Confesiones de un terrorista gramsciano: Cristina, la candidata de Milei

Confesiones de un terrorista gramsciano: Cristina, la candidata de Milei

La paradoja de un Peronismo que necesita terminar una época y un oficialismo que necesita conservarla.

Por: Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

Buenos Aires, martes 11 agosto (PR/26) — No sabía que era un terrorista gramsciano. Debo reconocer que la noticia me sorprendió.

A lo largo de mi vida profesional, docente y política me calificaron de muchas maneras. Pero terrorista gramsciano, nunca. A esta altura de la vida uno descubre, gracias al Presidente Javier Milei, facetas desconocidas de su propia personalidad.

La cuestión podría terminar allí y hasta resultar divertida.

El problema es que no lo es. Porque cuando el Presidente de la Nación comienza a utilizar categorías semejantes para describir a quienes cuestionan sus ideas, sus políticas o simplemente su manera de ejercer el poder, ya no estamos frente a una extravagancia lingüística. Estamos frente a una concepción del adversario. Y eso es bastante más importante.

Milei, que desplazó al Macrismo y se presentó como su superación, puede terminar utilizando la misma herramienta. El dirigente que creció aprovechando la fragmentación de sus adversarios necesita que sus adversarios continúen fragmentados para conservar el poder.

Ahí Cristina vuelve a ser decisiva. No necesita derrotarla todos los días. Necesita que exista.

Por eso habría que revisar una afirmación demasiado repetida: que el antiperonismo quiere terminar con Cristina. Quizá una parte del antiperonismo necesite exactamente lo contrario. Necesite conservarla como identidad del adversario.

Por eso resulta insuficiente preguntarse si Cristina puede o no volver a ser candidata. Puede ser candidata incluso sin figurar en una boleta. Puede serlo si todas las candidaturas se definen alrededor de ella.

Puede serlo si el Peronismo sigue discutiendo quién es cristinista, quién dejó de serlo, quién recibe su bendición y quién se anima a desafiarla. Puede serlo, sobre todo, si Milei consigue que la elección de 2027 vuelva a plantearse como una elección entre él y el regreso del Kirchnerismo.

Ésa podría ser la gran ironía de esta etapa. Los sectores que más detestan al Kirchnerismo podrían terminar siendo los principales interesados en impedir que el Kirchnerismo termine. Y los peronistas que quieran reconstruir su movimiento deberán animarse a cerrar una etapa que sus adversarios necesitan desesperadamente mantener abierta.

 

Cristina, la candidata de Milei

El Peronismo necesita que Cristina Fernández de Kirchner deje de ordenar su universo para poder reconstruirse, mientras que Javier Milei necesita exactamente lo contrario. Necesita que Cristina siga allí. Visible, vigente, discutida, capaz de conservar una porción importante del electorado y, al mismo tiempo, de impedir que ese electorado encuentre una síntesis nueva.

Dicho de otro modo: ¿a quién beneficia hoy que Cristina siga teniendo poder?

Para una parte importante del Peronismo, su permanencia se ha transformado en un problema de sucesión. Ningún movimiento político se renueva verdaderamente mientras la generación anterior conserve capacidad suficiente para decidir quién puede sucederla, quién debe esperar, quién merece la bendición y quién será considerado traidor.

Cristina permite que cualquier elección vuelva a convertirse en un referéndum sobre una Argentina que ya ocurrió. Si el adversario es Cristina, Milei puede volver a 2011, 2015 o 2019. Puede discutir inflación, corrupción, populismo, cepo, gasto público y casta. Puede reconstruir el escenario moral de 2023 aunque hayan pasado cuatro años y aunque para entonces la sociedad esté preguntando por otras cosas.

La estrategia no sería novedosa. Mauricio Macri comprendió antes que nadie el extraordinario rendimiento electoral de la polarización con Cristina. No necesitaba convertir a todos los argentinos en macristas. Le alcanzaba con conseguir que una porción decisiva del electorado temiera suficientemente el regreso del Kirchnerismo. La grieta no fue solamente una consecuencia cultural de la política argentina. También fue una formidable tecnología electoral.

Algo cambió

En los últimos días Milei endureció notablemente su discurso público. Multiplicó entrevistas con periodistas afines, elevó el tono y extendió las descalificaciones a un universo cada vez más amplio. Ya no se trata solamente de sus adversarios políticos tradicionales. Periodistas, economistas, empresarios, gobernadores y dirigentes que difícilmente podrían ser sospechados de pertenecer a la izquierda comenzaron a ingresar en alguna de las categorías del nuevo diccionario presidencial. Hasta economistas provenientes de la tradición liberal y ortodoxa quedaron alcanzados por la furia presidencial.

Ya no parece demasiado importante de dónde viene cada uno. Importa dónde está parado respecto del Presidente. Y allí aparece una primera transformación inquietante. Durante mucho tiempo la política argentina discutió entre oficialistas y opositores, peronistas y radicales, liberales y estatistas, izquierda y derecha. Ahora comienza a insinuarse otra división mucho más elemental: los que están con Milei y los que están contra Milei.

Cuando una democracia comienza a organizarse alrededor de la adhesión o el rechazo a una persona, algo empieza a funcionar mal.

 

El problema no son los insultos

Sería demasiado superficial reducir esta discusión a las malas maneras presidenciales. La Argentina ha tenido presidentes temperamentales, soberbios, irónicos y violentos verbalmente y sobrevivimos a todos. El problema es otro. El lenguaje presidencial está comenzando a construir una categoría política mucho más peligrosa: el enemigo.

