Por Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves

 

 

 

Frente al vertiginoso avance de la inteligencia artificial y el vértigo del futuro, el ensayista Roberto Carlos «Pipo» Martínez Chaves propone una profunda reflexión filosófica para rescatar el valor del presente, advirtiendo que el miedo al mañana no debe robarnos la capacidad de asombro ante la vida.

 

 

 

 

Mendoza, sábado 25 octubre (PR/26) — Durante mucho tiempo he escrito y reflexionado sobre la inteligencia artificial. Al volver sobre mis propias palabras, comprendí algo que, en el fondo, siempre había sabido.

Mi primera maestra fue mi mamá. Solía decirme que cada momento trae su enseñanza y que nada ocurre por azar. Todo tiene su tiempo.

Con los años, otros maestros espirituales reafirmaron en mí una certeza: el futuro es incierto y lo único que realmente poseo es el presente.

Sufrir por lo que pasó es angustia. Sufrir por lo que podría pasar es ansiedad. En ambos casos, mi mente me aleja de lo único que está sucediendo: me instala en un tiempo que ya no existe o me arrastra hacia otro que todavía no llega.

Y, sin embargo, no puedo vivir lo que aún no sucede.

Puedo recordar la muerte, temerla, imaginarla e incluso anticipar mi final. Pero no puedo vivirla hoy. Hoy estoy vivo. Mañana, no lo sé. Si dedico el presente a contemplar mi muerte futura, corro el riesgo de morir un poco cada día sin haber dejado de respirar.

En El guerrero pacífico escuché una pregunta que encierra una enseñanza extraordinaria. Me la repetí:

—¿Dónde estás?
—Aquí.

—¿Qué hora es?
—Ahora.

—¿Quién eres?

(Quizás esta última sea la pregunta más difícil: ¿quién soy cuando dejo de refugiarme en lo que fui y de perseguir lo que imagino ser? ¿Quién soy en este instante, cuando la vida sucede sin pedir permiso y me ofrece la única experiencia que realmente puedo habitar?)

ESTE MOMENTO

Aquí. Ahora. Siendo.

No es simplismo. Al contrario: quizá no exista desafío más grande para mí que aprender a vivir plenamente el presente. Mi mente puede viajar en el tiempo, pero a menudo lo hace a costa de la vida que transcurre frente a mí.

Desde esta reflexión vuelvo a la inteligencia artificial.

Estoy ante una de las creaciones más extraordinarias de la humanidad: una expresión de la inteligencia humana que amplía mis capacidades, desafía mis certezas y me enfrenta a preguntas que hasta hace poco me parecían propias de la ciencia ficción.

Ante semejante logro, ¿qué debería surgir primero en mí: el miedo o la admiración?

¿No hay algo profundamente maravilloso en contemplar hasta dónde ha llegado la inteligencia humana? ¿No merece este momento que lo viva con asombro, curiosidad y entusiasmo, en lugar de quedar ensombrecido por predicciones sobre un futuro que yo no conozco con certeza?

Por supuesto, existen preguntas importantes: ¿hasta dónde llegará la inteligencia artificial? ¿Cómo transformará mi forma de vivir, mi trabajo y mi autonomía? ¿Podría algún día amenazar mi existencia?

Son preguntas legítimas y necesito abordarlas. Pero una cosa es prepararme responsablemente para el futuro y otra muy distinta empezar a sufrirlo antes de que exista.

Si la posibilidad de mi extinción me impide disfrutar, comprender y valorar lo que hoy vivo, ¿no estaré sacrificando el presente en nombre de una muerte que todavía no ha llegado?

Sería una paradoja: por miedo a perderlo todo mañana, empezaría a perder hoy lo que aún tengo.

La inteligencia artificial no necesita convertirse en una amenaza para que reconozca su magnitud. Tampoco necesito conocer su destino para admirar el camino que me ha traído hasta aquí. Puedo observarla, estudiarla, cuestionarla y establecer límites sin renunciar al asombro que me despierta.

La incertidumbre no tiene por qué ser una condena. También puede ser el espacio donde nace mi curiosidad y se abre la posibilidad de descubrir lo que aún no conozco.

Quizás esta sea mi enseñanza central: no se trata de negar el futuro, sino de impedir que me robe el presente. No se trata de ignorar la muerte, sino de comprender que temerla permanentemente no me acerca a la vida. No se trata de renunciar a pensar, sino de recordar que pensar en la existencia no es lo mismo que existir.

El futuro tendrá sus propias preguntas, desafíos y respuestas. Cuando llegue, será presente. Y entonces me corresponderá vivirlo.

Ninguna anticipación puede sustituir mi experiencia de estar vivo. Ninguna hipótesis puede contener todo lo que aún puede sucederme. Y ningún temor debería convertir en amenaza aquello que hoy también puede ser descubrimiento.

¿Y quién seré frente a una inteligencia que quizá llegue a superar muchas de mis capacidades?

Hoy soy un ser humano que contempla, con asombro y curiosidad, una creación extraordinaria de su propia inteligencia. No necesito ser más que eso para reconocer la importancia de este momento.

Mañana podré ser otra cosa y enfrentarme a otras realidades. Pero no puedo adelantarme a vivirlas.

El mañana no es un lugar al que pueda ir antes de tiempo. Es una posibilidad que, si llega, solo podré experimentar cuando se convierta en hoy.

Nada de lo que temo del mañana está sucediendo en este momento. Y nada de lo que imagine puede reemplazar lo que soy y vivo ahora.

Quizás la verdadera sabiduría no consista en descubrir qué me espera al final del camino, sino en aprender a recorrerlo sin dejar de mirar el paisaje.

Que el futuro no me encuentre tan ocupado temiendo lo que podría suceder que olvide maravillarme por lo que está sucediendo.

Que nada me quite la capacidad de asombrarme ante lo nuevo, emocionarme con lo desconocido y reconocer la extraordinaria oportunidad de estar aquí.

Porque, al final, mi vida no sucede en mis predicciones.

Mi vida sucede ahora.

Y cuando el futuro llegue, si llega, no será otra cosa que un nuevo ahora.

El universo ha llegado hasta aquí a pesar de mi brevísimo paso por él y seguirá su curso, conmigo o sin mí, para el mayor bien. Recordarlo no disminuye el valor de mi existencia; al contrario, me invita a vivirla con humildad, gratitud y plena presencia.

 

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