Una reflexión profunda sobre los vínculos humanos, el amor y la naturalidad de las relaciones a través de la metáfora del curso de un río.
A veces la vida se parece a un río entre montañas: avanza, tropieza con piedras, cambia de rumbo y, aun así, sigue su camino. En esta columna quiero compartir pensamientos, historias y pequeñas escenas de la vida cotidiana que nos invitan a mirar las cosas desde otro lugar, con curiosidad, humor y, por qué no, un poco de emoción.
¿Por qué los ríos no suben la montaña?
Una tarde, mientras miraba correr un río entre las piedras, alguien hizo una pregunta extraña:
—¿Por qué los ríos no suben la montaña?
La respuesta parecía sencilla … porque el agua busca bajar … porque sigue la pendiente … porque la gravedad la lleva hacia donde puede avanzar ….
Pero la pregunta quedó flotando y empezó a parecer menos geográfica y más humana.
También las relaciones tienen pendientes.
Y hay una imagen linda ahí: los ríos no , suben la montaña porque su destino en seguir la pendiente. A veces, avanzar no es ir hacia arriba; a veces es encontrar el cauce por el que uno puede seguir.
Hay vínculos que fluyen, conversaciones que encuentran su cauce. Personas con las que uno puede ser sin empujar nada. No hace falta perseguir. No hace falta insistir.
No hace falta escalar una montaña para que el otro se quede.
Todo ocurre con cierta naturalidad, como el agua.
Pero hay relaciones distintas.
Relaciones en las que uno empuja…Sostiene…Insiste….Espera….Justifica…..Vuelve a intentarlo…..Sube y vuelve a subir.
Como si quisiera obligar al río a ir en dirección contraria.
A veces alguien ama así.
Contra la pendiente. Contra la distancia. Contra la indiferencia.Contra todo aquello que muestra que el vínculo ya no encuentra su cauce.
Y entonces aparece el cansancio.
Porque subir una montaña exige fuerza.
Y ninguna relación debería requerir que una sola persona haga todo el esfuerzo de forma permanente.
Eso no significa que los vínculos verdaderos sean fáciles.
Los ríos también encuentran piedras. Se desvían. Se angostan. Se golpean contra las orillas.
A veces casi desaparecen. Pero siguen avanzando.
La diferencia está ahí.
Una cosa es superar obstáculos juntos y otra muy distinta es empujar solo algo que no quiere moverse.
Hay relaciones en las que ambas personas buscan una salida.
Y hay otras en las que una intenta construir un cauce mientras la otra ya ha tomado otro camino.
Entonces quizás aprender a querer también sea aprender a reconocer la pendiente.
Porque no todo lo que se aleja está perdido, a veces simplemente está siguiendo su naturaleza.
Y no todo lo que uno suelta deja de importar.
Hay personas que pasan por nuestra vida como un río. Nos atraviesan. Nos dejan algo. Cambian nuestro paisaje.
Y después continúan.
Uno puede quedarse mirando el agua que se va y preguntarse por qué no vuelve hacia arriba.
Pero el río no está huyendo, está siguiendo su curso.
Tal vez las relaciones humanas sean parecidas. No todas están hechas para durar para siempre.
Algunas están hechas para acompañarnos durante un tramo, otras desembocan en algo enorme y algunas se secan antes de llegar.
Lo difícil es aceptar que querer no siempre basta para cambiar la dirección del agua.
Quizás por eso los ríos no suben la montaña, para recordarnos que hay cosas que no se sostienen por fuerza.
Que el amor no debería ser una lucha permanente contra la pendiente, que una relación sana necesita movimiento de ambos lados.
Y que, a veces, dejar de empujar no significa rendirse, sino comprender.
El río no sube la montaña.
Y tal vez nosotros tampoco debamos hacerlo cada vez que alguien decide estar del otro lado.
Por Susana Tribiani especial para Primicias Rurales
Versión en inglés:
Why Don’t Rivers Flow Up the Mountain?
By Susana Tribiani for Primicias Rurales (English version)
One afternoon, while watching a river flow among the rocks, someone asked a strange question:
—Why don’t rivers flow up the mountain?
The answer seemed simple… because water seeks to flow downward… because it follows the slope… because gravity carries it toward wherever it can move forward….
