Hoy 22 de septiembre se conmemora a los 233 mártires de la guerra civil española

Hoy 22 de septiembre se conmemora a los 233 mártires de la guerra civil española

 

Buenos Aires, martes 22 de septiembre (PR/26) .- Cada 22 de septiembre la Iglesia recuerda al grupo de 233 mártires de la guerra civil española (1936-1939) que fueron beatificados por el Papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001.

Ellos son conocidos como ‘el grupo de los 233 mártires españoles’ o ‘los mártires de Valencia’. A veces se les designa también como el grupo de ‘José Aparicio Sanz y sus 232 compañeros mártires’.

El Padre Sanz y los 232

Durante la ceremonia de beatificación, San Juan Pablo II recordó la figura de José Aparicio Sanz, sacerdote diocesano originario de Valencia, puesto a la cabeza de la lista de los nuevos beatos:

“Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros mártires).

Llama la atención hasta hoy el número abultado de beatificaciones celebradas en una misma ceremonia -sin precedentes hasta ese momento-, así como la heterogeneidad o diversidad del grupo de mártires -algo que fue resaltado por el Sumo Pontífice en ese momento-. Ambos aspectos resultan conmovedores: los mártires estaban unidos por la fe y el amor a Jesús y a los hermanos, lejos de cualquier tipo de compromiso ideológico y muy cerca del corazón de la Iglesia que sufre persecución.

Unidad en la diversidad

“… Treinta y ocho sacerdotes de la Archidiócesis de Valencia, junto con un numeroso grupo de hombres y mujeres de la Acción Católica también de Valencia; dieciocho dominicos y dos sacerdotes de la Archidiócesis de Zaragoza; cuatro Frailes Menores Franciscanos y seis Frailes Menores Franciscanos Conventuales; trece Frailes Menores Capuchinos, con cuatro Religiosas Capuchinas y una Agustina Descalza; once Jesuitas con un joven laico; treinta y dos Salesianos y dos Hijas de María Auxiliadora; diecinueve Terciarios Capuchinos con una cooperadora laica; un sacerdote dehoniano; el Capellán de Colegio La Salle de la Bonanova, de Barcelona, con cinco Hermanos de las Escuelas Cristianas; veinticuatro Carmelitas de la Caridad; una Religiosa Servita; seis Religiosas Escolapias con dos cooperadoras laicas provenientes éstas últimas del Uruguay y primeras beatas de ese País latinoamericano; dos Hermanitas de los Ancianos Desamparados; tres Terciarias Capuchinas de Nuestra Señora de los Dolores; una Misionera Claretiana; y, en fin, el joven Francisco Castelló i Aleu, de la Acción Católica de Lleida” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Madre coraje: María Teresa Ferragud

Vale la pena resaltar -tal y como lo hizo San Juan Pablo II- algunos de los conmovedores relatos testimoniales mencionados el día de la beatificación de los 233. El primero de ellos fue el de María Teresa Ferragud, anciana que fue arrestada junto a sus cuatro hijas, todas religiosas contemplativas. Las cinco fueron condenadas a muerte. María Teresa tenía ochenta y tres años en ese momento.

El 25 de octubre de 1936, fiesta de Cristo Rey, María Teresa, consciente del destino que les  esperaba, pidió estar al lado de sus hijas y ser la última en ser ejecutada. Aquella madre quería acompañar a sus hijas, una a una, mientras entregaban la vida, y, de esa manera, poder alentarlas hasta el instante final, para que el temor a morir no doblegue su fe.

Los verdugos, tras presenciar lo que aquella madre había hecho, sólo atinaron a exclamar: «Esta es una verdadera santa».

