Cada 6 de octubre se celebra a San Bruno de Colonia, fundador de la Orden de los Cartujos

Cada 6 de octubre se celebra a San Bruno de Colonia, fundador de la Orden de los Cartujos

Buenos Aires, martes 6 de octubre (PR/26) .- Cada 6 de octubre, la Iglesia recuerda a San Bruno de Colonia, sacerdote fundador, en 1084, de los Cartujos, orden contemplativa que se ha mantenido, de manera notable, bajo el espíritu de la sencillez y la austeridad.

La Cartuja

Ya en el siglo XVII, el sabio y piadoso Cardenal Giovanni Bona describía a los monjes cartujos de esta manera: «[Son] el gran milagro del mundo: viven en el mundo como si estuviesen fuera de él; son ángeles en la tierra, como Juan Bautista en el desierto».

Y es que estos monjes han intentado ser siempre fieles al legado de San Bruno y hacer de sus monasterios un “adelanto” de las realidades espirituales que nos esperan si amamos a Dios; un signo de su presencia en el mundo.

Baste considerar el lema de la “Cartuja” (nombre con el que se designa coloquialmente a la Orden): “Stat Crux dum volvitur orbis”, que en latín quiere decir: “La Cruz se mantiene firme mientras el mundo da vueltas».

Búsqueda espiritual

San Bruno (c. 1030 – 6 de octubre de 1101) nació en Colonia, en ese entonces parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Fue profesor de Filosofía y Teología en la Escuela de Reims (Francia), donde enseñó durante 18 años.

Allí se hizo conocido por su habilidad para la enseñanza, lo que le valió prestigio académico a esa casa de estudios. Tras su paso por Reims, asumió como el canciller de la diócesis, nombrado por el Arzobispo Manasés.

Bruno de Colonia tenía, en ese momento, todos los pergaminos para seguir una carrera eclesiástica. Sin embargo, empezó a descubrir el llamado a una vida de oración al estilo monacal.

Dejar atrás el mundo y sus vanidades

Junto a un grupo de compañeros, Bruno se estableció en la comuna normanda de Saint-Pierre-de-Chartreuse. En ese momento no se tenía la menor intención de fundar una orden religiosa. Si se llegó a eso fue por el fervor y la entrega de aquellos hombres, los que llamaron la atención del delfín de Francia y de las autoridades eclesiales. Así, la Iglesia formuló una invitación a los monjes a instituirse.

Más adelante, el conde Rogelio -hermano del famoso normando Roberto Guiscardo, Duque de Apulia y Calabria- le regaló a San Bruno el fértil valle de La Torre, en la diócesis de Squillace (Calabria, Italia). Ahí se estableció el santo con algunos otros discípulos.

Dios, en el camino, suscitó en San Bruno el deseo de una vida de estilo eremítico. Es cierto que en su itinerario espiritual se acercó a la forma cenobítica del monacato -monjes aislados del mundo pero que compartían una vida en común-; sin embargo, optó finalmente por la vida en completa soledad, de cara a Dios.

La Iglesia, en virtud a tal espíritu de desprendimiento y dedicación a Dios, considera la vida de los cartujos como paradigma del estado de contemplación y penitencia.

Vivir en el mundo como si se estuviese fuera de él

San Bruno de Colonia murió el domingo 6 de octubre de 1101. Un tiempo después, los monjes enviaron un relato sobre su muerte a las principales iglesias y monasterios de Italia, Francia, Alemania, Inglaterra e Irlanda, pues era entonces costumbre pedir oraciones por las almas de los que habían fallecido.

Ese documento, junto con los Elogia (Elogios al difunto), escritos por los 178 monjes que recibieron el relato de su muerte, es uno de los más completos y valiosos testimonios que existen y que confirman la vida ejemplar del santo.

Santo por aclamación

San Bruno no ha sido canonizado formalmente, pues los Cartujos han rehuido generalmente a las manifestaciones públicas desde siempre, incluso a las eclesiásticas. Sin embargo, en 1514, obtuvieron del Papa León X el permiso para celebrar la fiesta de su fundador. El Papa Clemente X extendió esta festividad a toda la Iglesia occidental en 1674.

