Durante la misa en la Basílica de San Pedro, se destacó el rol de los apóstoles como pilares de la fe. Un fuerte mensaje centrado en la comunión fraterna, el perdón y el compromiso pastoral para superar las divisiones.
El Papa León XIV impone el palio a uno de los nuevos arzobispos en la Basílica de San Pedro. | Crédito: Vatican Media.
Ciudad del Vaticano, lunes 29 junio (PR/26) — Este lunes 29 de junio, se celebró en la Basílica de San Pedro la Misa por la Solemnidad de San Pedro y San Pablo, en quienes los católicos veneran a dos pilares fundamentales de la Iglesia.
Durante la homilía en la basílica vaticana, se dirigió el siguiente mensaje a los fieles: «Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma«.
A continuación la homilía del Papa León XIV en la basílica vaticana:
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy, en una única solemnidad, conmemoramos a los santos Pedro y Pablo, patronos de la ciudad y de la diócesis de Roma: elegidos por Jesús, uno como pastor de su rebaño y el otro como apóstol de los gentiles. En ellos veneramos a dos pilares de la Iglesia.
Pedro, custodio del Pueblo de Dios, aparece en numerosas ocasiones en el Nuevo Testamento comprometido con la preservación de la comunión entre los hermanos. Es él quien, en el lago de Galilea, tras una noche de trabajo aparentemente inútil, le dice al Maestro: «no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes» (Lc 5,5), y se vuelve al mar llevándose también a los demás consigo. Es también él quien, mientras muchos se alejan del Señor tras el duro discurso sobre el Pan de vida, le dice al Mesías: «¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68), y permanece, junto con los otros once. Es aún él quien, en Cesarea, reconoce en Jesús al Hijo de Dios y se hace portavoz de todos en la profesión de la única fe, como hemos escuchado en el Evangelio (cf. Mt 16,13-19). Además, después de la Resurrección, a orillas del lago, es el primero en llegar hasta Cristo, lanzándose al agua y adelantándose a los demás, nadando, para renovar humildemente su amor y recibir la confirmación de su misión (cf. Jn 21,1-17).
Pedro se mantiene fiel a esa misión, incluso cuando, por ejemplo, en Jerusalén, la cuestión de la admisión al bautismo de los paganos no circuncidados amenaza con dividir a la comunidad. Reúne a los hermanos, los escucha y, al final, guiado por el Espíritu Santo, toma la decisión, preservando la comunión e inaugurando una nueva etapa para todo el Pueblo de Dios: «creemos —afirma—que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús» (Hch 15,11).
Esta grandeza de espíritu no significa que Pedro sea perfecto. Durante la Pasión, niega al Maestro, para luego derramar lágrimas sinceras de arrepentimiento (cf. Lc 22,54-62); y el propio Pablo, en otra ocasión, le reprocha la incoherencia de algunas de sus actitudes (cf. Ga 2,11-14).
No obstante, sabe reconocer sus propios errores y arrepentirse, sin desanimarse y sin dejar de cumplir con la misión de anunciar el Evangelio y reunir al rebaño de Cristo, hasta el martirio, que sufre precisamente aquí, en Roma, no muy lejos del lugar en el que nos encontramos.
Esta fiel y paciente preocupación por la unidad queda bien expresada en el símbolo de las llaves, con el que a menudo lo identificamos (cf. Mt 16,19). Una llave no es para derribar las puertas, sino para abrirlas y cerrarlas, buscando en su interior las manivelas adecuadas y acompañando sus movimientos, para deshacer los bloqueos, deslizar las clavijas, y que las hojas giren libremente sobre sus bisagras, uniendo los espacios y convirtiendo tantas habitaciones aisladas en una única casa acogedora.
Del mismo modo, la comunión, en la Iglesia, no se construye endureciéndose en las propias posiciones, sino buscando, en los corazones de todos, los puntos de encuentro en la Verdad, a cuya única luz todos se convierten en instrumentos de crecimiento para los demás.
