Produce una de las mejores frutillas del país y tiene un ambiente relajado.
Sierra de los Padres, un pueblito apacible a 20 km de Mar del Plata.
Buenos Aires, jueves 5 febrero (PR/26) – A tan sólo 20 kilómetros de Mar del Plata, Sierra de los Padres se consolida como una de las escapadas más elegidas por quienes buscan descanso, naturaleza y un ritmo mucho más tranquilo que el de los destinos tradicionales de la Costa Atlántica.
El pueblo serrano ofrece un entorno cuidado, con calles arboladas, vistas abiertas y un paisaje que invita a bajar un cambio desde el primer momento. Esa combinación lo convierte en una opción frecuente tanto para escapadas de fin de semana como para estadías más largas.
Según supo la Agencia Noticias Argentinas, lejos del bullicio turístico, Sierra de los Padres mantiene un ambiente relajado durante todo el año, con propuestas simples pero atractivas, pensadas para disfrutar sin apuro y en contacto permanente con la naturaleza.
Qué hacer en Sierra de los Padres
Uno de los grandes atractivos del pueblo es su entorno natural. Caminatas por senderos serranos, recorridos por la reserva forestal y paseos al aire libre forman parte de las actividades más buscadas, ideales para realizar en cualquier estación.
También se destacan los miradores naturales y los caminos ondulados que rodean la localidad, perfectos para recorrer a pie, en bicicleta o en auto, siempre con vistas abiertas y un clima de tranquilidad constante.
Entre las propuestas más elegidas por quienes visitan el lugar se encuentran:
Caminatas por la reserva y senderos serranos
Visitas a la Gruta de los Pañuelos
Cabalgatas y paseos guiados
Recorridos tranquilos por el casco del pueblo
Gastronomía, frutillas y descanso
La gastronomía es otro de los puntos fuertes de Sierra de los Padres. Restaurantes de cocina casera, casas de té y pequeños almacenes regionales ofrecen una propuesta simple, ideal para almuerzos sin apuro o meriendas largas.
Uno de los sellos distintivos del pueblo es la producción de frutillas, reconocida como una de las mejores del país. Durante la temporada, la fruta fresca, las mermeladas y los dulces artesanales se convierten en protagonistas y atraen visitantes de distintos puntos de la provincia.
Esa combinación de buena comida, productos regionales y un entorno serrano cuidado refuerza el perfil del destino como un lugar pensado para descansar, comer bien y desconectarse, sin resignar cercanía con Mar del Plata ni comodidad.
La playa más extensa de la ciudad, con 18 kilómetros de arena blanca, es más segura y familiar que los balnearios del centro, está poblada de condominios frente al mar y convoca a cada vez más argentinos
La zona se caracteriza por una larguísima costanera con torres de lujoShutterstock
Río de Janeiro, miércoles 4 febrero (PR/26) — La sensación es extraña: estamos en las playas deRío de Janeiro, pero se percibe distinto.
Para empezar, uno puede meterse al agua y dejar las cosas en la sombrilla sin tener que quedarse mirando la costa con ojo biónico, esperando el arrebato. A diferencia de las playas más famosas del centro de la ciudad, en Barra de Tijuca se respira un ambiente de seguridad bastante inédito. Se trata de un área inmensa, con una larguísima costanera de arena blanca, poblada de condominios y torres de lujo, que muchos han apodado “la Miami carioca”.
Este verano más que nunca es, por sus playas, su oferta de alojamiento, restaurantes, shoppings y su clima relajado, una de las zonas de Río más elegidas por los argentinos.
Son casi 18 kilómetros de arena clara, mar abierto y una costanera –la avenida Lúcio Costa– dominada por edificios modernos, avenidas anchas y condominios residenciales. La comparación con Miami es inevitable, pero no se limita solo a la postal urbana: también remite a un estilo de vida más previsible, menos caótico que en otras zonas de Río. Ese perfil explica por qué Barra pasó de ser un barrio periférico a convertirse en uno de los puntos más buscados por las familias argentinas.