Jóvenes valientes y auténticos

Otra historia a la que se refirió el Santo Padre es la de Francisco Alacreu, joven “de veintidós años, químico de profesión, y miembro de la Acción Católica, que consciente de la gravedad del momento no quiso esconderse, sino ofrecer su juventud en sacrificio de amor a Dios y a los hermanos, dejándonos tres cartas, ejemplo de fortaleza, generosidad, serenidad y alegría, escritas, instantes antes de morir, a sus hermanas, a su director espiritual y a quien fuera su novia” (Homilía de la ceremonia de beatificación de los Siervos de Dios José Aparicio Sanz y 232 compañeros).

Finalmente, está la historia del recién ordenado sacerdote Germán Gozalbo, de veintitrés años, fusilado sólo “dos meses después de haber celebrado su primera Misa” (ob. cit., 2).

América Latina, ecos y presencia: Cuba y Uruguay

Entre los 233 estuvo el Beato José Calasanz Marqués, quien fuera misionero salesiano en Cuba. Nació en España el 23 de noviembre de 1872 y conoció a San Juan Bosco en la visita que éste hizo a Barcelona en 1886. En ese momento José estaba como interno en la Casa Salesiana de Sarriá. Realizó su profesión a los 18 años, y cinco años después, en la Navidad de 1895, celebraría allí su primera Misa.

Calasanz fue secretario del Beato Felipe Rinaldi durante diez años y trabajó como director de un colegio. En 1916 fue enviado a dirigir la recién iniciada obra salesiana en Camagüey (Cuba). Luego fue nombrado Provincial de la Inspectoría Peruana-Boliviana, y en 1925 pasó a ser superior de su Inspectoría de procedencia en Tarragona, que incluía las de Barcelona y Valencia en España. Sería en esta última región donde recibiría las palmas del martirio.

Cabe resaltar que entre los 233 mártires están las dos primeras beatas uruguayas, tal y como se mencionó anteriormente. Ellas fueron dos laicas, Dolores y Consuelo Aguiar-Mella Díaz, hermanas nacidas en Montevideo (Uruguay) en 1897 y 1898, respectivamente; y que, a pesar de no ser ciudadanas españolas, por su fervor religioso, expresado libremente (una de ellas vivía en casa de las religiosas escolapias) terminaron asesinadas en Madrid, el 19 de septiembre de 1936. En su momento, la diplomacia uruguaya las buscó para darles protección, pero los milicianos se adelantaron a las gestiones.

La muerte de las hermanas Aguiar-Mella Díaz ocasionó la ruptura de relaciones diplomáticas entre Uruguay y España.

Esperanza de la Iglesia

Indudablemente, estos beatos dieron “testimonio de serenidad y esperanza cristiana”. Para nosotros, ellos constituyen motivo de aliento y confirmación de nuestra fe. Aquellos  hombres y mujeres amaron de manera extraordinaria, aun cuando fueron víctimas del “odio a la fe” -presente también en nuestros días-. Ellos son prueba fehaciente de que el amor y el perdón no son solo posibles, sino muy reales.

Junto a los 233 debe recordarse a todos los mártires de la Iglesia: a los conocidos y a los anónimos, a los de ayer y, sin duda, también a los de hoy.

 

 

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Fuente: Aciprensa
“Mi madre y mis hermanos son éstos”

“Mi madre y mis hermanos son éstos”

Lecturas del día con fragmentos de Proverbios y el Evangelio de San Lucas, acompañadas por una profunda reflexión del papa Francisco sobre cómo acoger, escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios en la vida cotidiana.

Lectura del Día

Lectura del libro de los Proverbios

Proverbios 21, 1-6. 10-13

Como agua de riego
es el corazón del rey en manos del Señor:
él lo dirige a donde quiere.
Al hombre le parece bueno todo lo que hace,
pero el Señor es quien juzga las intenciones.

Proceder con rectitud y con justicia
es más grato al Señor que los sacrificios.
Tras los ojos altaneros hay un corazón arrogante;
la maldad del pecador brilla en su mirada.

Los proyectos del diligente conducen a la abundancia,
en cambio el perezoso no sale de la pobreza.
Los tesoros ganados con mentira
se deshacen como el humo y llevan a la muerte.