Desde esta perspectiva podríamos interpretar la misión que el Señor confió a Pedro y a sus sucesores, en beneficio de todo el Pueblo santo de Dios: escuchar, con su ayuda, las voces de cada uno; discernir las inspiraciones; guiar los caminos; corregir los errores; instruir, animar, exhortar y acompañar a los hermanos para que, dóciles a la acción del mismo Espíritu (cf. 1 Co 12,1-11), cooperen en la salvación unos de otros y de toda la humanidad. Pero el ejemplo de Pedro es también una invitación para que cada cristiano se convierta en artífice de la unidad, poniendo a Dios en el centro de su existencia y acercándose a los hermanos, atento a sus vicisitudes y a sus necesidades (cf. Francisco, Catequesis, 9 octubre 2024), para vivir con ellos en la caridad y así “llevar a cabo el anuncio del Evangelio” (cf. 2 Tm 4,17).
Esta es también la enseñanza de Pablo, el otro gran apóstol al que celebramos hoy, incansable anunciador de la Buena Nueva. Él también tiene sus símbolos distintivos: el libro y la espada, estrechamente unidos entre sí. El autor de la Epístola a los Hebreos, lo explica bien cuando escribe que, «la palabra de Dios es viva y eficaz, más tajante que espada de doble filo», capaz de penetrar «hasta el punto donde se dividen alma y espíritu» y de discernir «los deseos e intenciones del corazón» (Hb 4,12).
Es lo que Dios obró en el corazón del joven Saulo, conquistándolo (cf. Flp 3,12) y llevándolo primero a convertirse al Evangelio, adoptando un nuevo nombre; luego, a anunciarlo por todo el mundo; y, por último, a testimoniarlo como Pedro, en esta misma ciudad, hasta el punto de entregar su vida. El Apóstol de los gentiles se dejó transformar por el poder de la Palabra de Dios, que lo alejó de la violencia para conducirlo por el camino del amor.
San Agustín, al comentar su conversión y su misión, decía: “Cuando iba de camino a Damasco y bufaba amenazas y muerte, lo llamó la voz celeste (cf. Hch 9,1-7), lo abatió la Palabra” (cf. Sermón 299/A aum., 6). Y añadía: «Hizo predicador de la paz al perseguidor de la Iglesia, perdonó todos sus pecados, lo puso en un puesto tal, que por medio de su persona quedasen perdonados los de los otros» (ibíd.).
Queridos hermanos, hoy es importante fijarnos en estos dos santos —Pedro y Pablo— para comprender cómo podemos ser, también nosotros como ellos, apóstoles y artífices de la unidad, servidores generosos de la verdad en la caridad. Es precisamente con este espíritu con el que nos disponemos a celebrar el antiguo y evocador rito de la entrega de los palios a los arzobispos metropolitanos. Esta banda de lana blanca adornada con cruces expresa el compromiso de todo pastor —pero también el de todo cristiano— de llevar sobre sus hombros a los hermanos y hermanas que le han sido confiados, como auténticos corderos del rebaño del Señor, y de sacrificar por ellos energías, tiempo, esfuerzo e incluso la vida, para que el Evangelio llegue a todos y el mundo entero encuentre en él armonía y concordia (cf. Const. past. Gaudium et spes, 38).
Con estos sentimientos, me complazco en dirigir mi cordial saludo a los miembros de la Delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, enviada por nuestro muy querido hermano Su Santidad Bartolomé y encabezada por Su Eminencia Emmanuel, metropolitano de Calcedonia.
Roguemos a los santos Pedro y Pablo para que nos sostengan en el camino de la comunión, siguiendo las huellas del Salvador. Es el camino que Él nos ha marcado, aquello por lo que oró al Padre en la Última Cena (cf. Jn 17,21-23), la meta que nos ha enseñado a anhelar con esperanza confiada (cf. Benedicto XVI, Homilía en la Misa con imposición del palio a los nuevos metropolitanos, 29 junio 2012).