El santo es particularmente popular en Calabria, y el culto que se le tributa hoy refleja en buena medida el doble aspecto, activo y contemplativo, de su vida.

Si quieres saber más sobre la vida de San Bruno de Colonia, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Bruno.

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Aciprensa
Hoy la iglesia católica celebra a San Remigio Obispo y las vísperas de San Francisco de Asís

Hoy la iglesia católica celebra a San Remigio Obispo y las vísperas de San Francisco de Asís

Cada 3 de octubre la Iglesia recuerda la vida de San Remigio, obispo célebre por lograr la conversión del rey Clodoveo y evangelizar al pueblo francés durante un fecundo episcopado de casi setenta años. Y además en las vísperas se prepara el 4 de octubre día de San Francisco de Asís

 

 

 

 

 

 

 

 

San Remigio fue el gran apóstol de los franceses, célebre por su sabiduría, su admirable santidad y sus muchos milagros. Al poco tiempo de ser ordenado sacerdote, ya era considerado como uno de los mejores oradores de su época, y cuando tenía sólo 22 años, fue elegido Obispo, cargo que desempeñó con energía y entrega a la misión por cerca de 70 años.

San Remigio de Reims fue el obispo que bautizó al rey Clodoveo I y a tres mil de sus guerreros, lo que convirtió a Francia al cristianismo.
Datos Clave de su Vida
  • Nacimiento y muerte: Nació alrededor del año 437 en Laón y murió cerca del 533 en Reims a los noventa años.

  • Obispo joven: Fue elegido Obispo de Reims a los 22 años y ocupó el cargo por cerca de 70 años.

  • Apodo: Es conocido como el «apóstol de los francos» por su gran labor de evangelización.

Por intersección y oraciones de su esposa, la Reina Clotilde, el Rey de los franceses Clodoveo se convirtío al cristianismo, y tuvo como director espiritual a San Remigio. Su elección por Cristo fue apoyado y seguido por sus súbitos quienes al saber de la conversión de su rey, decidieron abandonar la idolagría a los dioses paganos.

Fue ahí, donde San Remigio y sus sacerdotes se dedicaron con todo empeño a enseñar los principios elementales de la fe tanto al rey como a los súbitos que deseaban bautizarce. A los pocos meses, el rey y 2300 súbitos fueron bautizados en una sencilla ceremonia presidida por el santo Obispo.

San Remigio además empezó a predicar la Buena Nueva en el pueblo a fin de combatir a los herejes y paganos. También ayudó al hermano pobre y necesitado, y su solidaridad y servicio se extendió incluso por aquellos que no profesaban la religión cristiana. Dios le concedió el don de hacer curaciones y anunciar lo que iba a suceder en lo futuro.

Murió en el año 530 a la edad de 90 años

 

Mañana, San francisco de Asís

Las Primeras Vísperas de la festividad de San Francisco de Asís se celebran cada 3 de octubre al atardecer, víspera de su memoria litúrgica del 4 de octubre. Esta celebración está unida a la conmemoración del Tránsito de San Francisco, que recuerda el paso del santo de la vida terrenal a la eterna en la Porciúncula (Italia) en 1226. 

 

Primicias Rurales
Fuente: ACI / Otras
Hoy 18 de septiembre celebramos a San José de Cupertino, el santo que podía volar

Hoy 18 de septiembre celebramos a San José de Cupertino, el santo que podía volar

 

 

Buenos Aires, viernes 18 de septiembre (PR/26) .- Cada 18 de septiembre, la Iglesia celebra a un santo cuyo legado empieza con la virtud de la humildad, la confianza en la oración y la determinación: San José de Cupertino (1603-1663), en italiano, Giuseppe da Copertino, nacido Giuseppe María Desa.

¡No te canses de rezar!