El malvado busca siempre el mal
y nunca se apiada de su prójimo.
Cuando se castiga al arrogante, el sencillo aprende;
cuando se amonesta al sabio, crece su ciencia.

El Señor observa el proceder de los malvados
y acaba por precipitarlos en la desgracia.
Quien cierra los oídos a las súplicas del pobre
clamará también, pero nadie le responderá.

Lectura del santo evangelio según san Lucas 8, 19-21

 

En aquel tiempo, vinieron a ver a Jesús su madre y sus hermanos, pero con el gentío no lograban llegar hasta él.

Entonces lo avisaron:
«Tu madre y tus hermanos están fuera y quieren verte».

Él respondió diciéndoles:
«Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

 

Palabra del Señor

 

 

Las palabras de los Papas

«Jesús seguía hablando a la gente» y amándola, hasta tal punto que define a «esa multitud inmensa “mi madre y mis hermanos”». Los familiares de Jesús son, pues, «los que escuchan la palabra de Dios» y «la ponen en práctica».

Estas son las dos condiciones para seguir a Jesús: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Esta es la vida cristiana, nada más. Así de simple. (…) Y esto se produce «cada vez que abrimos el Evangelio y leemos un pasaje y nos preguntamos: “¿Dios me habla con esto, me dice algo a mí? Y si me dice algo, ¿qué me dice?”».

Esto significa «escuchar la palabra de Dios, escucharla con los oídos y escucharla con el corazón, abrir el corazón a la palabra de Dios». Al contrario, «los enemigos de Jesús escuchaban la palabra de Jesús, pero estaban cerca de Él para encontrar un error, para hacerlo tropezar» y hacerle perder «autoridad.

Pero no se preguntaban nunca: “¿Qué me dice Dios a mí con esta palabra?”». «Dios no sólo habla a todos, sino también a cada uno de nosotros. El Evangelio se escribió para cada uno de nosotros. (…) El Señor «siembra siempre su palabra», y a cambio «pide solamente un corazón abierto para escucharla y buena voluntad para ponerla en práctica. Por eso, entonces, que la oración de hoy sea la del salmo: “Guíame, Señor, por la senda de tus mandatos”, es decir, por la senda de tu palabra, para que aprenda con tu guía a ponerla en práctica».

(Francisco – Homilía Santa Marta, 23 de septiembre de 2014)

 

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Fuente: Vatican News
Hoy 21 de septiembre celebramos la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista

Hoy 21 de septiembre celebramos la fiesta de San Mateo, apóstol y evangelista

Buenos Aires lunes 21 de septiembre (PR/26) .- Cada 21 de septiembre la Iglesia Católica celebra a San Mateo, apóstol y evangelista. San Mateo vivió en Cafarnaún, a orillas del lago de Galilea, y fue elegido por Jesús para integrar el grupo de los doce.

Considerado un personaje corrupto y abusivo por sus coetáneos, su corazón encontró en Jesús la libertad que anhelaba su alma. Al lado del Señor conoció el camino de la redención que lo llevó de la condición de ‘pecador público’ a ‘hombre justo’, según la Ley de Dios, es decir, el mandato del Amor.

Leví, el recaudador de impuestos

Mateo fue hijo de Alfeo y llevó el nombre ‘Leví’ antes de su conversión, según lo atestiguan San Marcos y San Lucas en sus respectivas narraciones del Evangelio. Leví ejerció el oficio de ‘publicano’, es decir, se desempeñó como recaudador de impuestos.

Los publicanos solían ser personajes acaudalados, pero, al mismo tiempo, objetos del repudio general: primero, porque los impuestos que recaudaban eran considerados excesivos e injustos por los judíos (el caudal mayor iba a manos de los romanos invasores); y, segundo, porque a través de su oficio se enriquecían a costa de la miseria de su propio pueblo.