En el Domingo del Buen Pastor, el Santo Padre ordenó a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma, instándolos a ser canales de fe y no filtros. Durante su homilía, destacó la importancia de mantener las puertas abiertas de la Iglesia y acompañar a los fieles en sus realidades cotidianas con paciencia y ternura.
Renato Martínez – Ciudad del Vaticano
Ciudad del Vaticano, martes 28 abril (PR/26) — Este Domingo del Buen Pastor, con ocasión de la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Santo Padre ha ordenado diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma. En su homilía el Papa alentó a los neo-presbíteros a ¡mantener la puerta abierta! “Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro”.
“Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar”, lo dijo el Papa León XIV en su homilía en la Santa Misa que presidió en la Basílica de San Pedro, este 26 de abril, Domingo del Buen Pastor y Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, en el cual ordenó a diez nuevos presbíteros para la diócesis de Roma.
¡Este es un domingo lleno de vida!
Al iniciar su homilía, el Santo Padre dijo que, en la disponibilidad de los jóvenes que la Iglesia hoy pide que sean ordenados presbíteros constatamos mucha generosidad y entusiasmo. Y que este es un domingo lleno de vida porque al reunirnos, tan numerosos y diferentes, en torno al único Maestro, advertimos una fuerza que nos renueva.
“Es el Espíritu Santo, que une personas y vocaciones en la libertad, de modo que ninguno viva más para sí mismo. El domingo —cada domingo— nos llama a salir del “sepulcro” del aislamiento y de la cerrazón para encontrarnos en el jardín de la comunión, del que el Resucitado es el guardián”.
TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA
El sacerdocio es un ministerio de comunión
Y dirigiéndose a los candidatos al sacerdocio el Pontífice les reveló un primer secreto en la vida del sacerdote, es decir, “cuanto más profunda es su unión con Cristo, más radical es su pertenencia a la común humanidad”. Por ello, el servicio del sacerdote, al que la llamada de estos hermanos nos invita a reflexionar, es un ministerio de comunión.
“Este misterio vivo y dinámico compromete el corazón a un amor indisoluble; lo compromete y lo llena. Ciertamente, como el amor de los esposos, también el amor que inspira el celibato por el Reino de Dios debe cuidarse y renovarse siempre, porque todo afecto verdadero madura y se vuelve fecundo con el tiempo. Están llamados a un modo de amar específico, delicado y difícil y, aún más, a un modo de dejarse amar en la libertad. Un modo que podrá hacer de ustedes, no sólo buenos sacerdotes, sino también ciudadanos honestos, disponibles, constructores de paz y de amistad social”.
La realidad no debe darnos miedo
Y al comentar el Evangelio de este IV Domingo de Pascua, el Papa León destacó la referencia de Jesús a figuras y a gestos de agresión, y dijo que “hay un gran realismo en las palabras del Señor” porque conoce la crueldad del mundo en el que camina con nosotros. Con sus palabras evoca formas de agresión física, pero sobre todo espiritual. Sin embargo, esto no lo disuade de dar la vida.
“La denuncia no se vuelve renuncia, el peligro no lleva a la fuga. Este es un segundo secreto del sacerdote: la realidad no debe darnos miedo. El que nos llama es el Señor de la vida. Que el ministerio que se les confía, queridos hermanos, comunique la paz del que, aun en medio de peligros, sabe por qué se siente seguro”.
Que su seguridad no resida en el rol que desempeñan
En este sentido, el Santo Padre instó a los ordenados a que su seguridad no resida en el rol que desempeñan, sino en la vida, muerte y resurrección de Jesús, en la historia de salvación en la que participan con su pueblo. Ya que hoy, la necesidad de seguridad vuelve los ánimos agresivos, encierra a las comunidades en sí mismas, instiga a buscar enemigos y chivos expiatorios.
