María Emilia Bravo bajó 4907 metros en Alaska y lideró la campaña que halló en el mar Argentino una medusa fantasma gigante, un arrecife enorme y 28 presuntas especies.
Buenos Aires domingo 4 octubre (PR/26)– El océano cubre el 70% del planeta, tiene una superficie de unos 360 millones de kilómetros cuadrados y alberga más vida que cualquier otro lugar de la Tierra.
Sin embargo, apenas conocemos una pequeña porción de él, y por eso el trabajo de exploradoras como la argentina María Emilia Bravo resulta fundamental.
Bravo es bióloga marina e investigadora científica del IGeBA (CONICET) y de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Buenos Aires (FCEN-UBA).

Fue pionera en los primeros descubrimientos de ecosistemas quimiosintéticos del mar argentino y es una incansable exploradora del fondo marino, con trabajos clave para entender los misterios del océano profundo.
Doce horas y casi 5000 metros bajo el agua
En 2024, en el marco del proyecto científico Methanosphere, Bravo se sumergió 4907 metros durante 12 horas frente a Alaska. Para dimensionar la hazaña: el cachalote, considerado uno de los mejores buceadores del reino animal, puede alcanzar profundidades de unos 2000 metros.
Lo hizo a bordo de Alvin, un sumergible tripulado que también exploró los restos del Titanic, acompañada por otro investigador y un piloto. El objetivo era estudiar ecosistemas quimiosintéticos en uno de los rincones más remotos y desconocidos del planeta.
Entre diciembre de 2025 y enero de 2026 llegó su siguiente gran desafío: liderar la expedición “Vida en los Extremos”. La campaña recorrió el mar Argentino a bordo del buque Falkor (too) y permitió ver, en vivo y por streaming, ecosistemas quimiosintéticos del talud continental argentino.

La misión fue fruto de una colaboración entre el Schmidt Ocean Institute y la FCEN-UBA.
Según informó el equipo científico, documentó una rara medusa fantasma de aguas profundas del tamaño de un autobús escolar, el arrecife de coral de Bathelia candida más grande conocido en el océano mundial y 28 presuntas nuevas especies.
El arrecife, además, tiene un tamaño cercano al de la Ciudad del Vaticano. Un hallazgo que, como veremos más adelante, ayuda a entender mejor cómo se distribuyen estos ecosistemas y por qué es tan importante cuidarlos.
Un océano que casi no conocemos
Hasta junio de 2025, solo se había cartografiado el 27,3% del fondo marino global con tecnología moderna de alta resolución, según la Oficina de Exploración e Investigación Oceánica de la NOAA, de Estados Unidos.
La propia NASA asegura que existen mejores mapas de la superficie lunar que del fondo oceánico terrestre.
“Dado que más del 90% del océano es profundo, es decir, tiene más de 200 metros de profundidad, una gran parte de él aún queda por explorar”, reconoce la NOAA. Hasta ahora, los exploradores han visto menos del 0,001% del fondo marino profundo.