But the question lingered in the air, and it began to seem less geographical and more human.
Relationships have slopes too.
And there is something beautiful in that image: rivers don’t flow up the mountain because their nature is to follow the slope. Sometimes moving forward doesn’t mean going upward; sometimes it means finding the channel through which one can continue.
There are relationships that flow, conversations that find their natural course. People with whom you can simply be, without having to force anything. There is no need to chase. No need to insist.
You don’t have to climb a mountain to make someone stay.
Everything happens with a certain naturalness, like water.
But there are different kinds of relationships.
Relationships in which one person pushes… Holds on… Insists… Waits… Makes excuses… Tries again… Climbs and climbs again.
As if trying to force the river to flow in the opposite direction.
Sometimes someone loves that way.
Against the slope. Against the distance. Against indifference. Against everything that shows that the relationship is no longer finding its natural course.
And then exhaustion sets in.
Because climbing a mountain requires strength.
And no relationship should permanently require one person to do all the work.
That doesn’t mean genuine relationships are easy.
Rivers encounter rocks too. They change direction. They narrow. They crash against the banks.
Sometimes they almost disappear. But they keep moving forward.
That is where the difference lies.
One thing is to overcome obstacles together; quite another is to push alone against something that does not want to move.
There are relationships in which both people are looking for a way forward.
And there are others in which one person is trying to create a channel while the other has already taken a different path.
Perhaps learning how to love also means learning to recognize the slope.
Understanding when to insist. When to accompany. When to wait, and when to let things flow.
Because not everything that moves away is lost; sometimes it is simply following its nature.
And not everything we let go of stops mattering.
There are people who pass through our lives like a river. They run through us. They leave something behind. They change our landscape.
And then they continue on.
We may remain watching the water disappear and wonder why it doesn’t come back upstream.
But the river isn’t running away; it is following its course.
Perhaps human relationships are similar. Not all of them are meant to last forever.
Some are meant to accompany us for a stretch of the journey; others flow into something vast, and some dry up before they reach their destination.
The difficult part is accepting that wanting something isn’t always enough to change the direction of the water.
Perhaps that is why rivers don’t flow up the mountain: to remind us that there are things that cannot be sustained through force.
That love should not be a constant struggle against the slope, that a healthy relationship requires movement from both sides.
And that, sometimes, stopping yourself from pushing doesn’t mean giving up; it means understanding.
The river does not flow up the mountain.
And perhaps neither should we, every time someone chooses to stand on the other side.
Una pastoral de salud mental impulsada en Colombia busca brindar acogida y acompañamiento siguiendo el ejemplo del buen samaritano frente a la problemática del suicidio.
Imagen referencial. | Crédito: Eric Ward/Unsplash.
Por Eduardo Berdejo, Nathalí Paredes
Colombia, sábado 12 septiembre (PR/26) — Es necesario que dentro de los ambientes eclesiales se hable de los problemas de salud mental para que las personas que los padecen encuentren espacios de acogida y acompañamiento, siguiendo el ejemplo del buen samaritano, señaló el P. Duberley Sánchez, quien lidera la pastoral de salud mental en Colombia.
El sacerdote hizo este llamado durante una entrevista con EWTN Noticias, en ocasión de la conmemoración de ayer, 10 de septiembre. del Día Mundial para la Prevención del Suicidio.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), «cada año más de 720.000 personas fallecen por suicidio» y en 2021 fue registrado como la tercera causa de muerte en personas de 15 a 29 años. Además, «el 73% de los suicidios ocurren en países de ingresos bajos y medianos».
Esta realidad también ha golpeado a miembros del clero, con casos ocurridos en Italia, Estados Unidos y Brasil, donde un estudio publicado en 2023 reveló que 40 sacerdotes se habían quitado la vida en el lapso de siete años.
El P. Duberley Sánchez, que dirige la Clínica del Alma, señaló que la realidad del suicidio «nos interpela y nos deja profundamente consternados, porque sabemos o entendemos que detrás de cada cifra hay una persona concreta, una historia, una herida profunda».
En ese sentido, destacó el lema que la OMS eligió para el 2024-2026, Cambiar la narrativa sobre el suicidio, porque anima a atreverse a dialogar de estos hechos «de manera responsable, sin sensacionalismo».