“Es una salvación que ya actúa en tanto bien que se hace silenciosamente, entre personas de buena voluntad, en las parroquias y en los ambientes a los que ustedes se harán cercanos, como compañeros de viaje. Lo que anuncian y celebran los protegerá también en situaciones y en tiempos difíciles”.
Reunir es siempre establecer la Iglesia
Asimismo, el Santo Padre alentó a los nuevos presbíteros a crear comunidad, allí donde serán enviados son lugares donde el Resucitado ya está presente, donde muchos ya lo han seguido de manera ejemplar. Reconocerán sus llagas, distinguirán su voz, encontrarán a quienes se lo indicarán. Son comunidades que los ayudarán también a ustedes a ser santos. Y ustedes ayúdenlas a caminar unidas en pos de Jesús, el Buen Pastor, para que sean lugares —jardines— de la vida que renace y se comunica.
“Con frecuencia, lo que les falta a las personas es un lugar donde experimentar que juntos es mejor, que juntos es hermoso, que es posible vivir juntos. Facilitar el encuentro, ayudar a reunirse con quienes de otro modo no se conocerían nunca y acercar a los contrarios está íntimamente unido a la celebración de la Eucaristía y la Reconciliación. Reunir es, siempre y nuevamente, establecer la Iglesia”.
«Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas»
Luego, el Pontífice comentó la imagen de Jesús en el Evangelio cuando se describe como el “pastor”, pero parece que quienes lo escuchan no lo entienden; entonces, cambia la metáfora: «Les aseguro que yo soy la puerta de las ovejas» (Jn 10,7).
“En Jerusalén había una puerta que se llamaba precisamente así, “la puerta de las ovejas”, cerca de la piscina de Betsaida. Por allí entraban en el templo las ovejas y los corderos, antes de ser sumergidos en el agua y luego destinados a los sacrificios. Es espontáneo pensar en el Bautismo”.
La puerta a una vida en abundancia
Y continuando con la imagen de la puerta, el Papa dijo que, el Jubileo nos ha mostrado cómo esta imagen sigue hablando al corazón de millones de personas. Durante siglos la puerta —a menudo un auténtico portal— ha invitado a cruzar el umbral de la Iglesia. En algunos casos, la fuente bautismal se construía en el exterior, como la antigua piscina probática, bajo cuyos pórticos «yacía una multitud de enfermos, ciegos, lisiados y paralíticos».
“Al iniciar a otros en la fe, reavivarán la propia fe. Junto con los otros bautizados, cruzarán cada día el umbral del Misterio, ese umbral que tiene el rostro y el nombre de Jesús. Nunca oculten esta puerta santa, no la cierren, no sean un obstáculo para el que quiere entrar. «No han entrado ustedes, y a los que quieren entrar, se lo impiden» (Lc 11,52): es el reproche amargo de Jesús a aquellos que escondieron la llave de un paso que debía ser accesible a todos”.
Algunos candidatos al sacramento de la ordenación sacerdotal (@Vatican Media)
Ustedes son un canal, no un filtro
Hoy más que nunca, indicó el Santo Padre, especialmente cuando los números parecen marcar una distancia entre las personas y la Iglesia, ¡mantengan la puerta abierta! Dejen entrar y estén listos para salir. Es otro secreto para sus vidas: ustedes son un canal, no un filtro. Muchos creen que ya saben lo que hay detrás de ese umbral.
“Llevan consigo recuerdos, quizás de un pasado lejano; a menudo hay algo vivo que no se ha apagado y que los atrae; pero otras veces hay algo más, que aún sangra y provoca rechazo. El Señor lo sabe y espera. Sean reflejo de su paciencia y de su ternura. ¡Ustedes son de todos y para todos! Que este sea el perfil fundamental de su misión: mantener libre el umbral y señalarlo, sin necesidad de muchas palabras”.
