San Antonio María Claret y Clará, célebre obispo y fundador de los Misioneros Claretianos, dedicó su existencia entera al anuncio del Evangelio. Su intensa trayectoria abarcó la predicación en España y Cuba, la renovación cultural desde El Escorial y la difusión masiva de la lectura espiritual.

 

 

 

Buenos Aires, sábado 24 octubre (PR/26) — Infancia, vocación e inmersión en la industria textil. Antonio Claret nació en la localidad barcelonesa de Sallent el 23 de diciembre de 1807, siendo el quinto de once hijos del matrimonio integrado por Juan Claret y Josefa Clará.

Tras ser bautizado el día de Navidad, las complicaciones de salud de su madre hicieron que fuera puesto al cuidado de una nodriza en Santa María de Oló. Durante una noche en que permaneció en la casa paterna, la vivienda de la nodriza colapsó y provocó la muerte de todos sus ocupantes, un hecho trágico que el futuro santo siempre interpretó como una señal providencial de salvación.

La infancia del pequeño Antonio transcurrió entre el constante sonido de los telares de madera de su padre, demostrando desde temprana edad una inteligencia despejada y una honda piedad. A los cinco años, el niño se impactaba profundamente al reflexionar durante la noche sobre la eternidad y las penas eternas, un pensamiento recurrente que más tarde, al convertirse en arzobispo, señalaría como el motor principal de su inagotable celo por la conversión de los pecadores.

Durante los años transcurridos entre 1808 y 1814, el ambiente cotidiano estuvo marcado por el paso constante de las tropas napoleónicas y la efervescencia de la Guerra de la Independencia Española, en la cual incluso el clero local participó activamente. A la par del contexto social y la promulgación de la Constitución de 1812, Antonio crecía cultivando una devoción especial hacia la Eucaristía y la Santísima Virgen, rezando el rosario diariamente y frecuentando la ermita de Fusimaña junto a su hermana Rosa.

Durante su adolescencia trabajó activamente en el taller textil de su progenitor, alcanzando un notable dominio de la disciplina antes de trasladarse a Barcelona para perfeccionarse en la Escuela de Artes y Oficios de la Lonja. Su constancia y talento le permitieron superar en belleza la calidad de las telas extranjeras, motivando a un grupo de empresarios a proponerle la fundación de una compañía propia financiada en su totalidad.

A pesar de la atractiva propuesta económica, Antonio rechazó el ofrecimiento tras reflexionar sobre la fugacidad de los bienes terrenales y verse sacudido por diversos eventos providenciales, entre ellos el haber salvado su vida milagrosamente al ser arrastrado por una gran ola marina. Profundamente impactado por la pasaje evangélico que cuestiona el valor de ganar el mundo si se pierde el alma, decidió abandonar la industria textil, consultar a los oratorianos de San Felipe Neri y encaminarse decididamente hacia el sacerdocio, ingresando al seminario con 21 años de edad.

Formación sacerdotal, vida misionera y la fundación en Vic

En el seminario de Vic, Antonio se formó como estudiante externo mientras trabajaba como fámulo del mayordomo del palacio episcopal, destacándose por su piedad, aplicación y su amistad con Jaime Balmes. Aunque intentó en dos ocasiones ingresar a la cartuja de Montealegre, diversos imprevistos como una violenta tormenta de verano le hicieron comprender que la voluntad divina no estaba en el claustro contemplativo.

Durante una fuerte enfermedad superó una dura tentación contra la pureza mediante una visión de la Virgen María, quien le prometió una corona celestial si triunfaba sobre las imágenes obsesivas.

El 13 de junio de 1835, a la edad de 27 años, recibió la ordenación sacerdotal de manos del obispo de Solsona, Fray Juan José de Tejada, celebrando su primera misa en Sallent el 21 de junio. Su primer destino parroquial coincidió con el recrudecimiento de las guerras carlistas en España, la supresión de institutos religiosos y la quema de conventos impulsada por sectores anticlericales. Frente al clima de hostilidad y desorden político, demostró una caridad inagotable con sus feligreses, aunque la estrechez de la parroquia no bastaba para satisfacer sus ansias de evangeliación universal.

Impulsado por el deseo de predicar el Evangelio a los infieles, viajó a pie y sin recursos económicos hacia Roma en septiembre de 1839 para ponerse a disposición de Propaganda Fide. Tras realizar los ejercicios espirituales e ingresar temporalmente como novicio en la Compañía de Jesús, una aguda dolencia en su pierna derecha le indicó que su verdadero destino misionero se encontraba en España, abandonando el noviciado por recomendación del P. Roothaan.

Al regresar a su patria fue destinado temporalmente a Viladrau, provincia de Gerona, donde ejerció como regente parroquial e incluso debió desempeñarse como médico ante la carencia de profesionales de salud en los alrededores.

En julio de 1841 obtuvo de Roma el título formal de Misionero Apostólico, iniciando un período de incansables recorridos a pie por los pueblos y ciudades de la geografía catalana. Sus predicaciones abarrotaron las catedrales de Solsona, Gerona, Tarragona, Lérida y Barcelona, logrando innumerables conversiones acompañadas por hechos prodigiosos, discernimiento de conciencias y superación de calumnias.

Paralelamente a las misiones populares y la formación espiritual brindada a religiosas como Santa Joaquina Vedruna, impulsó activamente el apostolado de la prensa publicando obras de inmensa difusión como el Camino Recto en 1843. En 1847 cofundó la Librería Religiosa junto a José Caixal y Antonio Palau, creó la Archicofradía del Corazón de María y organizó la Hermandad del Santísimo e Inmaculado Corazón de María para la difusión del libro católico.

