Estaba mirando Minerva, una serie sobre un colegio secundario, cuando escuché una frase que me quedó dando vueltas: la libertad, la defensa y la seguridad son requisitos para que puedan existir otros servicios, como educación y salud. Entonces pensé: ¿qué significa realmente ser libres? Y de ahí nació esta reflexión …..

 

LA LIBERTAD NO SE SUBSIDIA

Hay una discusión que aparece cada vez que se habla del presupuesto: educación, salud, seguridad, defensa, subsidios.

Y enseguida alguien pregunta:

—¿Cómo vamos a gastar en defensa si todavía tenemos problemas en las escuelas y en los hospitales?

La pregunta parece lógica. Pero quizá estamos mirando el problema desde el lugar equivocado.

 

La defensa, la salud y la educación no deberían ser enemigos.

Son distintas columnas del mismo edificio.

Sin defensa, una sociedad puede perder las condiciones que necesita para vivir en libertad.

 

 

Sin salud, esa libertad puede convertirse en una palabra muy bonita para alguien que no puede acceder a una atención médica.

Y sin educación ocurre algo todavía más peligroso: podemos tener libertad y no saber qué hacer con ella.

Porque la educación no solamente enseña matemáticas, historia o literatura. También enseña a preguntar. A dudar. A comparar. A decir:

—No estoy de acuerdo.

Y, sobre todo, a preguntar:

—¿Por qué?

Una persona capaz de razonar por sí misma es una persona difícil de llevar de la nariz. No necesita que un político le explique quién es bueno y quién es malo. Escucha. Lee. Compara. Piensa.

Y después decide.

Ahí empieza el problema para la demagogia. Porque prometer es mucho más fácil que explicar. Decir “yo te doy” es sencillo. Explicar cuánto cuesta, quién lo paga y durante cuánto tiempo ya es bastante menos simpático.

Y ahí aparecen los subsidios.

Un subsidio puede tener una finalidad social concreta y ser necesario para proteger a determinados sectores. El problema comienza cuando la ayuda deja de ser una herramienta transitoria o focalizada y se convierte en la respuesta automática para cualquier problema.

Porque entonces sucede algo curioso.

El ciudadano deja de preguntarse:

—¿Cómo hacemos para que pueda progresar?

Y empieza a preguntarse:

—¿Qué me van a dar?

No es exactamente lo mismo. Un Estado puede ayudar a una persona que atraviesa una dificultad.

Pero si durante años solamente le ofrece ayuda y nunca consigue darle herramientas para salir adelante, algo está fallando. Y ahí la política corre el riesgo de convertirse en una fábrica de dependencias. No hace falta imaginar una conspiración. Alcanza con mirar cómo funciona la demagogia: primero aparece el problema; después aparece la promesa; luego aparece el beneficio; y finalmente aparece el discurso:

—Gracias a nosotros tenés esto.

Pero hay una pregunta que casi nunca aparece en el acto político:

—¿Y cuánto nos cuesta?

Porque el Estado no fabrica dinero por generación espontánea. Lo que entrega tiene que salir de algún lado. De los impuestos. De los recursos del Estado. De la deuda. O de otras partidas que dejan de recibir esos recursos.

Y cuando nadie quiere hablar de esa parte, la política se parece demasiado a una cena donde alguien pide la cuenta y desaparece justo antes de pagar.

En el Presupuesto Nacional 2026, por ejemplo, los servicios sociales representan el 72,8% del gasto, mientras que defensa y seguridad representan el 4,9%; dentro de los servicios sociales, salud figura con 6% y educación y cultura con 5,3%.

Los números pueden discutirse. Las prioridades también. Pero hay algo que debería quedar fuera de la pelea partidaria:

…. una sociedad libre necesita ciudadanos capaces de pensar.

Y para eso necesita educación. Necesita ciudadanos que puedan vivir dignamente. Y para eso necesita salud. Necesita proteger las condiciones que hacen posible su existencia como Nación.Y para eso necesita defensa. Después podemos discutir cuánto, cómo y dónde gastar. Eso es política. Lo peligroso es convertir esa discusión en una pelea donde una necesidad intenta destruir a la otra. Porque no necesitamos elegir entre un hospital y una escuela. Ni entre una escuela y una defensa adecuada.

Necesitamos un Estado que pueda explicar sus prioridades y justificar cada peso que gasta. Y necesitamos ciudadanos que no se conformen con escuchar:

—Te lo doy.

Que respondan:

—¿Por qué? ¿Cuánto cuesta? ¿Quién lo paga? ¿Qué resultado produce?

Esa puede ser una de las mejores vacunas contra la demagogia. No hace falta prohibir las promesas. Hace falta aprender a examinarlas. Porque un ciudadano educado puede recibir un subsidio sin convertirse en esclavo del subsidio. Puede recibir ayuda y seguir siendo libre. Puede aceptar una política pública y al mismo tiempo cuestionar al gobierno que la implementa. Eso es ciudadanía. La libertad no consiste en que el Estado nos dé todo. Tampoco consiste en que el Estado no nos dé nada.

Consiste en que tengamos las herramientas para decidir qué necesitamos, qué podemos pagar y qué estamos dispuestos a construir entre todos.

Porque al final, quizá el verdadero enemigo de la libertad no sea el gasto en educación, ni el gasto en salud, ni el gasto en defensa.

El verdadero peligro aparece cuando dejamos de pensar.

Porque cuando una persona deja de razonar por sí misma, alguien más empieza a hacerlo por ella. Y entonces ya no importa cuánto dinero tenga el Estado. Porque la libertad, esa que parecía tan difícil de conseguir, puede terminar entregándose gratis.

A cambio de un subsidio, una promesa y un aplauso.

 

 

Por Susana Tribiani

Primicias Rurales

Buenos Aires, lunes 5 octubre (PR/26)