Jesús no sofoca nuestra libertad
Por otra parte, el Obispo de Roma indicó que Jesús no sofoca nuestra libertad. Y advirtió que, hay afiliaciones que sofocan, compañías donde es fácil entrar y casi imposible salir. No es así la Iglesia del Señor, no es así la compañía de sus discípulos.
“Quien es salvado, dice Jesús, ‘entra, sale y encuentra su alimento’. Todos buscamos protección, descanso y cuidado: la puerta de la Iglesia está abierta. No para desentendernos de la vida; la vida no se agota en la parroquia, en la asociación, en el movimiento ni en el grupo. Quien es salvado sale y encuentra su alimento”.
Basílica de San Pedro en la Misa de ordenación (@Vatican Media)
Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado
Finalmente, el Papa León XIV alentó a los ordenados a salir al encuentro de la cultura, de la gente, de la vida. “Admiren aquello que Dios hace crecer sin que nosotros lo hayamos sembrado. Aquellos para quienes serán sacerdotes —fieles laicos y familias, jóvenes y ancianos, niños y enfermos— habitan praderas que ustedes deben conocer. A veces les parecerá que no tienen los mapas; pero los posee el Buen Pastor, del que tienen que escuchar su voz, tan familiar.
“¡Cuántas personas hoy se sienten perdidas! A muchos les parece que ya no pueden orientarse. No hay entonces testimonio más hermoso de aquel que confía: «Él me hace descansar en verdes praderas, me conduce a las aguas tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el recto sendero, por amor de su Nombre» (Sal 23,2-3). Su nombre es Jesús, “Dios salva”. Ustedes son testigos de esto. «Tu bondad y tu gracia me acompañan a lo largo de mi vida» (v. 6)”.
La Conferencia Episcopal Argentina convocó a las comunidades a sumarse a la vigilia de oración por la paz mundial liderada por el papa León XIV este sábado 11 de abril, instando a pedir por el fin de los conflictos y la transformación del corazón humano en un contexto internacional crítico.
Buenos Aires, viernes 10 abril (PR/26) — La Conferencia Episcopal Argentina (CEA) difundió un mensaje en el que se hace eco del llamado del papa León XIV a rezar por la paz en el mundo, en el marco de la próxima vigilia convocada por el pontífice para el sábado 11 de abril en la Basílica de San Pedro.
Durante la tradicional bendición Urbi et Orbi del domingo de Pascua, el Santo Padre recordó que Cristo «atravesó la muerte para darnos vida y paz» y citó el Evangelio de san Juan: «Les dejo la paz, les doy mi paz, pero no como la da el mundo. ¡No se inquieten ni teman!».
En su mensaje, el pontífice subrayó que la paz de Jesús no se limita a la ausencia de guerra, sino que supone una transformación profunda del corazón humano.
«¡Convirtámonos a esa paz de Cristo! ¡Hagamos oír el grito de paz que brota del corazón!«, exhortó el Papa, al tiempo que invitó a los fieles de todo el mundo a unirse espiritualmente a la vigilia de oración que se celebrará en Roma.
Un pedido de sumarse a esta intención
En sintonía con este pedido, la CEA instó a las comunidades católicas del país a sumarse a esta intención. En su comunicado, pidió promover momentos de oración tanto en las celebraciones litúrgicas, así como en ámbitos comunitarios y familiares, teniendo en cuenta la gravedad de la situación internacional.
«El Santo Padre renovó su deseo de que todos los fieles puedan unirse a él en oración clamando por la paz en el mundo«, expresa el texto, que también alienta a suplicar «el fin de los conflictos y la gracia de un diálogo auténtico entre las naciones«.
El mensaje lleva la firma de monseñor Marcelo Colombo, presidente de la CEA, y de monseñor Raúl Pizarro, secretario general, quienes concluyen con un saludo fraterno y el deseo de que «la paz del Resucitado alcance al mundo entero«.