Más espacio y tranquilidad para disfrutar del sol y el aguaShutterstock
Ubicada en la zona oeste de la ciudad, a unos 30 o 40 minutos en auto de Ipanema y Leblon (según el tránsito), Barra fue proyectada a fines de los 60 por el urbanista Lúcio Costa, una figura central del modernismo brasileño y responsable del plan maestro de Brasilia junto a Oscar Niemeyer. Su idea original era crear un barrio poco poblado, con amplios espacios verdes, pero el asunto se le fue de las manos.
El crecimiento inmobiliario desbordó los planes iniciales y, a principios de los 80, empezó a atraer a empresarios, nuevos ricos, deportistas, celebridades y políticos (fue el hogar del expresidente Jair Bolsonaro, entre otros). De a poco se consolidó un perfil socioeconómicamente alto y la zona cobró vida propia. De hecho, para muchos cariocas, Barra de Tijuca no es un barrio; es prácticamente otra ciudad.
La oferta de alojamiento
Actualmente, muchas de las unidades de los condos frente al mar funcionan como alquiler temporario a través de plataformas como Airbnb y Booking. En temporada alta, un departamento en un condominio frente al mar ronda entre 1100 y 1400 dólares por semana, un valor que muchos argentinos consideran razonable en comparación con la hotelería tradicional en zonas como Ipanema y Leblon.
En temporada alta un condominio frente al mar ronda entre 1100 y 1400 dólares por semanaShutterstock
En sintonía, la oferta hotelera también creció en Barra, de la mano de grandes cadenas como Hilton, Marriott, Radisson, Windsor, Wyndham y Lagune, que desarrollaron propiedades orientadas tanto al turismo de ocio como al segmento corporativo.
El impulso final llegó con los Juegos Olímpicos de 2016. La construcción del Parque Olímpico y la Villa de los Atletas (una inversión estimada de 12.500 millones de dólares, según cifras globales) pusieron a Barra en el mapa global. Hoy ese predio recibe todos los años al festival de música Rock in Rio.
“En 2026 tenemos tres eventos muy importantes en Brasil: las elecciones a presidente en octubre, el Rock in Rio –ya están confirmados Elton John, Gilberto Gil y el grupo de K-pop Stray kids– y el Mundial”, cuenta un chofer de Uber, que avanza a la velocidad de la luz (se sabe que manejan rápido) por la avenida Lúcio Costa.
Como en el resto de Río, la playa se organiza por “postos” (puestos de guardavidas). Del 1 al 8 se extiende la franja principal de Barra, conectada por una ciclovía que corre paralela al mar y permite unir grandes distancias a pie o en bicicleta. Incluso en pleno enero hay espacio para todos; predomina un público familiar, con buena infraestructura de paradores y servicios, y una sensación poco habitual en otras playas cariocas en plena temporada: la de no estar nunca completamente apretado.
Aquí la playa se organiza por “postos” (puestos de guardavidas)Sergio Alves – Getty Images South America
En el Posto 2 comienza la avenida Olegário Maciel, en el cruce con la avenida do Pepê. Ese punto concentra buena parte de la vida social de Barra. Bares con mesas en la vereda, restaurantes de cocina internacional, cervecerías artesanales y cafeterías funcionan día y noche. No hay mega discotecas –por ahora–, pero sí una buena oferta para quedarse tomando algo y escuchando música en vivo hasta tarde.
Yendo hacia el oeste, el paisaje se vuelve más salvaje. A partir del Posto 9 comienza Recreio dos Bandeirantes, un barrio más calmo, con estampa de balneario quedado en el tiempo. A pocos kilómetros aparecen Prainha y Grumari, dos playas protegidas por áreas ambientales, rodeadas de vegetación. Son arenas paradisíacas en las que casi no hay gente durante los días de semana (incluso la señal de celular es muy débil). Para muchos cariocas, Prainha y Grumari son las playas más bonitas de Río de Janeiro.