El periodista crítico ya no estaría simplemente equivocado. El economista que cuestiona una política económica ya no tendría otra interpretación. El político opositor ya no representaría otra alternativa electoral. Todos pueden convertirse en integrantes de una conspiración contra el proyecto libertario. Y de este modo, aparecen las palabras claves: enemigos, mandriles, parásitos, periodistas corruptos, empresarios prebendarios, comunistas, socialistas y, ahora también, terroristas gramscianos.

Puede parecer grotesco. Pero las palabras pronunciadas desde el poder nunca son completamente inocentes. Una cosa es que un ciudadano insulte al Presidente. Otra muy distinta es que el Presidente señale como enemigos a ciudadanos que lo critican. Hay una desigualdad esencial entre ambos. Uno tiene una opinión. El otro tiene el Estado.

 

 

¿Por qué ahora?

Esta es quizá la pregunta más interesante. Una explicación posible es electoral. La Argentina comenzó, aunque todavía parezca prematuro, la carrera hacia 2027. Y Milei sabe perfectamente que su reelección no dependerá exclusivamente de conservar un núcleo duro de seguidores. Necesita reconstruir una mayoría.

La sociedad de 2026 ya no es la fotografía electoral de noviembre de 2023. Hay cansancio. Hay dificultades económicas. Hay sectores que acompañaron esperando determinados resultados y hoy comienzan a plantear dudas. Hay gobernadores que recuperan autonomía. Hay dirigentes que empiezan a imaginar alternativas. Pero, además, existe un fenómeno inevitable en cualquier gobierno: el tiempo.

El outsider de 2023 ya no existe. Javier Milei gobierna la Argentina desde hace casi tres años. A esta altura resulta cada vez más difícil atribuir todos los problemas al pasado y cuando comienza a agotarse la explicación de la herencia aparece una tentación política antiquísima: buscar responsables en el presente.

 

El enemigo necesario

Todos los populismos necesitan construir un enemigo. Los populismos de izquierda lo hicieron. Los populismos de derecha también. La mecánica es sorprendentemente parecida: cuando la realidad contradice el relato, el problema nunca puede estar en el relato. Debe estar en alguien que conspira contra él.

El Kirchnerismo necesitó corporaciones, medios hegemónicos, jueces y poderes concentrados. Milei necesita casta, periodistas, empresarios prebendarios, economistas fracasados, socialistas y terroristas gramscianos. Cambian los sustantivos, pero la estructura política permanece.

Por eso resulta cada vez menos interesante discutir si Milei pertenece exactamente a determinada categoría ideológica. La pregunta relevante es otra: ¿qué relación está construyendo con el pluralismo? Digo esto porque la democracia no consiste simplemente en ganar elecciones.Consiste también en aceptar que millones de ciudadanos pueden pensar exactamente lo contrario que quien las ganó.Y no solo eso, sino que tienen derecho a hacerlo.

 

La frase que comienza a escucharse

En ámbitos políticos, económicos y periodísticos comenzó además a circular otra frase incómoda, que algunos la pronuncian públicamente, aunque muchos más la dicen en privado. “El Presidente no está pensando bien”.

Ahora bien, conviene ser extremadamente prudentes con la frase. No corresponde hacer diagnósticos psicológicos ni psiquiátricos a distancia. Mucho menos utilizar la salud mental como herramienta de descalificación política. Pero existe una pregunta perfectamente legítima que una sociedad democrática puede formularse: ¿está tomando buenas decisiones políticas el Presidente?

Eso sí podemos discutirlo. Podemos analizar sus discursos. Podemos observar sus reacciones. Podemos estudiar sus decisiones. Podemos preguntarnos si la creciente intolerancia frente a la crítica responde a una estrategia electoral, a una radicalización ideológica o a una manera de ejercer el poder que se vuelve más evidente a medida que avanza el gobierno.

No necesitamos diagnosticar al hombre, pero tenemos la obligación de evaluar al Presidente.

 

La intolerancia como estrategia

Hay, sin embargo, una hipótesis todavía más inquietante. ¿Y si no estamos frente a un descontrol sino frente a una estrategia?

La polarización tiene una enorme utilidad electoral: simplifica. Obliga a elegir. Elimina matices. Convierte cualquier crítica al gobierno en una adhesión implícita a sus adversarios.

Si alguien cuestiona la política económica, entonces quiere que vuelva el Kirchnerismo. Si cuestiona el estilo presidencial, pertenece a la casta. Si reclama instituciones, defiende privilegios. Si discute una idea libertaria, termina siendo socialista. Y si insiste demasiado, quizás descubra —como yo— que además es un terrorista gramsciano.

La operación política es formidable porque impide la existencia del centro. Y Milei necesita precisamente eso. Necesita que la elección de 2027 vuelva a plantearse como aquella de 2023: él o el pasado.

El problema es que ya no estamos en 2023. Ahora Milei también tiene pasado. Es el pasado de su propio gobierno.

 

El verdadero comienzo de la campaña

Quizás estemos viendo algo más importante de lo que parece. Tal vez la campaña presidencial de 2027 ya comenzó. Y si comenzó de esta manera, deberíamos preocuparnos.

Porque una campaña electoral organizada alrededor de la identificación de enemigos puede producir una sociedad todavía más fragmentada que la que ya tenemos.