En la basílica vaticana, el Papa presidió la Misa de la Noche Santa del sábado e invitó a no tener miedo de apartar las piedras que nos encierran en nuestros sepulcros y que parecen inamovibles: la desconfianza, el miedo, el egoísmo, el rencor, la guerra, la injusticia, el aislamiento entre pueblos y naciones. «¡No dejemos que nos paralicen!», es la exhortación del Pontífice, que imparte el Bautismo y la Confirmación a diez catecúmenos
Por Antonella Palermo – Ciudad del Vaticano
Ciudad del Vaticano, domingo 5 abril (PR/26) — El sábado santo, la Vigilia Pascual, es la «madre de todas las vigilias», llena de luz, la más antigua de la tradición cristiana. Es la noche que recuerda aquella piedra que rodó del sepulcro del que resucitó Jesús. Es la noche que libera, la noche que salva, que «disipa el odio, doblega la dureza de los poderosos, promueve la concordia y la paz», como reza el preconio.
En su primera Vigilia Pascual como Papa, León XIV dirá: León XIV: Jesús ha resucitado, demos vida a un mundo nuevo, de paz y unidad
La luz se irradia progresivamente desde la oscuridad, en una basílica repleta de 6000 personas (4000 la siguen desde las pantallas de la plaza de San Pedro), la luz «que nos une en la Iglesia como lámparas para el mundo», dice el Papa en la homilía.
En el pórtico de la basílica arde el fuego en el brasero; el Papa lo bendice para que se encienda en el corazón de los fieles el deseo de unirse a Cristo, vencedor del pecado y de la muerte. Una costumbre, ya presente en culturas precristianas, que se convierte en ocasión para alabar a Dios y alimentar la fraternidad y la alegría. Según lo previsto en el rito del «lucernario», León XIV graba en el cirio una cruz, la primera y la última letra del alfabeto griego, el Alfa y el Omega, y las cifras del año en curso.
A continuación, clava en el cirio, en forma de cruz, cinco granos de incienso. Que la luz de Cristo resucitado en gloria disipe las tinieblas del corazón y del espíritu: es la invocación que se entrelaza, en lo más íntimo de los fieles, con los ecos de los conflictos y la violencia que abrasan el mundo. Junto al Pontífice, cardenales, obispos y sacerdotes se dirigen en silencio hacia el altar de la Confesión, cada uno con una vela en la mano; el templo cristiano se ilumina como de día al tercer aclamación, por parte del diácono, de Lumen Christi.
Resuena en latín el largo pregón pascual, el Exultet, el himno de gloria que saluda el triunfo de Cristo resucitado. «¡O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem!»: también en este Sábado Santo resuena ese admirable paradoja, ese cortocircuito providencial de la historia que no ha dado a la muerte la última palabra.
El Señor no abandona
¿Hay una caridad más grande? ¿Una gratuidad más total? El Resucitado es el mismo Creador del universo que, como en los albores de la historia nos dio la existencia de la nada, así también en la cruz, para mostrarnos su amor sin límites, nos ha donado la vida.
En el canto del Gloria se celebra la fiesta del pueblo de Dios. Se encienden las lámparas a los pies del altar, adornado con cientos de flores de todas las variedades y con los colores pastel de la primavera. Es el honor, la solemnidad, el signo exterior de un renacimiento que la Iglesia celebra e implora para el mundo entero. En la homilía, el Papa recapitula los pasajes de la historia de la salvación destacados en la articulada Liturgia de la Palabra. Es la peculiaridad de la larga noche de Pascua cuando se recuerda la obra de la creación divina: del caos nace el cosmos, del desorden la armonía. A la humanidad se le confía la tarea de ser sus custodios. «Y aunque, con el pecado, el hombre no haya correspondido a ese proyecto, el Señor no lo ha abandonado, sino que le ha revelado de manera aún más sorprendente, en el perdón, su rostro misericordioso».
