En una ocasión, unos delincuentes comenzaron a esparcir una serie de calumnias en contra de Narciso, el anciano obispo de Jerusalén. Aunque nadie les creyó, este decidió abandonar la sede y permanecer oculto en el desierto por varios años, ya que no soportaba la situación.
Durante una vigilia pascual, faltó aceite para las lámparas y los diáconos mostraron gran preocupación. Narciso los calmó y les ordenó que le trajeran agua. Luego de rezar sobre el líquido, este se transformó en aceite, de manera milagrosa.
Estos son de los pocos episodios conocidos de quien asumió como obispo de Jerusalén cuando tenía unos 70 años. Durante su ministerio fue testigo de los cambios que el cristianismo producía en la ciudad, en especial, cuando la población pasó de judía a gentil (no estaba sujeta a las leyes hebreas) durante el gobierno del emperador Adriano.
Narciso había nacido alrededor del año 100 y casi todo lo que se sabe de él proviene del testimonio de Eusebio de Cesarea.
Este afirma también que el obispo era férreo defensor de la postura del papa Víctor para que el día del Señor fuera celebrado el domingo, tal como ocurría en Alejandría.
Mientras la sede de Jerusalén estuvo vacante, debido al abandono realizado por Narciso, asumieron como obispos Germanión y Gordio. Pero, en algún momento, Narciso volvió a la ciudad y fue electo nuevamente como obispo.
Para entonces, ya era muy anciano. Entonces, de manera providencial, Alejandro viajó desde Capadocia para ayudarlo en Jerusalén. De esta manera, habría sido el primer obispo coadjutor de la historia. A la muerte de Narciso, quien habría vivido 116 años, Alejandro ocupó su lugar en la sede.