En el extremo opuesto de Barra, sobre el límite con São Conrado, se encuentra Joatinga. Es una playa pequeña, encajonada entre acantilados y residencias privadas, a la que se accede por una escalera empinada. Cuando la marea acompaña, se convierte en uno de los puntos más atractivos de la zona, con un público más joven y un clima distinto al resto del barrio.
Buenas olas para surfearShutterstock
Para tener una idea de los precios, el alquiler de sombrilla cuesta 7 dólares diarios; el agua de coco, 4. El açai helado, 6, una caipirinha, 7 y el choclo y el queso asado, entre 2,5 a 4 dólares.
Uno de los aspectos de Barra que atraen al público argentino son los shoppings. Los hay para todos los gustos: el Barra Shopping, con cerca de 500 locales, es uno de los centros comerciales más grandes de América Latina. A pocos metros, el Village Mall reúne marcas de lujo como Louis Vuitton, Prada, Gucci y Dolce & Gabbana.
Otros son: el New York City Center, con su bizarra réplica de la Estatua de la Libertad en la entrada, el Downtown Shopping y el Shopping Metropolitano, que destaca por sus buenos precios. Para tener una idea, un par de zapatillas Nike o Adidas, que en la Argentina se consiguen por 110 dólares, se pueden comprar en el Metropolitano desde 65 a 75 dólares.
Dónde comer y cómo moverse
La gastronomía creció al ritmo del barrio. A los clásicos paradores sobre la costa se sumaron parrillas, cocinas asiáticas, propuestas contemporáneas y cafés modernos. La mayor concentración se da en torno de Olegário Maciel y dentro de los shoppings. En general, los precios de la gastronomía son hasta un quince por ciento más accesibles que en Leblon o Ipanema durante la temporada alta. Una comida en paradores (pratofeito) cuesta entre 8 y 13 dólares. Una cena en un restaurante de Olegário Maciel, entre 20 y 35.
Variedad de paradores para probar sabores localesShutterstock
Por último, moverse por Barra implica aceptar distancias más largas que en los barrios históricos de Río. El auto sigue siendo el medio más práctico, pero la ampliación del metro hasta Jardim Oceânico mejoró la conexión con el resto de la ciudad. De hecho, muchos turistas se alojan en Barra y se toman el subte hasta Copacabana para pasar la tarde. Un Uber de Barra a Copacabana cuesta entre 18 y 28 dólares.
Barra da Tijuca propone una experiencia distinta en la Cidade Maravilhosa, que para las familias argentinas funciona muy bien: menos gente en la playa, más espacio y una dinámica más residencial. Por supuesto que Leblon, Ipanema y Copacabana conservan su mística de siempre, pero Barra dejó de ser una alternativa secundaria y este verano terminó de consolidarse como una gran opción para visitar Río.
El puente en la zona de Jardim Oceânico que une Barra con RíoShutterstock
Se espera una masiva participación en las dos jornadas previstas para el viernes 6 y el sábado 7 de febrero. Vuelve el clásico Concurso de Cebadores.
Paraná celebra una nueva edición de la Fiesta Nacional del Mate.
Agencia NA (Municipalidad de Paraná)
Buenos Aires, martes 3 febrero (PR/26) – La ciudad de Paraná, en Entre Ríos, celebrará este viernes 6 y sábado 7 de febrero la 35ª Fiesta Nacional del Mate, con acceso libre, tres escenarios, ferias, gastronomía y dos noches de música en vivo.
La edición 2025 convocó a más de 100.000 personas, y este año la Fiesta regresa con una grilla artística potente y una experiencia pensada para disfrutar en comunidad.
En esta oportunidad, serán protagonistas Lali, Los Nocheros, Los Caballeros de la Quema, Rombai, Coti, Gauchito Club y Raly Barrionuevo, supo laAgencia Noticias Argentinas.