«Es empezar a hablar de salud mental en nuestros ambientes eclesiales, en nuestras comunidades. De esta manera vamos a combatir los mitos, vamos a reducir el estigma y vamos a pasar del silencio y la incomprensión a la apertura, a la acogida y al apoyo», afirmó.
Ser como el buen samaritano
El sacerdote dijo que la parábola del buen samaritano da herramientas pastorales para acompañar a las personas que pasan por padecimientos mentales, pues es Cristo quien se presenta como médico y terapeuta ante la humanidad herida.
Primero, «hay que aprender a estar atentos al sufrimiento psíquico que es invisible y silencioso», explicó el P. Sánchez, para luego interiorizar el dolor del otro y traducir la compasión en acciones concretas como lo hizo el buen samaritano.
Además, señaló, es importante saber hasta dónde llega la capacidad de uno. El buen samaritano «utiliza sus propias capacidades para atender y esa es una imagen de la Iglesia que sabe acoger», pero también «sabe derivar» y lleva al herido donde el posadero, sin abandonarlo porque posteriormente regresará «y eso es expresión de una Iglesia caritativa, misericordiosa».
En ese sentido, dijo que «la Iglesia debe caminar hacia la construcción de comunidades seguras», acogedoras, compasivas, responsables y conectadas hacia estas personas.
Crédito: Clínica del Alma.
«La Iglesia, que sabe cuidar con solicitud pastoral, es una comunidad formada y responsable, y la Iglesia que sabe regresar nuevamente es una Iglesia caritativa, misericordiosa», reafirmó.
Por ello, a las personas que padecen tendencias suicidas, el sacerdote los animó a acercarse a Cristo, porque «cuando todas las puertas se cierran, cuando no vemos que nada pasa en el horizonte, Jesús aparece allí. Es una puerta que debemos tocar. Es una puerta a la que hay que insistir».
Construir una pastoral que vele por la salud mental
Esta inquietud por construir una pastoral de la salud mental fue tomando cuerpo después del Congreso Nacional de Fe, Ciencia y Salud Mental que se llevó a cabo en marzo en Manizales (Colombia).
«Como uno de los frutos de este Congreso se creó el Consejo Nacional Interdisciplinario de Asesores en Pastoral de la Salud Mental», integrado por psiquiatras, pediatras, médicos generales, psicólogos, trabajadores sociales, abogados, teólogos, pastoralistas, indicó el P. Duberley Sánchez.
El sacerdote señaló que este equipo interdisciplinario está trabajando «en la elaboración de un modelo de pastoral de la salud mental», fundamentado «bíblica, teológica, antropológica, clínica y pastoralmente».
Crédito: Clínica del Alma.
El fin es brindar «un método pastoral propio para abordar el sufrimiento psíquico en ambientes eclesiales», con guías y protocolos de intervención para momentos específicos».
«Este Consejo Nacional se reúne periódicamente y nuestra preocupación mayor es avanzar hacia ese desarrollo de esta propuesta pastoral de salud mental, que queremos entregarle a los obispos y a delegados de pastoral de la salud para que ellos la sometan a un discernimiento pastoral y luego, posiblemente, si la consideran pertinente y benéfica, puedan adoptarla», expresó.
Un relato conmovedor sobre cómo la tecnología médica avanza sin pausa, mientras la humanidad del paciente sigue reclamando ser escuchada más allá de las pantallas.
Por Susana Tribiani
para Primicias Rurales
¿Qué queda de nosotros cuando una máquina puede identificarlo, medirlo e incluso preverlo todo? ¿Aún somos pacientes o nos hemos convertido en diagnósticos?
Susana salió de la consulta con su carpeta ajustada bajo el brazo.
La carpeta de siempre. Con los análisis. Las recetas. Y el mismo diagnóstico.
Sin embargo, algo había cambiado en su interior. No sabía cómo describirlo.
Aquella pregunta del médico, tan sencilla que parecía no tener peso:
—¿Y usted cómo está llevando todo esto?
Siempre hablando de los resultados, síntomas, dosis y resultados hace que una pregunta así caiga como una piedra en un lago tranquilo.