Ambas razones eran motivo más que suficiente para que fuesen considerados “pecadores públicos” y personajes corruptos según la Ley de Israel.

Mateo, el apóstol

No obstante, nada de lo que acaba de ser mencionado pareció importarle mucho a Jesús, quien, un día mientras caminaba, vio a Mateo sentado cobrando el impuesto, se le acercó y le dijo: “Sígueme”. Al escuchar el llamado del Maestro, sin titubeos, Mateo se levantó y lo siguió (cfr. Mt 9, 9ss). Este significativo episodio aparece relatado también en los otros dos evangelios sinópticos (Mc 2, 14ss; Lc 5, 27ss).

La tradición, por su parte, sugiere que fue Cristo quien le cambió de nombre de ‘Leví’ a ‘Mateo’, que quiere decir “don de Dios”. Siempre aparece en el grupo de los doce. En su propio relato se incluye en la lista de los apóstoles (ver: Mt 10, 2-3); y después de poner su nombre, ensaya una descripción de sí mismo: “Mateo, el recaudador de impuestos” y “el publicano”.

Testigo de Cristo

Después de la Ascensión del Señor a los cielos, Mateo permaneció predicando en Judea, aunque también lo hizo en tierras cercanas de Oriente. Se cree que su evangelio fue escrito en arameo, probablemente entre los años 80 y 90 d.C. Más tarde sería traducido al griego.

En los primeros años de la Iglesia primitiva, el apóstol estuvo en contacto con la comunidad cristiana de Judea, y, en consecuencia, tuvo que lidiar con los conflictos entre los judios que querían seguir a Jesus y aquellos que, por el contrario, se aferraban a la Ley antigua. Es por eso que su evangelio está articulado consistentemente por aseveraciones en torno a por qué Cristo es el Mesías esperado.

Patronazgo

San Mateo es considerado patrono de quienes trabajan en la banca, de los contadores, de las instituciones financieras y de los financistas. También lo es de los que recaudan impuestos y de los servidores públicos. Es patrono de algunas ciudades, como es el caso de Salerno, en Italia.

Se le suele representar con un libro en las manos, haciendo cuentas. Su símbolo es la figura de un hombre alado.

Si deseas conocer más sobre San Mateo, te recomendamos leer el siguiente artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Mateo.

Más información:

 

 

 

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Fuente: Aciprensa
“Ven y sígueme”

“Ven y sígueme”

¿Dónde me coloco yo? ¿Soy de los que desprecian sintiéndose mejor que otros o me percibo necesitado de perdón y acogida? ¿Miro a los demás por encima del hombro porque no comparten mi fe o doy gracias a Dios por el don de la fe que Él me ha concedido?

Lectura del santo evangelio según san Mateo 9, 9-13

 

En aquel tiempo, al pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».

Él se levantó y lo siguió.

Y estando en la casa, sentado en la mesa, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaban con Jesús y sus discípulos.

Los fariseos, al verlo, preguntaron a los discípulos:
«¿Cómo es que vuestro maestro come con publicanos y pecadores?».

Jesús lo oyó y dijo:
«No tienen necesidad de médico los sanos, sino los enfermos. Andad, aprended lo que significa «Misericordia quiero y no sacrificio»: que no he venido a llamar a justos, sino a los pecadores».

Palabra del Señor

Hoy celebramos a San Andrés  Kim y compañeros, mártires de Corea

Hoy celebramos a San Andrés Kim y compañeros, mártires de Corea

La Iglesia celebra hoy a San Andrés Kim Taegon y sus compañeros, recordando el testimonio de fe y entrega del primer sacerdote mártir de Corea.

Imagen: San Andrés Kim y compañeros mártires, 20 de septiembre / ACI Prensa

 

 

 

 

San Andrés Kim y compañeros mártires

Buenos Aires, domingo 20 septiembre (PR/26) — Cada 20 de septiembre la Iglesia celebra a San Andrés Kim, primer sacerdote católico coreano, martirizado a causa de la fe en 1846.

