Buenos Aires, 29 de marzo (PR/26) .- Hoy, 29 de marzo, la Iglesia conmemora a los santos Jonás y Baraquicio, mártires. Se trata de dos hermanos nacidos en Beth-Asa, Persia (hoy territorio de Irán), quienes entregaron su vida en el año 327.
El aliento de los mártires
En el decimoctavo año de reinado de Sapor II, rey de Persia, se inició una cruel persecución contra los cristianos en Oriente. Por órdenes reales, monasterios y templos fueron arrasados o quemados, mientras que cualquier cristiano que profesara su fe en público estaba bajo amenaza.
Sucedió que un grupo de cristianos fue capturado y condenado a muerte. Entonces, mientras permanecían en las mazmorras esperando el momento final, dos valientes monjes provenientes de Beth-Iasa se acercaron al lugar para darles agua y comida.
Luego, cuando los prisioneros fueron conducidos al lugar donde serían torturados, los monjes los siguieron, y los alentaron con oraciones y arengas mientras sufrían los castigos. Ese día ninguno de los condenados a muerte abdicó de su fe. Aquellos monjes eran los hermanos Jonás y Baraquicio.
Sólo hay un ‘Rey de reyes’
Cuando todo hubo concluido, un grupo de soldados persas se abalanzó contra los hermanos y los hicieron prisioneros. Entonces, el encargado de presidir la masacre los instó a que adoraran al sol, la luna, la tierra y al agua.
Les pidió, además, que rindieran pleitesía al ‘rey de reyes’, refiriéndose a Sapor, a lo que los monjes respondieron con una negativa, porque para ellos el único rey de reyes era Cristo, quien, a diferencia de Sapor, no morirá jamás.
Esto fue motivo de escándalo entre los jueces persas, quienes llamaban a Sapor ‘inmortal’. En represalia, Baraquicio fue arrojado a un estrecho calabozo, mientras que Jonás fue azotado y luego arrojado a un estanque de agua helada.
Ambos pasaron la noche en esas condiciones, para después ser sometidos a un juego cruel, bastante común entre los sayones (verdugos). Como los hermanos habían sido separados, los sayones empezaron a «jugar» cruelmente con ellos.
A Baraquicio le dijeron que Jonás había renegado de Cristo con el propósito de que se rindiera. El monje no hizo caso a tales mentiras y se reafirmó en su fe. Acto seguido, por haber reaccionado así, los jueces determinaron que sea apaleado con varas de ganado, igual que su hermano Jonás.
Persia, tierra de mártires
Finalmente, Jonás terminó aplastado por una prensa para la vid, y a Baraquicio le vertieron pez caliente y plomo por la boca. Un hombre llamado Abdisotas rescató ambos cuerpos pagando quinientos daries (la moneda persa de ese entonces) a la soldadesca. Luego, les dio a los hermanos cristiana sepultura.
La impresionante historia de Jonás y Baraquicio, así como la de los otros mártires de Persia, aconteció en tiempos en los que en Occidente ya estaba vigente el Edicto de Milán, y las persecuciones se habían detenido. En Oriente, sin embargo, la situación era muy distinta.
Buenos Aires, 27 de marzo (PR/26) .- Hoy, 27 de marzo, recordamos a San Juan de Egipto, conocido también como Juan el Anacoreta o Juan el Eremita. Este santo vivió en el siglo IV, la mayor parte del tiempo, en el desierto de Nitria. Este lugar, ubicado en una colina a pocos kilómetros al sur de Alejandría, es reconocido como uno de los primeros centros monásticos cristianos de Egipto, abundante en frutos de santidad.
Dios le concedió a Juan el don de profecía, del consejo y el poder de curar enfermedades. Gozó de gran fama en vida y, por eso, fue consultado por emperadores -se dice que profetizó una victoria a Teodosio el Grande-, figuras políticas y religiosas; incluso acudieron a él algunos de los Padres de la Iglesia como San Jerónimo y San Agustín. Este último escribió sobre él y constituye una de las fuentes más seguras para conocerlo.
Florecer en medio del desierto
San Juan el Eremita nació alrededor del año 305 en Tebaida, Licópolis -razón por la que se le llama también ‘Juan de Licópolis’-. Allí aprendió el oficio de carpintero, al que se dedicó durante su juventud. Con solo 25 años decidió renunciar a toda vida mundana para dedicarse a la oración y meditación, lejos de las tentaciones de la ciudad. Se puso entonces bajo la guía de un anciano anacoreta del desierto de Nitria quien, a lo largo de diez años, lo ejercitó en la obediencia y la renuncia de sí mismo.
Una voz del pasado que resuena hoy
El santo aprendió así a obedecer, sin quejarse, con humildad, aun cuando muchas de las órdenes que recibía parecían irracionales. En la antigüedad solían repetirse historias aleccionadoras en torno a él, muchas de ellas muy llamativas como desconcertantes: se dice, por ejemplo, que cultivaba un huerto lleno de árboles muertos o varas de madera.
