Una mirada humorística y reflexiva de Susana Tribiani sobre el desafío de volcar toda una vida de trabajo, experiencias y aprendizajes en una simple hoja de papel.
Por susana Tribiani Buenos Aires, miércoles 14 octubre (PR/26)
Hay momentos en la vida en que uno descubre que, además de haber trabajado durante años, tiene que demostrarlo por escrito.
Ese momento llega cuando alguien dice:
—Mandame el currículum.
Y uno se queda mirando la pantalla como si le hubieran pedido la declaración jurada de toda su existencia.
Porque una cosa es trabajar y otra muy distinta es explicar en una hoja quién es uno.
Ahí empieza el problema. Primero aparece el nombre. Eso es fácil.
Después el teléfono. También. El correo electrónico.
Bueno… ahí empiezan las dificultades, porque hay gente que todavía tiene una dirección creada cuando apareció Internet. Algo así como gatita2000@… o pibe_feliz…. Y después pretende presentarse para un puesto ejecutivo.
Quizás sea hora de cambiarlo. Después viene la dirección.
No hace falta poner hasta el departamento, el piso y la orientación del balcón. Con la ciudad alcanza.

Y entonces llega la parte complicada:
“Perfil profesional”.
¿Qué se supone que tiene que poner una persona ahí?
“Soy una persona responsable, trabajadora, honesta, puntual y con muchas ganas de progresar”.
Perfecto. Lo mismo que pusieron los otros trescientos candidatos.
Entonces conviene contar algo más concreto. Qué sabe hacer, qué experiencia tiene y qué puede aportar. Porque el currículum no es una confesión espiritual.
No hace falta explicar que uno es sensible, que ama a los animales y que de chico quería ser astronauta. Después viene la experiencia laboral. Y ahí sí empieza el viaje al pasado. Empresa, puesto, fechas y tareas realizadas.
Y aparece una pregunta inevitable:
—¿Pongo todos los trabajos?
Depende. Si uno tuvo quince trabajos, no hace falta contar que durante tres meses, en 1987, vendió medias en un local que ya no existe.
Salvo que esté buscando trabajo vendiendo medias. El currículum tiene que contar lo importante. Lo más reciente primero. Después lo anterior.
Y siempre tratando de explicar qué hacía uno, no solamente dónde estaba. Porque decir “trabajé en una empresa durante diez años” no dice demasiado.
En cambio:
“Coordinaba personal, atendía clientes y resolvía problemas”.
Ahí ya aparece una persona. Y hablando de problemas, sería bueno inventar una sección nueva en los currículums:
“Problemas que resolví y nadie me agradeció”.
Estoy seguro de que sería la más larga. Después vienen los estudios. Escuela, universidad, tecnicaturas, cursos. Todo lo que pueda servir. Aunque también hay que tener cuidado.
Porque uno puede haber hecho veinte cursos y no recordar absolutamente nada de ellos.
—¿Qué aprendiste en ese curso de Excel?
—Y… aprendí que Excel existe.
No alcanza. También están las habilidades. Computación, idiomas, ventas, atención al público, organización, manejo de equipos.
Y acá aparece otra costumbre argentina:
agrandarse un poquito.
“Excelente manejo de inglés.”
Después llega la entrevista y:
—Good morning.
—Good… ¿qué?
Hay que poner la verdad. El currículum no debería ser una colección de deseos. Debería ser una fotografía bastante fiel de lo que uno sabe hacer.
Y finalmente llega algo que parece menor, pero no lo es:
la presentación.
Un currículum desordenado da la sensación de que la persona también puede ser desordenada. No hace falta hacer una obra de arte. Una hoja limpia, clara, con títulos, fechas y buena letra alcanza. Y, si se puede, que no tenga cinco páginas.
Porque hay algo que conviene recordar:
El que recibe nuestro currículum probablemente tenga otros cincuenta esperando.No queremos que al llegar a la tercera página piense:
“Este hombre tiene más historia que la República Argentina”.
Lo ideal es que el currículum sea breve. Una o dos páginas. Lo suficiente para despertar interés. Porque el currículum no consigue el trabajo.
Consigue algo anterior: que nos llamen.
Y quizás ahí esté la verdadera cuestión. Uno arma el currículum pensando que está contando lo que hizo. Pero en realidad está contando lo que aprendió haciendo lo que hizo.
Porque detrás de cada trabajo hay mucho más que un cargo. Hay madrugones. Hay compañeros. Hay jefes. Hay clientes insoportables. Hay días buenos. Hay días en los que uno quería tirar todo por la ventana. Hay errores. Hay aprendizajes. Hay momentos en los que uno pensó “no puedo más” y, sin embargo, al otro día volvió. Eso no entra en un currículum.
No existe un casillero que diga:
“Capacidad demostrada para seguir adelante cuando las cosas se complicaron”.
Tampoco existe:
“Experiencia en sobrevivir a reuniones interminables”.
Ni:
“Amplia experiencia en trabajar con gente que cree que siempre tiene razón”.
Una pena. Serían habilidades muy valoradas. Por eso, quizás hacer un currículum sea también una manera de mirar hacia atrás. De descubrir que uno hizo muchas más cosas de las que recuerda. Que aprendió de trabajos que alguna vez creyó insignificantes. Y que cada empleo, cada curso, cada experiencia fue dejando algo. Al final, el currículum ocupa una hoja. Pero detrás de esa hoja hay años de vida. Y eso sí que no se puede resumir fácilmente.Aunque, por las dudas, conviene intentarlo.
Porque nunca se sabe cuándo alguien va a decir:
—Mandame el currículum.
Y ahí habrá que estar preparado. Con el CV actualizado… Con el viejo correo electrónico de gatita2000 finalmente jubilado… Y con una foto en la que uno parezca una persona que duerme ocho horas.
Porque, seamos sinceros:
el currículum puede decir quiénes somos, qué sabemos y cuánto trabajamos.
Pero hay una cosa que jamás va a poder explicar:
cómo llegamos a ser la persona que tuvo que armar ese currículum



