Esta edición vuelve a poner en el centro de la escena al mate como lo que es: un ritual cotidiano que nos identifica y atraviesa generaciones.
La ciudad comenzó este lunes el armado del escenario para le fiesta.
Agencia NA (Municipalidad de Paraná)
Más allá de los shows en vivo, la Fiesta propone una experiencia completa que cruza cultura, tradición y vida local: feria de emprendedores, propuestas de arte, patio gastronómico a cargo de clubes de la ciudad, actividades para infancias y el clásico Concurso de Cebadores, una de las atracciones más esperadas, que celebra el saber popular alrededor del mate y convoca a participantes y visitantes con premios y reconocimientos.
Porque en Argentina el mate no es solo una bebida, es una ceremonia mínima del día a día, una excusa amable para reunirse, y un hábito que acompaña tanto el silencio como la charla.
Con una convocatoria que crece año a año, la Fiesta se consolidó como uno de los grandes eventos del verano en la región, con miles de personas que llegan a Paraná para vivir una celebración popular que pone en movimiento a toda la ciudad.
La sede será la Plaza de las Colectividades, con ingreso libre al predio desde las 18, en un evento que ya es una de las celebraciones populares más convocantes del país.
Aunque la mayoría de los argentinos sueña con viajar, menos de la mitad pudo hacerlo en el último año. El turismo no desaparece: se vuelve más cercano, austero y planificado bajo criterios de precio y accesibilidad.
Buenos Aires, martes 3 febrero (PR/26) — Viajar sigue siendo uno de los grandes anhelos de los argentinos, pero cada vez está más condicionado por la situación económica.
Un informe reciente muestra que, si bien casi siete de cada diez personas consideran que conocer nuevos lugares es una meta de vida, solo una minoría logró concretarlo en el último año.
Esta distancia entre deseo y posibilidad está transformando la forma en que se planifican las vacaciones.
En lugar de desaparecer, el viaje se reconfigura: gana terreno el turismo interno, los destinos de cercanía y las opciones más económicas. La elección ya no responde solo a lo aspiracional, sino a lo viable.
Así, la experiencia de viajar se redefine bajo una lógica más pragmática, donde el presupuesto, el acceso y la flexibilidad pesan tanto como el paisaje.
Aunque casi 7 de cada 10 personas consideran viajar y conocer nuevos lugares como una meta de vida, solo el 38% logró salir de vacaciones al menos una vez en los últimos doce meses. La brecha entre lo que se sueña y lo que efectivamente se puede hacer marca hoy la forma en que se planifican —y se resignifican— los viajes.
El análisis “Viajar, una meta en el horizonte”, elaborado por Human Media Connections, muestra que en un contexto de consumo restringido el viaje no desaparece, sino que se reorganiza bajo criterios de accesibilidad, cercanía y precio. El deseo sigue intacto, pero se ajusta a la realidad económica.
En ese escenario, el turismo interno se consolida como la principal opción para los argentinos. Siete de cada diez personas que viajaron lo hicieron dentro del país, mientras que solo tres eligieron destinos internacionales
La playa continúa siendo el arquetipo vacacional dominante —es elegida por el 70% de los viajeros— y la montaña queda relegada a un segundo plano.
Mar del Plata se mantiene como el gran epicentro del turismo nacional. Es el destino más elegido tanto por los residentes del AMBA como por quienes viven en el resto del país.
El 70% de sus visitantes proviene de Buenos Aires y La Plata, mientras que el 30% restante llega principalmente desde ciudades como Mendoza, Tucumán, Rosario y Bahía Blanca. Completan el ranking de destinos más visitados Villa Gesell, Pinamar, Carlos Paz y Mar del Tuyú, confirmando el peso de los destinos tradicionales y de cercanía.