 

 

 

Signo de contradicción

San Andrés Kim Taegon nació en Solmoe (hoy Corea del Sur) en 1821, en el seno de una familia yangban; esto es, perteneciente a la nobleza y, por lo tanto, parte de la clase gobernante del país.

De pequeño, Andrés fue víctima de la intolerancia. Junto a sus padres tuvo que trasladarse a Kolbaemasil (provincia de Gyeonggi), en el intento de huir de la persecución que los grandes señores del país habían organizado contra los cristianos, nacionales y extranjeros. La sociedad coreana era en su gran mayoría confucionista, y marcadamente enemiga de todo tipo de influencia foránea, especialmente la que ejercía la Iglesia Católica.

Heredero de un mártir

El padre de Andrés, San Ignacio Kim, era un converso al catolicismo que hizo de su familia y su hogar una “pequeña iglesia”. En esta, otros cristianos pudieron encontrar apoyo y refugio espiritual. San Ignacio Kim moriría mártir en 1839, víctima del odio contra los católicos.

En 1845 Andrés se traslada a Shanghai, en China continental, donde fue ordenado por el obispo Jean Joseph Ferréol, de origen francés, convirtiéndose en el primer sacerdote originario de Corea.

 

Misionero en su propia tierra

Como sacerdote regresó a Corea con la finalidad de facilitar el ingreso de más misioneros a su país, donde había sido prohibida toda forma de inmigración extranjera. A pesar de las amenazas, el Padre Kim se dedicó a anunciar a Cristo, predicando y bautizando a los conversos, muchos de ellos tocados por su testimonio de caridad.

Kim fue arrestado al tratar de hacer ingresar a la península coreana a un grupo de misioneros franceses provenientes de China. Después de pasar varios meses en prisión, fue condenado a muerte y finalmente ejecutado en 1846. El santo murió decapitado junto con otros mártires.

De acuerdo a las palabras recogidas en el libro Construyendo puentes: ¿Hay esperanza para Corea del Norte? de Alton, David y Chidley, Rob (2013), Kim alcanzó a decir antes de morir:

“Es por él que yo muero. Mi vida inmortal está en su punto inicial. Conviértanse al cristianismo si desean la felicidad…”.

 

Andrés Kim, modelo para los cristianos de Asia

 

San Andrés tenía solo 25 años cuando se le aplicó la pena de muerte. Fue canonizado por el Papa San Juan Pablo II el 6 de mayo de 1984 junto a otros 102 mártires de Corea, entre los que también estuvo San Pablo Chong Hasang (1795-1839). La ceremonia de canonización se llevó a cabo durante la visita del Papa polaco a Corea del Sur.

San Andrés junto al numeroso grupo de mártires coreanos constituyen hoy por hoy no solo modelos de virtud y santidad, también son símbolos de la unidad entre las dos Coreas (antaño una sola nación), la del norte, cuya Iglesia sufre las imposiciones del control estatal, y la del sur, que trabaja por extenderse y fortalecerse.

 

 

Fuente: ACI Prensa
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La generosidad que desafía la lógica: cuando el amor de Dios supera cualquier mérito humano

La generosidad que desafía la lógica: cuando el amor de Dios supera cualquier mérito humano

Las lecturas y la parábola de los jornaleros invitan a repensar la justicia divina, donde la gracia y la necesidad pesan más que los cálculos humanos.

 

 

Primera lectura

Lectura del libro de Isaías

Isaίas 55, 6-9

Busquen al Señor mientras lo pueden encontrar,
invóquenlo mientras está cerca;
que el malvado abandone su camino,
y el criminal sus planes;
que regrese al Señor, y él tendrá piedad;
a nuestro Dios, que es rico en perdón.

Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes,
sus caminos no son mis caminos, dice el Señor.
Porque así como aventajan los cielos a la tierra,
así aventajan mis caminos a los de ustedes
y mis pensamientos a sus pensamientos».