El carácter ejemplar de esas historias está centrado en su paciencia y actitud de obediencia -dos virtudes que hoy apreciamos muy poco y no entendemos correctamente-. Cualquiera que fuera la tarea que se le imponía, San Juan de Egipto respondía con constancia y firmeza. Al morir su maestro, Juan se retiró a la cumbre de una escarpada colina, donde construyó su celda. Allí permaneció hasta el final de sus días, viviendo casi en total aislamiento. Solo recibía a algunas personas para darles consejo o asistencia espiritual.
Una vida hecha conversación incesante con Dios
Se dice que logró permanecer en oración durante todas las horas de la vigilia. La tradición subraya especialmente ese aspecto, porque constituye una excelente inspiración para todo cristiano que desea hacer de su tiempo algo hecho siempre de cara a Dios, una auténtica ofrenda de amor.
Por otro lado, Juan inspiró a muchos otros monjes y místicos posteriores. Se alimentó solo de frutos secos y vegetales por casi 50 años; además, habitó tres celdas que él mismo construyó: una para dormir, otra con solo una ventana para atender a los visitantes ocasionales y otra para rezar.
San Juan de Egipto falleció a los 90 años. Cuando hallaron su cuerpo, este estaba rígido, en posición de oración. Hoy se le considera como el ‘Padre de todos los ascetas’.
Buenos Aires, 26 de marzo (PR/26) .- Hoy, 26 de marzo, recordamos a San Ludgero, gran misionero de la Europa de la Edad Media. Es conocido como el gran evangelizador de los pueblos frisios (Países Bajos) y sajones (Alemania); fue el fundador de la Abadía de Werden y el primer obispo de Münster, Westfalia (Alemania).
Su vida se caracterizó por la entrega y dedicación puestas al servicio del anuncio del Evangelio entre los paganos europeos de su tiempo, y por el impulso que le dio a la fundación de monasterios, iglesias y escuelas. Hoy se le venera de manera especial en Holanda, Dinamarca y Alemania.
Impulso evangelizador
Ludgero -a veces «Lüdiger» o «Liudger»- nació en Frisia alrededor del año 745, en el seno de una familia noble. Vivió en los tiempos de Carlomagno y la expansión del imperio Carolingio, producida entre 772 y el 804.
Aquellos fueron días en los que el cristianismo también se encontraba en proceso de expansión, especialmente en las regiones pertenecientes a la llamada «Germania Magna», provincia romana fundada siglos antes por Julio César. Dicha provincia se encontraba ubicada entre los ríos Rin y Elba.
Se suele decir que la evangelización de aquellas tierras tuvo dos grandes impulsos: el primero, encabezado por San Bonifacio -el gran evangelizador de Alemania-; y el segundo, conducido por San Ludgero.
Nuestro santo vivió durante un tiempo en las islas británicas con el objetivo de formarse, llegando a ser discípulo del célebre teólogo Alcuino de York. En 777 fue ordenado sacerdote en Colonia (Alemania) y luego enviado a su tierra natal, Frisia, como misionero.
Misionero de la Gracia en libertad
Su labor allí estuvo marcada por un espíritu de respeto y libertad, a diferencia de otros esfuerzos evangelizadores de la época. Precisamente por eso, la tradición sugiere que San Ludgero tuvo muchísimo éxito, logrando la conversión de muchísimas personas.
La actitud pastoral de Ludgero fue considerada ejemplar y un férreo contrapunto al modo de obrar de Carlomagno, quien en su intento por expandir el cristianismo sucumbió más de una vez al uso de la fuerza.
Tiempo después, haría un viaje a la abadía benedictina de Montecasino, ubicada al sur de Roma, con el deseo de alejarse del conflicto entre las fuerzas de Carlomagno y su principal oponente sajón, el guerrero Widukind. Allí permanecería por un largo periodo, hasta que Carlomagno fue a buscarlo personalmente para pedirle que regrese a Frisia y continúe con la predicación.
El emperador además deseaba que Ludgero asumiera el episcopado de Tréveris, cuya sede estaba vacante. Con esa idea en mente, le solicitó al Papa que nombre obispo a Ludgero. Lamentablemente, el santo no aceptó la propuesta y regresó a Frisia como un sencillo misionero.
De vuelta en su tierra, erigió un monasterio en el territorio donde hoy se ubica la ciudad de Münster, en ese entonces perteneciente a la jurisdicción eclesiástica de Colonia.
En 804 fue designado obispo de Münster y cinco años más tarde falleció, el 26 de marzo de 809. Hoy sus restos descansan en Werden, lugar que se ha convertido en destino de cientos de peregrinos y devotos. El Martirologio Romano señala que su obra apostólica fue muy fructífera gracias a que supo congeniar la predicación, la oración y la acción.