Susana tenía claro lo que padecía. Lo que no sabía era cómo se sentía. Y entre esas dos cosas había un gran vacío.
Mientras caminaba a casa, reflexionó sobre cuánto había evolucionado la medicina. Cuando era joven, el médico no tenía otra opción que mirarte, tocarte, preguntarte y escucharte. Hoy en día, existen las pantallas, estudios cada vez más precisos, máquinas capaces de detectar lo que ningún ojo humano puede ver. Programas que analizan miles de datos en segundos. Algoritmos capaces de prever el riesgo antes de que aparezca el síntoma.
Era un avance impresionante; Susana no dudaba. Si alguna de esas máquinas le ayudaba a vivir mejor.
Pero mientras tanto, una pregunta le atravesó la mente: ¿y si un día la máquina llegara a entender su enfermedad mejor que ella misma?
Y paso a la otra: ¿Y si, al centrarse tanto en sus estudios, se olvidaban de conocerla?
Y cuando se dio cuenta, se estaba riendo sola.
— Es necesario. ¿Para qué complicarse la existencia?
Pero la pregunta quedó allí. Sin respuesta.
En la próxima cita, entró al consultorio, el médico sentado en frente a su escritorio frente a la computadora, todo ordenado y limpio, Susana se sentó, alcanzó a leer su nombre en la pantalla y con toda su vida médica.
La vida de Susana no estaba nada ordenada.
Tenía días buenos. Días malos. Días en que se levantaba sintiéndose capaz de todo y otros en los que abrir un frasco se convertía en una tarea imposible.
Nada de eso estaba en la pantalla.
El médico revisó los estudios.
—Los resultados están bastante bien —dijo.
Susana lo miró.
—¿Y yo cómo estoy?
El médico, que nunca levantaba la mirada, en esa ocasión lo hizo y ella se rió.
—Bueno … quiero decir, ¿estoy bastante bien?
El médico también sonrió.
—Eso lo debemos discutir.
Y conversaron. Como en aquella primera vez. De la enfermedad, de los medicamentos, pero también de la vida. Lo que le costaba. Lo que todavía deseaba hacer. Lo que había dejado de hacer por miedo. De las cosas que le preocupaban y que no se atrevía a confesar.
Susana comprendió algo. Que la tecnología ayudaba , y mucho. Pero aún había algo que la máquina no podía hacer. Entender significaba, para ella, despertar un día y sentir que ya no era la misma; mirar una foto antigua y pensar: «¿En qué momento pasó todo esto?» Cómo se siente cuando un hijo pregunta —¿Mamá, necesitas algo?— y responderle —No, estoy bien—, aunque no sea cierto.
Una máquina puede detectar alteraciones. Sin embargo, no puede saber cuándo alguien dice «estoy bien» para no preocupar a los demás.
Esa tarde, Susana llegó a su casa y colocó la carpeta sobre la mesa. La observó y notó algo extraño en esa carpeta. Allí estaba una parte de su vida; sin embargo , no era toda.
En esas hojas no había lugar para su risa. No estaba el abrazo de sus hijos. No encontraba el miedo de aquella noche sin dormir. O la felicidad del mensaje de una amiga. Tampoco el esfuerzo diario por seguir adelante.
Una versión de ella no estaba allí. Esa versión que la medicina necesita conocer. No exactamente la que la vida necesita cuidar.
Y entonces se formó una idea que parecía evidente: un diagnóstico es información. Un paciente es una historia. Y una historia nunca se puede captar por completo en una pantalla.
Entonces, Susana empezó a fijarse en los pequeños detalles. Entendió que había médicos que prestaban más atención a la computadora que al paciente. No por tener mala intención. Sino que el sistema mismo los obliga. Deben ingresar datos, completar formularios, revisar estudios, firmar recetas, solicitar autorizaciones. Todo tiene que quedar registrado, escrito, demostrable.
Conclusión: la medicina moderna logró algo excepcional: cuantificar casi todo. Sin embargo, todavía hay aspectos difíciles de medir. ¿Cuánto pesa el miedo? ¿Cuánto dura una angustia? ¿Cuánto vale una palabra que proporciona calma? ¿Cómo se cuantifica el alivio que siente alguien cuando un médico le dice: «No se preocupe, yo me ocuparé»?