“Rezar, no cansarse nunca de rezar. Que Dios no es sordo ni el Cielo es de bronce. Todo el que le pide, recibe”, decía este gran franciscano, expresando de manera inmejorable cuánto había hecho Dios en su vida gracias a su oración perseverante.

Como muestra, basta este “pequeño” detalle: José nunca fue bueno en los estudios, pero a pesar de esta dificultad, de Dios recibió las fuerzas y la luz necesarias para seguir adelante. Por eso hoy -y no por azar- se le considera patrono de los estudiantes, en especial de los que pasan por problemas académicos.

“Todo lo puedo en aquel que me fortalece» (Fil 4, 13)

Giuseppe María -José María, su nombre de pila- nació en 1603, en el pueblo de Cupertino, región de Lecce (Reino de Nápoles, hoy Italia), en el seno de una familia muy humilde.

A pesar de estos “fracasos”, José se animó a hacer un nuevo intento. Esta vez con los frailes capuchinos, quienes sí lo recibieron en calidad de hermano lego.

Sin embargo, contra lo que podía esperarse después de tanto luchar, José terminó siendo expulsado del convento al cabo de unos meses. La razón: era muy distraído, y sus superiores lo denunciaron por “ineptitud”. Sus biógrafos suelen dar cuenta de su torpeza: dejaba caer constantemente los platos que llevaba al comedor, se olvidaba los encargos asignados y parecía que siempre estaba abstraído, fuera del mundo, pensando en cualquier cosa.

Ser santo es saber ponerse de pie

San José de Cupertino, entonces, buscó refugio en casa de un familiar adinerado. Pese a la acogida inicial, este también terminaría echándolo a la calle, frustrado por sus continuos yerros. Tras esto, José dejó confirmados con creces los rumores que lo señalaban como “un bueno para nada”. Es entonces que su madre intervino y fue a rogarle a un pariente suyo, un fraile franciscano, que recibiera al muchacho como mandadero de su convento.

Esta vez, José sería aceptado como obrero: como no era bueno para los mandados fue enviado a trabajar en el establo. Y, para sorpresa de muchos, no le fue tan mal. Algo había pasado: a golpes, en su todavía corta vida, San José había quedado firmemente sujeto a la cruz, su ancla y su cimiento. A partir de entonces, el muchacho empezaría a desempeñarse cada vez mejor, mostrando incluso destreza para su noble oficio.

Eso le ganó, poco a poco, el aprecio de los religiosos del convento, quienes empezaron a considerarlo como alguien ejemplar. Sus muestras de humildad y amabilidad, adornadas de espíritu de penitencia y presencia constante de Dios merecieron una reconsideración entre los franciscanos, quienes en 1625 -cuando el santo tenía unos 22 años- lo admitieron en el convento por votación unánime.

“Vida eterna a los que perseveran en hacer el bien” (Rom 2, 6)

Al poco tiempo, los frailes mayores determinaron que José estudiase para ser sacerdote. Sin embargo, en los exámenes y evaluaciones, José parecía incapaz de salir airoso. Preso de los nervios por lo poco dotado de claridad para expresarse, la mayoría de veces se quedaba en silencio frente a sus maestros, con la mente en blanco.

Así llegó el día del inicio de las pruebas finales, y el examinador anunció que abriría la Biblia y leería un pasaje al azar para escuchar la interpretación del estudiante. José estaba aterrorizado esperando su turno.

No obstante, la Providencia quiso que el pasaje escogido para examinar a Fray José fuera el único que era capaz de explicar adecuadamente. Fue aquel del Evangelio de Lucas que hace referencia a la Madre de Dios y que rezamos en el Avemaría: “Bendito el fruto de tu vientre, Jesús”.

En la última prueba -el examen definitivo para definir quiénes serían ordenados-, el obispo a cargo de la evaluación comenzó a preguntar a los primeros frailes del grupo en el que estaba José. Como todos fueron respondieron muy bien, el prelado decidió no seguir examinando al resto porque no lo consideró necesario. San José -el siguiente de la lista de candidatos-, se libró, sin pretenderlo, de la prueba.

