La relación entre el precio de la hacienda y el valor de los principales insumos se mantiene en niveles favorables para la producción. La mayor disponibilidad de alimento impulsa recrías más largas, animales más pesados y una menor faena, mientras las exportaciones encuentran nuevas oportunidades en los mercados internacionales.
Por Ignacio Iriarte para Fifra
Buenos Aires, martes 22 de septiembre (PR/26) — La ganadería argentina atraviesa una etapa en la que, pese a la caída de los precios reales del ganado registrada durante los últimos seis meses, la ecuación productiva mantiene señales favorables.
El dato central no está solamente en cuánto vale el novillo, sino en cuánto alimento, pasto o tecnología productiva puede comprarse con ese kilo de carne.
En otras palabras, el novillo perdió valor frente a la inflación, pero conserva un poder de compra elevado frente a varios de los costos que enfrenta el productor. Esta relación ayuda a explicar buena parte de los cambios que se están observando en la producción y en la composición de la faena.

Más kilos de maíz por cada kilo de novillo
Uno de los indicadores más representativos es la relación entre el precio del novillo y el del maíz. Durante los últimos diez años, para agosto, esa relación promedió 10,9 kilos de maíz por cada kilo de novillo.
Actualmente, en cambio, un kilo de novillo permite adquirir alrededor de 16 kilos de maíz. Se trata de una relación considerablemente superior al promedio de la última década, aunque todavía por debajo del máximo de los últimos 25 años: en 2015, un kilo de novillo llegó a equivaler a 20 kilos de maíz.
La comparación permite dimensionar el cambio. El productor que vende un kilo de novillo necesita hoy una cantidad relativamente menor de kilos de carne para financiar una determinada cantidad de alimento.
Este fenómeno resulta particularmente importante para los sistemas de recría, terminación y feedlot, porque mejora la relación entre el valor del animal y el costo de agregarle kilos.
También baja el costo de producir forraje

La ventaja no se limita al maíz. Los costos de implantación y producción de recursos forrajeros también representan una menor cantidad de kilos de novillo que en años anteriores.
Una hectárea de pradera, que entre 2018 y 2025 tuvo en agosto un costo promedio equivalente a unos 234 kilos de novillo, actualmente demanda alrededor de 118 kilos. Es decir, aproximadamente la mitad.
Una tendencia similar aparece en los verdeos de invierno. El costo actual se ubica en torno a 74 kilos de novillo por hectárea, contra un promedio de 140 kilos en los últimos años.
En el caso del silaje de maíz —considerando implantación y confección—, el costo actual equivale a unos 440 kilos de novillo, frente a un promedio de 750 kilos para agosto durante los últimos ocho años.
Estos indicadores no significan necesariamente que los costos nominales hayan caído en todos los casos. Lo que muestran es otra cosa: medidos en kilos de hacienda, los recursos necesarios para producir carne se abarataron significativamente.
Una ecuación que incentiva a producir más kilos
La consecuencia de esta relación de precios empieza a verse en el comportamiento de los productores.
Con una alimentación relativamente barata respecto del valor del ganado, se vuelve más conveniente mantener los animales durante más tiempo, incrementar la recría, utilizar suplementación y prolongar la terminación antes de enviarlos a faena.
Esto ayuda a explicar un fenómeno particularmente visible durante este año: se faenan menos animales, pero cada animal aporta más kilos de carne.
Durante los primeros siete meses del año, la faena fue aproximadamente 10% inferior a la del mismo período del año pasado. La estimación para 2026 apunta a una faena cercana a 12,2 millones de cabezas, alrededor de 1,4 millones menos que en 2025.
Sin embargo, la caída de la producción de carne sería bastante menor.
Menos cabezas, pero más pesadas
El incremento del peso de faena funciona como un amortiguador frente a la menor cantidad de animales enviados a los frigoríficos.
En julio, el peso medio de la res alcanzó los 244 kilos, unos 12 kilos por encima del mismo mes de 2025 y 14 kilos más que en julio de 2024.
La explicación combina varios factores. Por un lado, la buena relación entre el precio de la carne y el costo de alimentación permite extender las recrías y las terminaciones. Por otro, se observa una mayor suplementación y una permanencia más prolongada de los animales en los corrales.
También cambió la composición de la faena: hay menos vacas y una mayor participación de novillos, y esa modificación también contribuye a elevar el peso promedio.
De esta manera, la producción de carne en 2026 se ubicaría alrededor de 2,9 millones de toneladas, una baja cercana al 7% respecto del año pasado. La diferencia entre esa caída y la disminución de la faena muestra el efecto que está teniendo el mayor peso de los animales.
La menor faena de hembras, un dato a seguir
Otro indicador relevante es la participación de las hembras en la faena.
En julio representaron el 44,3% del total, seis décimas por debajo del promedio de los últimos 25 años para ese mes. Para agosto, la estimación se ubica en 42,8%, el nivel más bajo de los últimos diez años para ese mes.
La menor participación de hembras merece especial atención porque puede asociarse con una mayor retención de vientres dentro del rodeo. Si esta tendencia se sostiene y se combina con una buena producción de terneros, podría contribuir a una recuperación futura de las existencias.
De todos modos, la proporción de hembras en la faena es sólo uno de los indicadores necesarios para determinar la evolución del stock ganadero. Para conocer el resultado final también deben considerarse los nacimientos, las pérdidas y los movimientos de animales.
El consumo interno se mantiene relativamente estable
Mientras la oferta de carne disminuye, el consumo interno no muestra una contracción de magnitud equivalente. La estimación para todo 2026 ubica la ingesta de carne vacuna en torno a 42-44 kilos por habitante.
En el mostrador, los valores se mantienen relativamente estables desde hace aproximadamente cuatro meses, con un promedio cercano a $19.500 por kilo, considerando los principales cortes.
La estabilidad de los precios minoristas constituye un elemento relevante en un contexto en el que la oferta total de carne vacuna es menor. El comportamiento futuro dependerá, entre otros factores, de la evolución de los ingresos de los consumidores, los precios relativos frente a otras carnes y la disponibilidad de hacienda.
El frente exportador vuelve a ganar protagonismo
El escenario internacional aparece como otro de los factores que pueden sostener la ecuación ganadera.