La Argentina conoce perfectamente esa historia. Peronistas contra antiperonistas. Civiles contra militares. Kirchneristas contra antikirchneristas. La grieta. Siempre encontramos alguna manera de dividirnos en dos mitades convencidas de que la otra mitad constituye una amenaza para la República.

Milei prometió terminar con muchas cosas. Sería paradójico que terminara perfeccionando precisamente esa.

 

La democracia que viene

 

El desafío, entonces, no consiste en pedirle al Presidente que sea amable. Eso sería casi infantil.

El desafío consiste en exigir algo mucho más elemental: que reconozca la legitimidad del otro.

La democracia es precisamente el sistema político diseñado para que personas que se consideran profundamente equivocadas entre sí puedan convivir sin eliminarse. No exige consenso. Exige reglas. No exige afecto. Exige tolerancia. No exige que el Presidente respete intelectualmente a sus adversarios. Exige que los reconozca como ciudadanos legítimos.

Cuando esa frontera comienza a desaparecer, el deterioro democrático no llega necesariamente mediante tanques, golpes de Estado o clausuras del Congreso.

Puede comenzar de una manera mucho más sencilla. Con palabras. Primero se ridiculiza al adversario. Después se lo descalifica. Luego se lo convierte en enemigo. Y finalmente se convence a una parte de la sociedad de que ese enemigo carece de legitimidad. La historia demuestra que conviene detenerse bastante antes.

 

Mi pequeña confesión

Así que finalmente descubrí que soy un terrorista gramsciano. Aparentemente lo fui durante décadas sin advertirlo.

No sé exactamente cuándo comenzó mi actividad subversiva. Quizá cuando enseñaba en la universidad. Tal vez cuando ejercía como abogado. Quizá cuando participé en política. O probablemente cuando cometí el imperdonable delito de comenzar a cuestionar algunas decisiones del actual Gobierno.

Pero hay algo que sí sé. No pienso dejar de hacerlo. Porque existe una diferencia enorme entre cuestionar un gobierno y querer destruirlo. Entre criticar a un presidente y desconocer su legitimidad. Entre ser opositor y ser enemigo. Esa diferencia tiene un nombre. Se llama democracia.

Y precisamente por eso debería preocuparnos que desde la máxima autoridad del Estado esas fronteras comiencen a borrarse. No porque Javier Milei insulte. Eso, después de casi tres años, difícilmente pueda sorprender a alguien.

Lo preocupante será si la campaña hacia 2027 termina construyéndose sobre una idea mucho más peligrosa: que quienes apoyan al Presidente son ciudadanos y quienes lo cuestionamos somos enemigos.

Porque entonces el problema ya no será Gramsci. Ni los periodistas. Ni los economistas. Ni los políticos. Ni siquiera Milei. El problema será qué clase de democracia estaremos dispuestos a aceptar los argentinos para elegir al próximo presidente.

Mientras tanto, seguiré escribiendo. Ahora con una nueva credencial. Abogado. Docente. Productor. Analista político. Y, según parece, terrorista gramsciano.

A esta altura de la vida, uno nunca termina de actualizar el currículum.

Sergio Mammarelli
Primicias Rurales
Reconocido periodista inglés publicó que «las Malvinas no pueden ser británicas para siempre» y desató la polémica en el Reino Unido

Reconocido periodista inglés publicó que «las Malvinas no pueden ser británicas para siempre» y desató la polémica en el Reino Unido

Tras la polémica bandera en el Mundial 2026, el columnista inglés Simon Jenkins desafió la postura británica instando a retomar el diálogo. Downing Street ratificó la soberanía sobre las islas y elevó un pedido de investigación ante la FIFA, mientras la ONU reitera su llamado a negociaciones bilaterales a lo que Inglaterra se niega. Lea el artículo completo traducido.

 

 

Buenos Aires, sábado 18 julio (PR/26>) — El reconocido periodista inglés Simon Jenkins, columnista del diario The Guardian y de la BBC, publicó un editorial afirmando que las Islas Malvinas «no pueden seguir siendo británicas para siempre».
El artículo fue inspirado por la famosa bandera con la leyenda «Las Malvinas son argentinas» desplegada por los jugadores de la selección argentina tras vencer a Inglaterra en la semifinal del Mundial y que cayó de la tribuna en manos de integrantes de la selección albiceleste que la desplegó.
El Gobierno británico rechazó el festejo de la Selección Argentina tras el Mundial 2026, calificando de «inapropiado» el uso de una bandera con la consigna de las Islas Malvinas.
Londres ratificó la soberanía británica sobre el territorio, exigió una investigación de la FIFA y no descartó sanciones para los jugadores involucrados.
La bandera cayó de la tribuna en el festejo de la selección argentina por haber vencido 3 a 2 a Inglaterra

Mientras que el artículo inglés generó fuerte repercusión por varios puntos centrales del análisis de Jenkins:

  • Sentido común geográfico: Jenkins argumentó que tarde o temprano estas colonias se integrarán a sus continentes geográficos. 
  • Costos de defensa: Criticó el gasto de más de £60 millones al año que los contribuyentes británicos destinan a mantener la presencia militar en el archipiélago. 
  • Reapertura de negociaciones: Cuestionó la decisión del Reino Unido de congelar el diálogo durante más de 40 años e instó a que se retomen las negociaciones diplomáticas, citando como antecedente el acuerdo histórico sobre Gibraltar. 
  • El referéndum de 2013: Relativizó el plebiscito de los isleños «kelpers» al entender que no justifica frenar indefinidamente el debate de soberanía.

