Descubrí cómo el perfil de ácidos grasos y el uso preciso de bioestimulantes permiten potenciar la calidad del maní argentino, garantizando mayor estabilidad y menor enranciamiento desde la cosecha hasta la góndola.
Buenos Aires viernes 25 septiembre(PR/26)– Entre la cosecha y el momento en que el maní llega a su destino final pueden transcurrir entre seis y ocho meses. En ese período, el grano atraviesa distintas condiciones de almacenamiento, transporte y ambiente que pueden afectar su calidad.
Por eso, para José Gamba, docente de la Facultad de Ciencias Agropecuarias de la Universidad Nacional de Córdoba, uno de los aspectos centrales es trabajar sobre la estabilidad de los ácidos grasos.

“Nosotros arrancamos alrededor de abril-mayo, cosechamos hasta junio y el maní llega a su destino final en diciembre o enero. Pasaron entre seis y ocho meses desde que lo arrancamos”, explicó Gamba de forma detallada.
Oleico y linoleico: la clave fundamental de la estabilidad
Ese período de tiempo hace que la llamada vida útil o vida en góndola sea un atributo clave para toda la cadena manicera. Y allí aparece un protagonista central: el ácido oleico.
Según explicó el especialista, la estabilidad del maní está fuertemente relacionada con su perfil de ácidos grasos, particularmente con la proporción exacta entre ácido oleico y ácido linoleico.
El mejoramiento genético permitió desarrollar materiales con una elevada proporción de ácido oleico, que puede ubicarse aproximadamente entre el 70 y el 78%, mientras que el linoleico se encuentra en torno al 7,5%. “Esto evita de manera contundente que el maní se enrancie”, señaló Gamba al detallar las ventajas de estos avances científicos.

El objetivo de determinadas estrategias de manejo es profundizar todavía más esa característica: incrementar el contenido de oleico y reducir el linoleico, ya que este último está asociado con una mayor susceptibilidad al enranciamiento.
En ese punto exacto, los bioestimulantes aparecen como una herramienta que, de acuerdo con los ensayos presentados por el investigador, puede contribuir a modificar el perfil de ácidos grasos del grano.
“Con estos productos que nosotros decimos biológicos, bioestimulantes, lo que hacemos es que eso siga subiendo: que se modifique el perfil de ácidos grasos, suba el oleico y baje el linoleico”, explicó.
No todos los aminoácidos son exactamente iguales
Sin embargo, Gamba puso el foco en una cuestión que considera fundamental: conocer exactamente qué contiene cada producto biológico y cómo fue obtenido en su proceso de fabricación.
“Cuando uno habla de un biológico, habla en un espectro general. Pero hay que saber qué se utiliza”, remarcó con énfasis el investigador.
En el caso de los productos evaluados en sus ensayos, el trabajo estuvo centrado en formulaciones a base de aminoácidos. Pero, según explicó, no alcanza con conocer simplemente ese componente: también es necesario saber cómo fueron obtenidos.
“No es lo mismo obtener aminoácidos con una hidrólisis química que con una hidrólisis enzimática”, señaló marcando una diferenciación técnica clave.
La diferencia está vinculada directamente con la estructura de los aminoácidos y su capacidad real de ser utilizados posteriormente por la planta. Gamba destacó particularmente el rol de los L-alfa aminoácidos, que pueden participar activamente en la síntesis de proteínas.
“Esas son las cosas que nosotros llamamos hilar fino: empezar a ver qué es y por qué se produce”, sostuvo con firmeza.
De los aminoácidos al perfil definitivo de ácidos grasos
La explicación del investigador apunta a comprender el mecanismo detrás de los resultados y no solamente a observar si un tratamiento genera o no una diferencia superficial.
“Cuando vos aumentás los aminoácidos, las uniones carbonadas que tienen sirven para aumentar la cantidad de ácidos grasos que se sintetizan”, explicó de manera didáctica.

Por eso, el desafío para la investigación científica consiste en determinar qué productos, qué formulaciones y bajo qué condiciones pueden generar cambios concretos en la composición del grano.
En este sentido, Gamba destacó el rol fundamental de la Universidad Nacional de Córdoba como un ámbito de evaluación completamente independiente.

“Al ser una entidad pública, nosotros tratamos siempre de tener un abanico amplio y darle lugar a todos”, explicó sobre la apertura institucional.
La metodología, según detalló, busca analizar cada producto, conocer su composición y determinar qué ocurre efectivamente cuando es aplicado al cultivo en el campo.
“¿Cuál es? ¿Cómo está compuesto? ¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es lo que hace? Para que realmente podamos sacar conclusiones y ser totalmente objetivos”, planteó. Y fue absolutamente contundente respecto de los resultados obtenidos: “Si el producto funciona, se dice; y si no funciona, no funciona”.
Un cultivo particular que exige mirar más allá del rendimiento
Gamba también destacó que el maní presenta características productivas muy particulares que lo diferencian de otros granos tradicionales.
“Primero que uno no lo cosecha cuando se cumplió el ciclo: lo arrancamos verde”, explicó detallando el manejo agronómico. Además, se trata de un cultivo de crecimiento indeterminado, que continúa produciendo flores y frutos nuevos durante buena parte de su ciclo vegetativo.
Por eso, los efectos de determinadas tecnologías no necesariamente se expresan en saltos de rendimiento tan visibles como ocurre en otros cultivos masivos. “Algo que mejore un 1, 10 o 15% a lo mejor no es tan llamativo como en maíz obtener 120 quintales con urea”, comparó con claridad.
En el caso específico del maní, entonces, el análisis debe incorporar otros atributos fundamentales: calidad, composición, estabilidad y vida útil, además del rendimiento puro.
El gran desafío: demostrar el beneficio y hacer viable la tecnología
Para Gamba, el desarrollo de los productos biológicos requiere también de un profundo proceso de difusión y formación que permita comprender cuáles son sus verdaderos beneficios en el campo. “Lo que tenemos que hacer es docencia, explicando cuáles son esos beneficios reales”, sostuvo con convicción.
Pero existe otro componente indispensable para que estas tecnologías innovadoras puedan incorporarse masivamente en el sector: el costo. “Después obviamente que se ponga a tono el precio del biológico para poder utilizarlo comercialmente”, señaló con pragmatismo.
En definitiva, la ecuación que plantea el investigador combina evidencia científica, resultados productivos y viabilidad económica. La herramienta debe demostrar qué hace, en qué condiciones funciona y qué beneficio concreto genera, pero también debe alcanzar un costo accesible que permita su adopción generalizada.
Para una cadena agroindustrial tan importante como la del maní, donde pueden pasar varios meses entre el arrancado y el consumo final, trabajar sobre la estabilidad del grano representa una oportunidad estratégica.
Es la vía ideal para seguir agregando valor y sostener firmemente la alta calidad del producto argentino a lo largo de toda la cadena de valor global.



