Para los últimos meses del año se observan buenas perspectivas en Europa y China. En el mercado europeo, las oportunidades estarían vinculadas con una menor participación de Brasil, mientras que en China incidiría el agotamiento de determinadas cuotas de Australia y Brasil.
Estados Unidos presenta un escenario diferente, con oportunidades pero también interrogantes. Entre ellos aparece el efecto que podría tener sobre Argentina la cuota adicional de 300.000 toneladas de carne picada anunciada por Donald Trump, así como la eventual renovación de la denominada «extra cuota» de 80.000 toneladas anuales que Argentina está aprovechando durante 2026.
Con este escenario, las exportaciones argentinas de carne vacuna podrían cerrar el año en torno a 940.000 toneladas.
Precios internacionales todavía elevados
El comportamiento de los valores de exportación también aporta una señal favorable. Los precios FOB registrados en julio fueron 28% superiores a los de igual mes del año pasado.
Aunque el mercado internacional atraviesa una etapa de corrección de los precios de la carne, la demanda esperada para septiembre-diciembre, especialmente desde China y Europa, podría contribuir a sostener los valores argentinos.
Esto es importante porque la rentabilidad de la cadena no depende exclusivamente del precio que recibe el productor por el kilo de novillo. También intervienen los costos de alimentación, la duración de la recría y terminación, el peso final del animal, el precio de los subproductos y las condiciones del mercado interno y externo.
Una ganadería que produce menos animales, pero más carne por cabeza
Los principales indicadores muestran, en conjunto, un cambio en la dinámica del negocio ganadero.
La menor faena refleja una menor disponibilidad de animales terminados, pero el aumento del peso promedio evita que la producción de carne caiga en la misma proporción. Al mismo tiempo, la favorable relación entre el precio del novillo y el costo de la alimentación genera incentivos para agregar más kilos antes de la venta.
El resultado es una ecuación que puede sintetizarse de manera sencilla: menos animales enviados a faena, más kilos por animal y una oferta de carne que cae menos que la cantidad de cabezas.

La evolución de los próximos meses dependerá de cuánto tiempo pueda sostenerse esta relación entre el precio de la hacienda y sus costos. Si el poder de compra del novillo continúa siendo elevado, el productor tendrá incentivos para seguir reteniendo animales y aumentar su peso.
Si, además, se mantienen las oportunidades de exportación y los precios internacionales, la cadena podría transitar hacia una etapa en la que la eficiencia productiva y los kilos producidos por animal tengan un papel cada vez más importante.



