El informe también revela que el viaje argentino es mayoritariamente autogestionado: el 96% de las personas arma su propio recorrido sin contratar paquetes turísticos. Esta lógica se refleja en los medios de transporte elegidos.
El automóvil lidera ampliamente con el 77% de las preferencias, seguido por el micro (16,7%) y, muy por detrás, el avión (2,9%). La forma de viajar condiciona el destino: quienes se trasladan en auto o micro eligen mayoritariamente Mar del Plata, mientras que quienes vuelan se inclinan por destinos más lejanos como Bariloche, Ushuaia o Salta.
En el plano internacional, Brasil se consolida como el destino favorito de los argentinos, concentrando más del 30% de los viajes al exterior en los últimos años.
Chile aparece como la gran novedad del período: es el único país que muestra un crecimiento sostenido, superando el 20% de participación y desplazando a Uruguay, que registra una caída progresiva. Europa y Estados Unidos/Canadá mantienen niveles bajos y estables, apenas por encima del 5%.
Las motivaciones para elegir destino también están cambiando. Si bien los atractivos naturales siguen siendo el principal factor de decisión, su peso viene en descenso.
En contraste, el precio es el motivo que más creció en el último año y ya explica casi una de cada cinco elecciones. La cercanía y la facilidad de acceso completan el podio, reforzando un patrón de viaje cada vez más pragmático, donde se prioriza lo posible por sobre lo aspiracional.
El viaje, además, continúa siendo una experiencia profundamente social. Solo el 10% de las personas viaja en soledad; el 67% lo hace con familia o amigos y el 23% en pareja. Incluso entre quienes viajan solos, Mar del Plata y Bariloche se mantienen como los destinos más elegidos, lo que refuerza su valor simbólico dentro del mapa turístico argentino.
Para las marcas, el análisis de Human Media Connections deja señales claras. En un contexto de consumo contenido, el viaje funciona tanto como experiencia real como aspiración simbólica. Las narrativas ostentosas pierden eficacia frente a mensajes que acompañen, faciliten y comprendan las limitaciones del consumidor.
El trayecto —la ruta, las paradas, las comidas y las playlists— gana relevancia como espacio de contacto, mientras que la playa se mantiene como el lenguaje común de alcance masivo y los aeropuertos como territorios estratégicos para públicos de mayor poder adquisitivo.
Más que una postal del verano, el informe revela una transformación profunda en la forma de viajar de los argentinos: el deseo persiste, pero hoy se organiza alrededor de la posibilidad, la cercanía y la eficiencia.
Comprender esa lógica resulta clave para conectar con un consumidor que no dejó de soñar, pero aprendió a viajar de otra manera.
Aislado del ruido, sin relojes ni certezas, este pueblo del Pacífico costarricense es refugio de quienes buscan un cambio real. Abrazado por la selva y el Pacífico, atrae a viajeros que llegan por unos días y terminan quedándose una vida
Por Sol Valls
Buenos Aires, martes 3 febrero (PR/26) — En el Pacífico costarricense, sobre el extremo suroeste de la península de Nicoya -a 150 kilómetros y seis horas de San José (la capital del país)- el océano ruge con una cadencia que hipnotiza y los días se alargan. Ahí está Santa Teresa: un pueblo que hasta hace apenas unas décadas era un secreto
“¿Lo que más me gusta de Santa Teresa? La simpleza de vivir el día a día, el ahora, el presente. El no saber qué va a pasar mañana pero vamos para adelante.No tener el consumismo de la ciudad -ni otras tantas preocupaciones típicas de ella-, los animales, las playas, el surf, el sentido de comunidad, la gente linda. Para mí eso es vivir acá”, dice Tomás V. (38), que a sus 24 dejó Buenos Aires y vive en el pueblo hace 10.
Esencialmente, Santa Teresa es un pueblo que consta de una calle semiasfaltada que se extiende a lo largo de cinco kilómetros en paralelo a la costa. A un lado de esta, hay colinas empinadas y una selva exuberante. Al otro, playas de agua turquesa, olas fuertes, arena clara y amaneceres y atardeceres que hacen que todo parezca posible.
