Su bahía es uno de los fondeaderos naturales más protegidos del Mediterráneo y por eso vio pasar civilizaciones desde la Prehistoria.
Buenos Aires lunes 12 octubre (PR/26)– En Pilos la historia quedó suspendida. Es uno de esos rincones de Grecia donde parece que el tiempo se hubiera congelado: la vida va despacio, desde el puerto hasta una plaza sombreada por los árboles en la que se puede saludar al mar.
Ese mar fue clave para que el país lograra su independencia. Sin embargo, casi no queda rastro de lo ocurrido: hoy las terrazas, las barcas y los pescadores descansan en una bahía de agua tranquila y dejan que el tiempo pase.
Una ciudad distinta a cualquier otra de Grecia
Con una arquitectura mitad griega, mitad veneciana, Pilos es otra cosa. Nada tiene que ver con los típicos pueblos griegos blancos y encalados: no es una antigua aldea de pescadores transformada en destino turístico, sino una ciudad planificada en los primeros años del nuevo Estado griego.
Se dibujó tal y como la conocemos poco después de la batalla de Navarino, a partir de 1829, por el general francés Nicolas-Joseph Maison. Eso explica sus contrastes con la Grecia helénica y sus edificios de inspiración neoclásica, un recordatorio viviente de que la ciudad nació al mismo tiempo que la Grecia independiente.

Cuesta imaginar que por estas calles tranquilas el paisaje fuera durante milenios refugio, fortaleza y escenario de una batalla decisiva para el nacimiento de la Grecia moderna. Sus aguas convierten a Pilos en uno de los fondeaderos naturales más protegidos del Mediterráneo.
Es precisamente esa geografía la razón de que Pilos fuera objeto de asentamientos y civilizaciones desde la Prehistoria. Situada en el suroeste del Peloponeso, la ciudad se asoma al mar Jónico desde la bahía de Navarino.
Es un enclave único tanto por su geografía como por su pasado histórico, bajo la calma de un pueblo con una bahía que creó la Grecia actual.
Así era la tierra del rey Néstor
Pilos fue una gema incluso antes de que Grecia existiera. Para entenderlo hay que retroceder hasta la Edad de Bronce y asomarse al reino micénico, gobernado por Néstor, el anciano rey de Pilos que participó en la guerra de Troya.
En La Ilíada y La Odisea, Homero lo muestra como un hombre anciano, muy experimentado y con gran capacidad para aconsejar. Pero su reino no pertenece tan solo a la ficción: a unos kilómetros de la actual Pylos quedan los restos del Palacio de Néstor.
Aquel gran centro político, administrativo y religioso fue destruido por un incendio a comienzos del siglo XII a. C., pero sus ruinas siguen ahí, como un testimonio de la importancia que tuvo esta tierra mucho antes de la Grecia moderna.
Voidokiliá, la playa que dibuja una omega
Al norte de la ciudad se encuentra el secreto mejor guardado: la playa que fue definitiva para la independencia de Grecia. Voidokiliá tiene una geografía única; vista desde arriba, dibuja una curva prácticamente perfecta que se asemeja a la letra griega omega.
Una franja de arena blanca cierra una pequeña bahía circular mientras, al otro lado, se extiende la laguna de Gialova. En uno de los extremos se levantan las ruinas de Paliokastro, el antiguo castillo de Navarino, y bajo sus paredes, la llamada cueva de Néstor.

La imagen deja sin aliento a cualquiera que la visita, pero Voidokiliá es mucho más que una playa exuberante. Fue la clave de la batalla de Navarino precisamente por su curiosa forma de omega, muy útil como escondite para las estrategias militares. Durante años, la bahía sirvió para navegar, fondear, vigilar y defenderse.
Para entender la complejidad de la ciudad, lo ideal es subir hasta Niokastro, una imponente fortaleza otomana. Desde sus murallas se puede ver la bahía y la isla de Sphacteria, otro punto clave en la batalla porque contenía una barrera natural que hacía que los barcos encontraran refugio incluso cuando el mar estaba agitado.
La batalla que cambió el destino de Grecia
Hace falta viajar en el tiempo para entender cómo se creó la Grecia actual. En 1827, el país llevaba seis años luchando por independizarse del Imperio otomano. La revolución iniciada en 1821 todavía no garantizaba el éxito y las fuerzas otomanas y egipcias mantenían una posición importante en el Peloponeso.
Fue entonces cuando Gran Bretaña, Francia y Rusia intervinieron diplomáticamente y enviaron sus flotas al Mediterráneo. El objetivo inicial era imponer el cumplimiento del Tratado de Londres y detener el conflicto, pero la situación acabó provocando una de las batallas navales más importantes del siglo XIX.

El 20 de octubre de 1827, las flotas británica, francesa y rusa entraron en la bahía de Navarino, donde se encontraba fondeada la flota otomano-egipcia porque era un buen refugio frente a la mala mar. Pero también fue su perdición: allí, las fuerzas aliadas la sorprendieron.
Los aliados habían optado por una operación de presión, pero la tensión desencadenó un fatídico combate a corta distancia. Tan solo les hicieron falta unas horas para destruir la flota otomano-egipcia. Hubo unas 6.000 víctimas en el bando otomano, en una batalla muy sangrienta, frente a alrededor de 600 en las otras tres flotas.
Así fue como la batalla de la bahía de Navarino se convirtió en el desencadenante de un cambio en el futuro de Grecia y en la última batalla que se libró utilizando únicamente barcos de vela.
Con esta victoria, el equilibrio de las fuerzas cambió de forma radical. La flota otomano-egipcia ya no tenía capacidad para mantener el mismo apoyo logístico tras aquella estrepitosa derrota, y la intervención de las fuerzas aliadas aceleró el proceso que terminó con el nacimiento del Estado griego independiente.
El pasado de Pilos, escondido en sus rincones
Caminar hoy por Pilos es pasear por el escenario de uno de los sangrientos episodios que ayudaron a cambiar el mapa político del Mediterráneo. Aunque la batalla no domina la vida cotidiana, aún quedan pequeños vestigios de lo ocurrido.

El gran recuerdo está en el corazón del pueblo: la Plaza de los Tres Almirantes, en honor a los comandantes de las flotas británica, francesa y rusa que participaron en la batalla de Navarino.
Además de una estética que hace cuestionarse el lugar nada más llegar, más cercana al neoclasicismo que a la arquitectura helénica, Pilos mantiene tintes franceses e italianos. A día de hoy, sigue siendo ese lugar donde la naturaleza les regaló una playa en forma de omega y una bahía que consiguió la independencia de Grecia.





