 

El Gobierno británico, a través de una portavoz oficial de Downing Street, ignoró deliberadamente el debate interno propuesto por la columna de opinión de Simon Jenkins en The Guardian.

En su lugar, el Ejecutivo liderado por el primer ministro Keir Starmer utilizó la conferencia de prensa con periodistas parlamentarios para contrarrestar el impacto del editorial con una respuesta tajante y directa.
La postura oficial de Londres frente a los argumentos del periódico se resume en los siguientes puntos:
  • Ratificación del statu quo: La portavoz del primer ministro enfatizó que la posición del Reino Unido sobre el archipiélago «no ha cambiado» y que el reclamo territorial argentino carece de validez ante sus ojos.

 

  • Uso de la ironía deportiva: En respuesta directa a la vinculación que el editorial hizo con los festejos del partido, la vocería oficial lanzó una frase de alto impacto técnico y político replicada por el medio británico Sky News: “Puede que el Mundial no sea nuestro, pero las islas Malvinas sin duda lo son”.

 

  • Defensa de la autodeterminación: El Gobierno británico desestimó la sugerencia de Jenkins de que las islas inevitablemente se integrarán al continente. Subrayaron que el compromiso de Londres para con los habitantes del archipiélago es «inquebrantable» y que la autodeterminación corresponde exclusivamente a los isleños, validando el referéndum de 2013 que el editorialista había relativizado.

 

  • Acción institucional frente a la bandera: En lugar de abrir una mesa de diálogo diplomático como sugería The Guardian, el Gobierno del Reino Unido —con el respaldo del secretario de Comercio, Peter Kyle— prefirió elevar un pedido formal de investigación de oficio ante la FIFA. Esto se fundamentó en que la exhibición de la bandera infringió las normas globales que prohíben estrictamente el uso de consignas políticas dentro del campo de juego

La vía del diálogo

 

 

 

La postura oficial del Comité Especial de Descolonización de la ONU (C-24) dictamina de manera unánime que la única vía para resolver el conflicto de las Islas Malvinas es la reanudación de las negociaciones bilaterales entre la República Argentina y el Reino Unido.

 

En su sesión de junio de 2026 realizada en Nueva York, el organismo internacional adoptó una nueva resolución por consenso reafirmando los siguientes ejes centrales: 
  • Estatus de soberanía en disputa: El Comité encuadra el archipiélago bajo la categoría colonial especial de «Territorio No Autónomo». Ratifica que existe una disputa territorial abierta que no puede ser cancelada unilateralmente por el Reino Unido. 

 

  • Llamado al diálogo pacífico: Exige formalmente a ambos países retomar las conversaciones diplomáticas para alcanzar una solución pacífica y definitiva. Dicha postura sostiene el mandato histórico planteado originalmente en la Resolución 2065 de la Asamblea General. 

 

  • Preocupación en el Atlántico Sur: El Comité manifestó su inquietud ante los reclamos expuestos por la delegación argentina, liderada por el canciller Pablo Quirno, respecto a la «militarización» de la zona y la explotación unilateral de recursos naturales (hidrocarburos y pesca) en aguas en litigio. 

 

  • Mediación internacional: Solicitó explícitamente al Secretario General de las Naciones Unidas ejercer su misión de buenos oficios para interceder y lograr que Londres acepte sentarse a la mesa de diálogo. 

 

  • Falta de poder coercitivo: Aunque la resolución cuenta con el copatrocinio y firme respaldo de toda Latinoamérica, analistas y medios especializados aclaran que el pronunciamiento de la ONU no obliga jurídicamente al Gobierno británico a negociar, sirviendo principalmente como una contundente herramienta de presión diplomática internacional.

 

El artículo completo: 

 

 

¿«Las Malvinas son argentinas»? No exactamente, pero las Falklands no pueden seguir siendo británicas para siempre

 

Simon Jenkins

 

La enemistad entre Londres y Buenos Aires se ha prolongado demasiado; tarde o temprano, prevalecerán las mentes sensatas.

Esta semana, Gran Bretaña y España acordaron demoler la frontera que divide Gibraltar de la península ibérica. Fue una buena noticia. Décadas de negociación llegaron a un feliz compromiso. Lamentablemente, el acuerdo no se celebrará este domingo en la final de la Copa del Mundo entre España e Inglaterra. Pero, ¿es demasiado esperar que una negociación similar pueda surgir de la semifinal de anoche, una derrota aplastante de Inglaterra a manos de Argentina, tras la cual el asunto Malvinas-Falklands levantó su cansada cabeza en forma de una pancarta en el campo? ¿Acaso no puede resultar nada bueno del generoso abrazo entre Lionel Messi y Harry Kane?

Ninguno de los territorios de la era imperial británica tiene un derecho eterno a permanecer como está, y mucho menos uno que cuesta a los contribuyentes británicos más de 60 millones de libras al año en gastos de defensa.

En el caso de las Falklands, su estatus como territorio de ultramar ha sido defendido ferozmente por sucesivos gobiernos, en gran medida como el precio de la victoria en la guerra de las Malvinas de 1982. En verdad, sospecho que esto tiene mucho que ver con el hecho de que los isleños, a diferencia de los habitantes abandonados de Hong Kong o Diego García, eran británicos blancos. La guerra también rescató al gobierno de Margaret Thatcher de la impopularidad y cubrió de gloria a la entonces primera ministra, a diferencia de posteriores aventuras militares.