No existe un dispositivo para eso. No hay análisis. No hay algoritmos. Y quizás nunca lo haya.
Un sábado, Susana recibió otro mensaje del médico. Seguía gestionando lo de la medicación. Otra vez papeleo, trámites, una autorización que no llegaba.
Ella estuvo a punto de decirle que no se preocupara. Sin embargo esta vez escribió otra cosa:
«Muchas gracias por ocuparse.»
Solo eso.
El médico respondió: «Para eso estamos.»
Susana dejó el teléfono sobre la mesa y se quedó reflexionando. Quizás esa fuera una de las pocas cosas que todavía diferencian a un médico de una máquina. La máquina puede encontrar. El médico puede encontrar y, además, decidir qué hacer. Pero un buen médico puede hacer algo más. Puede acompañar.
Esa noche se encontró con una de su hija para cenar. La hija le preguntó:
—¿Y cómo te fue en la consulta?
Susana pudo hablar del diagnóstico, de los estudios, de la medicación. Pero simplemente respondió:
—Bien.
—¿Bien?
—Sí. Me preguntó cómo estaba.
La hija sonrió.
—¿Y qué le dijiste?
Susana miró hacia abajo.
—Que estaba preocupada.
—¿Y?
—Y me escuchó.
La hija no dijo nada. No era necesario. Porque ambas comprendieron que, a veces, una persona no necesita que le resuelvan la vida. Necesita no sentirse sola por dentro.
Con el paso del tiempo, Susana aprendió a ver la medicina de otra manera. Se acostumbró a las máquinas, ni las computadoras, ni los estudios y llegó a valorar cada avance, porque sabía que podían salvar vidas.
Otra cuestión era la que le inquietaba: que, en medio de tanto progreso, se olvidan de algo fundamental. «La persona».
Porque cuanto más avanzada se vuelve la medicina, más relevante resulta recordar algo muy simple: el paciente no es el diagnóstico. El diagnóstico puede estar asentado; el paciente está sentado enfrente. El diagnóstico lleva un nombre; el paciente tiene una historia. El diagnóstico trae síntomas; el paciente tiene miedo. El diagnóstico requiere tratamiento; el paciente también necesita esperanza.
Y por esto la pregunta sigue teniendo importancia.
¿Diagnóstico o paciente?
Susana ya sabía lo que responder.
Paciente. Siempre paciente.
Porque detrás de cada enfermedad hay alguien que ama. Alguien que espera. Alguien que se asusta. Alguien que todavía hace planes. Alguien que, a pesar de estar enfermo, sigue siendo madre, padre, hijo, amigo, compañero, vecino.
Sigue siendo esa persona que se ríe por una tontería, se enoja por cualquier cosa, se emociona con una canción, guarda una foto antigua en un cajón. Que tiene cuentas a fin de mes. Que se preocupa por los suyos. Que algunas noches finge ser fuerte, y en otras simplemente necesita que alguien se siente enfrente y le diga:
—Bueno… cuénteme cómo está.
Porque quizás ese sea el verdadero desafío de la medicina del futuro. No es una elección entre tecnología y humanidad. Sino que el verdadero desafío es aprender a usar toda la tecnología disponible sin olvidar mirar a los ojos.
Una máquina puede reconocer una enfermedad. Puede medirla, compararla, anticipar, ayudar a tratarla. Pero hay algo que aún necesita hacer una persona.
Preguntar: —¿Y usted?
Y quedarse a escuchar la respuesta.
Las enfermedades tienen nombres y las personas también.
Quizás, al final, esa sea la verdadera cuestión: no sé si somos diagnóstico o paciente. En medio de tantos datos, estudios y pantallas, el verdadero milagro sigue siendo nuestra capacidad de ver a la persona que hay detrás de cada informe. Porque mientras exista alguien capaz de recordar esa diferencia, seguirá habiendo una medicina que no solo cure, sino que también cuide.
Por Susana Tribiani
Primicias Rurales, Buenos Aires, domingo 6 septiembre 2026.
Cada vez más personas que alcanzan estabilidad profesional, familiar y económica experimentan una sensación de vacío interior. Especialistas señalan que el fenómeno refleja las presiones de una sociedad que exige éxito, autonomía y rendimiento constante.
