Cada 22 de marzo se recuerda a San Epafrodito, el amigo que lo arriesgó todo por San Pablo

Cada 22 de marzo se recuerda a San Epafrodito, el amigo que lo arriesgó todo por San Pablo

 

Amigos en el Señor

De acuerdo a la tradición, Epafrodito nació en Filipo, en la antigua Macedonia (Grecia). La historia lo señala como el que viajó desde su tierra natal rumbo a Roma para asistir a San Pablo durante su cautiverio entre los años 60 y 62 d.C.

En aquella oportunidad, Epafrodito llevó consigo la colecta realizada por la Iglesia en Filipo para asistir al Apóstol. Existe, sin embargo, una controversia sobre la fecha de dicho viaje. Algunos lo datan un poco antes, hacia el año 57, cuando San Pablo estuvo cautivo en Éfeso -y no en Roma- durante su tercer viaje misional.

“Hermano, colaborador y compañero de armas” (Flp 2,25)

De lo que no hay duda es del encuentro entre ambos personajes y, por supuesto, de la amistad que se profesaron. Como en aquella oportunidad Epafrodito cayó enfermo, San Pablo decidió enviarlo de vuelta a Filipo con una carta para los cristianos de la ciudad, en la que se refiere a él como “su hermano, colaborador y compañero de armas”.

En la misiva rogaba a sus queridos neófitos que recibieran a su compatriota con “gozo en el Señor”, puesto que Epafrodito había arriesgado todo por la misión que le fue encomendada, incluso estando al borde de la muerte:

Si deseas profundizar en la importancia de Epafrodito para la formación de la Iglesia, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica sobre la Carta a los Filipenses: https://ec.aciprensa.com/wiki/Epístola_a_los_Filipenses

Más información en el siguiente enlace: 

 

 

Cada 21 de marzo celebramos a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

Cada 21 de marzo celebramos a Santa María Francisca de las 5 llagas, religiosa que recibió los estigmas

De humilde cuna

El nombre de pila de Santa María Francisca fue Anna María Gallo, una mujer nacida en Nápoles (Italia), hija de unos comerciantes que vivían en el antiguo barrio español de la ciudad, conocido por su precariedad. Dios le concedió a Maria Francisca el don de profecía, así como el de compartir los dolores de la Pasión y Muerte de Jesús. Los napolitanos le profesan una gran devoción y le atribuyen haber intercedido por ellos durante los bombardeos sufridos en la Segunda Guerra Mundial. Como signo de dicho favor, el barrio donde vivió permaneció intacto durante los ataques, a pesar de su fiereza.

Anna María Gallo nació el 6 de octubre de 1715. Empezó a trabajar desde muy niña, obligada por su padre quien poseía un taller de hilados y mercería; mientras tanto, su madre, una mujer muy piadosa, le leía libros sobre la fe cristiana y la llevaba a rezar a la iglesia de Santa Lucía de la Cruz. El párroco del lugar, admirado por su piedad y conocimiento del catecismo, le permitió que realice la Primera Comunión a los 8 años y que después de un año se convierta en catequista de niños.

Un padre violento

Al cumplir los 16 años, el padre de Maria Francisca decidió comprometerla en matrimonio con un joven rico, pero la joven se negó a aceptar el compromiso -le había prometido a Dios permanecer soltera y virgen para dedicarse a la vida espiritual y la salvación de las almas-.

Terciaria

El 8 de septiembre de 1731 María Francisca recibió el hábito de la orden terciaria franciscana y, contra lo que podía esperarse, pidió que la dejaran vivir en la casa familiar como religiosa. En el hogar, la joven se ocupaba de los quehaceres domésticos y las tareas más sencillas. A través de ellas iba compenetrando cada vez más su alma con Dios, en el servicio y la oración, haciendo de lo sencillo una ofrenda de amor. María Francisca empezó a caer en éxtasis, absorta en la meditación de los dolores del Señor. Varias veces, absorta en el arrebato místico, la Virgen María se le apareció para darle consuelo y hacerle algunos pedidos espirituales.

