Por Manuel Jaramillo – Director general de Fundación Vida Silvestre

 

A simple vista, un pastizal puede parecer apenas una extensión de pasto. Detrás de ese paisaje hay un ecosistema en el que predominan los pastos y otras plantas herbáceas, y donde conviven numerosas especies. También cumple funciones fundamentales: provee alimento y forraje, ayuda a regular el agua, conserva los suelos y almacena carbono.

 

 

Buenos Aires, viernes 25 de septiembre (PR/26) .- En Argentina, hablar de pastizales es también hablar de territorio. Estos ambientes ocupan cerca de la mitad de nuestro país y sostienen una parte importante de la producción de alimentos, especialmente a través de la ganadería. Las Pampas son el ejemplo más conocido, aunque también están presentes en regiones como Campos y Malezales, el Espinal y el Chaco Húmedo. Son paisajes diferentes, pero todos forman parte de un entramado natural que sostiene especies, actividades productivas y comunidades.

Las Pampas representan alrededor del 60% del área de pastizales de Argentina y albergan especies emblemáticas como el venado de las pampas. A lo largo de las últimas décadas, sin embargo, este paisaje cambió profundamente: alrededor del 80% de los pastizales pampeanos fue transformado para actividades agrícolas y ganaderas, mientras que solo una pequeña proporción se encuentra bajo alguna categoría de protección.

¿Por qué debería importarnos?

Porque lo que sucede en los pastizales también nos afecta directamente. En la Pampa Deprimida y los Bajos Submeridionales, por ejemplo, estos ambientes cumplen un papel importante en la regulación del agua: sus suelos y su vegetación pueden absorber excedentes y ayudar a amortiguar inundaciones. Cuando se degradan o se transforman, los territorios pueden volverse más vulnerables frente a eventos de lluvias intensas.

También son fundamentales para la producción. Los pastizales naturales forman parte de la historia de la ganadería argentina y siguen sosteniendo buena parte de esta actividad. Por eso, el desafío es compatibilizar la producción con la conservación de estos ambientes.

Desde Fundación Vida Silvestre trabajamos junto con productores, comunidades, universidades y otros actores para promover buenas prácticas ganaderas y formas de producción que cuiden los pastizales.

Un paisaje que está cambiando

En las últimas décadas, Argentina perdió más de 3 millones de hectáreas de pastizales naturales, principalmente como consecuencia de cambios en el uso del suelo, la intensificación productiva y manejos inadecuados. Y menos del 4% de los pastizales pampeanos cuenta con protección formal.

Son números difíciles de imaginar. Detrás de ellos hay algo concreto: paisajes que se transforman, especies que pierden su hábitat y procesos naturales que dejan de funcionar de la misma manera.

El venado de las pampas permite dimensionar lo que significa esa transformación. Es una especie emblemática de nuestras llanuras y sus poblaciones quedaron reducidas a determinados sectores del país. En la provincia de Buenos Aires, el Parque Nacional Campos del Tuyú protege uno de los últimos remanentes de pastizales pampeanos y constituye un refugio para esta especie.

Pero proteger al venado implica también conservar el ambiente que necesita para alimentarse, reproducirse y desplazarse. Y ese mismo ambiente sostiene a muchas otras especies y procesos que no siempre vemos.

Quizás ahí esté una de las claves para entender el valor de los pastizales: detrás de un paisaje que puede parecer simple hay un ecosistema del que dependen especies, producción y comunidades.

Una oportunidad para mirar los pastizales 

En 2026 tenemos una oportunidad para poner estos paisajes en el centro de la conversación. Las Naciones Unidas declararon este año como el Año Internacional de los Pastizales y los Pastores, una iniciativa coordinada por la FAO para destacar la importancia de estos territorios y de las comunidades que dependen de ellos.

Para Argentina, esta conversación tiene un significado particular. Los pastizales están profundamente ligados a nuestra producción, nuestra historia y nuestros territorios. También sostienen procesos naturales que impactan directamente en la vida de las personas.

Tal vez el primer paso sea sencillo: aprender a mirarlos.

Porque cuando dejamos de ver solamente un campo y empezamos a reconocer un ecosistema, cambia también la pregunta. Ya no se trata solamente de cuánto territorio ocupa un pastizal, sino de qué vida, qué recursos y qué futuro estamos protegiendo cuando decidimos conservarlo.

 

 

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FUente: Fundación Vida Silvestre