Lejos de nacer como un ritual pagano, Halloween surgió con un sentido profundamente cristiano que con los siglos se desdibujó entre disfraces, mercadotecnia y símbolos de consumo masivo.
Por: Vicente Jara | Fuente: R.I.E.S. (Red Iberoamerican de Estudio de las Sectas)
Buenos Aires, sábado 31 octubre (PR/26)– La celebración cristiana de Todos los Santos, de donde deriva la palabra Halloween, es una festividad con una extensa tradición que comenzó a consolidarse formalmente hacia el siglo octavo.
Sin embargo, hoy en día esta fecha incorpora múltiples elementos que en nada remiten a su auténtica raíz, adoptando aspectos paganos y ligados estrechamente a los muertos y lo monstruoso.
Por esta razón, diversas posturas consideran inadecuado alentar o participar activamente en estas festividades modernas, al entenderlas como un culto desligado y contrario al verdadero y único Dios, Señor de la creación y de los vivos y muertos.
Una raíz histórica nacida en la fe
Al analizar si esta conmemoración posee un trasfondo antiguo borrado por la Iglesia, la historia demuestra exactamente lo contrario. La fiesta fue cristiana en su origen y la palabra apareció documentada hacia el año 1556 como una variante escocesa.
El término proviene directamente de All-Hallows-Evening, es decir, la víspera o noche anterior a la jornada dedicada por completo a la memoria de Todos los Santos dentro de la tradición eclesial.
Frecuentemente las corrientes de pensamiento neopaganas intentan vincular este festejo con la antigua celebración gaélico-celta conocida como Samhain, cuyos registros documentales escritos más tempranos recién figuran hacia el siglo X.

Aquellas costumbres tribales se orientaban estrictamente según las fases de los movimientos lunares, mientras que el calendario litúrgico adoptado universalmente por la Iglesia sigue el modelo solar proveniente del Imperio romano.
De este modo, tanto el clásico calendario juliano como el posterior calendario gregoriano instaurado desde 1582 terminaron de fijar las fechas festivas que rigen hasta la actualidad en gran parte del mundo.
Si se calculara la festividad según la tradición celta de Samhain, la cita debería ubicarse en la luna llena posterior al punto medio entre el equinoccio de otoño y el solsticio invernal.

Al realizar dicho cálculo astronómico para un periodo determinado, la conmemoración lunar caería a finales del mes de noviembre y no a comienzos, lo que evidencia una marcada inconsistencia en el discurso neopagano.
Por consiguiente, los grupos que pretenden reivindicar esos cultos antiguos utilizan erróneamente una fecha solar fija como el 1 de noviembre, la cual pertenece legítimamente al patrimonio y a la historia de la religión cristiana.
La evolución del calendario sagrado
Tampoco existen evidencias de un origen romano vinculado a festejos de la diosa Pomona o del dios etrusco Vertumnus, desmintiendo así las teorías de una asimilación pagana directa en Roma.
La génesis formal ocurrió hacia el año 609 d.C., cuando el papa Bonifacio IV consagró el antiguo Panteón romano como templo cristiano dedicado a la Virgen María y a todos los Mártires.
En aquel primer período histórico del siglo VII, la jornada festiva se conmemoraba cada 13 de mayo, fecha en que la Iglesia buscaba orientar y cristianizar la antigua festividad romana conocida como Lemuria.
Testimonios escritos por san Efrén el Sirio en el siglo IV confirman que en las comunidades orientales ya se tributaba homenaje a Todos los Mártires durante ese mismo día de mayo o tras Pentecostés.

Más adelante, fue el papa Gregorio III en el siglo VIII quien trasladó definitivamente la solemnidad al 1 de noviembre, ampliando el homenaje a los apóstoles, confesores y santos.
Ese cambio coincidió con la dedicación de un oratorio especial dentro de la Basílica de San Pedro, mientras en las islas británicas e Irlanda ya se observaban fechas similares durante la primavera o el otoño.
Finalmente, la extensión universal de la fiesta a todo el Sacro Imperio se formalizó en 835 mediante una solicitud del papa Gregorio IV al rey-emperador Luis el Piadoso.
El impacto social y la vivencia actual
En la actualidad, la transformación cultural de Halloween la ha convertido en un fenómeno donde convergen aspectos de magia, simbolismos sobre la oscuridad y peticiones de protección ante temores a lo desconocido.
Al adoptar esta perspectiva, las corrientes neopaganas sitúan al ser humano en una posición de dependencia respecto de las fuerzas de la naturaleza, alejándose de la revelación de Dios Providencia.
Frente a estas tendencias, la doctrina cristiana enfatiza que Jesucristo representa la luz verdadera que disipa los temores ancestrales e ilumina de forma plena la existencia y la dignidad del hombre.
No obstante, resulta evidente que la inmensa mayoría de la población participa de estas actividades impulsada por la presión social, la televisión y las agresivas campañas de marketing.
Es fundamental tomar conciencia reflexiva sobre cada una de nuestras acciones, recordando que incluso los momentos de ocio y esparcimiento deben orientarse a la gloria de Dios.
En el caso de los niños, su participación suele responder a la inocente simpatía de disfrazarse y compartir en el entorno escolar, por lo que no existe en ellos responsabilidad moral ni culpa.
La responsabilidad recae de forma directa en los adultos y padres, quienes deben evaluar si ciertas temáticas cargadas de horror, sangre o simbolismo gore resultan formativas para sus hijos.
Como advertía lúcidamente el cardenal Joseph Ratzinger en 1985, la liberación de los miedos demoníacos traída por el cristianismo puede verse amenazada si la luz redentora se apaga en la sociedad secularizada.
Sin esa mirada de fe, el progreso técnico no impide que reaparezcan antiguas fuerzas oscuras y formas de desesperación que terminan desorientando la cultura contemporánea y el verdadero sentido de la vida humana.
Primicias Rurales
Fuente: es.catholic.net



















