Fundó hace 36 años un centro para recuperar aves rapaces y hoy lidera el Proyecto Manku, que libera en la cordillera cóndores heridos o nacidos en cautiverio. Conoce la historia de vida de cada uno de los más de 200 ejemplares que pasaron por sus manos.
Buenos Aires viernes 9 octubre (PR/26)– La belleza del vuelo del cóndor andino, con su figura negra y blanca planeando en las alturas y el sonido de sus alas en el viento, todavía conmueve a Eduardo Pavez (Santiago de Chile, 1965).
Y eso que desde niño sube a la cordillera y siente latir la naturaleza, y que desde joven convive con cientos de rapaces. Hoy es de las personas que más sabe de cóndores, una de las mayores aves voladoras del planeta, y el motor de uno de los más importantes proyectos de reintroducción de la especie a su medio natural.
De un patio de colegio a un centro de rescate
Pavez es médico veterinario y doctor en ciencias Silvoagropecuarias y Veterinarias. Camina entre decenas de jaulas del Centro de Rehabilitación de Aves Rapaces (CRAR), en Talagante, a 45 kilómetros al oeste de Santiago, un lugar que fundó en 1990, cuando tenía apenas 24 años.
Todo empezó con un ultimátum de su madre: debía llevarse a otro lado las águilas, los cernícalos y los tiuques que cuidaba en el patio de su casa desde los tiempos del colegio.
Fue Jürgen Rottmann, una leyenda viviente del naturalismo chileno, quien le facilitó un sector de un predio agrícola de su propiedad para instalar el centro. Hace más de tres décadas que allí también cuidan ejemplares de cóndor (Vultur gryphus).
Desde entonces, Pavez no ha dejado de aprender sobre el comportamiento de estas aves. Explica, por ejemplo, que durante la primavera que acaba de comenzar en el hemisferio sur es peligroso entrar a las jaulas de los adultos, porque la época de celo los vuelve agresivos.
Por eso solo interactúa a través de la reja con Inca, una hembra de 20 años nacida en el Zoológico de La Serena, a 480 kilómetros al norte de la capital. Su liberación es imposible por la relación que ha establecido con las personas. Picotea una y otra vez el guante de cuero que Eduardo le ofrece y lo sigue a lo largo de la reja cuando él camina.
Treinta y cinco cóndores y dos huevos
Hoy el CRAR alberga a 35 cóndores y dos huevos. Pavez asegura que allí es un voluntario más. Muchos de los ejemplares no pueden volver a la vida silvestre, ya sea por lesiones físicas o porque el contacto con los humanos lo hace inviable.
![]()
Aun así, algunos pueden reproducirse para que sean sus crías las que vivan en el ambiente al que estaban destinadas por mandato natural: la cordillera de los Andes.
Es el caso de Mailén, nacida en el CRAR en diciembre de 2022, que espera ser liberada en los próximos meses en la cordillera chilena junto a otra cóndor que llegó herida y ya se recuperó.
También el de Antuco, nacido en diciembre de 2024, que será trasladado hasta Colombia para colaborar en el repoblamiento de la especie en ese país.
Lo que enseña un gigante de los Andes
Gran admirador del naturalista español Félix Rodríguez de la Fuente, Pavez habla con pasión de los cóndores y transmite con palabras simples lo que aprendió en largas jornadas de observación a la distancia en escarpados cerros y en el contacto directo con ejemplares en cautividad.

Cuenta que el cóndor es de los pocos sobrevivientes de los buitres gigantes del Pleistoceno, que puede recorrer hasta mil kilómetros buscando alimento y que tanto el macho como la hembra se dedican a la crianza. Su imagen potente lo convirtió en un símbolo de todas las culturas andinas desde tiempos inmemoriales.

Pavez solo se anima a entrar a la jaula donde los jóvenes cóndores, que pronto serán liberados, ejercitan su vuelo, y a la de Abuela, una hembra ya mayor que sufre cataratas y no detecta su presencia si él se queda quieto.
Los guardianes de la higiene del ecosistema
El cóndor, cuyo territorio natural abarca todo el macizo andino, desde Venezuela hasta Tierra del Fuego, enfrenta problemas de conservación en casi toda esa área, especialmente en el norte de Sudamérica, donde está en peligro de extinción.
Es una especie esencial para mantener limpio y sano su entorno, y cuidar a estos buitres es también proteger a toda la flora y fauna con la que conviven. Pavez lo explica así:
“Los cóndores se encargan de eliminar rápidamente los cadáveres de los grandes animales que ellos consumen, como guanacos muertos por puma y también muchos animales que quedan varados en las costas, como delfines, lobos marinos y ballenas. Esto impide que esos cadáveres se transformen en fuente de organismos patógenos como bacterias o virus, o alimento para larvas de moscas, que son vectores de muchas patologías. Desde el punto de vista de la higiene del ecosistema, los buitres, y los cóndores en particular, son fundamentales”.
Un maestro francés y un récord de liberaciones
Su acercamiento al mundo de los cóndores comenzó en 1991, cuando el ornitólogo y documentalista francés Michel Terrase le pidió que lo acompañara durante más de un mes para filmar y estudiar a estos buitres en Torres del Paine.
“Aprendí mucho de cóndores, de buitres y de cómo utilizar escondites. Estuvimos metidos en los escondites desde las 5 de la mañana hasta las 11 de la noche para filmar, pero conversando todo el día. Ahí se generó un vínculo potente maestro-discípulo. Fue Michel el que me metió en el mundo de los buitres y específicamente en el mundo de los cóndores”, recuerda.
Luego trabajó con una minera en el manejo de una población de cóndores en un basural y ya no paró: se sumó el trabajo con cóndores heridos de por vida y el intento de reintroducir en la naturaleza a ejemplares recuperados o nacidos en cautiverio.
En 2000 colaboró con colegas de Argentina en la fundación del Programa Binacional de Conservación del Cóndor Andino, y en 2019 fue pieza clave en la creación del Proyecto Manku, del que hoy es director.

Manku sintetiza la palabra cóndor en mapudungun, aimara y quechua, y une los esfuerzos del Zoológico del Parque Metropolitano de Santiago, el CRAR, la Unión de Ornitólogos de Chile, Filantropía Cortes Solari y Rewilding Chile.
Así, Pavez ya cuenta con el récord de haber impulsado la liberación de más de 100 cóndores en la cordillera del centro y sur de Chile, la gran mayoría con transmisores satelitales en las alas que permiten seguir sus movimientos por un tiempo.
Cada cóndor, una historia de vida
Después de tantos años, Pavez reconoce el vínculo que logró con los más de 200 cóndores que han pasado por el CRAR: “Me siento totalmente conectado con cada uno de los cóndores. Cada cóndor tiene su propia… no digo personalidad, digamos condorilidad. Cada uno tiene su historia de vida y eso se refleja en sus conductas”.
“Yo conozco las historias de vida de prácticamente todos estos cóndores. Tenemos cóndores aquí hace más de 30 años y tengo una relación con ellos. Existe una conexión y es bonito, porque muchos de ellos me van a trascender”, dice.
Y reflexiona: “Un cóndor en cautiverio puede vivir perfectamente 70 años. Aquí hay cóndores jóvenes y mayores, que no se pueden liberar, y probablemente van a vivir muchos años después de que yo muera”.





















