Afrontar la evaluación definitiva de nuestra vida implica revisar no solo nuestros actos conscientes, sino también aquellas faltas silenciosas y oportunidades perdidas de brindar amor, empatía y reconocimiento sincero.

 

 

 

Por Mar Dorrio

Buenos Aires, martes 27 octubre (PR/26)– Cuando te enfrentas a un examen académico, existen materias y ejercicios que te permiten salir del aula teniendo perfectamente claro cuál ha sido el resultado. Sabes con exactitud si todo ha ido bien, si te has equivocado pero puedes arañar algún punto, o si, por el contrario, no hay nada positivo que se pueda esperar.

Lo mismo sucede en algunas de las asignaturas de esa evaluación definitiva, esa prueba trascendental en la que finalmente nos valoran en base a tres materias esenciales. Dos de ellas resultan bastante fáciles de medir para saber si aprobamos o no, o incluso si tenemos la opción de ir a recuperación.

Sin embargo, la tercera asignatura es mucho más sibilina y compleja. Es precisamente en esta última materia donde todos, absolutamente todos los seres humanos sin excepción alguna, nos vamos a llevar más de una desagradable y profunda sorpresa al revisar nuestros resultados.

Las tres asignaturas del alma son, por supuesto: el pensamiento, la obra y la omisión. Los malos pensamientos y las malas acciones son aspectos completamente objetivables en nuestra conducta diaria.

Jamás podríamos argumentar sinceramente que no nos dimos cuenta de lo ocurrido. Además, siempre tenemos la valiosa oportunidad de acudir a la confesión espiritual para borrar lo escrito, limpiar la cuenta y empezar de nuevo las veces que sea necesario.

 

El peso invisible de aquello que dejamos de hacer

 

No obstante, la omisión se asemeja a esa redacción que entregas al profesor sin ser muy consciente de por dónde te van a llegar las correcciones. La entregas sin saber si has sido lo suficientemente generosa o si has concretado los detalles con la precisión requerida.

Es asombroso pensar de cuántos momentos concretos, de cuántas situaciones cotidianas, de cuántas palabras de aliento y de cuántas sonrisas omitidas se nos va a pedir cuentas y se nos hará tomar conciencia plena en ese instante crucial.

Veremos entonces con un profundo dolor el impacto y el daño invisible que generó la falta de una delicadeza oportuna. Comprenderemos lo que significó no haber sido generosos con nuestra mejor versión o haber dejado sin realizar esa llamada reconfortante únicamente por una supuesta falta de tiempo.

Observaremos con claridad la historia de todo lo que podría haber sido si no hubiésemos fallado en nuestro papel fundamental. Descubriremos las muchas vidas que habríamos mejorado si le hubiésemos permitido brillar a Él en lugar de buscar el protagonismo para nosotros mismos.

 

La prueba decisiva y la urgencia del perdón

 

En esta exigente asignatura de las omisiones, existe una parte del temario donde sí podemos saber a ciencia cierta si hemos fallado: se trata específicamente de las omisiones de perdón.

Conviene preguntarnos con sinceridad si somos de aquellos que se unen al multitudinario pelotón del «perdono, pero no olvido» mientras levantan un dedo acusador. Vale la pena cuestionarnos si realmente perdonamos de corazón o si caemos en la tentación de sentirnos superiores.

 

pareja-abrazo-perdón

 

A veces actuamos como si jamás hubiésemos tropezado nosotros mismos. Cuando en la etapa escolar sabías con certeza que en matemáticas te caía un ejercicio teórico, lo estudiabas a fondo para atesorar esos puntos indispensables y evitar que los problemas te atascaran.

De la misma manera, en esta sección del examen sobre la omisión, debemos asegurarnos con urgencia de que no nos ha quedado pendiente ningún perdón por conceder ni ninguna reconciliación por completar.

 

Corrige tus errores antes de la entrega final

 

Esto sí es algo totalmente objetivable. Sabemos perfectamente cuándo seguimos guardando rencor en el alma, cuándo volvemos a sacar a relucir un error del pasado y cuándo utilizamos una vieja herida para situarnos por encima de quien nos hirió.

Reconocemos de inmediato cuándo exigimos que los demás comprendan nuestras fallas y debilidades, mientras nosotros continuamos pasando factura de forma implacable por los desaciertos ajenos.

Debemos entender que perdonar no significa en absoluto validar o decir que lo ocurrido estuvo bien. Perdonar implica renunciar conscientemente a convertir ese daño sufrido en una deuda permanente que nunca dejamos de reclamar.

 

charla-personas

 

Significa recordar humildemente que nosotros también hemos necesitado el perdón sincero de los demás en múltiples ocasiones. Nos exige comprender que no somos superiores por mantener a un semejante condenado por su peor equivocación.

Es momento de revisar el pasado con la misma atención con la que se repasa un examen decisivo antes de entregarlo definitivamente al evaluador. Corrige lo necesario, añade lo que falta e incluye los gestos que omitiste.

Piensa detalladamente en esa persona a la que todavía no has perdonado verdaderamente, en esa conversación sanadora que sigues aplazando indefinidamente y en esa mano franca que podrías tender hoy mismo y no has tendido.

No aguardes hasta conocer el resultado final para descubrir con pesar que dejaste esa pregunta trascendental totalmente sin contestar.

 

Primicias Rurales
Fuente: es.aleteia.org