Descubre cómo esta dinámica interior transforma tu relación con Dios, convirtiendo cada decisión cotidiana en una viva manifestación de fe, sentido y verdadero amor hacia los demás.
Buenos Aires sábado 17 octubre (PR/26)– Cuando escuchamos hablar de discernimiento, solemos pensar de inmediato en grandes momentos de decisión o en descubrir la propia vocación. Sin embargo, no se trata únicamente de entender si alguien debe casarse o seguir la vida sacerdotal, sino de una experiencia muchísimo más profunda que moldea toda nuestra existencia.
En su obra El arte de recomenzar, Fabio Rosini nos ofrece una valiosa reflexión teológica al respecto. Nos advierte sobre el gran error de ignorar esta distinción fundamental, pues reducir el discernimiento espiritual a una simple elección de estado de vida termina desvirtuando su verdadera esencia y propósito.
El verdadero discernimiento es esa dinámica interior que guía a quien vive en continua presencia del Señor, imitando la perfecta comunión de Jesús con el Padre. Representa la orientación profunda del ser y constituye la masa firme de la nueva vida inaugurada en la carne humana.
Una sensibilidad del corazón que aprende a reconocer la presencia divina
Un hijo de Dios no adquiere esta capacidad por el simple hecho de haber leído un libro o acumulado muchísimas catequesis. En realidad, logra reconocer al Padre en las cosas cotidianas porque lo conoce íntimamente y ha aprendido a percibir su amorosa cercanía.
Por esta razón, discernir no es una destreza técnica ni una habilidad intelectual que se improvisa. Es una identidad redimida puesta en acción, una relación filial con el Creador que se transforma gradualmente en una sensibilidad afinada, un ojo agudo y un oído perfectamente entonado.
Todo este proceso requiere sostener un continuo diálogo con el Señor. Cuando intentamos caminar sin esta luz divina o sin disciplina espiritual, caemos en la trampa de juzgar según el sentido común, las impresiones pasajeras, el instinto o los impulsos emocionales del momento.
Para no actuar a ciegas, necesitamos indispensablemente un parámetro objetivo y espiritual. De lo contrario, cualquier evaluación resultará corta, superficial y puramente meritoria de circunstancias cambiantes, impidiéndonos recomenzar nuestra vida con un norte claro y firme.
Abrazar la vida cotidiana como un camino constante de bendición y vocación
Esta búsqueda constante sobre nuestra relación diaria con Dios no concluye al terminar la juventud, sino que nos acompaña durante toda la existencia. Cada día debemos descubrir a qué nos llama el Señor en la madurez, la vejez, el trabajo o la amistad.
No se trata de perderse en proyectos estériles o en pequeñas utopías irrealizables, sino de mantenerse afincados en la realidad mediante una profunda obediencia a la vida. Es aprender a entrar en sus venas y amarla exactamente tal como se nos presenta.
Se nos ha regalado una existencia plenamente bendecida y el gran mandamiento divino consiste en acoger esta bendición. Descubrir, recibir y vivir la bendición de Dios se convierte en un motor vital e imprescindible para nuestro crecimiento interior.
Descubrir la coherencia del camino personal con que Dios nos salva
Existe una clara ley de continuidad en la praxis espiritual: el modo en que Dios obra nuestra salvación posee una hermosa coherencia divina. Su misericordia es eterna y sus caminos jamás son contradictorios ni azarosos.
Si deseamos construir el bien y recomenzar verdaderamente, la clave principal reside en centrar la atención en cómo el Señor nos rescata a cada uno. El Creador se acerca con pasos conocidos y se mueve de manera perfectamente reconocible para nuestro corazón.
Por eso resulta tan útil volver la mirada sobre las gracias pasadas, rastreando la guarida del bien en nuestra propia historia. Conocer los lugares habituales de encuentro con el Padre nos permite retornar a aquello que siempre nos ha hecho bien.
El fruto supremo del discernimiento es dar la vida y ser para los demás
La etapa culminante del discernimiento inicial se resume en un objetivo claro: generar vida. El parámetro supremo para evaluar cualquier decisión es verificar si nos conduce a salir de la soledad para edificar relaciones auténticas.
Cada inspiración del Espíritu Santo es un movimiento de amor. Inclusos las humillaciones, si son acogidas con fe, nos vuelven capaces de actos pascuales que manifiestan este amor redentor en nuestro entorno diario.