El encanto del pueblo está en lo que ofrece y también en lo que quita, como la urgencia y el exceso de estímulosMarcos González
El turismo es internacional, pero no como el que se ve en Cancún, Ibiza o Miami; tiene una mística especial, con algo de hippie y algo de sagrado. Sobran historias de personas que llegan con la idea de unas vacaciones fugaces y terminan quedándose un mes, un año; a veces, una vida.
Aunque las autoridades de Cóbano, distrito al que pertenece, en la provincia de Puntarenas, no cuentan con una cifra exacta, hace ya varios años, y cada vez más, el pueblo es el hogar de cientos de argentinos (en proporciones similares, también de israelíes y, en menor proporción, de estadounidenses, italianos, franceses, alemanes, canadienses y belgas, entre otras nacionalidades).
Casi todos llegan para hacer un cambio de vida o -en muchos casos- para empezar a vivir.
Enamorarse o salir corriendo
Sin veredas ni semáforos,por la calle principal transitan decenas de cuatriciclos y motos. Sus conductores usan pañuelos y lentes por el polvo que se levanta en la parte no asfaltada. Casi todos los vehículos tienen ganchos al costado para poder transportar tablas de surf, puesto que el destino es casi indefectiblemente alguna playa. Así y todo, el sonido que captura la atención no es el de los motores, sino el de los monos aulladores que, colgados de los árboles, anuncian su dominio total en las alturas con chillidos que hacen honor a su nombre.
Cada día, a las seis de la tarde, locales y turistas se congregan en la playa para ver la puesta del solSol Valls
Hay quienes dicen que el cuarzo debajo de la tierra hace que en el pueblo se sienta una energía intensa, y no de cualquier tipo. “O te acepta o te echa”,dice Jerónimo Charpín (34), nacido en Buenos Aires y criado en Bariloche. «Te enamorás y te quedás, o enloquecés y salís corriendo”.
Como Tomás, Jerónimo entra dentro de la primera categoría de afectados y, aunque hoy vive en Barcelona, España, en Santa Teresa estuvo unos sólidos ocho años. Cantando, con una banda, y trabajando como administrador en distintos restaurantes.
Llegó “confiando ciegamente” en su hermana que, ya instalada en el pueblo (donde sigue residiendo), lo convenció de que se sume a la aventura. “Ahorré y me vine con la guitarra y no mucho más”, cuenta con una sonrisa relajada. Lo que lo enamoró del lugar fue su baja escala, la naturaleza y el sentido de comunidad que hay entre las distintas nacionalidades que lo habitan.
«La energía es muy particular; o te enamorás y te quedás o enloquecés y salís corriendo», dice Jerónimo CharpínSol Valls
Vida silvestre
En tierra firme hay iguanas gigantes que cruzan los caminos con poca y nula inhibición, así como hay mapaches y coatíes que merodean en las cocinas y baños -generalmente abiertos- de los alojamientos, buscando algo para comer (a la noche las heladeras se cierran con candado). No es raro encontrar cangrejos en la ducha, ver algún caballo suelto en la playa, o recibir visitas de pájaros que parecerían querer tener una conversación profunda.
Entre los locales es normal tener uno o varios perros con roles asignados dentro de su propia comunidad. Se los ve en las calles descansando en alguna sombra, en las playas corriendo y zambulléndose en el mar, en los restaurants abajo de las mesas, y hasta en los cuatriciclos acompañando a sus dueños a algún lugar.
El clima es tropical, caluroso y húmedo casi todo el año, con una temperatura media de 27°C y dos estaciones marcadas. Por un lado, la seca (de diciembre a abril), con un sol que estalla en el cielo desde temprano, un mar calmo que refleja cada rayo como si fuera vidrio fundido y noches casi siempre estrelladas.
