El aparato productivo argentino, moldeado durante décadas de regulaciones y protecciones estatales, afronta una profunda adaptación donde algunas actividades se reducen al perder rentabilidades artificiales mientras el país transita hacia una economía normal.
Buenos Aires viernes 25 septiembre(PR/26)– Argentina atraviesa lo que habitualmente se describe como una economía a dos velocidades, pero detrás de esa imagen conviven dos fenómenos distintos: uno de largo plazo y otro de carácter más reciente.
Durante más de noventa años, el país acumuló distorsiones, regulaciones y privilegios que generaron crisis recurrentes. El aparato productivo se adaptó estrictamente para sobrevivir en ese contexto tan particular.
Desde el año 2023, los argentinos decidimos iniciar el camino hacia una economía más normal. Resulta evidente que aquella estructura diseñada para la anormalidad no será la misma que funcione con estabilidad.
El fin de las rentabilidades artificiales y el costo del bienestar
Durante décadas hubo sectores que crecieron al amparo de protecciones estatales y beneficios creados por funcionarios. Estos incentivos provocaron rentabilidades artificiales en actividades específicas.
En condiciones normales, muchas de esas empresas jamás habrían existido con semejante escala. El costo real de este sistema lo pagó toda la sociedad mediante precios elevados y menor competencia.

Ante la normalización, tales actividades enfrentan dos caminos inevitables: invertir para ganar productividad y competir, o reducir su tamaño de forma gradual.
No se busca castigar empresas ni trabajadores, sino comprender que una sostenibilidad económica no puede sostenerse indefinidamente mediante privilegios financiados por los consumidores.
Nuevas oportunidades en servicios y el impacto del escenario internacional
Al mismo tiempo, surgirán nuevas oportunidades comerciales. Argentina llega a esta etapa muy empobrecida y subinvertida, sobre todo en materia de servicios.
Cuando una familia pierde ingresos concentra su gasto en lo indispensable y posterga lo prescindible. Algo sumamente similar ocurrió con el país entero durante décadas.

En una economía dispuesta a crecer de nuevo, muchos servicios postergados podrán expandirse, creando empresas y generando empleo genuino debido a su alta intensidad laboral.
A este proceso estructural se sumó recientemente un factor coyuntural: el aumento de la incertidumbre internacional provocada por el conflicto bélico en Irán, reduciendo flujos de capitales.
A pesar de ello, Argentina demostró una solidez financiera superior al evitar una crisis cambiaria clásica, aunque la actividad sintió el freno en la demanda interna.
Dinamismo exportador y los desafíos de una transición necesaria
Por esta razón, los sectores exportadores muestran hoy un dinamismo notable. La baja de regulaciones e impuestos les permitió ganar eficiencia y alcanzar récords históricos.
En contraste, las actividades dependientes del mercado interno experimentan con mayor crudeza la debilidad del consumo actual.
Toda transición posee costos reales que no deben negarse. Habrá empresas que se achiquen y puestos laborales que deban transformarse.
El verdadero desafío consiste en facilitar el traslado del capital y trabajo hacia sectores genuinamente competitivos y sostenibles a largo plazo.

La responsabilidad de las malas inversiones no recae en quien remueve privilegios hoy, sino en quienes crearon incentivos distorsivos en el pasado.
La salida definitiva no radica en proteger lo inviable, sino en consolidar una economía donde ganar dinero dependa exclusivamente de ofrecer mejor calidad y bienestar a la gente.



















