Silva no oculta la emoción que sintió al estar frente a la reliquia. “Tuve la gracia de tocar la Cruz, de rezar ante ella y contemplarla”, contó a ACI Prensa.

De manera espontánea, comenzó a orar por su gente: las familias, los enfermos, los niños, los pescadores y agricultores, y por todos los que cada día construyen, según sus palabras, un Tumbes más fraterno y más justo.

 

Peregrinación guiada por el sacerdote peruano hacia la Cruz con un grupo de fieles. Crédito: Cortesía del Juan Carlos Silva Yacila.

 

Fue entonces cuando surgió la pregunta que todavía lo acompaña: ¿cómo lograr que el mundo conozca la cruz que su pueblo custodia desde hace casi 500 años? Muchos tumbesinos, admite, ni siquiera saben que existe.

 

El primer signo del Evangelio en el Tahuantinsuyo

 

La historia de la cruz se remonta a 1532, cuando, según la tradición oral transmitida por generaciones, Francisco Pizarro y sus hombres desembarcaron en lo que hoy es el distrito de La Cruz, tras los combates conocidos como la Batalla de los Manglares.

 

Este es el lugar donde Francisco Pizarro puso la primera cruz en tierras del Imperio Inca, el Tahuantinsuyo, en el cerro Buenaventura, Distrito de la Cruz, Tumbes. Crédito: Cortesía del P. Juan Carlos Silva Yacila.

 

Fue en el cerro Buenaventura donde, se cree, se levantó por primera vez una cruz cristiana en el territorio del antiguo Tahuantinsuyo: uno de los primeros signos visibles de la llegada del cristianismo a estas tierras.

 

Un viaje de casi siglo y medio lejos de casa

 

Durante más de tres siglos, la cruz permaneció en el mismo cerro donde, según la tradición, había sido colocada. Pero en 1842 fue trasladada a la iglesia Nuestra Señora de las Mercedes, en Piura, para protegerla de la humedad y el paso del tiempo.

Años más tarde, en 1907, el entonces presidente José Pardo y Barreda conoció la existencia de la reliquia durante una visita a Tumbes y ordenó su traslado al Museo Nacional de Historia, en Lima, donde quedó bajo custodia del Estado.

 

Retorno de la Cruz de la Conquista al Distrito de La Cruz en Tumbes en 1990, después de 148 años. Crédito: Cortesía del Juan Carlos Silva Yacila.

 

Así, durante casi siglo y medio, la cruz permaneció lejos del lugar donde había comenzado su historia. Recién el 18 de agosto de 1990, tras numerosas gestiones de autoridades y vecinos, regresó a Tumbes, poniendo fin a 148 años de ausencia.

Hoy la reliquia se conserva en la Biblioteca Municipal Víctor Andrés Belaúnde, en el distrito de La Cruz, donde puede ser visitada por fieles, peregrinos e investigadores.

 

“Sus hijos esperan su bendición”

 

El padre Silva aprovechó un encuentro con el Papa León XIV, el pasado 24 de junio, para entregarle una camiseta con una ilustración de la cruz, obra de su sobrina Valeria Stigler Silva.

“Sentí que llevaba a todo mi pueblo entre las manos”, recuerda el sacerdote, quien le dirigió al Pontífice un pedido breve y directo: que no se olvide de la Cruz de la Conquista de Tumbes.

 

Camiseta elaborada para promover la Cruz de la Conquista. Crédito: Cortesía de Juan Carlos Silva Yacila.

 

Aunque el Vaticano todavía no confirmó oficialmente el viaje a Perú ni su programa, distintas versiones apuntan a una posible visita durante el mes de noviembre. Si el Papa finalmente no llegara hasta Tumbes, el sacerdote propone llevar la cruz a alguna celebración que presida en el norte del país.

Cinco siglos después de haber acompañado los primeros pasos del cristianismo en estas tierras, la cruz sigue siendo, para miles de tumbesinos, mucho más que una pieza histórica: un signo vivo de fe, identidad y esperanza.

 

 

 

Primicias Rurales
Fuente: ACI Prensa

 

 

 

Ser siendo con otros: las lecciones de liderazgo y equipo que deja Messi.  Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra

Ser siendo con otros: las lecciones de liderazgo y equipo que deja Messi. Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra

 

El capitán de la Selección ofrece una visión de liderazgo generativo y colectivo, donde el éxito no depende del brillo individual sino de la construcción de un proyecto común y confiable.

 

 

Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra

Buenos Aires, viernes 10 julio (PR/26) —Lionel Messi ofrece un ejemplo extraordinario porque muestra algo muy poco frecuente: la capacidad de fracasar sin quedar definido por el fracaso. Falla un penal, lo cual hiere el narcisismo de cualquiera.

Pero unos minutos después entrega una asistencia perfecta al Cuti Romero. Luego convierte el empate y termina siendo decisivo otra vez. No intenta reparar su error haciendo una heroica individual.

Sigue jugando para el equipo. Eso habla de alguien cuyo deseo no depende del brillo narcisista sino del objetivo común. El narcisismo pregunta: “¿Cómo quedo yo?”.

El deseo, en cambio, pregunta: “¿Qué reclama ahora la situación?”. Messi parece desplazarse permanentemente hacia esta segunda pregunta, lo que tiene consecuencias enormes para el resto del equipo.

Porque el liderazgo deja de ser exhibicionista para transformarse en generativo. No obliga a los demás a servir al líder; hace que todos quieran dar algo más.

“Ser persona —dice el psiquiatra argentino Jorge Saurí— no es ‘ser’ sino ‘ser siendo’ e irse haciendo con otros y en situación”. No hay un Messi aislado.

Existe un “nosotros” que modifica incluso el rendimiento individual. Es difícil imaginar esta versión de Enzo, Julián, Mac Allister, De Paul o Cuti Romero sin el tipo de clima humano construido por Scaloni y Messi.

En términos de neurociencias sociales podríamos decir que existe una regulación afectiva colectiva. Cuando uno cae, los otros sostienen. Cuando uno falla, el grupo conserva la confianza.

Eso reduce el miedo y permite pensar. La angustia reduce el horizonte: hace creer que “ya está”, que “todo terminó”. Lo extraordinario de la Argentina es que jugó como si el partido nunca estuviera definitivamente perdido.

No negó la realidad, pero se opuso valerosamente al fatalismo y la diferencia fue enorme. Esto explica por qué esta Selección produce algo que excede al fútbol.

En una sociedad donde predomina la sospecha, el cinismo y la corrupción, este equipo ofrece una experiencia inhabitual: la confianza vuelve a ser racional.

No porque sean perfectos, sino porque el esfuerzo parece auténtico. Porque trabajan. Porque ninguno parece querer ser más importante que el proyecto.

En un país acostumbrado a desconfiar, eso conmueve. No casualmente tantas personas hablan de “admiración”. La admiración aparece cuando sentimos que algo representa valores que quisiéramos conservar.

Por Felipe Rilova Salazar, psiquiatra
Primicias Rurales