La temporada seca ofrece mar calmo y días soleados mientras la temporada de lluvias intensifica el verdor de la selvaSol Valls
Por otro, la estación de lluvias (también conocida como green season, de mayo a noviembre), caracterizada por un clima más variable, con tormentas frecuentes, un mar más revuelto e impredescible, y una selva que se vuelve de un verde casi fluorescente.
Eso de quedarse
El “¿por qué volverías?» pierde fuerza y relevancia mezclado en la inmensidad de un mar que rompe sobre una arena ahora dorada reflejando el sol de las seis de la tarde (por su cercanía al Ecuador, siempre atardece a esa hora). Todos -en el agua desde sus tablas, y en la costa sobre sus pareos o apoyados contra algún tronco- frenan, hacen silencio y miran hacia el horizonte.
El momento del sunset es unánimemente sagrado.
Y aunque uno no necesariamente se olvida de los motivos que existen para tomarse el vuelo de vuelta, de repente parecen poder postergarse indefinidamente. La pregunta se reconvierte: “¿por qué no te quedarías?“.
Juana Fernández (23) -aunque en el pueblo se ganó el apodo de Juanita o “la chica de los rollers” por sus ratos patinando sobre la parte asfaltada de la calle- es una más del rejunte de dulces víctimas de este sueño de verano. A Santa Teresa llegó por primera vez en abril del 2021, tiempos pandémicos, porque una de sus amigas estaba enamorada de un chico que había elegido a Costa Rica como destino para vacacionar.
Hace unas décadas era un pueblo de pescadores; hoy recibe turistas de todo el mundoMarcos González
“Yo había sacado pasaje para quedarme un mes y, en ese entonces, me parecía un montón”, dice riéndose, como si estuviera acordándose del momento en el que pudo haber llegado a pensar eso. “Pasado el mes, mi amiga se volvió, del chico por el que vinimos y de sus amigos me hice hermana. Me enamoré, me rompieron el corazón, me volví a enamorar, pasé por varios trabajos y me terminé quedando un año”, relata. “Es un pueblo mini. A la persona que no querés ver la vas a ver ocho veces por día, y a la que querés ver también ocho, más las veces que la buscás. No te podés escapar de nadie”.
Su estadía allí le cambió abismalmente la forma de vivir. “Entendí lo lindo de vivir en comunidad y rodeada de naturaleza. Me puso en contacto con mi espontaneidad y con mi niña interior”, cuenta.
El encanto del pueblo reside en la invitación a vivir el ahoraSol Valls
No es para todos
En definitiva, Santa Teresa no promete certezas ni finales felices, pero sí invita a vivir con menos miedo y más presencia. Aunque a algunos les cueste admitirlo, es un destino que no es para todos ni pretende serlo.
La vida cultural no aflora -no hay cine, ni museos, ni Uber, ni delivery-, el WiFi falla como regla, de a momentos el clima agobia y los precios pueden parecer exorbitantes para lo que el lugar ofrece en términos de infraestructura.
Para muchos ahí está el truco: no pasa tanto por lo que te da, sino por lo que te saca (la niebla mental, el reloj y las presiones), habilitando una versión tuya a la que, en otros contextos, es más difícil acceder.
En una era que premia la velocidad y la productividad, este rincón del mapa parecería existir bajo otra métrica: una en la que lo simple es suficiente, algo parecido a la libertad. “No buscás hacerte millonario. No buscás, vivís”, concluye Tomás.
Datos útiles para visitar Santa Teresa
Cómo llegar:
Desde San José: vuelo local a Tambor (25 min) + taxi o shuttle (1:30 hs).
En auto: unas cinco o seis horas, incluyendo ferry desde Puntarenas a Paquera.
Opción directa en autobús: saliendo desde el centro de San José. Más larga (alrededor de siete horas), pero económica.
Playas destacadas:
Playa Santa Teresa: la más popular, ideal para surf, caminatas y atardeceres.