Tras la muerte de su madre, la santa abandonó la casa familiar y se mudó al campo en compañía de otras terciarias. Allí permaneció los siguientes 38 años de su vida, hasta su muerte. Fue una vida dedicada a la oración, la penitencia y el sacrificio, de constante celo por rescatar almas del purgatorio y lograr la conversión de los pecadores. Es en esta etapa donde recibiría los estigmas de Cristo.

Santa María Francisca de las Cinco Llagas murió santamente el 6 de octubre de 1791. Fue declarada venerable por el Papa Pío VII el 18 de mayo de 1803; después beata por Gregorio XVI (12 de noviembre de 1843) y finalmente proclamada santa por el Papa Pío IX, el 29 de junio de 1867.

¿Quieres saber más sobre las personas que han recibido los estigmas de Cristo? Puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/Estigmas_místicos

 

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Fuente : aciprensa

Hoy también se celebra el día de San Longinos: el centurión romano que atravesó a Jesús con la lanza y luego se convirtió en mártir cristiano

Hoy también se celebra el día de San Longinos: el centurión romano que atravesó a Jesús con la lanza y luego se convirtió en mártir cristiano

La Iglesia Católica recuerda a San Longinos, el centurión romano que participó en la crucifixión de Jesús y que, según la tradición, se convirtió al cristianismo tras presenciar su muerte y luego murió mártir por su fe.
Buenos Aires, domingo 15 marzo (PR/26) — Hoy 15 de marzo la Iglesia también celebra a San Longinos quien fue el centurión romano que atravesó con la lanza a Nuestro Señor Jesucristo y después se convirtió al cristianismo,
De San Longinos, la tradición narra que fue sanado de una ceguera al caer sangre de Cristo en sus ojos y murió mártir en Capadocia.
  • El Centurión de la Lanza: Era el soldado encargado de supervisar la crucifixión. Al ver los fenómenos naturales tras la muerte de Jesús, exclamó: «Verdaderamente, Este era Hijo de Dios».

 

  • Conversión: Tras abandonar la carrera militar, fue instruido por los apóstoles y vivió una vida monástica en Cesarea de Capadocia.

 

  • Martirio: Fue perseguido y decapitado por su fe tras negarse a ofrecer sacrificios a los ídolos.

 

  • Significado: Se le considera un ejemplo de conversión y arrepentimiento, pasando de ser el ejecutor a testigo y mártir de la fe cristiana.
Su historia combina la crónica bíblica con tradiciones piadosas que lo convirtieron en un santo venerado por la Iglesia Católica
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Hoy se celebra a San Gabriel de la Dolorosa, patrono de la juventud

Hoy se celebra a San Gabriel de la Dolorosa, patrono de la juventud

Gabriel fue un joven ejemplar que supo renunciar a las vanidades del mundo y poner toda su confianza en la Virgen María, Madre de todos. Además, como lo atestiguan sus últimas palabras, expresadas con su último aliento, Gabriel fue fiel devoto de la Sagrada Familia. El joven santo se despidió de este mundo diciendo: “Jesús, José y María, expire en paz, con vosotros, el alma mía”.

Hijo de Asís, hijo de San Francisco

El nombre de pila de San Gabriel fue Francisco Possenti. Fueron sus padres quienes eligieron ponerle “Francesco” en honor a San Francisco de Asís, ya que su hijo había nacido en la misma ciudad que el célebre santo italiano. Al momento del alumbramiento, los Possenti se encontraban de paso por Asís debido a las actividades del padre de Francesco, solvente comerciante que fungía al mismo tiempo de embajador de los Estados Pontificios.

El pequeño ‘Francesco’ arribó a este mundo el 1 de marzo de 1838. Fue bautizado días después en la misma pila bautismal en la que fueron bautizados San Francisco y Santa Clara. El pequeño Possenti era el undécimo de trece hermanos. Penosamente, quedaría huérfano de madre a los cuatro años, por lo que su crianza quedó en manos de su padre y sus hermanos mayores.

Un chico como cualquier otro

A Francisco Possenti lo caracterizaba su buen talante y un corazón afectuoso. A medida que iba creciendo, crecía también su sensibilidad y la conciencia del sufrimiento de tanta gente a su alrededor. Si algo le apretaba el corazón era ver gente abatida por la pobreza o el abandono.

