El filósofo Byung-Chul Han advierte en su nuevo ensayo que la falta de respeto degrada la política y erosiona la democracia. Sus ideas ayudan a entender el estilo de confrontación que hoy domina el debate público en la Argentina.

Buenos Aires lunes 12 octubre (PR/26)– El sello Paidós acaba de publicar Sin respeto, el nuevo ensayo del filósofo coreano Byung-Chul Han, reconocido por sus trabajos sobre el capitalismo y la autoexplotación en lo que denomina “la sociedad del rendimiento”.
Esta vez, Han se detiene en la declinación del respeto, un fundamento de la convivencia democrática, y en cómo su lugar lo ocupan hoy el agravio, la grosería y la “desvergüenza”.

“Ya no se tolera a un interlocutor que exige respeto (…) La falta de respeto que hoy sentimos como elemento latente y en cualquier lugar y que a menudo degenera en agresión contra el otro constituye el reflejo de una profunda crisis social”, dice Han.

Y va todavía más lejos: “La falta de respeto provoca un embrutecimiento de la cultura política. Desemboca en el hundimiento de lo político”, sostiene.
Un debate político moldeado por el agravio
La discusión política en la Argentina está modelada hoy por el respeto que el presidente Javier Milei les niega no sólo a sus adversarios y críticos, sino también, y de manera ostensible, a sí mismo y a la investidura con la que se lo ha reconocido.
Milei parece haber asimilado la opinión de Han de que la falta de consideración por el otro degrada el debate democrático. Si esa es su intención última, el topo no solo ha venido a destruir el Estado desde adentro.
Su objetivo sería acabar además con la convivencia, el contrato fundacional de la democracia.
La moral convertida en arma
En su ensayo, Han subraya una característica presente en el discurso de Milei del último año, desde su mensaje de marzo en la apertura de sesiones del Congreso: la narrativa moralizante.
El Presidente viene insistiendo en su pretensión de instalar la moral (su concepción de lo moral) como política de Estado, concepto que ha dicho será el título de su próximo libro. Lo plantea como respuesta al “relativismo moral”, el utilitarismo, el pragmatismo político y el cálculo electoral.
Para Jürgen Habermas, fallecido en marzo último, la idea de decretar una moral total, de la que sería dueño el Presidente, no se corresponde con la política ni con una sociedad democrática. “La política no es reductible a los dictados de la moral”, dice en el artículo Sobre la relación entre la política y la moral.

La vía para la solución de los conflictos, según el filósofo alemán, “no es la imposición de una moral universal, absoluta, sino el diálogo y la negociación”, como se mencionó antes en estas páginas.
Han, por su parte, advierte sobre la creciente “moralización” de la discusión pública y el efecto perjudicial que provoca: “La moral se esgrime como un arma. Quien moraliza se sale del escenario del debate y se atrinchera en una posición que declara expresamente como propia”.
Y agrega: “Las opiniones de los demás se difaman desde lo moral. La validez de una idea no se apuntala mediante un debate, sino por la moral, convirtiendo la propia postura en un bien absoluto”.
Sostener, por ejemplo, que el 95% de los periodistas actúa de mala fe o movido por la disponibilidad (o indisponibilidad) de recursos del Estado, y que la mentira es el principal insumo de su ejercicio, es una manera de renunciar a cualquier pretensión argumentativa frente a la crítica.
Es abandonar el debate por la salida de la descalificación moral.
Un hipermoralismo que desmoraliza
Han llama a este ejercicio “hipermoralismo desmoralizador”. “La moralización no va acompañada de una moral porque en realidad no se basa en un sistema de valores consistente”, explica.
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Para el filósofo, quien encarna este modelo es Donald Trump: “Moraliza estigmatizando y denunciando moralmente a sus enemigos, pero al mismo tiempo, despoja a su populismo hipermoral de cualquier contenido moral. Desmoraliza la política al saltarse todos los límites morales”.
Sin pudor y sin distancia
Hay otra dimensión del ensayo que remite especialmente a las conductas de Milei: la vinculada a la falta de pudor, la ausencia de inhibiciones, de las que ya se habló antes, y a la “autenticidad” propia del intercambio en las redes.
Esta última característica es, sobre todo, la que pretende dar justificación a los desbordes emocionales del Presidente.
Han afirma que se ha perdido el sentido de la “verticalidad” que ordena una sociedad. Si bien este concepto del ensayista puede desconocer una pulsión natural por la igualdad, o la democratización de las relaciones sociales, el autor sostiene que hoy todo es pura “horizontalidad”.
La “autenticidad”, dice, es una de las manifestaciones de ese orden horizontal en el que desaparece la “distancia”, un elemento clave del respeto.
“La falta de respeto, la desvergüenza y la desinhibición son rasgos característicos de la sociedad de la supervivencia”, afirma Han. La discreción, asegura, “crea un espacio de protección y cuidado frente a la franqueza explosiva, la supresión de la distancia y la desinhibición”.
Más allá de la explicación psicoanalítica
El ensayo humanista de Han nos habla del deterioro del respeto en lo que llama la “época de la desvergüenza”. También puede disuadirnos de buscar sólo explicaciones psicoanalíticas a los agravios y obscenidades permanentes de Milei.
Aunque el autor apela a una cita del psiquiatra estadounidense León Wurmser en su libro La máscara de la vergüenza, que acaso nos remita al relato, extremadamente amargo, que el Presidente ha hecho alguna vez sobre su vida.
“Dado que la vergüenza constituye un desprecio hacia sí mismo, es muy probable que el ‘desvergonzado’ sea, en el fondo, una persona a la que se ha infligido una humillación traumática, a la que se ha avergonzado de manera cruel, que inicialmente sufrió un profundo desdén hacia sí mismo y su autonomía y que ahora intenta acabar con esa humillación convirtiéndola, en toda su vida, en lo contrario”.





















