Una búsqueda sobre la conciencia, la separación y aquello que permanece

 

 

Mendoza, jueves 8 octubre (PR/26) — Una profunda reflexión filosófica y espiritual sobre la conciencia, la ilusión de la separación y la naturaleza de la identidad frente al misterio de la existencia.

I. La pregunta

Hay preguntas que uno no se hace porque espera encontrar una respuesta.
Se las hace porque llega un momento en que la respuesta que tenía ya no alcanza.
Durante mucho tiempo pensé que mi conciencia era mi cerebro.
Una extraordinaria maquinaria biológica compuesta por miles de millones de neuronas, impulsos eléctricos, neurotransmisores y conexiones que, de alguna manera todavía misteriosa, producen eso que llamamos pensamiento, memoria, emoción, percepción y conciencia.
Pero hay algo que siempre me ha resultado extraño.
Podemos describir cada vez mejor lo que sucede en el cerebro, y sin embargo permanece intacta la pregunta fundamental:
¿Quién es el que experimenta todo eso?
Podemos observar una neurona.
Podemos medir un impulso eléctrico.
Podemos registrar una imagen cerebral.
Podemos describir una emoción.
Pero ¿dónde está el que siente?
¿Dónde está ese lugar desde el cual digo:
“Yo estoy aquí.”
Quizás la pregunta por la conciencia sea, en última instancia, la pregunta más íntima de todas.
Porque no estoy preguntando qué es el universo.
Estoy preguntando:
¿Quién es el que está mirando el universo?

───

II. El cerebro y la radio

Tal vez el error esté en suponer que el cerebro necesariamente fabrica la conciencia.
Tal vez sea así.
Pero también existe otra posibilidad.
Que el cerebro no sea el creador de la conciencia, sino su instrumento.
Como una radio.
Una radio no crea la música que reproduce.
La recibe, la transforma y la convierte en sonido.
Si rompemos la radio, la música desaparece de esa habitación.
Pero nadie concluiría por eso que la música dejó de existir.
Quizás nosotros seamos algo parecido.
Una radio biológica.
Un instrumento extraordinariamente sofisticado capaz de sintonizar una determinada experiencia de la realidad.
Nuestra personalidad sería entonces la forma particular en que esa señal se expresa a través de nosotros.
Nuestro cuerpo.
Nuestra memoria.
Nuestra historia.
Nuestro cerebro.
Nuestro lenguaje.
Nuestro nombre.
Todo aquello que llamamos “yo”.
Y aquí aparece una posibilidad todavía más inquietante:
quizás yo no sea la radio.
Quizás soy aquello que, durante un instante, escucha a través de ella.

───

III. La materia que podría estar escuchando

En este punto aparece una de las ideas más fascinantes de la ciencia contemporánea: la posibilidad, planteada por Roger Penrose y Stuart Hameroff en la teoría Orch-OR, de que determinados procesos relacionados con la conciencia puedan involucrar estructuras microscópicas llamadas microtúbulos, presentes dentro de las neuronas.
La hipótesis intenta llevar la pregunta por la conciencia hasta un nivel todavía más profundo de la materia.
Como si debajo de las neuronas hubiera otra arquitectura.
Y debajo de esa arquitectura, otra.
Hasta llegar a una frontera donde la física clásica deja paso a una realidad mucho más extraña.
La mecánica cuántica.
Allí la materia deja de comportarse como las pequeñas piezas sólidas que imaginamos.
La realidad parece menos parecida a un conjunto de objetos y más parecida a un entramado de posibilidades, relaciones y estados.
Y entonces la pregunta cambia.
Ya no sería solamente:
¿Cómo produce el cerebro la conciencia?
Sino:
¿Qué relación existe entre la conciencia y la estructura más profunda de la realidad?
Penrose llevó esta pregunta todavía más lejos.
Si la conciencia no fuera completamente reducible a un algoritmo, entonces quizá hubiera algo en la estructura del universo que participa en ella de una manera que todavía no comprendemos.
No significa que la física haya demostrado que la conciencia sea cósmica.
Pero abre una puerta.
Y a veces una puerta es más importante que una respuesta.