No obstante, como le sucede a muchos, Francisco se las arregló para enfriar la llama de la compasión que ardía en su interior. Durante la adolescencia se convirtió en un jovencito bastante frívolo y vanidoso, de esos que les encanta vestirse a la moda y gastar dinero en finos atuendos y cosas superfluas.

A la par, gustaba mucho del teatro -al que asistía con frecuencia-, las novelas románticas y el baile, quizás su pasión más grande. Claro, habría que tomar en cuenta que, en muchos sentidos, no había mucho de extraordinario en su forma de vivir. Francisco era, si se quiere, como cualquier otro joven acomodado.

Quién sabe si estas formas de trato con Dios y la Virgen eran las maneras como Francisco había aprendido a acallar las voces del compromiso, o de sentirse ‘un chico bueno’. Había sido, primero, alumno de los Hermanos de las Escuelas Cristianas (Los Hermanos de La Salle) y después pasó al colegio de los jesuitas, con quienes hizo el liceo clásico. Francisco fue un buen estudiante y destacó siempre por su liderazgo y personalidad.

La llamada

A los 17 años se le pasó por la cabeza, por primera vez, la idea de ser sacerdote, pero no lo consideró con seriedad hasta el día que enfermó gravemente. Creyendo que moriría, prometió al Señor hacerse religioso si se salvaba. Dios hizo su parte, y el chico se recuperó, pero olvidó su promesa casi de inmediato.

Al tiempo, Francisco cayó nuevamente enfermo aunque, en esta oportunidad, se encomendó al entonces beato jesuita Andrés Bobola. Al recobrar la salud, consideró nuevamente ser religioso, pero otra vez se dejó llevar por las distracciones de la vida mundana, postergando sus inquietudes espirituales.

Un día, practicando cacería, Francisco se tropieza y se dispara accidentalmente un tiro que le roza la frente. El suceso lo dejó perplejo. Entonces entra de nuevo en un periodo de reflexión y decide darle un giro definitivo a su vida. Está convencido de que lo que pasó fue un aviso del cielo y una oportunidad más -quizás la última- de vivir intensa y plenamente la vida, no a su manera, sino a la de Dios.

Al poco tiempo, el joven retomó su discernimiento formalmente y llega a pensar que Dios lo estaba llamando efectivamente al sacerdocio. Entonces le comunica a su padre cuáles eran sus intenciones: quiere ingresar a una orden religiosa y entregarse a Dios. Su padre muestra su desacuerdo y rechaza de plano tal posibilidad.

Cuando renunciar es ganar

El 22 de agosto de 1856, durante la procesión de la “Santa Icone” (imagen mariana venerada en Spoleto, donde residía la familia Possenti en ese momento), Francisco fija la mirada en los ojos de la Virgen, y escucha en su corazón que la Madre de Dios le dice: «Tú no estás llamado a seguir en el mundo. ¿Qué haces, pues, en él? Entra en la vida religiosa».

Francisco tomó muy en serio lo dicho por la Virgen. Entonces, decide alejarse de su novia, María, e ingresa al noviciado pasionista ¡Quién podría presagiar en ese momento que aquella jovencita estaría años después presente en la ceremonia de beatificación de quien había sido su novio!

Incorporado a la Orden, Francisco recibe el hábito y toma por nombre “Gabriel de la Virgen Dolorosa”. La vida nueva que Dios le estaba regalando en ese momento fue lo que lo impulsó a escribir alguna vez: «La alegría y el gozo que disfruto dentro de estas paredes son indecibles».

A San Gabriel se le ocurrió reservar un pedacito del jardín para sembrar y cuidar flores expresamente para el altar. Aquel sencillo acto de amor constante, curaba muchas heridas e iba fortaleciendo su buen corazón.

Un tuberculoso en brazos de María

Gabriel fue enviado al convento pasionista de Isola del Gran Sasso. Allí, a sus 23 años, empezó a padecer de malestares continuos: se sentía cansado, sin fuerzas y tuvo su primera hemoptisis (expectoración de sangre proveniente de las vías respiratorias), a causa de la tuberculosis que había contraído. Sus hermanos pasionistas le dieron los cuidados debidos, sin embargo, el santo empeoró, aunque no perdió ni la serenidad ni el temple.