Dios no quiere nuestra muerte
Repasar los textos sagrados esta noche (siete lecturas del Antiguo Testamento con otros tantos salmos, la Carta de San Pablo a los Romanos, el Evangelio de Mateo, capítulo 28) significa recordar que Dios «no quiere nuestra muerte», sino que somos «miembros vivos de una descendencia de salvados». Un mensaje que emerge claro desde el primer libro de las Escrituras, en el que se encuentra todo el beneplácito de Dios por su creación; en la narración de la liberación de los israelitas de la esclavitud de Egipto, cuando el mar, «lugar de muerte y obstáculo insuperable», se convirtió en «la puerta de entrada para el comienzo de una vida nueva y libre», recuerda el Papa. Isaías, Baruc y Ezequiel hablan del Señor como un esposo que llama y reúne, una fuente que sacia, agua que fecunda, luz que muestra el camino de la paz, Espíritu que transforma y renueva el corazón. Entre los Salmos, resuena el contrapunto sobre Dios que «ama la justicia y el derecho», que no abandona a sus hijos en el Hades.
El «santo misterio de esta noche», pues, hunde sus raíces también allí donde se consumó el primer fracaso de la humanidad, y se extiende a lo largo de los siglos como camino de reconciliación y de gracia.
Ningún sepulcro puede aprisionar al Dios del amor
León se detiene en la consistencia del pecado: «una barrera muy pesada que nos encierra y nos separa de Dios, tratando de hacer morir en nosotros sus Palabras de esperanza». Pero es de las mujeres que se dirigen al sepulcro, María de Magdala y la otra María, de donde surge el valor para superar todo temor, ese valor de las primeras testigos de la Resurrección al que volver hoy a mirar. Precisamente ellas, dice el Papa, no se dejaron intimidar por lo que pensaban encontrar, solo una piedra que sellaba la entrada. «Dios, ante la dureza del pecado que divide y mata, responde con el poder del amor que une y devuelve la vida», subraya el Sucesor de Pedro, e insiste: «El hombre puede matar el cuerpo, pero la vida del Dios del amor es vida eterna, que va más allá de la muerte y que ningún sepulcro puede aprisionar».
¡No nos dejemos paralizar!
Y he aquí la invitación a la misión, a llevar el anuncio de la «buena nueva de que Jesús ha resucitado y que, con su fuerza, resucitados con Él, también nosotros podemos dar vida a un mundo nuevo, de paz y de unidad».
Luego, la referencia al presente: «También en nuestros días no faltan sepulcros que abrir, y a menudo las piedras que los cierran son tan pesadas y están tan bien vigiladas que parecen inamovibles. Algunas oprimen el corazón del hombre, como la desconfianza, el miedo, el egoísmo, el rencor; otras, consecuencia de las interiores, rompen los lazos entre nosotros, como la guerra, la injusticia, el aislamiento entre pueblos y naciones. ¡No dejemos que nos paralicen!»
Bautismo y Confirmación para diez catecúmenos
A la luz del cirio pascual, las madrinas y los padrinos lo utilizan para encender las velas que se entregarán a los diez catecúmenos que han recibido el Bautismo en esta noche santa, hombres y mujeres, cinco de ellos procedentes de la diócesis de Roma, y otros de Corea, Gran Bretaña y Portugal.
El agua derramada sobre la cabeza de cada uno de ellos, luego la túnica blanca que se visten antes de recibir el signo del óleo santo, sello del Espíritu Santo. «Caminad siempre como hijos de la luz», las palabras del Obispo de Roma a estos neófitos de la Iglesia que celebran también el sacramento de la Confirmación. Son ellos quienes participan en el Ofertorio de la Eucaristía a la que acceden por primera vez.
En la oración universal, resulta especialmente conmovedora la intención por los gobernantes, sobre los que se pide al Padre que derrame «el deseo de una paz desarmada y justa». A continuación, la invocación para que se alimente en la humanidad el amor por los pobres y los marginados. La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en piedra angular, reza el Salmo 117. El pueblo está de fiesta.