 

───

 

IV. La ilusión de estar separados

Esa puerta científica conduce, curiosamente, hacia una pregunta que las tradiciones espirituales vienen formulando desde hace miles de años:
¿Y si nunca hubiéramos estado separados?
Un Curso de Milagros plantea precisamente la separación como el fundamento del pensamiento egótico: la mente que se percibe como un yo aislado frente a un mundo exterior.
Yo aquí.
El mundo allá.
Yo frente a los otros.
Yo frente a la naturaleza.
Yo frente al universo.
Yo frente a la muerte.
El pensamiento dice:
“Esto soy yo.”
Y establece una frontera.
Pero ¿dónde termina realmente el yo?
Mi piel parece decir que aquí termino yo.
Pero el aire que está fuera de mí entra en mis pulmones y se convierte en parte de mí.
El alimento que estaba fuera de mí se convierte en mi cuerpo.
La luz que estaba fuera de mí entra por mis ojos y se convierte en experiencia.
La materia que llamo “yo” estuvo alguna vez en las estrellas.
Entonces quizá la frontera entre “yo” y “el resto” sea mucho menos absoluta de lo que parece.
Tal vez exista como experiencia.
Pero no necesariamente como separación fundamental.

───

V. Los liliputienses

Y comprendo algo sobre el ego.
Quizás el ego no sea exactamente quién soy.
Quizás sea el personaje que fabriqué para sobrevivir dentro de un mundo que creo separado de mí.
Y ese personaje tiene mil caras.
Una para ser fuerte.
Otra para defenderme.
Otra para agradar.
Otra para seducir.
Otra para esconder el miedo.
Otra para sentirme superior.
Otra para no parecer vulnerable.
Otra para conseguir reconocimiento.
Otra para evitar el rechazo.
Otra para sentir que tengo razón.
Otra para sentirme víctima.
Otra para no sentirme solo.

Y así, sin darnos cuenta, construimos una pequeña multitud dentro de nosotros.
Los liliputienses, en la hermosa imagen de Raúl Bobillo(mi maestro espiritual), esos pequeños personajes interiores que aparecen según la situación y que, cada uno a su manera, intentan protegernos del mundo que creemos separado de nosotros.
Uno se enoja. Otro se defiende. Otro busca aprobación. Otro huye. Otro quiere tener razón. Otro se siente víctima.
Todos creen ser “yo”.
Pero ninguno es realmente el yo.
Son estrategias.
Son máscaras.
Son respuestas aprendidas.
Son personajes que creamos para relacionarnos con un mundo que percibimos como exterior y potencialmente amenazante.
El ego podría ser entonces una especie de director de teatro que, después de tantos años dirigiendo la obra, terminó creyendo que él también era el escenario.

───

VI. El personaje que olvidó que era personaje

Quizás ese sea uno de los grandes misterios de nuestra existencia.
Creamos un personaje para vivir.
Después olvidamos que lo creamos.
Y terminamos viviendo para protegerlo.
Protegemos nuestro nombre.
Nuestra imagen.
Nuestra reputación.
Nuestra historia.
Nuestra razón.
Nuestros recuerdos.
Nuestras heridas.
Nuestros éxitos.
Hasta nuestras propias ideas sobre quiénes somos.
Y cuando alguien amenaza esa construcción, sufrimos.
¿Por qué?
Porque sentimos que nos están atacando a nosotros.
Pero ¿y si solamente están tocando al personaje?
¿Quién sería yo si por un instante no necesitara defender ninguna imagen de mí mismo?
Si no tuviera que demostrar nada.
Si no tuviera que ganar.
Si no tuviera que tener razón.
Si no tuviera que ser fuerte.
Si no tuviera que ser alguien.
Tal vez entonces aparecería algo mucho más silencioso.
Algo que estaba allí antes de todos los personajes.
Y que seguirá allí cuando ellos se callen.

───

VII. ¿Quién observa?

Puedo observar mis pensamientos.
Entonces no soy solamente mis pensamientos.
Puedo observar mi miedo.
Entonces no soy solamente mi miedo.
Puedo observar mi enojo.
Entonces no soy solamente mi enojo.
Puedo observar cómo cambia mi personalidad dependiendo de quién esté delante de mí.
Entonces tampoco soy completamente ninguno de esos personajes.
Hay algo que observa.
Algo que permanece detrás de todos ellos.
Y aquí aparece la pregunta que para mí resulta más misteriosa:
¿Quién es el que observa?
Quizás esa sea la conciencia.
No el personaje.
No el ego.
No la historia.
No el nombre.
No el cuerpo.
Sino aquello que puede contemplarlos a todos.

───

VIII. La pineal y el tercer ojo

En distintas tradiciones, la glándula pineal ha sido asociada simbólicamente con una puerta hacia una percepción interior.
En la concepción de Cyclopea aparece la imagen de la pineal como una especie de antena o receptor, relacionada con el llamado tercer ojo.
No necesito convertir esa imagen en una afirmación científica para encontrar en ella una enorme potencia poética.
Porque la metáfora resulta extraordinaria.
Tenemos dos ojos para mirar hacia afuera.
Y un “tercer ojo” para mirar hacia adentro.
Los dos primeros observan el mundo.
El tercero observa al que está mirando.
Quizás esa sea la verdadera revolución de la conciencia:
dejar de mirar solamente aquello que aparece delante de nosotros y comenzar a mirar desde dónde estamos mirando.
No sé si la pineal es literalmente una antena cósmica.
Pero sí sé que la imagen expresa algo que la humanidad ha intuido durante siglos:
que dentro de nosotros podría existir una puerta hacia una percepción que no depende exclusivamente de los sentidos ordinarios.
Una puerta hacia el silencio.
Hacia la presencia.
Hacia una experiencia en la que el observador y lo observado parecen acercarse hasta casi desaparecer como entidades separadas.