Si a eso se suma que las mujeres siguen infrarrepresentadas en la ciencia, el trabajo de Bravo gana todavía más relevancia.
Según la ONU, en 2022 solo el 31,1% de los investigadores eran mujeres y, de acuerdo con la Unesco, apenas 1 de cada 10 líderes en STEM es mujer.
Por eso, National Geographic conversó con la científica para conocer su historia, su experiencia estudiando el océano y la manera en que su investigación contribuye al conocimiento de las profundidades marinas.
Vida sin luz solar: qué son los ecosistemas quimiosintéticos
Bravo explica que los ecosistemas quimiosintéticos son ambientes en los que las formas de vida obtienen energía de una manera alternativa a la energía solar. Se nutren sobre todo de compuestos químicos que salen del fondo marino y que son metabolizados por microorganismos.
Esos microorganismos pueden ser de vida libre o simbiontes, es decir, organismos que mantienen interacciones estrechas y, a menudo, prolongadas con otras especies.
Es una fuente de alimento esencial en el mar profundo, donde la energía que baja desde la superficie a través de la fotosíntesis puede ser muy escasa.
Este tipo de alimentación también existe en ambientes costeros, aunque reciben menos atención.
La razón, cuenta la investigadora, es que en la zona costera la cantidad de alimento disponible por fotosíntesis suele ser tan alta que los animales dominantes de la comunidad dependen de ella y no de la quimiosíntesis.
¿Qué la atrajo de estos espacios? Para Bravo son ambientes muy complejos, donde la vida depende de muchísimos factores.
Le interesa saber por qué ciertas especies están ahí y otras no, cómo viven, cómo toleran esas condiciones y cómo responden a la creciente presión ambiental que ejercemos los humanos.
Le preocupa, sobre todo, identificar dónde están estos ecosistemas y cómo los cambios ambientales pueden afectarlos. Su meta es comunicar esa información a quienes toman decisiones para ayudar a conservarlos.
En el laboratorio principal del Falkor (too), la científica jefa trabajó junto al estudiante de Biología Lisandro Scarrone, de la UBA, sobre una muestra biológica. Desde la sala de control de la misión, además, dirigió las inmersiones del vehículo operado remotamente ROV SuBastian.
Una inmersión que parecía irreal
Sobre su descenso en Alaska, Bravo cuenta que representaba la posibilidad de ver con sus propios ojos ese mundo fascinante y casi surreal, de estar en persona en ambientes que estudia desde hace muchos años. Pudo observar el mar profundo desde adentro.
Estuvo entre especies quimiosintéticas y otras de mar profundo que hasta ese momento solo había visto en papers, y las vio en su estado natural. “Fue alucinante”, recuerda, y admite que todavía se sorprende al pensar que fue algo real.
El proyecto, llamado Metanósfera, buscaba entender el rol del gas metano en la biodiversidad y en las funciones ecológicas de los ecosistemas.

El enfoque fue interdisciplinario: se rastreó buena parte del recorrido del metano desde su ingreso al ambiente marino y sus efectos, integrando aspectos químicos, alimentarios y simbióticos.
En síntesis, la misión abarcó desde la escala microscópica, donde se observa cómo los microorganismos transfieren la energía de esos gases al animal que los hospeda, hasta la biodiversidad de toda la comunidad.
Llegar al fondo, explica la científica, es un desafío tecnológico que se viene superando desde hace años con sumergibles capaces de tolerar presiones aplastantes. Permiten operar viendo directamente los objetivos de investigación y elegir dónde tomar las muestras.
En esa campaña ayudó que ya existieran investigaciones previas, por lo que se sabía, al menos a gran escala, cuáles eran los sitios de mayor interés.
Además, se usaron vehículos submarinos automatizados, los AUV, que siguen una ruta delimitada y vuelven al buque con información obtenida por sensores e imágenes.
Gracias a ellos se mapeó rápidamente una extensa superficie de estos hábitats en alta resolución, lo que permitió encontrar más filtraciones de metano en un área muy amplia.
El estudio, liderado por la profesora Lisa Levin, reveló ecosistemas quimiosintéticos con distintas configuraciones de biodiversidad a escala de paisaje. El tipo de animales y sus asociaciones cambiaban según la profundidad, la cantidad de gas que emanaba, el tipo de fondo y la cantidad de oxígeno.