El 27 de febrero de 1862 solicitó su última confesión. Recibida la absolución, con los ojos dirigidos al cielo dijo: “Pronto, Mamá mía. María, Madre de gracia, Madre de misericordia, defiéndeme del enemigo y acógeme en la hora de la muerte”. Aquel día Gabriel partió de este mundo al encuentro de Dios Padre. Tenía solo 23 años.

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Si deseas conocer más sobre la vida de San Gabriel de la Dolorosa, te sugerimos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Gabriel_Possenti.

Cada 27 de febrero la Iglesia celebra a San Gabriel de la Dolorosa, joven pasionista italiano y patrono de la juventud, cuya vida pasó de la frivolidad mundana a una entrega total a Dios y a la Virgen María.

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Fuente: ACI Prensa


Cada 13 de febrero se celebra a las santas Fusca y Maura, amigas entrañables y mártires de la fe

Cada 13 de febrero se celebra a las santas Fusca y Maura, amigas entrañables y mártires de la fe

Buenos Aires, 13 de febrero (PR/26) .- Cada 13 de febrero, la Iglesia conmemora a las santas Fusca y Maura, dos mujeres a las que unió la amistad más especial. Más allá de que pertenecían a estratos sociales diferentes o provenían de mundos distintos, las dos vivieron unidas por la fe, la esperanza y la caridad.

Fusca y Maura fueron contemporáneas de Santa Águeda de Catania y, como ella, sufrieron la terrible persecución organizada por el emperador romano Decio en el siglo III. Ambas entregaron la vida tras negarse a rechazar la fe en Cristo Jesús.

“Dar la fe”

Según la tradición, Fusca nació en el seno de una familia pagana de Rávena, ciudad del antiguo imperio romano, que subsiste hasta hoy como parte de Italia. Maura fue nodriza de Fusca, es decir, fue la mujer que probablemente la amamantó o al menos la cuidó en sus primeros años de vida.

Cuando Fusca alcanzó la edad de 15 años, le confesó en secreto a Maura que había oído hablar del Señor Jesús y que tenía el deseo de convertirse y recibir el sacramento de la iniciación cristiana, el bautismo. Aquella invitación tocó profundamente el corazón de Maura porque ella se consideraba cristiana desde hacía tiempo, aunque todavía no se había bautizado. Es así que ambas mujeres deciden buscar a un sacerdote llamado Hermoloa, quien las instruyó en la fe y las bautizó.

El don de Dios todo lo vale

Cuando el padre de Fusca se enteró de lo que había hecho su hija, montó en cólera contra ella y contra Maura, culpándola de haber deshonrado a su familia.

El hombre, entonces, ordenó que las dos mujeres fueran encerradas en los sótanos de la casa, donde se les dejó tres días sin comida ni bebida. Su intención era darles tal escarmiento, que al salir libres solo les quedaría pedir perdón por haberse bautizado.

Sin embargo, esto no llegó a suceder. El padre, fuera de sí, buscó por otros medios que su hija retornara al culto pagano de la familia. Al ver que no podía doblegar su voluntad, él mismo la denunció al gobernador Quinciano, quien ya había condenado al martirio a Santa Águeda poco tiempo atrás. Fusca, consciente de su destino, tras ser acusada, se encomendó a Dios y declaró que no temía ni a los tormentos ni a la muerte porque confiaba en las promesas de Cristo y creía en la resurrección.

Quinciano envió a sus hombres para que se lleven a Fusca y a Maura, pero un ángel del Señor se paró al lado de ambas para protegerlas. Aquel día los soldados no se atrevieron a ejecutar las órdenes recibidas.

Solo unos días un grupo mucho más grande de milicianos regresó y las dos mujeres fueron forzadas a comparecer ante el tribunal. Sin miedo, enfrente de todos, Fusca y Maura reafirmaron su fe en Jesucristo y la esperanza en su promesa de vida eterna.

    Primicias Rurales
    Fuente: Aciprensa