Buenos Aires, 25 de marzo (PR/26) .- Cada 25 de marzo, la Iglesia recuerda a San Dimas, el ‘Buen Ladrón’, considerado “el primer santo” de la historia de la Iglesia. Fue crucificado en el Gólgota al lado de Jesucristo, a quien reconoció como Hijo de Dios. Su memoria coincide con la Solemnidad de la Anunciación del Señor.
Dimas, a diferencia del otro ladrón crucificado, imploró a Jesús: “Acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino”, a lo que el Señor contestó: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23, 39-43).
Dimas en la tradición
Poco se conoce sobre la vida de San Dimas. La misma Escritura no abunda en detalles y solo aparece en el relato de San Lucas sobre la crucifixión. No obstante, el texto apócrifo denominado Evangelio de Nicodemo aporta algunos detalles interesantes que la tradición ha conservado.
Por ejemplo, allí sí aparece el nombre ‘Dimas’ -ausente en la Biblia-, al que se denomina ‘buen ladrón’. Además, se señala que fue colocado a la derecha de Cristo, mientras que a su izquierda estaba ‘Gestas’, el ‘Mal Ladrón’, crucificado también.
En el evangelio apócrifo denominado Protoevangelio de Santiago, se recoge el siguiente testimonio de José de Arimatea sobre el buen ladrón:
“El segundo […] se llamaba Dimas; era de origen galileo y poseía una posada. Atracaba a los ricos, pero a los pobres les favorecía. Aun siendo ladrón, se parecía a Tobías, pues solía dar sepultura a los muertos.
Se dedicaba a saquear a la turba de los judíos; robó los libros de la ley en Jerusalén, dejó desnuda a la hija de Caifás, que era a la sazón sacerdotisa del santuario, y substrajo incluso el depósito secreto colocado por Salomón. Tales eran sus fechorías”.
De acuerdo al Evangelio árabe de la infancia de Jesús -otro texto apócrifo- Dimas tenía, en realidad, otro nombre. En ese relato los ladrones eran ‘Tito’ y ‘Dumaco’. Tito, quien sería el Buen Ladrón, habría impedido que otros salteadores como él robaran a la Sagrada Familia cuando esta huía a Egipto.
Dimas en el Evangelio
En las narraciones de la crucifixión de los Evangelios de San Lucas y San Mateo, se dice que Jesús, estando crucificado, fue blanco de insultos, afrentas y burlas provenientes de la multitud, la soldadesca romana y los maestros de la ley judía.
Apenas lo acompañaban un discípulo suyo, Juan, la Virgen María y algunas otras mujeres. Solo el relato de Lucas describe la intervención de los ladrones con precisión:
“Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: ‘¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros’. Pero el otro, respondiéndole e increpándole, le decía: ‘¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en la misma condena? Nosotros, en verdad, lo estamos justamente, porque recibimos el justo pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha hecho nada malo’. Y decía: ‘Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino’. Jesús le dijo: ‘En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso»’ (Lc 23, 39-43).
Nunca es tarde
Es claro que San Dimas, el buen ladrón, reconoció, en un acto de fe verdadera, al Hijo de Dios. Haberlo hecho lo condujo en seguida a admitir con humildad su pecado, y pedir misericordia.
Dimas había quedado transformado por la presencia de Dios, haciéndose testigo irrefutable de la inocencia de Cristo. Se sabe manchado por sus culpas, mientras ve que en Jesús no hay falta alguna. Al mismo tiempo, deja de pensar en la “salvación” que ofrece el mundo -no pide que lo bajen de la cruz-; no, ciertamente. Lo que quiere ahora es ir al cielo: en el final de su existencia ha puesto la mirada en lo trascendente.
Por eso, Jesús, conmovido, le hará la más grande de todas las promesas: “En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23, 43).
El delincuente que confesó ante el Señor: un santo seguro
Dimas nunca fue “canonizado” de manera formal por la Iglesia. Se le cuenta entre los santos porque ha sido la única persona a quien Jesucristo aseguró explícitamente que estaría en el cielo, compartiendo su gloria.
Si bien no hay certeza sobre su nombre, sí la hay sobre su destino. Que haya vivido como ladrón o criminal para después acogerse a la misericordia del Señor, termina siendo motivo de inspiración y de esperanza para todos los hijos de la Iglesia, porque somos pecadores.
Buenos Aires, 24 de marzo (PR/26) .- Como todos los 24 de marzo, hoy celebramos a Santa Catalina de Suecia, religiosa y mística, hija de la Patrona de Europa, Santa Brígida Birgersdotter (Santa Brígida de Suecia).