El que menos diría que se trató de un “golpe de suerte”, pero quizás no fue así. Pareció, más bien, que Dios quiso aligerarle el día al santo, quien había hecho todos los esfuerzos posibles para llegar bien preparado.

Patrono de los estudiantes

Por su compromiso con el estudio, y no por algún resultado brillante, este santo es considerado el patrón de los estudiantes, especialmente de aquellos que se encuentran en dificultades académicas.

El 18 de marzo de 1628, Fray José fue ordenado sacerdote, muy consciente de que no tenía cualidades especiales para predicar ni enseñar, pero sí el amor debido a la Eucaristía. Decidió también por eso, de manera especial, apuntalar su sacerdocio con penitencias y oraciones por los pecadores.

“¡Quién me diera alas como de paloma!” (Sal 55, 6)

Fue en esa ruta espiritual como San José llegó a abrazar la vida mística. Caía en éxtasis constantemente y en ocasiones sus hermanos lo vieron levitar. Incluso fue visto volando como si de un ave se tratase, yendo de un lado a otro para atender necesidades espirituales de los fieles.

En el libro de la causa de canonización de San José de Cupertino consta que fueron numerosos los testigos que presenciaron los hechos sobrenaturales mencionados. Entre estos se cuenta el del Papa Urbano VIII (p. 1623-1644) y el del príncipe protestante Juan Federico, duque de Brunswick-Luneburgo (1625-1679), quien gracias a Fray José se convirtió al catolicismo.

“Volaría y hallaría reposo” (Sal 55, 6)

San José de Cupertino partió a la Casa del Padre el 18 de septiembre de 1663. Fue beatificado en 1753 por Benedicto XIV y canonizado en 1767 por Clemente XIII.

Es el santo patrono de los viajeros de avión, de los aviadores, de los que tienen alguna discapacidad mental y de los estudiantes que rinden exámenes.

Si quieres saber más sobre este gran santo, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Jos%C3%A9_de_Cupertino.

 

 

Primicias Rurales
Fuente: Aciprensa
Hoy celebramos a San Juan Crisóstomo, patrono de los predicadores

Hoy celebramos a San Juan Crisóstomo, patrono de los predicadores

 

 

 

Buenos Aires, domingo 13 septiembre (PR/26) — Cada 13 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Juan Crisóstomo (347-407), «Boca de oro», patriarca de Constantinopla, Padre y Doctor de la Iglesia, patrono de los predican el Evangelio.

El apelativo “crisóstomo” empezó a usarse para hablar de Juan de Antioquía -nombre con el que se le conocía al santo- aproximadamente un siglo después de su muerte, como un reconocimiento a su elocuencia, a la belleza y profundidad de su predicación, y a la potencia retórica de sus escritos.

 

‘Boca de oro’

“Crisóstomo” puede traducirse como “boca de oro” (yuxtaposición de dos términos griegos: chrysós, ‘oro’, y stoma, ‘boca’). San Juan de Antioquía fue obispo (patriarca) de Constantinopla y es considerado uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. Al mismo tiempo, se le ha reconocido habitualmente como uno de los más excelsos oradores de todos los tiempos.

Pastor recto y solidario

San Juan Crisóstomo nació en Antioquía en el año 347, y se bautizó a los 23 años.

Animado por la buena reputación de Juan, Arcadio -emperador romano de Oriente- solicitó a Teófilo, Patriarca de Alejandría, que lo nombrara obispo de Constantinopla. Como pastor se dedicó a enseñar la recta doctrina, con el celo y cuidado debidos, al tiempo que criticó duramente las formas judaizantes del cristianismo, así como los lujos e indiferencia de los emperadores frente a los pobres. Se deshizo de bienes superfluos adquiridos irresponsablemente por algunos miembros de la Iglesia, y con las riquezas obtenidas atendió las necesidades de muchos postergados.

Exigió vestir con sencillez a los sacerdotes y monjes, así como comer con moderación; pidió recato a las mujeres y, a todos, piedad dentro de los templos. Asimismo, se preocupó por la formación catequética de los fieles.