El 20 de febrero, primer viernes de Cuaresma, se presentaron en la basílica de San Pedro las catorce estaciones del Vía Crucis del pintor Manuel Andreas Dürr. El suizo, de confesión protestante y de sólo 36 años, destacó el gran reto técnico y espiritual que había supuesto para él este encargo
España, lunes 2 marzo (PR/26) — En diciembre de 2023, la Santa Sede convocó un concurso internacional para la realización de un Vía Crucis de 14 estaciones destinado a ser expuesto temporalmente en la basílica de San Pedro durante la Cuaresma.
¿Una señal de la Providencia? Manuel Andreas Dürr, un pintor suizo de Biel de 36 años, trabajaba entonces en un Vía Crucis, pero en un contexto muy diferente: el de la iglesia protestante de la comunidad reformada «Jahu», una pequeña iglesia local a la que pertenece, muy orientada al ecumenismo.
Avisado y animado por un amigo, este padre de tres hijos, que se considera «bastante cercano» a la fe católica desde el punto de vista teológico, finalmente acepta presentar un proyecto, pero «sin mucha convicción», confiesa. En aquel momento, pensaba que no estaría a la altura, pero fue él quien, en diciembre de 2024, fue elegido por el Vaticano.
«Es realmente un gran honor, probablemente el punto culminante de mi carrera», asegura.
Para realizar los catorce cuadros previstos, Manuel Andreas Dürr se desplazó primero a la basílica de San Pedro en Roma.
Su primera impresión fue descubrir una «Iglesia global», formada por personas «de todas las edades, todos los continentes y todas las clases sociales». «¡Mi propia Iglesia en casa me pareció muy provinciana!», reconoce.
Los visitantes admiran el Vía Crucis del pintor Manuel Andreas Dürr
Camille Dalmas/I.MEDIA
En la inmensa basílica, el pintor explica que también tomó conciencia de la dificultad de la tarea que le esperaba. «Es el fruto de toda una historia y, por lo tanto, uno de los lugares donde es más difícil añadir algo». Nada que ver con lo que suele estar acostumbrado el artista contemporáneo, que en la mayoría de los casos se ve obligado a colgar su obra en un «cuadrado de pared blanca».
Gran admirador de la cultura italiana, decide partir del contexto artístico que le impone el lugar y se inspira en los grandes maestros de la pintura italiana.
Se inspira especialmente en Miguel Ángel, pero también en Fra Angelico, un pintor que ha aprendido a apreciar con los años y que hoy le conmueve de manera especial.
El otro gran reto para él fue también el tema del encargo. «Pintar a Jesús es realmente difícil, porque no es alguien a quien yo descubro, es una persona que miles de personas conocen, con la que incluso tienen una relación personal», asegura.
Camille Dalmas/I.MEDIA
Además, el Vía Crucis es una historia que ha influido en «todo el arte cristiano y toda la cultura europea», reconoce el suizo.
«Donde la cruz se concebía como un motivo de terror, que infundía miedo a los ciudadanos del Imperio romano, se ha convertido en algo que llevamos alrededor del cuello como símbolo de esperanza», subraya.
Desde entonces, su objetivo ha sido tratar de ofrecer un nuevo «punto de entrada» a este misterio a los peregrinos de la basílica.
Tras ocho meses pintando al óleo, seguidos de largas semanas de espera para que sus obras se secaran, finalmente entregó su obra, inaugurada el primer viernes de Cuaresma.
En la basílica, fue por primera vez a contemplar los lienzos ante los que desfilan miles de fieles. De las catorce estaciones, confiesa que su favorita es probablemente la que representa a Verónica descubriendo la huella del rostro de Cristo en el paño que le tendió. En ella vio una especie de mise en abyme («puesta en abismo») de su pintura, ya que él también trabaja sobre un lienzo de tela.
«Esto dignifica lo que el pintor intenta hacer: ofrecer un pequeño rastro de algo más profundo», afirma.