Playa Carmen: más tranquila y con arena más rocosa, con buena oferta de cafés y clases de yoga.
Playa Hermosa: amplia y menos concurrida, perfecta para aprender a surfear.
Playa Manzanillo: más alejada y casi desierta, muy virgen.
Recomendaciones gastronómicas:
Comida típica: Soda Pura Vida y Soda Tiquicia.
Café: El Patio Café, Somos Café y The Bakery.
Sushi: Nami y Koji’s.
Comida italiana: Pronto, Pizza Tomate y Muzza.
Patio de comidas con varias opciones: Eat Street.
Actividades:
Surf para todos los niveles, con varias escuelas.
Clases de yoga al aire libre.
Caminatas por la reserva Cabo Blanco.
Paseos en cuatriciclo o moto por la selva.
Recorrer las cataratas de Montezuma (paseo de unas horas, ideal en temporada seca, cuando el río está bajo).
Snorkel y buceo en isla Tortuga (excursión de un día).
Atardecer en la playa con música en vivo.
De un lado, colinas y selva tropical; del otro, playas de arena clara y mar turquesa con oleaje constanteShutterstock
Entre la mirada crítica de Juan Filloy y la ironía lúcida de Hebe Uhart, viajar aparece como una experiencia que va mucho más allá de etiquetas: turista o viajero, lo esencial es la forma de mirar, porque incluso a la vuelta de la esquina puede empezar la aventura.
Por Nancy Giampaolo
Periodista, guionista y docente
Buenos Aires, lunes 2 febrero (PR/26) — Al momento de hablar de Periplo, en una entrevista de Ricardo Zelarayán publicada en Clarín en 1975, Juan Filloy dice: “Es un viaje por el patio líquido que es el Mediterráneo, por todas las naciones que bordean el Mediterráneo. Conozco Egipto hasta la presa de Asuán; conozco Tierra Santa como la palma de la mano, Grecia, etcétera. Y vea, he andado a pie. Hay que dejarse de macanas. ¡Esas giras turísticas que lo llevan de la nariz! (…) ¿Usted ha visto la gente que anda en automóvil? Son culones, tienen la cintura pesada. Por ejemplo, en Norteamérica, donde la proliferación del automóvil llega a proporciones catastróficas, la gente no sabe caminar”.
En cualquiera de sus expresiones, habrá exotismo hasta dando la vuelta a la manzana
Años más tarde, a propósito de Turistas, Hebe Uhart, en cambio, reniega de la pretensión de distinguirlos de los viajeros, diciendo que “es algo que suelen hacer los organizadores de viajes o los periodistas diciendo que un turista es una persona a la que llevan a todos lados, mientras que un viajero es alguien que viaja con criterio, pero si bien no se puede negar que hay distintas formas de viajar, no es una diferencia tan tajante, porque a la larga el viajero termina como el turista, dando vueltas por la calle principal de la ciudad que visitó, y esa calle termina siendo como su casa”.
Cada uno tiene su parte de razón o, al menos, el derecho ganado a categorizar a piacere por haber escrito espléndidamente sobre el tema, lo mismo que otros, como Ezequiel Martínez Estrada, quien, con sus textos sobre ciudades de Europa, América Central o Estados Unidos, hace honor anticipado a algo dicho por Filloy en la misma entrevista, “El escritor debe ser una especie de notario público, dar fe del momento en que vive”.
En cualquiera de sus expresiones, de las vacaciones a la búsqueda de aventuras más riesgosas, y casi con cualquier presupuesto dado que incluso caminando podemos cambiar de ambiente y, si somos como Filloy, habrá exotismo hasta dando la vuelta manzana, “camino con tensión helénica”, el viaje desafía a la imaginación.
Su riesgo principal no es tanto perderse o sufrir imprevistos, como volver y sentir, como en Viaje al fin de la noche, que “el resto de las cosas no son sino decepciones y fatigas”.