Segunda lectura

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses

Filipenses 1, 20-24. 27

Hermanos: Ya sea por mi vida, ya sea por mi muerte, Cristo será glorificado en mí. Porque para mí, la vida es Cristo, y la muerte, una ganancia. Pero si el continuar viviendo en este mundo me permite trabajar todavía con fruto, no sabría yo qué elegir.

Me hacen fuerza ambas cosas: por una parte, el deseo de morir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor; y por la otra, el de permanecer en vida, porque esto es necesario para el bien de ustedes. Por lo que a ustedes toca, lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.

Evangelio del Día

Lectura del santo evangelio según san Mateo

Mateo 20, 1-16

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos esta parábola: «El Reino de los cielos es semejante a un propietario que, al amanecer, salió a contratar trabajadores para su viña. Después de quedar con ellos en pagarles un denario por día, los mandó a su viña. Salió otra vez a media mañana, vio a unos que estaban ociosos en la plaza y les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo que sea justo’. Salió de nuevo a medio día y a media tarde e hizo lo mismo.

Por último, salió también al caer la tarde y encontró todavía a otros que estaban en la plaza y les dijo: ‘¿Por qué han estado aquí todo el día sin trabajar?’ Ellos le respondieron: ‘Porque nadie nos ha contratado’. Él les dijo: ‘Vayan también ustedes a mi viña’.

Al atardecer, el dueño de la viña dijo a su administrador: ‘Llama a los trabajadores y págales su jornal, comenzando por los últimos hasta que llegues a los primeros’. Se acercaron, pues, los que habían llegado al caer la tarde y recibieron un denario cada uno.

Cuando les llegó su turno a los primeros, creyeron que recibirían más; pero también ellos recibieron un denario cada uno. Al recibirlo, comenzaron a reclamarle al propietario, diciéndole: ‘Esos que llegaron al último sólo trabajaron una hora, y sin embargo, les pagas lo mismo que a nosotros, que soportamos el peso del día y del calor’.

Pero él respondió a uno de ellos: ‘Amigo, yo no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no quedamos en que te pagaría un denario? Toma, pues, lo tuyo y vete. Yo quiero darle al que llegó al último lo mismo que a ti. ¿Qué no puedo hacer con lo mío lo que yo quiero? ¿O vas a tenerme rencor porque yo soy bueno?’

De igual manera, los últimos serán los primeros, y los primeros, los últimos».

 

 

Las palabras de los Papas

Los jornaleros que se habían quedado en la plaza del mercado probablemente habían perdido toda esperanza. Ese día había sido en vano. Pero alguien siguió creyendo en ellos.

¿Qué sentido tiene contratar trabajadores solo para la última hora de la jornada laboral? ¿Qué sentido tiene ir a trabajar solo por una hora? Sin embargo, incluso cuando nos parece que podemos hacer poco en la vida, siempre vale la pena.

Siempre existe la posibilidad de encontrar un sentido, porque Dios ama nuestra vida.  Y aquí es donde se ve la originalidad de este amo, al final del día, a la hora de pagar. (…) Para el dueño de la viña, es decir, para Dios, es justo que cada uno tenga lo necesario para vivir.

Él ha llamado personalmente a los trabajadores, conoce su dignidad y, en función de ella, quiere pagarles. Y da a todos un denario. El relato dice que los trabajadores de la primera hora se sienten decepcionados: no logran ver la belleza del gesto del amo, que no ha sido injusto, sino simplemente generoso; que no ha mirado solo el mérito, sino también la necesidad.

Dios quiere dar a todos su Reino, es decir, la vida plena, eterna y feliz. Y así hace Jesús con nosotros: no establece un ranking, sino se dona enteramente a quien le abre su corazón.

(León XIV – Audiencia general, 4 de junio de 2025)

 

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Fuente: Vatican News