También se le denomina ‘Santa Catalina de Vadstena’, en alusión al lugar donde vivió y murió.
Katarina, o Catalina, fue monja brigidina, es decir, perteneció a la Orden religiosa fundada por su madre, la ‘Orden del Santísimo Salvador’, cuyas integrantes son conocidas comúnmente como ‘brigidinas’ en honor a su fundadora. Se le venera como patrona de las vírgenes, aún cuando estuvo casada, y las madres gestantes piden su intercesión ante el peligro de un aborto espontáneo.
De tal palo, tal astilla
Catalina Ulfsdotter, nació en Vadstena, ciudad de la provincia de Östergötland, Suecia. Fue la cuarta hija de Santa Brígida. No ha podido establecerse con exactitud la fecha de su nacimiento, pero se cree que fue entre 1331 y 1332. Es verdad que perteneció a una familia noble y con fortuna, pero en ella aprendió el desprendimiento y la generosidad.
Santa Brígida, su madre, había inculcado valores cristianos en todos sus hijos. Ella misma dio el mejor ejemplo cuando a la muerte de su esposo renunció a sus posesiones. Por su lado, Catalina le heredó el espíritu de liderazgo, entrega y amor a la oración.
Desde pequeña, supo mostrar una cálida sencillez y afabilidad que la hizo siempre cercana a quienes la rodearon; había aprendido de Brígida a descubrir lo mejor que se puede tener en esta vida: a Dios.
Por eso, pasaba varias horas del día dedicada al trato afable con el Señor. Gustaba de la meditación de la Pasión y Muerte de Cristo, de los salmos penitenciales y del Oficio de la Virgen María. Muchos de estos ejercicios espirituales los aprendió de niña, puesto que fue encargada desde los 7 años a las monjas del convento de Risberg para su educación.
Hija respetuosa y obediente
A la edad de 13 años, su padre decidió comprometerla en matrimonio. El elegido fue un noble de origen germánico, Eggart von Kürnen. Ella no estaba de acuerdo con el arreglo, pero decidió obedecer a su padre. Después del casamiento, Catalina logró persuadir a su esposo -un hombre de fe profunda- de hacer juntos un voto de castidad, que cumplirían celosamente el resto de sus vidas.
En 1349, después de la muerte de su padre, Catalina llegó a un acuerdo con su esposo para quedar libre y partir junto a su madre rumbo a Roma en peregrinación, y visitar las tumbas de San Pedro y San Pablo.
Estando todavía de camino, Catalina recibió la noticia de que Eggart, su esposo, había fallecido. Entonces, decidió no volver a contraer matrimonio y permanecer con su madre en Roma. Allí Catalina empezaría una nueva vida, imitando fervorosamente a Brígida en su vida ascética y pertenencia a Dios.
Viuda
En su condición de viuda, Catalina no dejaba de visitar a los pobres y enfermos de la ciudad, allí donde estuvieran, sea en las calles, en sus casas o en los hospicios. Además de atenderlos espiritual y materialmente, ayudaba con los quehaceres domésticos.
En 1372, Catalina, su madre y su hermano partieron en peregrinación a Tierra Santa. Al año siguiente, durante el viaje de retorno, Brígida falleció en Roma. Un año más tarde, su cuerpo regresaría a Suecia para ser enterrado en Vadstena, en el convento de su fundación.
Cumplidora de la obra de Dios
Catalina fue admitida en el convento de Vadstena, del que sería abadesa hasta 1375, año en el que viajaría a Roma para promover la canonización de Brígida. Pese a no obtener resultados, logró la ratificación de las reglas de la Orden que fundó su madre, la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida.
Tras cinco años de permanencia en Roma, Catalina regresó a su tierra natal y el obispo le confió el gobierno general de la joven Orden religiosa. Poco tiempo después enfermó y falleció el 24 de marzo de 1381. En 1484, Inocencio VIII concedió la autorización para su veneración.
Patronazgo y veneración
Santa Catalina de Suecia es considerada patrona de las vírgenes. Esto podría generar cierto desconcierto si se considera que estuvo casada por casi 20 años. Sin embargo, subyace una hermosa explicación que debe ser entendida a la luz de las condiciones de su época. Ella quiso consagrar su virginidad al Señor desde muy joven y así se mantuvo siempre. Esto fue posible, en buena parte, gracias a su esposo, quien compartió con ella, de manera fuera de lo común, el deseo de consagrarse a Dios siendo virgen.
Por otro lado, puede llamar la atención también que las madres gestantes pidan la intercesión de la santa ante el peligro de un aborto espontáneo, dado que Catalina nunca tuvo hijos. La explicación de por qué es intercesora en esos momentos tan difíciles, por los que pasan muchas mujeres, radica en que Catalina tuvo que acompañar en su dolor a más de una madre que había perdido a su hijo en el vientre.