En definitiva, la fecundidad espiritual es la prueba más transparente del buen camino. La confirmación de nuestro progreso no proviene de nuestra propia opinión, sino del testimonio vivo de quienes caminan cerca de nosotros.
Una de las tareas más inútiles es discernir solo para entender quiénes somos de forma autorreferencial. La pregunta transformadora que debemos hacernos es: ¿para quién soy? Al mirar alrededor y responder con acciones concretas, nuestra vida alcanza su plenitud.
La misión de la Iglesia va mucho más allá del púlpito: abarca el testimonio, la oración, la formación, el servicio y la comunidad. Ninguna pesa menos que otra y, juntas, sostienen todo el edificio cristiano.
Por Dariusz Dudek
Buenos Aires Viernes 16 octubre (PR/26)– La evangelización no se reduce a predicar desde el púlpito. Abarca la vida y la misión de la Iglesia en su conjunto, y ninguna de sus dimensiones, ya sea el testimonio, la liturgia, el servicio, la formación o la comunidad, es menos importante que las demás: todas juntas forman un fundamento coherente del cristianismo.
Una Iglesia que existe para evangelizar
La frase nos acompaña desde los tiempos del papa San Pablo VI, quien completó la obra del Concilio Vaticano II. Al cumplirse diez años de su clausura, publicó la exhortación apostólica Evangelii nuntiandi, que resume lo que los obispos pensaron sobre cómo debería ser la evangelización en el mundo contemporáneo.
¿Significa esto que la misión de la Iglesia se agota en dar sermones, homilías y retiros, o en salir a las misiones? ¿Acaso la educación o la ayuda caritativa valen menos, o ni siquiera son tareas propias de la Iglesia? Por supuesto que no.
Lo que sí se quiere decir es que toda actividad que emprenda la Iglesia debe tener como horizonte la evangelización: el anuncio de la Buena Nueva de que Dios se hizo hombre, murió, resucitó y envió al Espíritu Santo a todos los hombres, invitándolos a formar parte de la comunidad de la Iglesia.
Todas las dimensiones de esta misión excepcional están estrechamente relacionadas entre sí. No hay entre ellas elementos más o menos importantes. Se parecen a unos cimientos bien nivelados y a unas paredes sólidamente erigidas, que mantienen todo el edificio en plena estabilidad.
Martyria: dar testimonio con la vida
Una de las tareas fundamentales de la Iglesia es la martyria, una palabra griega que significa dar testimonio. De ella deriva el término mártir: aquel que dio testimonio de Jesús hasta el final, entregando su vida.
Ese testimonio se manifiesta de muchas formas. Está en vivir el día a día de tal manera que otras personas, al observarnos, empiecen a preguntar por Jesús. Está en la labor de los religiosos y del clero que predican, imparten retiros y pronuncian homilías.
Hoy también es la misión de los misioneros digitales, que prestan servicio en Internet y comparten en la red su testimonio y su experiencia de fe.
Un elemento muy importante sigue siendo la proclamación del kerigma, la verdad más fundamental de la vida cristiana: Dios creó al hombre por amor, el hombre pecó y Dios envió a su Hijo al mundo para redimirlo mediante su muerte y resurrección.
Jesús nos da el Espíritu Santo para que podamos vivir. Depende de nosotros aceptarlo como Señor y Salvador y, al recibir el Espíritu Santo, formamos la Iglesia y nos convertimos nosotros mismos en evangelizadores.
Liturgia: la oración que se vive en comunidad
Otro pilar de la actividad evangelizadora es la liturgia, es decir, la oración comunitaria. Su expresión máxima y más elevada es la Eucaristía y los demás sacramentos. Allí, en los signos sacramentales, se hace presente el misterio salvífico de Jesucristo ofrecido al hombre.
La liturgia se complementa con todas las demás formas de oración comunitaria, con los servicios religiosos y con la oración individual de cada fiel.
Mistagogia: entrar de a poco en el misterio de la fe
El término mistagogia significa la iniciación gradual del ser humano en el misterio de la fe. En la práctica, se refiere a la formación de los fieles, es decir, a la catequesis en su sentido más amplio.
Hoy la Iglesia enfrenta una enorme tarea: la catequesis de los adultos. No se trata solo de profundizar su relación viva y personal con Cristo, sino también de desarrollar el conocimiento de las verdades de la fe.
Gracias a ello, los creyentes son capaces de comprender de forma madura, de explicarse a sí mismos y a los demás en qué y por qué creen, así como de defender sus convicciones cuando sea necesario.