También quedó en evidencia una enorme complejidad de interacciones entre animales, metano y microorganismos a escalas menores, que todavía se investigan. Bravo colaboró dentro del grupo de ecología y del Scripps Institution of Oceanography, y sigue trabajando con esos hallazgos.
Los tesoros del mar profundo argentino
Para Bravo, uno de los grandes valores de “Vida en los Extremos” es haber mostrado la heterogeneidad de paisajes del mar profundo argentino, que tiene una gran diversidad de ambientes y de formas de vida.
Según los lineamientos globales, muchos de estos ecosistemas se consideran ecosistemas marinos vulnerables. El equipo priorizó los quimiosintéticos y los arrecifes de corales de agua fría, que cumplen un rol muy importante en la preservación de la biodiversidad y de las funciones ecológicas del fondo marino.
También se trabajó de manera multidisciplinaria para avanzar en un estudio de base sobre cómo son estos ecosistemas y cómo interactúan las formas de vida con las características ambientales. La idea es informar a quienes deciden sobre el uso de estos ambientes.
Se investigaron áreas desde los 500 metros hasta los 4200 metros en la zona más septentrional.
Se considera mar profundo a partir de los 200 metros, y el equipo buscó abarcar ese rango y compararlo a lo largo de un gradiente latitudinal, en línea con estándares internacionales.
Sobre el arrecife del tamaño del Vaticano, los hallazgos de diciembre y enero permitieron ver cómo se forma esta estructura calcárea. En esos arrecifes aparecieron varias especies de peces, y entenderlas mejor ayuda a planificar el uso de estos ambientes para no alterarlos.
Una de las actividades que más los puede dañar es la pesca de arrastre. Sus redes generan un “efecto de arado” que hace perder la tridimensionalidad del arrecife y, con ella, su rol ecológico como sostén de otras especies.
Los científicos comprobaron además que no se trata de un arrecife continuo: se asocia a ciertos lugares del fondo y a determinadas características de las masas de agua. Conocer esas preferencias ayuda a predecir su distribución con más precisión en el mar profundo argentino.
Otro dato clave: el sistema de arrecifes se extiende hasta 600 kilómetros más al sur de lo que se había documentado antes.
Los corales de aguas profundas son de crecimiento lento y longevos, y suelen clasificarse como ecosistemas marinos vulnerables por su alta biodiversidad y su amenaza ante actividades como la pesca de arrastre.
Entre las imágenes más llamativas de la expedición, los pilotos del ROV filmaron a 250 metros una Stygiomedusa gigantea, la medusa fantasma gigante, con peces juveniles (Centrolophus niger) nadando alrededor de su campana.
Esa campana puede medir hasta 1 metro de diámetro y sus cuatro brazos, hasta 10 metros de largo.
Carece de tentáculos urticantes, pero usa sus brazos para atrapar presas como plancton y peces pequeños.
También se registraron estrellas de mar rojas y rosadas (Gorgonocephalus chilensis) posadas sobre corales duros blancos, principalmente Bathelia candida y Solenosmilia sp., que se alimentan capturando partículas y pequeños organismos del agua.
Las mujeres que abrieron camino
Una de las mayores es Lisa Levin, bióloga criada en Los Ángeles y profesora emérita del Instituto Scripps de Oceanografía, UC San Diego, a quien describe como un ejemplo de dedicación y determinación en la construcción de una carrera científica.
Admira también su esfuerzo por generar comunidad y ayudar a otras mujeres a tener voz, no solo en foros científicos sino también en espacios de discusión de políticas ambientales.
Levin luchó incansablemente para incluir el mar profundo en las agendas internacionales de conservación y de cambio climático.
Bravo destaca además a todas las mujeres que trabajan en la ciencia del mar Argentino.
Sin ellas, dice, muchas de las oportunidades de las generaciones más jóvenes no existirían: enfrentaron realidades mucho más difíciles, en las que subir a un buque oceanográfico no era habitual para una mujer.
Otra gran inspiración argentina es la doctora Frida Armas Pfirter, abogada especialista en derecho internacional y derecho del mar, clave en la iniciativa COPLA (Comisión Nacional del Límite Exterior de la Plataforma Continental). Hoy es jueza en el Tribunal Internacional del Derecho del Mar.
Su trabajo fue fundamental para coordinar esfuerzos entre científicos y tomadores de decisiones en Argentina y contribuyó de manera decisiva a la construcción de nuestra soberanía marítima.




