Imposibilitado de continuar las misiones en Cataluña debido a la rebelión armada de 1847, se trasladó en 1848 a las Islas Canarias junto al obispo Buenaventura Codina, predicando intensamente durante 15 meses en Gran Canaria y Lanzarote. Tras su regreso a la península, el 16 de julio de 1849 fundó en una celda del seminario de Vic la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María junto a cinco sacerdotes cofundadores.

Acción pastoral en la archidiócesis de Santiago de Cuba

A pesar de su reciente fundación congregacional, el 4 de octubre de 1849 fue nombrado Arzobispo de Santiago de Cuba, siendo consagrado en la catedral de Vic el 6 de octubre de 1850 bajo el lema episcopal Charitas Christi urget nos. Durante los seis años que permaneció al frente de la diócesis antillana, desplegó una insuperable actividad misionera combatiendo incansablemente el racismo, la injusticia social y los abusos cometidos contra los trabajadores de las haciendas.

Con un marcado sentido práctico e inventivo, impulsó instituciones religiosas y sociales en todas las parroquias, promovió la creación de escuelas técnicas y agrícolas, y estableció las Cajas de Ahorros por toda la isla. Realizó cuatro visitas pastorales completas a la diócesis viajando a pie o a caballo, al tiempo que cofundó junto a la Madre Antonia París la Congregación de Religiosas de María Inmaculada en agosto de 1855.

En una aprición la Santísima Virgen le puso el Niño Jesús en brazos

Su compromiso con la justicia y la dignidad humana provocó la hostilidad de poderosos enemigos, la cual culminó en un grave atentado sufrido en Holguín, donde resultó seriamente herido en la cara por un sicario a sueldo. A pesar de las lesiones sufridas, solicitó el perdón para su agresor y continuó su labor eclesiástica hasta que el 18 de marzo de 1857 un despacho urgente le ordenó regresar a la península por disposición de la corona.

Labor en la corte de Madrid, El Escorial y apostolado editorial

 

De regreso en Madrid, aceptó desempeñarse como confesor de la Reina Isabel II bajo la estricta condición de no residir en palacio, mantenerse al margen de la política partidaria y conservar plena libertad para la predicación. Durante los once años transcurridos en la corte mantuvo un ritmo incesante de misiones populares, dirección espiritual a santas de la época como Santa Micaela del Santísimo Sacramento y recorridos itinerantes por las provincias españolas.

Entre 1859 y 1868 asumió la Presidencia del Real Monasterio de El Escorial, logrando una notable restauración material del edificio, sus jardines, altares y laboratorios, al tiempo que generaba un importante superávit económico. En el plano educativo fundó en el recinto una Universidad eclesiástica con estudios avanzados de humanidades, ciencias naturales, teología, patrística y lenguas orientales como el caldeo, hebreo y árabe.

Convencido del poder de la imprenta para el bien de las almas, redactó unas 96 obras propias y distribuyó de manera gratuita millones de ejemplares de libros, opúsculos y hojas sueltas. En 1858 fundó la Academia de San Miguel para agrupar a intelectuales, artistas y periodistas en el apostolado católico, impulsando además el establecimiento de más de un centenar de bibliotecas populares tanto en España como en Cuba.

En el plano de la vida interior, experimentó elevados estados místicos y la gracia extraordinaria de la conservación de las especies sacramentales en su pecho de manera continua desde el 26 de agosto de 1861. Asimismo, debió soportar una feroz campaña de difamación pública que buscaba desacreditar su labor pastoral mediante calumnias políticas y personales.

Su permanente oposición al reconocimiento oficial del Reino de Italia y la consiguiente incautación de los Estados Pontificios lo llevaron a alejarse temporalmente de la corte en 1865 para trasladarse a Roma, regresando posteriormente a Madrid únicamente por mandato expreso del Papa Pío IX.

El exilio en Francia, la participación conciliar y la gloria de los altares

El estallido de la revolución de septiembre de 1868 provocó el destronamiento de Isabel II y el inmediato exilio de la familia real y su confesor hacia territorio francés. Tras separarse definitivamente de la reina en marzo de 1869, viajó a Roma para participar activamente como Padre del Concilio Vaticano I, donde defendió con ardor la definición del dogma de la infalibilidad pontificia.

Con la salud severamente quebrantada y perseguido incluso en el exilio, debió abandonar la comunidad claretiana de Prades para refugiarse en el monasterio cisterciense de Fontfroide, cerca de Narbona. En dicho recinto cenobítico, tras sufrir un derrame cerebral y recibir los últimos sacramentos, entregó su alma a Dios la mañana del 24 de octubre de 1870, a los 62 años de edad.

Sus restos mortales fueron trasladados a la ciudad de Vic en 1897, siendo beatificado por el Papa Pío XI el 25 de febrero de 1934 y proclamado Santo por el Papa Pío XII el 7 de mayo de 1950.

Oración a Jesucristo
Haz, Señor, que ardamos en caridad
y encendamos un fuego de amor por donde pasemos;
qué deseemos eficazmente
y procuremos por todos los medios
contagiar a todos de tu amor.
Qué nada ni nadie nos arredre, Señor.
Qué nos gocemos en las privaciones.
Qué abordemos los trabajos,
qué abracemos los sacrificios.
Qué nos complazcamos en las calumnias
y alegremos en los tormentos.
Señor, qué no pensemos sino como seguir e imitar a Jesucristo
en trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria tuya y la salvación de las almas. Amén
(Escrita por S. Antonio Mª Claret)

 

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Fuente: Catholic . Net