A sus 24 años, Isaure recorre los senderos sola pero acompañada por la espiritualidad, descubriendo en el esfuerzo físico, el asombro y la vulnerabilidad una profunda conexión personal con Dios.
Buenos Aires, lunes 26 octubre (PR/26)– Isaure tiene 24 años, estudia psicología en Bruselas y lleva la pasión por las alturas grabada a fuego en su propia identidad.
Aunque su vida estuvo marcada por constantes viajes internacionales debido al trabajo de su padre, el llamado de las cumbres siempre terminó atrayéndola.
Ese profundo amor lo heredó de su madre, oriunda de la cordillera de los Pirineos en Europa, y de las vivencias en el chalet de sus abuelos.

Allí pasaba veranos inolvidables rodeada de naturaleza durante su infancia, hasta que a los 15 años recibió una noticia desgarradora: la venta del chalet familiar.
Con el paso del tiempo, la necesidad interior de regresar a las montañas se volvió cada vez más intensa e impostergable para su vida.
Durante una experiencia educativa Erasmus en Polonia, las majestuosas cordilleras del sur captaron por completo su atención y despertaron en ella un impulso definitivo de aventura.
Dios como compañero silencioso e inseparable en el camino
Emprender la travesía en soledad fue la decisión tomada, aunque en realidad nunca caminó sola por las pendientes, ya que la presencia divina siempre la acompaña.
Las Sagradas Escrituras mencionan frecuentemente la montaña, pero son los pasajes donde Jesús se acerca con dulzura los que conmueven profundamente su corazón.
Siente un apoyo especial al recordar la escena de los discípulos de Emaús, imaginando un sendero iluminado y sencillo donde Dios camina a su lado.

Esa imagen contrasta notablemente con la dura exigencia del senderismo de alta montaña, lo cual le produce una risa genuina al reflexionar sobre su experiencia.
En su cartera conserva siempre la oración a Pier Giorgio Frassati junto a la figura de Juan Pablo II, encomendándoles su seguridad antes de cada ascenso.
De este modo, las caminatas permitieron que su fe personal reavivara con renovada fuerza, volviendo ambos aspectos totalmente inseparables en su rutina diaria.
La fragilidad humana y las lecciones de las rutas de la vida
El silencio, la oración constante y la sensación de proximidad con lo sagrado constituyen la verdadera esencia espiritual de cada una de sus jornadas al aire libre.
A esta vivencia interior se suma una experiencia física intensa, donde la superación personal y la exigencia del cuerpo juegan un papel fundamental.
Ascender por pendientes empinadas le ha enseñado a reconocer su propia vulnerabilidad humana y a comprender los límites físicos que todos poseemos.
Comprendió que el ser humano depende del descanso adecuado, de la comida y del peso de la mochila, demostrando que no somos seres todopoderosos.
Esa toma de conciencia la impulsa a pedir ayuda y a confiarse plenamente a Dios cuando se encuentra aislada en medio de la inmensidad.
Para ella, los senderos montañosos simbolizan perfectamente las rutas de la vida, llenas de emociones diversas y momentos donde hay que soltar el control.
Adoptar la filosofía de dejarse llevar implica dar un salto de fe con la convicción de que asumir riesgos nos transforma profundamente.
Asombro ante la majestad de la naturaleza e interioridad
Al comenzar la mañana, le agrada iniciar la marcha muy temprano para contemplar cómo la luz ilumina lo que define como una catedral de roca.
Frente a panoramas de deslumbrante hermosura, suele cuestionarse por qué se le concede admirar semejante esplendor natural de manera tan desinteresada.
Son paisajes inmensos que sobrepasan la capacidad de asimilación inmediata, desafiando el entendimiento y sobrecogiendo el espíritu del caminante.
Allí radica el verdadero sentido de la aventura: transformar los esfuerzos, dudas y silencios en un verdadero camino interior hacia la trascendencia.



