España, martes 17 marzo (PR/26) — Tener una carrera consolidada, estabilidad económica y una vida familiar equilibrada no siempre garantiza sentirse plenamente satisfecho.
En los últimos años, psicólogos y sociólogos comenzaron a hablar del llamado “síndrome del éxito vacío”, un fenómeno que describe la sensación de insatisfacción o vacío que algunas personas experimentan a pesar de haber alcanzado todos los objetivos que socialmente se consideran éxito.
El fenómeno aparece cada vez con más frecuencia en profesionales que, tras años de esfuerzo y formación, logran estabilidad laboral y reconocimiento, pero descubren que la plenitud esperada no llega. “He pasado diez años estudiando medicina, tengo una profesión que elegí y que tiene sentido… y, sin embargo, a veces me pregunto por qué no me siento simplemente feliz”, relata Anne, médica general de 39 años.
Durante mucho tiempo creyó que la tranquilidad llegaría una vez alcanzada la estabilidad profesional. Sin embargo, hoy reconoce que, aun con una vida equilibrada, en ocasiones siente un cansancio interior difícil de explicar: la sensación de haber llegado a la meta sin experimentar la serenidad que imaginaba.
Una paradoja de la vida contemporánea
Este fenómeno fue estudiado por el sociólogo francés Alain Ehrenberg, investigador del Centre National de la Recherche Scientifique (CNRS), quien durante décadas analizó la relación entre las transformaciones sociales y la salud mental.
En su obra L’Enfant qui inquiète, Ehrenberg sostiene que las sociedades modernas han desplazado el tipo de conflicto psicológico que enfrentan las personas. Mientras que generaciones anteriores se debatían entre lo permitido y lo prohibido, el individuo contemporáneo se enfrenta a otra pregunta central: “¿de qué soy capaz?”.
Esa presión permanente por demostrar capacidades, mejorar y superarse puede generar una brecha entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser. Ehrenberg sintetizó este fenómeno con una expresión que se volvió célebre: “la fatiga de ser uno mismo”.
La presión de demostrar constantemente
En muchas sociedades actuales, especialmente en las más individualistas, se valora fuertemente la autonomía personal. Se espera que cada individuo construya su propio camino, tome decisiones y alcance metas por mérito propio.
Para algunas personas, esa expectativa se transforma en una presión constante. Sophie, de 38 años, lo describe así: “Cuando era más joven pensaba que, una vez superadas ciertas etapas —tener trabajo, formar una familia—, me sentiría tranquila. Pero siempre parece que hay que seguir demostrando algo”.
Esa exigencia interior permanente puede traducirse en la necesidad de progresar sin pausa, estar a la altura de las expectativas y evitar decepcionar a los demás. En ese contexto, incluso quienes logran éxito social pueden sentir que nunca es suficiente.
Salud mental y sociedad
Especialistas señalan que este tipo de experiencias reflejan también tensiones propias del mundo contemporáneo. La salud mental se ha convertido en un espacio donde se manifiestan muchas de las preocupaciones sociales actuales.
Los trastornos psicológicos no solo tienen un componente clínico, sino que también reflejan cómo se relacionan los individuos con su entorno social, sus expectativas y los modelos culturales dominantes.
En sociedades centradas en el rendimiento individual, el desafío ya no es únicamente encontrar un lugar, sino demostrar constantemente que se merece ocuparlo. Desde esta perspectiva, el vacío que sienten algunas personas exitosas no sería una contradicción, sino la otra cara de un modelo que exige productividad y realización permanente.
Por eso, algunos especialistas sostienen que uno de los desafíos de nuestro tiempo es devolverle valor a la vulnerabilidad humana, no como un signo de fracaso, sino como una dimensión natural de la existencia.
¿Te has preguntado sobre la forma de detectar y aplacar el complejo de inferioridad y el de superioridad? A veces, su origen tiene que ver en la infancia
España, sábado 31 enero (PR/26) — Escribir (y leer) sobre los complejos es importante. En este mundo cargado de belleza, fama y necesidad de aprobación, escribir sobre los complejos es necesario.
Hay complejos que se basan en problemas reales y otros en monstruos imaginarios. ¡No permitas que ellos te impidan la experiencia maravillosa de ser persona!
