Durante la noche del 3 al 4 de octubre de 1226, san Francisco de Asís exhaló su último aliento en la Porciúncula. Tenía apenas 44 años.
Buenos Aires, domingo 4 octubre (PR/26) — San Francisco de Asís (1182-1226) fue un fraile italiano, nombre secular Giovanni di Pietro di Bernardone, fundador de la Orden Franciscana, que renunció a todas sus riquezas para llevar una vida de pobreza extrema, humildad y amor profundo hacia la naturaleza y los más necesitados
Desde que recibió los estigmas en el monte Alverne, en septiembre de 1224, san Francisco se convirtió en la oración hecha hombre.
Su cuerpo llevó desde entonces las marcas de Cristo crucificado, y sus últimos años son los de un hombre agotado por la enfermedad, casi ciego, pero cuya alma parece más que nunca volcada hacia Dios. Cansado y enfermo, regresa a Asís y se retira durante un tiempo a San Damián.
Es allí, casi privado de la vista, donde compone, hacia 1225, su famoso Cántico de las criaturas. En él alaba a Dios por el sol, la luna y las estrellas, por el viento, el agua, el fuego y la tierra. Cada criatura se convierte para él en un reflejo de la bondad del Creador. No contempla el mundo como una realidad separada de Dios: reconoce en todas partes su presencia y su belleza. Pero, en este gran cortejo de alabanzas, aún falta algo: la muerte.
La muerte es una oración

Francisco sufre cada vez más. Sabe que se acerca su fin. Y, sin embargo, tras una vida dedicada por completo a Cristo, va a realizar un último gesto sorprendente: convertir su propia muerte en una alabanza a Dios.
Así, añade al Cántico de las criaturas una última estrofa, dedicada a aquella a la que ahora llama «nuestra hermana, la muerte corporal». Y cuando llega el momento de morir, pone en práctica lo que había cantado.
Aquella noche del 3 al 4 de octubre de 1226, en la Porciúncula, sabe que su hora está cerca. Entonces, como para celebrar una última liturgia, pide que lo acuesten «desnudo sobre la tierra desnuda».
No quiere morir en la riqueza. No quiere morir rodeado de signos de poder. Quiere morir pobre, tal y como había elegido vivir años antes, a la edad de veinticuatro años, cuando respondió a la llamada de Cristo en la cruz despojándose de sus ropas y renunciando a la herencia y a los bienes de su padre.
Hasta su último aliento, Francisco quiere permanecer fiel a Cristo y seguir a «la Señora Pobreza». A su alrededor se reúnen sus hermanos. Pide que canten. Su muerte no será un silencio, sino una oración. Los hermanos entonan el salmo 141, mientras Francisco, tendido sobre la tierra desnuda, se prepara para dar el último paso:
«¡A voz en grito clamo al Señor! ¡A voz en grito suplico al Señor!
Derramo ante él mi queja; ante él expongo mi angustia.
Cuando me falta el aliento, tú conoces mi camino. En el sendero por el que avanzo, me han tendido una trampa.
Mira a mi alrededor y observa: ¡no hay nadie que me conozca! Para mí ya no hay refugio: ¡nadie piensa en mí!
¡He clamado a ti, Señor! He dicho: ‘Tú eres mi refugio, mi parte, en la tierra de los vivos'».
Presta atención a mis súplicas: estoy reducido a la nada; líbrame de los que me persiguen: son más fuertes que yo.
Sácame de la prisión en la que me encuentro, para que dé gracias a tu nombre. A mi alrededor, los justos formarán un círculo por el bien que me has hecho.

EL último suspiro dedicado a Dios
Entre lágrimas, uno de los hermanos se acerca a él y le pide perdón. Los demás lo imitan y Francisco perdona a cada uno, mientras los bendice. Aquel que había emprendido su camino evangélico en soledad no muere solo: a su alrededor se encuentra esa fraternidad que él quiso que fuera pobre, alegre y orientada hacia Cristo.
