“Que vean vuestras buenas obras”
Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 13-19
En aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará. Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielo, y lo que desates en la tierra, quedará desatado en los cielos»
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Palabra del Señor
REFLEXIÓN
“Señor ¡qué bien se está aquí!” exclama Pedro al contemplar la gloria de Dios. Por Él se hubieran quedado allí pero Jesús le pone los pies en el suelo: hay que continuar con la misión.
En este pasaje contemplamos a Cristo en toda su gloria, resplandeciente, elevado. La próxima vez lo veremos elevado en una cruz, culminando la Salvación. En ambos momentos lo contemplamos en toda su plenitud. En la primera escuchamos resonar la voz del Padre invitándonos a seguir a su Hijo; en la segunda escuchamos al Hijo decir “Padre perdónalos porque no saben lo que hacen” Si Jesús se hubiera quedado en el monte Tabor, como quería Pedro, no hubiera habido Redención. Y a nosotros nos pasa muchas veces, tenemos la tentación de acomodarnos a lo bueno, a lo bonito, a lo fácil y así no avanzaríamos en nuestra vida.
Jesús se transfigura ante sus más próximos, les muestra su realidad, su naturaleza divina. Lo hace ante Moisés y Elías, como signo de la unidad de la Historia de la Salvación. Y serán otra vez Pedro, Santiago y Juan los más cercanos al Maestro en la agonía del huerto de los olivos. Ambos momentos pueden parecer contradictorios, pero son dos visiones de una misma realidad. Los Apóstoles tenían que conocer todo sobre Jesús para poder dar testimonio cuando llegara el momento. Y así lo manifiesta San Pedro en la Primera Carta que leemos hoy: “Hemos sido testigos oculares de su grandeza”.
Hoy nosotros contemplamos a Cristo a través de sus palabras y de los ojos de los Apóstoles. Conocemos su Doctrina, asistimos a su Gloria y contemplamos su Pasión y su Resurrección. Y hoy, en pleno siglo XXI, resuenan las palabras del Padre en el monte: “Este es mi Hijo… escuchadle”.
Después que la gente se hubo saciado, enseguida Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo.
Mientras tanto, la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo! ».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua, acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él, diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y trajeron a todos los enfermos.
Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.
Palabra del Señor