¿Qué son?
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Un complejo es una percepción distorsionada que una persona tiene de sí misma. Se mira en el espejo y lo que mira no le gusta. En coaching, a los complejos diría yo que les llamamos saboteadores, eso es lo que son. Un saboteador es la fuente de todos tus miedos, sentimientos de falta de valía personal, pensamientos negativos y depresiones.
¿Qué se esconde detrás?
Detrás de los complejos se esconden conflictos inconscientes cual nido de cucarachas. Según el doctor en Psiquiatría y profesor de Psicopatología en la Facultad de Educación de la Universidad Complutense de Madrid Javier de las Heras, los complejos son conflictos psíquicos que permanecen escondidos en la mente.
La persona, al no poder asimilarlos, los reprime: por eso no se percata de que existen.¿Y por qué los reprime? Ahora la neurociencia sabe que esto pasa porque el cerebro todavía no está maduro como para comprender los impactos tan dañinos de las burlas, los desprecios de algunos padres y el abandono de una madre.
El doctor de las Heras explica que para evitar que el conflicto retorne a la consciencia, el sujeto pone en marcha mecanismos de inhibición y bloqueo, estableciendo una personalidad perturbada y creando un complejo.
Entonces se puede hablar de complejo de inferioridad, de superioridad, de mala imagen (no te gustas cuando te ves en el espejo) y de culpabilidad por hablar solamente de cuatro de ellos. Profundicemos un poco en dos de ellos.
1Complejo de inferioridad
Es sentirse pequeño y menos que los demás. La persona que lo sufre huye y evita relacionarse. Le incomoda la vida social y cree que no puede cambiar ni gustarse. Es la persona cuya conducta es insegura. Este complejo generalmente nace cuando nos hemos visto rechazados de pequeños y esto se queda como una marca en la personalidad.
Cómo superarlo
Luchando. Ahora bien, para que esta lucha sea positiva, la persona que sufre de este complejo deberá aceptar que existe y, si es posible, buscar ayuda. Este no es un complejo que desaparece rápidamente, hará falta mucha paciencia para poco a poco irlo superando hasta sentirse una persona normal, igual que las demás.
2Complejo de superioridad
Es el que sufre aquella persona que trata de parecer más que el resto. Su conducta es orgullosa y altanera. Además es muy perfeccionista y poco tolerante. La persona que lo padece no necesariamente es consciente de ello. Esta persona además tiene mucha dificultad para hacer amigos. Esto es así porque él mismo levanta muros para que los demás no entren. Nunca se muestra tal y como es.
Cómo superarlo
Generalmente la persona que padece de este complejo, no se da cuenta de él hasta que se encuentra en situaciones en las que queda muy perjudicado: la pérdida de un trabajo, de una relación o de amigos. Podrían pasar muchas experiencias amargas antes de que el sujeto llegara a plantearse ‘¿por qué me pasa tanto esto?’.
Lo mismo que el complejo de inferioridad, se supera reconociendo que algo no está bien en mí. Acompañarse de un profesional de la salud mental es muy importante.
Para superar este complejo, hay que trabajarse mucho mental e interiormente y después de un tiempo, con mucha humildad buscar a las personas a las que se les ha hecho daño con la propia conducta y pedir perdón. Son estas acciones las que provocarán una transformación interior y la persona se irá liberando de semejante complejo.
La autoestima es un trabajo esencial
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Cada persona es una promesa para el mundo y viene al mismo cargada de dones y talentos. El sufrimiento en la infancia, las burlas de los compañeros de colegio, etc. hacen que el niño vaya creciendo lleno de complejos y falta de autoestima.
Al acomplejado, la personalidad madura entonces se le presentará como todo un reto en el que hay que trabajar con perseverancia día a día. Pero vale la pena ayudar a otros y ayudarse a uno mismo a superar los complejos. Esa es la vía para lograr vivir en plenitud.
Hacer que alguien sea consciente de sus complejos requiere empatía, cariño, querer el bien del otro y fortaleza para hablar claramente de lo que ocurre. En el caso de uno mismo, es tener la valentía de enfrentarse a uno mismo. Ya de por sí, detectar que hay un problema es un gran primer paso.