Entonces vuelve el canto. Los hermanos entonan su Cántico de las criaturas. Y cuando llega la última estrofa, Francisco oye cantar las palabras que tanto le dicen en ese instante:
«Alabado seas, Señor mío, por nuestra hermana la muerte corporal, de la que ningún hombre vivo puede escapar. ¡Ay de aquellos que mueren en pecado mortal! ¡Dichosos aquellos a quienes ella sorprenda en tu santísima voluntad, pues la segunda muerte no podrá hacerles daño!»
Ya no intenta huir de aquella a quien llamaba su hermana. La acoge, escucha el Evangelio del lavatorio de los pies, proclamado ante él: Cristo de rodillas ante sus discípulos, el Maestro convertido en siervo. Le cubren de cenizas, en señal de penitencia. Siguen llegando visitantes. Algunos aún quieren ver al santo. Otros vienen simplemente a estar a su lado.
En la pequeña cabaña de la Porciúncula, se acerca la hora de la despedida. En un último suspiro convertido en oración, Francisco entrega su alma en manos de Dios. Abandona este mundo a los 44 años, rodeado de sus hermanos, pero fiel hasta el final a esa pobreza que nunca dejó de amar.
Claves para comprender a San Francisco de Asís
El fraile capuchino Víctor Herrero impartió una conferencia sobre San Francisco de Asís en la que aportó 9 claves para comprender mejor su vida y obra en el marco de su jubileo. La conferencia tuvo lugar en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de la Universidad Complutense de Madrid (España), en el marco de los los actos de inauguración del curso y de celebración de su patrón, el pobre de Asís.
El evento se enmarca además en el jubileo por los 800 años de su muerte, el 3 de octubre de 1226.
1. Un hombre de transformaciones profundas
Más allá de la historiografía y la biografía cronológica del santo italiano, el capuchino destacó que se trata de “un hombre de transformaciones profundas”. En concreto, destacó que “la clave de Sol de la biografía de Francisco” se encuentra en que pasó de concebir la vida “como un derecho y, por lo tanto, como una conquista” a asumirla “como un don”.
2. Educado en el arribismo y la competición
El padre de San Francisco, comerciante textil, puso en su hijo todas las expectativas para que se convirtiera en un hombre importante. Desde esa premisa, “Francisco nace, crece y es educado bajo esa perspectiva de arribismo y de competición” en la que “para ser yo alguien tengo que hacer que tú no seas más que yo”. No fue mal encaminado hacia ese objetivo, pues fue nombrado “rey de la juventud de Asís”, algo así como “la celebrity más votada”, explicó el fraile capuchino.
Al estallar la guerra entre Asís y Perugia, el joven Francisco fue a combatir, “a matar y que no lo maten” y cayó preso, situación que se alargó durante un año, hasta que se negoció su rescate. En ese tiempo, el que había sido educado para el éxito se ve “reducido a la nada: Un cautivo, un enfermo, uno más entre las carnes mugrientas que están allí, esperando que los suyos paguen su liberación”, dijo. A pesar de que “hay un gran silencio sobre qué pasa en el corazón de Francisco ese año”, se puede deducir que estamos ante “un niño bien reducido a vivir sin salud y sin higiene; un hombre lanzado al mundo encerrado en cuatro paredes”.
4. Una crisis existencial y un doble encuentro fundamental
De ahí nace una gran “crisis existencial” que le lleva a vivir como vagabundo, extramuros de la ciudad, con un doble encuentro con los pobres y con Dios. Primero, “imantado por el rostro de los pobres, de los leprosos, de los marginados, de los descartados del mundo y de la historia, de aquellos que no son nada ni nadie”.
Y, en segundo lugar, al descubrir el crucifijo tirado por los suelos en la ermita de San Damián, “se encuentra con un Cristo tan pobre como los pobres que viven fuera de la ciudad, tan destruido como las vidas de esas personas. Un Cristo distinto, un Cristo inerme, un Cristo sin poder”, precisó Fray Víctor Herrero.
Este doble encuentro fue “fundamental para la transformación interna de Francisco”.