Lo que se olvida es que, antes de la guerra, los gobiernos británicos estaban negociando realmente una transferencia de la soberanía de las islas con los argentinos. Esto siguió a un acuerdo de comunicaciones de 1971 alcanzado con Buenos Aires por el Ministerio de Relaciones Exteriores. Permitió a los isleños comerciar y viajar con el territorio continental adyacente, utilizando sus hospitales, tiendas y otras instalaciones. Incluso tenían becas en escuelas locales. Cientos de argentinos solían visitar la capital de las Falklands, Puerto Stanley, como turistas. Los isleños estaban ganando gradualmente relaciones sensatas con sus vecinos costeros, de las cuales se esperaba que surgiera un acuerdo futuro.

En aquella época, las Naciones Unidas alentaban a las antiguas potencias coloniales de Europa a deshacerse de los restos del imperio, incluidos los franceses, portugueses y españoles. En el caso de Gran Bretaña, estos incluían Hong Kong, Diego García, las Falklands y, se esperaba, Gibraltar. El problema no era el derecho histórico —un argumento eterno— sino el sentido común geográfico.

Para Gran Bretaña, era ridículo que un Estado europeo financiara una gran armada para defender tierras distantes y en disputa. Desesperado por ahorrar dinero, el gobierno ya se estaba retirando del Atlántico Sur. Las Falklands estaban expuestas y sin defensa.

Un ministro laborista del Ministerio de Relaciones Exteriores, Ted Rowlands, visitó debidamente las islas a finales de la década de 1970 y discutió la ampliación del acuerdo de comunicaciones a un acuerdo de arrendamiento posterior (leaseback), en el que Argentina tendría la soberanía, mientras que el control gubernamental permanecería en manos británicas.

En 1977, una opinión era que él los había convencido con garantías de autonomía continua y una garantía de seguridad bajo los auspicios de la ONU. El gobierno de Thatcher de 1979 heredó la propuesta de Rowlands. Aunque el nuevo ministro, Nicholas Ridley, carecía del poder de persuasión de Rowlands, fue autorizado por Thatcher para seguir adelante con ella.

Fue flagrantemente indignante que el ejército argentino invadiera las Falklands en 1982, cuando sus ministros estaban negociando con los británicos en Nueva York. El resultado inevitablemente hizo colapsar las conversaciones. Pero tal fue su plausibilidad que los esfuerzos tanto de Estados Unidos como de Perú continuaron buscando un acuerdo antes de que la fuerza de tarea británica en el Atlántico Sur realmente desembarcara. Aunque Argentina podría haber aceptado entonces, Gran Bretaña ya no estaba interesada. Tal era la lógica de la guerra, que una vez iniciada requería una «victoria». Un acuerdo podría haber salvado cientos de vidas y miles de millones de libras.

Lo que la guerra de 1982 no requirió fue la congelación total por parte de Gran Bretaña de cualquier discusión futura sobre la soberanía de las islas durante más de 40 años. El referéndum de las Falklands de 2013, en el que el 99,8% de los 1.517 votantes eligió respaldar el statu quo, se cita como el fin de la discusión.

La realidad es que estas colonias tarde o temprano se convertirán inevitablemente en parte de sus continentes. No pueden ser protegidas indefinidamente por un patrón europeo, y los reclamos de Argentina no van a desaparecer. Sin la guerra de 1982, las Falklands podrían haber hecho las paces con su vecino, Argentina, con suerte bajo algún tipo de autonomía mandatada por la ONU.

Tal como están las cosas, las Falklands deben continuar su existencia congeladas como una fortaleza militar aislada en el otro extremo del mundo respecto a su generoso protector, Gran Bretaña. Pero tarde o temprano, un gobierno del Reino Unido tendrá el coraje de comenzar las negociaciones nuevamente.

Mientras tanto, el Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Defensa simplemente patean la lata por el camino. Sería gratificante si la pancarta de Malvinas-Falklands ondeada en un partido de fútbol en Estados Unidos pudiera sacudir a alguien para que actúe. De alguna manera, lo dudo.

 

Primicias Rurales/IA/The Guardian

 

 

Yo viajé en 1979 a Puerto Argentino y conviví una semana con los isleños sumamente amables y tuve contacto con los royal marines apostados en las Islas y a mi regreso escribí para el ya desaparecido diario cordobés Los Principios, que como se entiende en la nota de Jenkins que entre los isleños y los habitantes del continente se estaban tejiendo lazos visibles e invisibles que nos comenzaban a unir.
Todo terminó con la guerra en 1982. Pero la causa no está perdida. La entrega de nuestros héroes valdrá para su recuperación.
Matilde Fierro. Editora de Primicias Rurales
Confesiones de un terrorista gramsciano: Cristina, la candidata de Milei

El líder de nadie y un peronismo que prefiere ser nada

Milei viajó a Brasil a insultar a Lula, se peleó con nuestro principal socio comercial por una elección ajena y volvió a confundir estridencia con conducción. Mientras tanto, en casa, la carrera de 2027 arranca con una novedad: Cristina quiere ser candidata a presidente.

 

Por Sergio Marcelo Mammarelli

Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Catedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y Publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut

 

 

 

 

Buenos Aires, martes 4 agosto (PR/26) — Volvió a sorprendernos un espectáculo al que el Presidente Milei ya nos tiene acostumbrados. Sin medir consecuencias ni resultados, se subió a un avión rumbo a San Pablo con la excusa de apoyar la candidatura de Flávio Bolsonaro y terminó incendiando la relación con nuestro principal socio comercial, en su propio país, casi despreciando la diplomacia internacional como quien tira una servilleta usada.