 

Protector de los pobres, las mujeres y las familias

Recordaba el Papa Benedicto XVI en audiencia general del 26 de septiembre de 2007:

“Por su solicitud en favor de los pobres, San Juan fue llamado también ‘el limosnero’. Como administrador atento logró crear instituciones caritativas muy apreciadas. Su espíritu emprendedor en los diferentes campos hizo que algunos lo vieran como un peligroso rival…

… Sin embargo, como verdadero pastor, trató a todos de manera cordial y paterna. En particular, evidenció un profundo respeto a la mujer y dedicaba una atención especial al matrimonio y a la familia. Invitaba a los fieles a participar en la vida litúrgica, que hizo espléndida y atractiva con creatividad genial”.

La firme actitud de Crisóstomo y su celo pastoral le causaron roces con gente influyente e incomprensiones entre los propios cristianos. Es verdad que se hizo de enemigos poderosos -entre los que estuvo Eudoxia, esposa del emperador Arcadio-, pero fundamentalmente del cariño y el respeto del pueblo cristiano. Vivió sus últimos días en el destierro y murió el 14 de septiembre de 407.

Quienes lo acompañaron en su agonía testificaron sus últimas palabras: “Sea dada gloria a Dios por todo”.

 

Un mensaje para el sacerdote de hoy: “¡Tu servicio es el más grande!”

Dijo San Juan Crisóstomo:

“Si te encuentras en el camino con un sacerdote y un ángel, ve a besar la mano del sacerdote, ya que los ángeles, aunque quieren ser capaces de administrar el Sacramento de la Eucaristía, no pueden; ya que esto es propio sólo de seres humanos”.

Querido San Juan Crisóstomo, ¡ruega por nosotros! ¡Intercede por todos tus hijos sacerdotes!

…

Si deseas profundizar en la vida y obra de San Juan Crisóstomo, te recomendamos leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Juan_Cris%C3%B3stomo.

 

Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de María, “que nos da valentía para seguir adelante”

Hoy es la Fiesta del Santísimo Nombre de María, “que nos da valentía para seguir adelante”

Fiesta del Santísimo Nombre de María / ACI Prensa

 

 

Buenos Aires, sábado 12 septiembre (PR/26) — Cada 12 de septiembre la Iglesia Católica celebra el Santísimo Nombre de la Madre de Dios: “María”.

Su santo nombre, como nos lo recordaba el Papa Benedicto XVI en 2009, “está totalmente unido a su Hijo, a Cristo, y… nos da valentía para seguir adelante”, en un mundo que anda sumido “en las tinieblas y en los sufrimientos”. En ese mundo, el nombre de María nos mueve a la contemplación del “rostro de la Madre”.

“El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27)

Contra lo que alguno podría pensar, no se trata de un asunto trivial, en lo absoluto.

Es cierto que el nombre de María, por sus raíces etimológicas y sentido bíblico, recuerda al de Eva, la primera ‘mujer’; sin embargo, lo hace por radical contraste.

A diferencia de Eva, quien pecó apartándose de Dios y condenando a sus hijos, María fue hecha ‘Puerta del Cielo’ y mediadora de todas las gracias concedidas a la humanidad.

“María”, en consecuencia, es el nombre que evoca la obra salvadora de Dios. Por eso, quien pronuncia con amor esa sencilla palabra, “María”, sabe que en ella está referido el gran misterio del amor de Dios para con sus creaturas, los hombres.

 

 

“¡Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre!” (Lc 1, 42)

Con prodigiosa sencillez, el Espíritu Santo, a través de San Lucas, proclama tamaña verdad para gozo y veneración de todo cristiano: “El nombre de la virgen era María” (Lc. 1, 27).

 

“Ave, María…”

En el libro El secreto admirable del Santísimo Rosario, San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) relata cómo la Virgen se le apareció a Santa Matilde (896-968), llevando sobre el pecho la salutación angélica escrita en letras de oro. Luego le dijo a la santa: “El nombre de María, que significa Señora de la luz, indica que Dios me colmó de sabiduría y luz, como astros brillantes, para iluminar los cielos y la tierra”.