Diakonia: servir sin perder el Evangelio
Otro elemento es la diaconía, es decir, el servicio. En esta dimensión se engloban las actividades caritativas, el servicio a los pobres, la educación y la ayuda a los que sufren y a los moribundos. Esa actitud dio lugar a las obras de muchos santos en el mundo, entre ellos Santa Madre Teresa de Calcuta.
A veces, sin embargo, un amplio compromiso social lleva a acusar a la Iglesia de reducir su papel al de una organización no gubernamental o filantrópica. Y es cierto que, si en la diaconía faltan el Evangelio y la referencia a Dios, este servicio se queda, efectivamente, en una mera actividad caritativa.
Koinonia: una comunidad con Cristo en el centro
El último elemento, pero no por ello menos importante, es la koinonia, es decir, la construcción de la comunidad. La comunidad cristiana se caracteriza por tener a Cristo en su centro: todos sus miembros se refieren a Él y, en relación con Él, establecen vínculos auténticos y profundos entre ellos.
Los obispos polacos, en su Carta con motivo de la XVI Semana de la Educación (del 13 al 19 de septiembre), subrayaron que la parroquia debe ser, ante todo, un lugar para construir relaciones auténticas. Es precisamente entonces cuando se realiza plenamente esta dimensión de la misión: la de una Iglesia que vive para evangelizar.
Marta y María, dos caras de la misma moneda que se necesitan y se complementan. Tomemos ejemplo de ellas para nuestra vida y con ellas vayamos tras los pasos de Jesús teniendo siempre nuestra casa abierta para Él.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 10, 38-42
En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».
La providencia divina y la prueba de la fe se entrelazan en la figura de Job, mientras Jesús enseña a sus discípulos que la verdadera grandeza en el Reino se manifiesta en la sencillez y el servicio al hermano.
Primera lectura
Lectura del libro de Job 1, 6-22
Un día los hijos de Dios se presentaron ante el Señor; entre ellos apareció también Satán.
El Señor preguntó a Satán:
«¿De dónde vienes?».
Satán respondió al Señor:
«De dar vueltas por la tierra; de andar por ella».
El Señor añadió:
«¿Te has fijado en mi siervo Job? En la tierra no hay otro como él: es un hombre justo y honrado, que teme a Dios y vive apartado del mal».
Satán contestó al Señor:
«¿Y crees que Job teme a Dios de balde? ¿No has levantado tú mismo una valla en torno a él, su hogar y todo lo suyo? Has bendecido sus trabajos, y sus rebaños se extienden por el país. Extiende tu mano y daña sus bienes y ¡ya verás cómo te maldice en la cara!».
El Señor respondió a Satán:
«Haz lo que quieras con sus cosas, pero a él ni lo toques».
Satán abandonó la presencia del Señor.
Un día que sus hijos e hijas comían y bebían en casa del hermano mayor, llegó un mensajero a casa de Job con esta noticia:
«Estaban los bueyes arando y las burras pastando a su lado, cuando cayeron sobre ellos unos sabeos, apuñalaron a los mozos y se llevaron el ganado. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Ha caído un rayo del cielo que ha quemado y consumido a las ovejas y a los pastores. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Una banda de caldeos, divididos en tres grupos, se ha echado sobre los camellos y se los ha llevado, después de apuñalar a los mozos. Solo yo pude escapar para contártelo».
No había acabado este de hablar, cuando llegó otro con esta noticia:
«Estaban tus hijos y tus hijas comiendo y bebiendo en casa del hermano mayor, cuando un huracán cruzó el desierto y embistió por los cuatro costados la casa, que se derrumbó sobre los jóvenes y los mató. Solo yo pude escapar para contártelo».
Entonces Job se levantó, se rasgó el manto, se rapó la cabeza, se echó por tierra y dijo:
«Desnudo salí de! vientre de mi madre y desnudo volveré a él. El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor».
A pesar de todo esto, Job no pecó ni protestó contra Dios.
Salmo de hoy
Salmo 16, 1. 2-3. 6-7 R/. Inclina el oído y escucha mis palabras
Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R/.
Emane de ti la sentencia,
miren tus ojos la rectitud.
Aunque sondees mi corazón, visitándolo de noche;
aunque me pruebes al fuego,
no encontrarás malicia en mí. R/.
Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. R/.