El episodio podría quedar en lo pintoresco, en la anécdota de un presidente que no puede quedarse quieto. Pero tiene un trasfondo que merece que nos detengamos. ¿A qué fue Milei a Brasil, y qué pretende representar cuando cruza la frontera?

El papelón diplomático

 

 

 

 

Empecemos por los hechos. En una convención del Partido Liberal, de cara a las elecciones brasileñas del 4 de octubre, Milei se subió al escenario y durante veinticinco minutos convirtió un acto proselitista ajeno en un ring. Llamó a Lula da Silva “ladrón”, “expresidiario” y “basura socialista”.

Al juez del Supremo Tribunal Federal, Alexandre de Moraes, lo bautizó “basura calva” por no dejarlo visitar a Jair Bolsonaro. Y como si eso fuera poco, al día siguiente redobló la acusación, sin una sola prueba, de que el gobierno de Brasil financiaba una “campaña anti Argentina” en su contra.

La respuesta no se hizo esperar y fue del tamaño del agravio. Brasil llamó a consulta a su embajador en Buenos Aires, Julio Bitelli —la señal diplomática más severa desde que Milei llegó a la Casa Rosada— y convocó a nuestro embajador, Guillermo Raimondi, a Itamaraty a dar explicaciones.

Preguntémonos, con honestidad, qué logró. Si la intención era dar vuelta el voto brasileño, mi primera aproximación es que salió mal. ¿Qué votante de Brasil cambiaría su elección por los insultos de un presidente extranjero?

Si Milei apuntaba a los fanáticos de la derecha bolsonarista, esos ya estaban convencidos antes de que él abriera la boca. Y si buscaba seducir al votante de centro o independiente, lo único que consiguió es que salieran corriendo despavoridos. La injerencia, cuando es torpe, no suma votos: los espanta.

Pero lo verdaderamente grave no es la política interna brasileña, que no es asunto nuestro. Lo grave es lo que Milei puso en riesgo de este lado de la frontera.

Brasil es, desde 1991 y sin interrupciones, nuestro principal socio comercial: solo en el primer semestre de 2026 el intercambio de bienes rozó los 13.800 millones de dólares, muy por encima de China o Estados Unidos.

Es el destino principal de nuestro complejo automotriz y triguero, y allí va cerca del 38 por ciento de las manufacturas industriales que exportamos. Detrás de esos números hay miles de pymes y de puestos de trabajo industriales.

Milei fue a Brasil a buscar aplausos ajenos y dejó en la mesa de apuestas el empleo de su propia gente.

Líder afuera, inquilino adentro

 

Ahora bien, si en lugar de medir el papelón lo pensamos desde la pretensión de liderazgo regional que Milei se atribuye, la reflexión es todavía más profunda. Y también más triste. Porque para conducir un continente, primero hay que conducir la propia casa. Y ahí es donde los números lo dejan desnudo.

Milei conserva en la Argentina el mismo 30,7 por ciento de aprobación con el que llegó: un núcleo fiel, de fierro, que ninguna corrida le arranca. Pero también un techo que ningún gesto le levanta.

Enfrente, su desaprobación trepó, según la consultora, a entre 54,5 y 58,2 por ciento, el nivel más alto desde que asumió. Su imagen personal es mayoritariamente negativa: 38 por ciento de positiva contra un rango de 52 a 61 de negativa. Dicho en criollo: por cada argentino que lo aplaude, hay casi dos que le dan la espalda.

Ese dato, por sí solo, encierra una conclusión dura de digerir. Milei ni siquiera es un líder nacional pleno: apenas cuenta con el apoyo firme de un tercio de los argentinos.

Algo y la nada

 

Miremos entonces el liderazgo puertas adentro. Nadie discute que la macro muestra señales: las exportaciones mejoran, la balanza comercial mejora, la desinflación sostiene su tendencia. Y sin embargo, la inversión —que es la que mide el futuro— se derrumba.

La formación bruta de capital fijo cayó 11,6 por ciento interanual en el primer trimestre y en mayo tocó apenas el 16,5 por ciento del PBI, el nivel más bajo desde la devaluación de diciembre de 2023. Curioso, ¿no?

El dato es revelador: la inversión mide cuánto estamos apostando hoy porque creemos en el mañana. Y pareciera que los argentinos, todavía, no creemos lo suficiente.

Abajo, en la góndola, la película es peor.

El salario privado registrado perdió 2,9 por ciento real en el último año y el público nacional, 7,3 por ciento. El consumo masivo acumula una caída del 2,9 por ciento en 2026. La macro aplaude en la tribuna mientras la heladera, en la cocina, sigue vacía. Y ningún país gana una elección solamente con estabilidad.

Esta semana, con el papelón brasileño de telón de fondo, se abrió formalmente la carrera presidencial. Falta mucho, pero las primeras encuestas serias ya no le permiten a Milei ganar en primera vuelta. La consultora Proyección lo mide en 33,7 por ciento contra 32,1 de Axel Kicillof: empate técnico. En un eventual balotaje, empate exacto, 39,9 por ciento cada uno. E

s cierto que el promedio de trece consultoras todavía le da ventaja individual —33,1 contra 25,7—, porque la oposición sigue dispersa y sin candidato único.