5. La vocación de convertirse en “pobre y hermano”
Adentrándose cada vez más de forma paulatina en esta senda, Francisco de Asís descubrió la vocación de convertirse en “pobre y hermano”. Al principio se trata de una aventura solitaria en la que vive como “una especie de vagabundo que yerra de pueblo en pueblo, de aldea en aldea, mendigando y ofreciendo sus servicios manuales y hablando torpemente del Evangelio de Jesús”, señaló.
Después, se convierte en una “aventura fraterna” cuando se le unen algunos pocos viejos amigos de su juventud, junto a los que se dirige a Roma para pedir permiso al Papa para que apruebe su forma de vida, una cuestión que, en tiempos de herejías y sectas, preocupada mucho al santo.
“Quiere ser miembro de la Iglesia, no quiere ser una Iglesia paralela, no quiere fundar una Iglesia de puros ni de limpios, porque eso tiene bien claro Francisco que no lo es”, dijo el fraile.
6. La complicación por el éxito
Así, Francisco y sus amigos inician su vida pobre y fraterna bendecida por la Iglesia con una sencilla regla: “Vivir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo”, señaló. Sin embargo, esto no será suficiente muy pronto, por el gran éxito que experimenta la nueva orden, que se extiende por Europa y el norte de África muy rápido.
Ya no son 5, ni 50, sino 20.000. Y un grupo humano de ese tamaño no se gobierna con una frase evangélica, pues surge una gran pregunta: “¿Es realmente posible vivir la radicalidad evangélica que Francisco quiere vivir?”, apuntó.
Así, tuvo que desarrollarse una regla más extensa y concreta.
7. El pobre que poseyó un monte
Para comprender el modo en que San Francisco entendía la pobreza, Fray Víctor Herrero animó a contemplar cómo aceptó la donación del monte Alvernia por parte del Conde Orlando, sin entrar en contradicción.
“Francisco ha comprendido que luchar por poseer algo es el origen de todos los problemas que suceden en el mundo”. Sin embargo, «poseer un monte es bello cuando no le pones cercas, sigue siendo la casa de los conejos y de los ciervos, de los jabalíes y de los gamos, y cuando cualquiera puede entrar”. En resumen, “poseer lo que nunca se posee. Recibir como propio lo que ya es propio”.
8. Fraternidad: Cristo nos convierte a todos en hermanos
“Francisco comprendió que la humanidad no es un asunto biológico”, al menos no sólo, sino, sobre todo, “un asunto espiritual” porque “podemos vivir biológicamente como seres humanos, pero vivir realmente como depredadores de los humanos”.
Para el santo de Asís, la fraternidad no es algo que se pueda elegir, porque “sin unidad no hay humanidad”, de tal forma que «si no se activa, se anquilosa, se degrada”, dijo el fraile.
Además, la fraternidad “no solamente es una aceptación, sino una gozosa celebración” de la diferencia y, al mismo tiempo, “no es una idealización, sino “la única luz que permite descubrir en el otro la posibilidad que el otro tiene de ser realmente el otro”, lo que exige, añadió, “un optimismo antropológico invencible”.
9. “Todo amando todo”: universalidad sin politeísmo
Otro rasgo de la espiritualidad franciscana es el de la universalidad, expresada de forma sublime en su poesía, como en el Cántico Espiritual, donde llama hermano, hermana, a todas las criaturas donde está “todo amando todo, todo llamando infinitamente al encuentro con todo”, explicó Fray Víctor quien alertó: “Aquí no hay politeísmo ni cosas raras. Es Francisco que, mirando a Dios, al único Dios, descubre a Dios entregándose en todo lo que existe, trascendiendo lo que existe, pero celebrando lo que existe”.
Esto refleja «una profunda y muy vivida comprensión de que Cristo, de que Cristo, con su vida de Hijo, nos convierte a todos y a todo, con todo en hermanos”.
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Fuente: Aleteia / ACI Prensa



