───

IX. La conciencia como música

Entonces regreso a la metáfora de la radio.
Quizás nuestra conciencia individual sea una frecuencia.
Una forma particular en la que el universo se experimenta a sí mismo.
Cada uno de nosotros sería una radio diferente.
Una frecuencia.
Una perspectiva.
Una ventana.
Y quizás el ego sea aquello que ocurre cuando la radio cree que la música pertenece a la radio.
La radio dice:
“Esta música soy yo.”
Pero la música responde:
“Tú eres solamente el lugar donde, durante un instante, estoy siendo escuchada.”
Esto cambia completamente la idea de identidad.
No somos necesariamente algo separado que existe dentro de un universo.
Podríamos ser expresiones del universo.
El universo experimentándose desde millones de millones de puntos de vista.
Cada ser sería una perspectiva irrepetible.
Una nota.
Una vibración.
Un instante de conciencia.

───

X. La paradoja del presente

Pero entonces aparece una contradicción.
Yo digo:
“Solo existe el presente.”
Y al mismo tiempo hablo de una conciencia que podría pertenecer a una realidad que trasciende el tiempo.
¿Cómo pueden coexistir ambas cosas?
Quizás porque el presente no sea simplemente un instante que aparece entre pasado y futuro.
Quizás sea el único lugar donde la realidad puede ser experimentada.
El pasado existe como memoria.
El futuro existe como posibilidad.
Pero ambos aparecen ahora.
Nunca recuerdo ayer ayer.
Lo recuerdo ahora.
Nunca imagino mañana mañana.
Lo imagino ahora.
Toda experiencia ocurre en este misterioso punto que llamamos presente.
Tal vez el tiempo sea la manera en que una conciencia limitada recorre una realidad mucho más amplia.
Como alguien que escucha una sinfonía nota por nota.
Para quien escucha, la música sucede en el tiempo.
Pero la partitura completa puede contener una estructura que no depende de nuestro recorrido.
Nosotros escuchamos.
La totalidad simplemente es.

───

XI. La sinfonía

Quizás la realidad sea algo parecido a una inmensa sinfonía.
Nosotros escuchamos apenas una pequeña parte.
Una melodía que llamamos vida.
Nacimiento.
Infancia.
Amor.
Pérdida.
Deseo.
Dolor.
Encuentro.
Miedo.
Alegría.
Envejecimiento.
Y finalmente silencio.
Pero quizás confundimos el final de nuestra audición con el final de la música.
Cuando mi radio desaparezca, la señal no necesariamente habrá desaparecido.
Simplemente esa radio ya no podrá reproducirla.
Y aquí debo ser cuidadoso.
No sé qué ocurre después de la muerte.
Nadie puede hablar con certeza desde este lado.
Pero puedo formular una intuición.
Quizás morir no sea necesariamente que la música deje de existir.
Quizás sea que este instrumento deja de participar de ella de la manera en que lo hacía.
Y si alguna forma de conciencia permanece, quizá no continúe como el personaje que hoy llamo Pipo.
Porque Pipo es una historia.
Un nombre.
Una personalidad.
Una acumulación de recuerdos.
Un conjunto de liliputienses.
Quizás lo que podría permanecer no sea el personaje.
Quizás sea aquello que estaba observando al personaje.

───

XII. Cuando los liliputienses se callan

Tal vez por eso las experiencias profundas de silencio resultan tan extrañas.
Durante unos instantes dejan de hablar los personajes.
No desaparecemos.
Pero dejamos de identificarnos completamente con ellos.
El pensamiento se aquieta.
La necesidad de defenderse disminuye.
La historia personal pierde volumen.
Y aparece algo difícil de explicar:
presencia.
No soy más importante.
No soy menos importante.
Simplemente estoy.
Y quizás ahí comienza a deshacerse la ilusión de separación.
No porque desaparezca el mundo.
Sino porque desaparece, aunque sea por un instante, la necesidad de estar enfrentado a él.
Ya no estoy yo contra el mundo.
Estoy en el mundo.
Y quizá después:
Estoy con el mundo.
Y finalmente:
Soy parte del mundo.
Y tal vez, en el límite de esa experiencia:
Nunca hubo un “yo” separado del mundo.