Desde antiguo, y a lo largo de la historia de la salvación, siempre hubo un respeto especial por la manera como una persona es “nombrada”. El nombre que identifica a una persona es considerado como algo lleno de significado, tal y como la Madre de Dios dejó en claro a Santa Matilde.

 

El nombre, imagen de la persona

 

El Catecismo de la Iglesia Católica (nn. 2158-2159) señala lo siguiente: “El nombre de todo hombre es sagrado. El nombre es la imagen de la persona. Exige respeto en señal de la dignidad del que lo lleva… El nombre recibido es un nombre de eternidad. En el reino de Dios, el carácter misterioso y único de cada persona marcada con el nombre de Dios brillará a plena luz”.

En consecuencia, si el nombre de todo hombre o mujer merece respeto, con mayor razón los cristianos estamos llamados a honrar los santos nombres de Jesús y de María.

Así lo ratificaba el Papa Emérito Benedicto XVI:

«En el calendario de la Iglesia se recuerda hoy el Nombre de María. En ella, que estaba y está totalmente unida al Hijo, a Cristo, los hombres han encontrado en las tinieblas y en los sufrimientos de este mundo el rostro de la Madre, que nos da valentía para seguir adelante…
… A menudo entrevemos sólo de lejos la gran Luz, Jesucristo, que ha vencido la muerte y el mal. Pero entonces contemplamos muy próxima la luz que se encendió cuando María dijo: «He aquí la sierva del Señor». Vemos la clara luz de la bondad que emana de ella. En la bondad con la que ella acogió y siempre sale de nuevo al encuentro de las grandes y pequeñas aspiraciones de muchos hombres, reconocemos de manera muy humana la bondad de Dios mismo. Con su bondad trae siempre de nuevo a Jesucristo, y así la gran Luz de Dios, al mundo. Él nos dio a su Madre como Madre nuestra, para que aprendamos de ella a pronunciar el «sí» que nos hace ser buenos» (Homilía del Santo Padre Benedicto XVI, Fiesta litúrgica del Dulce Nombre de María, sábado 12 de septiembre de 2009).
¡Que el nombre de María no se aparte jamás de nuestros labios, de nuestra mente y corazón!

 

El poder del nombre de María

 

  • Terror para el mal: Santos como San Bernardo y San Antonio de Padua afirmaban que los demonios huyen o caen al escuchar el nombre de María.
  • Humillación del demonio: En la teología católica, el nombre de la Virgen representa la derrota continua del mal y del orgullo.
  • Auxilio inmediato: Se recomienda invocarla con frases breves como «María, ayúdame» cada vez que aparezca una tentación.
Cómo practicar esta protección
  • Repetición constante: Decir el nombre con fe en momentos de miedo, duda o prueba difícil.

 

Oración al Santo Nombre de María

(Atribuida a San Alfonso María de Ligorio)
«¡Oh excelsa Madre de Dios y Madre mía María!
No permitas que me mueva a compasión de mí mismo, sino compadécete tú de mi alma.
Tu Nombre santísimo es la alegría de mi corazón, la defensa de mi vida y la esperanza de mi salvación. Cada vez que lo pronuncio, mi alma se llena de paz y de confianza.
Te ruego, Señora, que en todas mis necesidades, en mis dudas y, sobre todo, en los momentos de tentación y de combate espiritual, tu nombre sea el escudo que me defienda. Que nunca me canse de llamarte, porque sé que invocando tu nombre, el enemigo no puede tocarme.
Haz que el último aliento de mi vida sea la pronunciación de tu dulce nombre: ¡María! Amén.»

Jaculatorias breves de protección

Si necesitas una respuesta rápida en un momento de miedo, angustia o tentación, puedes repetir estas frases cortas (jaculatorias) a modo de escudo:
  • «¡María, sé mi salvación!»
  • «¡Dulce Corazón de María, sé la salvación del alma mía!»
  • «¡Por tu santo nombre, María, defiéndeme del enemigo!»