Evangelio del día
Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 46-50
En aquel tiempo, se suscitó entre los discípulos una discusión sobre quién sería el más importante.
Entonces Jesús, conociendo los pensamientos de sus corazones, tomó de la mano a un niño, lo puso a su lado y les dijo:
«El que acoge a este niño en mi nombre, me acoge a mí; y el que me acoge a mí, acoge al que me ha enviado. Pues el más pequeño de vosotros es el más importante».
Entonces Juan tomó la palabra y dijo:
«Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y se lo hemos prohibido, porque no anda con nosotros».
Jesús le respondió:
«No se lo impidáis: el que no está contra vosotros, está a favor vuestro».
Reflexión del Evangelio de hoy
“El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor”
El libro de Job intenta esclarecer una cuestión fundamental de la vida. No es otra que la de convencernos, desde la fe, que la providencia de Dios se ocupa siempre de las realidades humanas. Dios gobierna lo creado y su providencia va rigiendo nuestro peregrinar, sin que falte a nadie y, desde luego, respetando la libertad de cada uno. La existencia de la providencia divina descarta del horizonte de los creyentes la casualidad, el destino, o el azar.
En estos versículos del comienzo se encuentra al personaje Job, feliz por los cuatro costados. Tiene buena salud, es dichoso por la familia de la que disfruta, buen servicio, posesiones, comercio, camellos, diversidad de ganado. Además, no puede dudarse de que era un hombre justo porque, de tal extremo, se encargó el propio Dios de certificarlo ante sus hijos, entre los que se hallaba Satán, el jefe de los ángeles rebeldes caídos en desgracia.
Sin embargo, Satán puso en duda que Job fuera verdaderamente santo. Lo era porque todo lo tenía a pedir de boca. No necesitaba aspirar a mayor dicha. Dios permitió que fuera puesto a prueba por los envidiosos de la condición de los humanos abiertos y ajustados a la voluntad de Dios, como lo era el protagonista del libro.
En un abrir y cerrar de ojos Job fue despojado de todo y hasta su mujer y amigos trataron de echarlo abajo, pero él desde el principio se mantiene firme y pronunció las palabras que encabezan este párrafo: El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó; bendito sea el nombre del Señor. Aunque en los siguientes días se irá caminando hacia el desenlace del drama, puede avanzarse que la tesis se mantiene firme: las cosas humanas se rigen por la providencia divina que siempre muestra y ayuda a mantenerse en el camino del bien abierto a la trascendencia.
Jesús conoce los pensamientos de los corazones
Los discípulos de Jesús en los comienzos de la vida pública del Señor, con sus preguntas, actitudes y aspiraciones abrieron siempre una senda que servirá a los creyentes en su aprendizaje, tanto si acertaban en la asimilación de la doctrina del Maestro, como si erraban y merecieran una rectificación. Esto último es lo que nos sirve hoy.
Pensaban que en el reino de Dios tenía que haber unos destinados a servir y otros beneficiarios de la servidumbre de los demás. Lo que les cabía en la cabeza era que hubiera una escala de poder, de importancia, de prestigio para acaparar la sumisión de los empleados. Pero la respuesta de Jesús frente a los que discutían sobre quién era el más importante entre ellos se plasmó en una escena bien gráfica: la de un niño que colocó y quiso resaltar en él su pequeñez, menudencia, y todavía insignificancia en la sociedad.
En el reino de los cielos hay cabida para los servidores, aunque sirvan al que tenga el menor relieve. Ahora bien, la asistencia que reclama a la totalidad de las personas ha de ser consciente de que en el otro se acoge al mismo Cristo y en Cristo al que le ha enviado, es decir, a Dios.
En otras palabras, el más importante en el reino de los cielos será el que con mayor grado de caridad haya amado en la tierra a Dios y a sus semejantes, aunque sean «tan pequeños» como los niños.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 1-6
En aquel tiempo, habiendo convocado Jesús a los Doce, les dio poder y autoridad sobre toda clase de demonios y para curar enfermedades.
Luego los envió a proclamar el reino de Dios y a curar a los enfermos, diciéndoles:
«No llevéis nada para el camino: ni bastón ni alforja, ni pan ni dinero; tampoco tengáis dos túnicas cada uno.
Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
Y si alguno no os recibe, al salir de aquel pueblo sacudíos el polvo de los pies, como testimonio contra ellos».
Se pusieron en camino y fueron de aldea en aldea, anunciando la Buena Noticia y curando en todas partes.