Es absolutamente cierto que algo le vence a la nada, donde Milei es ese algo y la oposición es, todavía, absolutamente nada. Pero las mismas encuestas empiezan a medir otra cosa que debería quitarle el sueño al oficialismo: el 63 por ciento de los argentinos pide cambios en el plan económico, y de ese total un 40,8 por ciento cree que habría que cambiarlo por completo.

Por primera vez en meses, el miedo a que el ingreso no alcance superó a la inflación como principal preocupación. Dicho de otro modo, la demanda de cambio ya existe. Lo que falta es quién la encarne.

El verdadero problema de fondo

 

 

 

Durante años Argentina osciló entre gobiernos que gastaban sin límites y gobiernos que prometían disciplina fiscal, pero no lograban convencer de que durarían lo suficiente para consolidar un ciclo económico estable.

Ese sigue siendo el dilema. No alcanza con ordenar las cuentas. Hace falta construir confianza política dado que el capital no invierte en presidentes, sino que invierte en expectativas.

En definitiva, el error de Milei no consiste en haber insultado a Lula, el error consiste en creer que el liderazgo se construye insultando. Los fanáticos aplauden. Los moderados se alejan. Los inversores dudan. Los socios comerciales toman nota. Y la Argentina pierde algo mucho más valioso que un intercambio de agravios: pierde credibilidad.

Peronistas, no cómplices

 

 

La semana nos dejó otra novedad no menos importante. Cristina Fernández de Kirchner decidió que la próxima instancia de su defensa no sería un tribunal argentino sino el Comité de Derechos Humanos de la ONU, al que presentó un reclamo contra la sentencia que la condenó a seis años de prisión y la inhabilitó para ejercer cargos públicos por irregularidades en la concesión de obra pública.

Para los que no recuerdan, el caso es la causa Vialidad. Irregularidades en la adjudicación de cincuenta y una obras viales en Santa Cruz a firmas del empresario Lázaro Báez, durante los gobiernos de Néstor Kirchner y de la propia Cristina Fernández. Tres jueces del tribunal oral dictaron la condena, otros tres de Casación la confirmaron, y los tres integrantes de la Corte Suprema rechazaron por unanimidad el último recurso.

Está claro que el rechazo no fue político: la Corte sostuvo que la defensa no realizó una crítica concreta y razonada de los argumentos de la sentencia impugnada.

El dos de julio, la Corte dejó firme un decomiso de 684.990 millones de pesos contra Kirchner, Báez y los demás condenados. Frente a esa cifra, la respuesta no fue pagar ni discutir el monto en sede argentina, sino poner en marcha una costosa estrategia jurídica y comunicacional internacional para presentar la condena como persecución política, proscripción y machismo.

La nueva defensa, integrada por el brasileño Rafael Valim, que defendió a Lula en el caso Lava Jato, y el español Javier Borrego, ex juez del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pidió tres cosas concretas: suspender la inhabilitación electoral, calificada como proscripción; recomponer la Corte Suprema, por considerar que su actual conformación vulnera gravísimamente a la ciudadanía; y revisar las condiciones de la prisión domiciliaria. No se pide revisar un fallo. Se pide cambiar al árbitro después de perder el partido.

Y ahí aparece la segunda víctima de esta historia, que no es la institucionalidad sino Axel Kicillof.

La decisión de Cristina de no respaldarlo como candidato presidencial golpeó de lleno sus pretensiones, y en su entorno admiten que ese silencio pesa más que los embates públicos de Máximo Kirchner.

Máximo, por su parte, no disimula: reclamó que Cristina sea la candidata en 2027 porque La Cámpora interpreta que el avance de Kicillof amenaza con desplazarlos de la centralidad que ocuparon dentro del PJ. No se discute quién gobierna mejor. Se discute quién retiene el aparato, mientras hasta en los propios actos de Kicillof estallan cánticos de “Axel presidente” frente al reclamo de liberar a Cristina.

Por todo esto, esta columna se dirige a los peronistas de a pie, a los que todavía creen en la doctrina social, en la mesa que no falta y en la dignidad del trabajo, no en el fuero de nadie.

No se dejen engañar con estas patrañas. Ni la condena es machismo, ni Ginebra es una instancia superior a la Corte Suprema argentina, ni el reclamo por Cristina puede seguir siendo la excusa para no discutir quién representa mejor al movimiento en 2027.

La lealtad que Perón pedía era con el pueblo, no con una causa judicial. No permitan que setecientos mil millones de pesos sin devolver se disfracen de bandera. El Peronismo merece un candidato, no un rehén.

La cuenta que queda

 

Volvamos al principio, a ese avión que despegó rumbo a Brasil. Un presidente que gobierna con el respaldo firme de un tercio del país eligió cruzar la frontera para insultar al Jefe de Estado de nuestro principal socio comercial, en defensa de una causa que no es la nuestra, arriesgando empleos que sí lo son. No es audacia. Es irresponsabilidad. Y la irresponsabilidad, cuando se convierte en método, deja de ser un rasgo de carácter para transformarse en un problema de gobierno.

Sabemos que el 63 por ciento quiere cambiar.

Sabemos que Milei ya no alcanza y que la oposición todavía no aparece. Sabemos que la energía del cambio está suelta, dando vueltas, buscando dónde meterse. La Argentina, una vez más, quedó atrapada entre los que no convencen de que van a durar y los que gastan sin equilibrio.