───

XIII. El regreso

Quizás despertar no consista en destruir el ego.
Porque intentar destruir al ego podría ser simplemente otro personaje creado por el ego.
Quizás consista en reconocerlo.
Ver aparecer al pequeño personaje y decir:
“Ahí está.”
Sin odiarlo.
Sin expulsarlo.
Sin creerle absolutamente todo.
Dejar que exista.
Pero recordar que no es el todo.
Que ese pequeño personaje es apenas una herramienta.
Una máscara.
Un actor.
Un liliputiense tratando de proteger un reino imaginario.
Y detrás de todos ellos permanece algo más silencioso.
Algo que no necesita defenderse.
Algo que no necesita tener razón.
Algo que simplemente observa.

───

XIV. La música sigue sonando

Y entonces regreso finalmente a aquella primera pregunta:
¿Quién soy?
Quizás nunca pueda responderla completamente.
Quizás porque el que busca una respuesta también forma parte del misterio.
Puedo decir que soy un cuerpo.
Y es verdad.
Puedo decir que soy una historia.
También es verdad.
Puedo decir que soy una personalidad.
También.
Puedo decir que soy un cerebro.
Probablemente también.
Pero quizás todo eso sea solamente la forma particular que ha adoptado algo mucho más profundo.
Una nota dentro de una música inmensa.
Una ventana por la que el universo se contempla.
Una radio que durante un breve tiempo logró escuchar una señal y preguntarse de dónde venía.
Y quizás la conciencia no sea una cosa que poseemos.
Quizás sea aquello que somos antes de convertirnos en cualquier cosa.
Entonces comprendo la imagen de los liliputienses.
No necesito expulsarlos.
Puedo escucharlos.
Puedo agradecerles incluso.
Me protegieron cuando creyeron que estaba solo.
Construyeron personajes para enfrentar un mundo que parecía separado.
Pero ahora puedo decirles:
Ya no necesitan gobernar.
Pueden descansar.
Porque quizás nunca estuvimos realmente solos.
Nunca estuvimos realmente separados.
Nunca fuimos solamente el personaje.
Somos la música que el personaje aprendió, durante un instante, a escuchar.
Y cuando la radio desaparezca…
cuando este cuerpo deje de recibir…
cuando esta voz se apague…
no sé qué habrá después.
Pero hay algo que sí puedo imaginar.
Que la sinfonía no necesita de mi radio para seguir siendo interpretada.
Que la música continúa.
Que otras radios la escuchan.
Que otras notas aparecen.
Que otras conciencias despiertan.
Y que quizá, en algún nivel que todavía no somos capaces de comprender,
todo está sonando al mismo tiempo.
Tal vez la vida sea eso:
el universo interpretándose a sí mismo.
Y nosotros, durante un instante irrepetible,
tenemos el privilegio de escuchar.
No somos la música.
No somos solamente la radio.
No somos tampoco los liliputienses que corren dentro de ella.
Somos aquello que, por un instante,
se dio cuenta de que estaba escuchando.
Y quizá despertar sea simplemente recordar
que la música nunca dejó de sonar.
Que nunca estuvo afuera.
Que nunca estuvimos separados.
Y que, detrás de todas nuestras caras,
detrás de todos nuestros nombres,
detrás de todos nuestros personajes,
siempre estuvo la misma conciencia escuchando.

Posdata — El dial interior

Quizás exista, finalmente, una pequeña libertad que no deberíamos olvidar: podemos elegir dónde sintonizar nuestra conciencia.
A veces permanecemos demasiado tiempo escuchando dentro de nosotros músicas hechas de miedo, culpa, resentimiento o tristeza, hasta confundirlas con nuestra propia voz.
Pero el observador puede despertar y reconocer:
“Esto está sonando en mí, pero no soy yo.”
Y entonces, suavemente, puede mover el dial.
No para negar el dolor, sino para no convertirlo en morada.
Porque también podemos elegir aquello que alimentamos con nuestra atención: pensamientos que nos aquietan, recuerdos que nos abrazan, vínculos que nos hacen crecer, miradas capaces de devolverle luz a la vida.
Quizás la felicidad no sea encontrar una existencia sin disonancias, sino aprender a no quedar atrapados en ellas.
Tal vez la libertad consista en eso:
saber que una nota puede atravesarnos sin definirnos,
que un pensamiento puede aparecer sin gobernarnos,
y que, aun en medio de la misma vida,
podemos cambiar la melodía que elegimos escuchar.
Hasta que, poco a poco, los liliputienses dejan de discutir, el ego afloja sus defensas y la sensación de separación se vuelve transparente.
Y queda solamente aquello que estaba antes de todas las voces:
el silencio que escucha.

 

Primicias Rurales