En esta ciudad de la Calabria jónica nació en 1918 Francesco Mileo, el abuelo del presidente Javier Milei. Allí se casaron sus padres, y allí comenzó a aparecer, en los documentos de sus descendientes, la alternancia entre Mileo y Milei que terminaría consolidándose en la Argentina.
Por Lina Glück
Buenos Aires domingo 27 septiembre (PR/26)– Durante los primeros meses de la presidencia de Javier Milei circuló una versión según la cual el apellido de su familia había sido originalmente Mileikowsky. Con el tiempo, la afirmación fue desmentida: nunca aparecieron documentos que la respaldaran.
Después se habló de los ancestros italianos —una rama materna que coincide, curiosamente, con el pueblo de origen de la familia de Lionel Messi— y de una rama croata. Sin embargo, casi nadie repara en un dato central: los antepasados italianos del Presidente llevaban el apellido Mileo, oriundo de Rossano, en la provincia de Cosenza, Calabria.

Antonio, su bisabuelo, era Mileo, igual que todos los suyos. En 1908 se casó en Rossano con Achiropita Grillo. Sus primeros hijos nacieron en Italia: Gennaro, en 1909, y Giuseppe, en 1911.
Pero ya en esa generación aparece la oscilación que marcaría a la familia para siempre: Gennaro fue inscripto como Milei, con i, mientras sus padres seguían firmando como Mileo.
La familia cruzó después el océano. En 1913, Antonio y Achiropita tuvieron en la Argentina a su hijo Expedito, bautizado en la iglesia de San Carlos Borromeo, en Buenos Aires, con el apellido escrito Mileo, con o. Dentro de una misma familia, con los mismos padres, ya convivían las dos grafías.
Luego volvieron a Italia. En Rossano nacieron Francesco, el futuro “Chicho” Milei, el 6 de febrero de 1918, y su hermana Luigia. En 1926, cuando Achiropita volvió a embarcarse rumbo a la Argentina —esta vez en el buque Formosa, junto a sus hijos—, la familia ya figuraba en los registros migratorios del CEMLA como Milei.


La secuencia es reveladora: la generación anterior era Mileo; con Antonio y sus hijos empiezan a convivir las dos formas; y para el viaje de 1926 ya se había impuesto Milei. No hay un instante preciso en que alguien haya “cambiado” formalmente el apellido, sino una transición lenta, típica de una época en la que los registros civiles, parroquiales y migratorios no siempre coincidían.
El propio Javier Milei contó alguna vez que su abuelo era calabrés y que había trabajado como verdulero. Francesco llegó a la Argentina siendo todavía un niño, de la mano de su madre y de sus hermanos.
Rossano, el pueblo de los Mileo
Rossano es una pequeña ciudad histórica de la costa jónica de Calabria, hoy integrada al municipio de Corigliano-Rossano, creado en 2018 por la fusión de las dos antiguas localidades. Ronda los 40.000 habitantes, aunque entre ambas suman más de 76.000.

Su centro histórico se encarama sobre las colinas que miran al mar Jónico y conserva el trazado, las iglesias y los palacios de una ciudad que durante siglos fue uno de los principales centros de la Calabria bizantina.
Es, además, un lugar profundamente ligado a la cultura griega. La tradición bizantina dejó allí una huella que todavía puede verse en su arquitectura, en su patrimonio religioso y hasta en nombres como el de Achiropita, la Madonna venerada en la catedral local, cuyo nombre significa “no hecha por mano humana”.
La joya del patrimonio rossanés es el Codex Purpureus Rossanensis, un extraordinario evangeliario griego del siglo VI, considerado una de las obras maestras de la tradición manuscrita bizantina. Se conserva en el Museo Diocesano y del Codex, junto a la catedral.
El manuscrito está compuesto por 188 hojas de pergamino teñidas de púrpura y contiene el Evangelio de Mateo y buena parte del de Marcos. Sus miniaturas, pintadas sobre fondo púrpura con letras de oro y plata, forman uno de los conjuntos más antiguos de ilustración de los Evangelios que se conocen. En 2015, la UNESCO lo incorporó a su registro Memory of the World.
El museo merece la visita incluso más allá del Codex: sus salas recorren la historia de Rossano desde la Antigüedad y la época bizantina hasta el Renacimiento, el Barroco y los siglos XVIII y XIX. Guarda un espejo griego de bronce del siglo V a.C., esculturas, pinturas, objetos de plata, pergaminos y códices musicales, además de un importante conjunto ligado al culto de la Achiropita. Fue, de hecho, el primer museo diocesano creado en Calabria, inaugurado en 1952.
A pocos pasos se levanta la Catedral de María Santísima Achiropita, construida sobre un antiguo lugar de culto y remodelada a lo largo de los siglos. Su nombre remite a la imagen de la Virgen que, según la tradición, no habría sido pintada por mano humana.

La plaza del Duomo y las callejuelas del centro histórico muestran una Rossano mucho más pequeña y pausada que las grandes ciudades italianas: iglesias, palacios, rincones y miradores sobre el Jónico.

La historia económica de la zona tiene también su propio museo: el Museo della Liquirizia “Giorgio Amarelli”, dedicado a una de las producciones más características de Calabria. La familia Amarelli lleva siglos ligada a la elaboración de regaliz, y su museo permite conocer tanto la historia de esa industria como la de la propia familia.

Y en las afueras, entre los montes que dominan la ciudad, se encuentra la Abadía de Santa Maria del Patire, uno de los grandes monumentos de la Calabria medieval. Fundada en el siglo XII, recuerda el papel que tuvieron los monjes italo-griegos y la cultura bizantina en esta parte de Italia.

Todo esto convierte a Rossano en un escenario especialmente apropiado para seguir la historia de una familia como los Mileo: una ciudad pequeña, pero asentada en un territorio donde durante siglos convivieron las tradiciones griega, bizantina, latina y normanda.




