Y la pregunta de siempre, la que duele, sigue sin respuesta: entre esos dos males, ¿cuál es peor?

Mi duda existencial es si, cuando esa energía de cambio finalmente encuentre un nombre, va a ser el de alguien que nos saque adelante… o el del próximo que nos venga a vender, otra vez, que él es distinto.

Primicias Rurales
Por Sergio Marcelo Mammarelli

Villarruel insistió en que Inglaterra-Argentina “no es sólo fútbol” y apuntó contra Karina Milei

Villarruel insistió en que Inglaterra-Argentina “no es sólo fútbol” y apuntó contra Karina Milei

La vicepresidenta, Victoria Villarruel, calentó la previa del Inglaterra-Argentina. Foto: Agencia NA (archivo).
La Vicepresidenta contradijo a Lionel Scaloni, quien aseguró que sólo es un partido de fútbol

 

Buenos Aires, jueves 16 de julio (PR/26) ) – La vicepresidenta de la República Argentina, Victoria Villarruel, lanzó otro fuerte mensaje en su cuenta oficial de la red social X, antes de que el equipo argentino saltara a la cancha para disputar el partido decisivo que lo puede depositar en una nueva final de la Copa del Mundo, y además criticó fuerte a la secretaria General de la Presidencia, Karina Milei.

«Mi papá también fue a Malvinas y siempre me enseñó que quien te invade más de 1 vez como lo hicieron los piratas siempre es un enemigo. No seamos tan tibios de creer que esto es solo fútbol», escribió en X al responderle a un usuario.

Y agregó: «Porque mientras ellos limitan esto al fútbol, siguen en nuestras Islas, se meten en nuestro Mar y cruzan nuestro territorio sin permiso, usurpan nuestros recursos y todo el mundo calladito.

También le respondió a una usuaria sobre si la secretaria general de la presidencia, Karina Milei, se disculparía en la Embajada británica, afirmando: “Seguramente vaya un día de estos. Ella lleva los scones”.

«Nunca oculté cómo pienso, no lo voy a hacer siendo vicepresidente sólo para ser políticamente correcta”, insistió.

Y cerró exclamando: “¡Aguante Argentina, porque hasta el último suspiro vamos a reclamar lo nuestro!”

 

 

 

 

 

¿Qué dijo la vicepresidenta Victoria Villarruel sobre el Inglaterra-Argentina?

 

El día anterior realizó otro posteo sobre el partido de fútbol y Malvinas: “Mañana jugamos contra los piratas usurpadores. No es un partido más”, sostuvo Victoria Villarruel.

Y se encargó de dejar bien en claro que no iba a hacer declaraciones “políticamente correctas” al decir: “No voy a ser políticamente correcta ni pecho frío, contra los ingleses siempre es algo más”. Y siguió con el argumento de que: “Es Malvinas, es el Diego, es la última de Leo y es pararles el carro a los invasores”.

En esta línea, Villarruel siguió manifestando que “el deporte es expresión cultural y política de los pueblos, y más aún el fútbol. ¿Cómo no vamos a mencionar que esta gente invadió nuestra tierra, mató argentinos para sostener esa invasión y hoy sigue cruzando alegremente nuestro mar sin pedir permiso y usando y abusando de nuestros recursos, y que nadie lo diga?”

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Agencia NA
Victoria Villarruel no descartó una candidatura presidencial

Victoria Villarruel no descartó una candidatura presidencial

“Hoy por hoy no lo pienso; pienso en cumplir con mi deber en un momento histórico importante”, dijo la vicepresidenta en Tucumán, pero admitió que le gustaría ser la persona decente que sirva al país.

 

Victoria Villarruel

 

 

 

Buenos Aires, sábado 11 julio (PR/26) — Tras permanecer en Tucumán luego de la vigilia por el Día de la Independencia, la vicepresidenta Victoria Villarruel no descartó una posible candidatura presidencial en 2027.

“Hoy por hoy no lo pienso; pienso en cumplir con mi deber en un momento histórico importante”, respondió al ser consultada sobre una hipótetica postulación a la presidencia.

Al tomar contacto con la prensa, Villarruel dijo que «el discurso que tenemos que dar es el de una unidad ante momentos difíciles de todos los argentinos».

En ese sentido, expresó que su compromiso es «servir a la Argentina desde donde me encuentre».

«Hoy por hoy, simplemente pienso en cumplir con mi deber, que es el de vicepresidente de la Nación, en un momento histórico importante», señaló.

No obstante sobre una posible candidatura presidencial abrió una ventana. Al respecto, dijo que le «gustaría ser la persona que sirva a los argentinos con decencia, con honestidad y con un profundo patriotismo».

Villarruel estuvo en Tucumán en un abierto desafío al aislamiento a la que la sometió el presidente Javier Milei desde que asumió el poder en la Casa Rosada.

Allí participó del Tedeum, de un desfile cívico militar y recorrió el complejo industrial azucarero La Florida.

“Sin familia no hay trabajo. Sin trabajo no hay producción. Sin producción no hay patria”, dijo al retirarse de la catedral de San Miguel de Tucumán.

Otra definición que dejó que «la Argentina no es la ciudad de Buenos Aires, es todo el país”.

Durante su participación, la vicepresidenta se saludó con los gobernadores de Chaco, Leandro Zdero; de Corrientes, Juan Pablo Valdés; de Jujuy, Carlos Sadir; y de Neuquén, Rolando Figueroa. 

 

 

 

Fuente: Agencia NA
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