En simultáneo, el Pacífico se calienta con un El Niño de gran intensidad mientras el Atlántico se enfría con una Atlantic Niña poco habitual. La NOAA explica por qué esta combinación reduce el riesgo de tormentas, aunque no lo elimina.
Buenos Aires domingo 19 julio (PR/26)–Este año el océano está protagonizando algo que no se ve todos los días. Mientras el Pacífico atraviesa un El Niño que promete ser uno de los más fuertes desde 1950, el Atlántico tropical se enfría de una manera que solo se había registrado cinco veces desde 1980.
La NOAA (la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos) confirmó esta coincidencia poco común a través de su Climate Prediction Center, y ya empezó a recalcular lo que se viene para la temporada de huracanes.
La buena noticia es que esta combinación funciona como una especie de freno natural para la formación de ciclones. La mala es que ningún freno es garantía total: un solo huracán fuera de serie puede igual causar estragos.
Qué es la Atlantic Niña y por qué llama la atención
La Atlantic Niña es la versión fría de un ciclo natural que ocurre en el Atlántico ecuatorial. Se produce cuando la temperatura del mar cae al menos 0,5 °C por debajo del promedio durante dos temporadas seguidas.
El mecanismo detrás es bastante simple: los vientos alisios se fortalecen, empujan el agua cálida de la superficie hacia otro lado y dejan que suba agua fría desde las profundidades. El resultado es un Atlántico más frío de lo habitual.
Lo llamativo es la escasez del fenómeno: desde 1980 apenas se contabilizaron cinco episodios parecidos al que se está formando ahora. Si se confirma, este sería el sexto.
Del otro lado del mapa, un El Niño que se perfila histórico
En paralelo, El Niño gana fuerza en el Pacífico ecuatorial. Es la fase cálida del fenómeno ENSO y trae consigo cambios en los vientos, la presión atmosférica y las lluvias en buena parte del planeta.
Según el Climate Prediction Center, hay un 97% de probabilidad de que este El Niño se mantenga hasta comienzos de 2027, y un 81% de que alcance una intensidad excepcional entre octubre y diciembre.
Las mediciones en la región Niño 3.4 ya superan el umbral necesario para catalogarlo como uno de los eventos más fuertes desde 1950, de acuerdo con los modelos de la NOAA y del NMME.
Un escudo atmosférico contra los huracanes
Cuando estos dos fenómenos coinciden, se combinan dos frenos distintos para los huracanes. El Niño aumenta la cizalladura del viento, que desordena las tormentas antes de que puedan organizarse.
La Atlantic Niña, por su parte, enfría la superficie del mar y le quita al aire la energía que necesita para generar convección. Sin esa energía, es mucho más difícil que una tormenta crezca.
Por eso la NOAA proyecta para 2026 una temporada por debajo del promedio: entre 8 y 14 tormentas con nombre, de 3 a 6 huracanes y de 1 a 3 huracanes mayores.
Los registros históricos respaldan la teoría: en años con Atlantic Niña, la cantidad de tormentas que llegaron a la categoría de huracán cayó hasta un 50% respecto a los años neutros.
Qué significa esto para Estados Unidos
Para la costa este y el golfo de México, zonas que suelen recibir el impacto directo de los huracanes, la noticia es en principio alentadora: menos tormentas organizadas significa menos presión sobre los sistemas de emergencia.
Sin embargo, la NOAA es clara en un punto: menor riesgo no es lo mismo que riesgo cero. El huracán Andrew, en 1992, ocurrió en una temporada de baja actividad general y aun así fue devastador.
El Caribe y América Latina también respiran distinto
La menor actividad ciclónica también beneficiaría al Caribe, Centroamérica, México y la costa atlántica de Sudamérica, regiones que ajustan sus alertas según los pronósticos de la agencia estadounidense.
Aun así, la NOAA insiste en que una temporada tranquila en general no descarta que una sola tormenta tenga consecuencias serias para comunidades costeras puntuales.
Un fenómeno con pocos antecedentes
Encontrar un El Niño tan fuerte conviviendo con una Atlantic Niña no es cosa de todos los años. Desde 1980 solo hubo cinco episodios comparables, lo que convierte a este 2026 en un caso de estudio para la comunidad científica.
Por eso la NOAA, junto con redes internacionales de monitoreo, sigue de cerca la evolución de ambos fenómenos y actualiza sus pronósticos a medida que cambian las condiciones del océano.
La recomendación de fondo: no bajar la guardia
Pese al panorama favorable, la NOAA pide a gobiernos, organismos de emergencia y a la población costera que sigan de cerca los boletines oficiales y mantengan actualizados sus planes de contingencia.
Los pronósticos pueden cambiar si las condiciones del océano se modifican, así que la preparación sigue siendo la mejor herramienta para las zonas más vulnerables.
Con una arena blanca radiante y un entorno natural protegido, este rincón de las Islas Cíes se mantiene como uno de los tesoros mejor conservados de Europa gracias a un estricto control de visitantes.
Buenos Airesviernes 3 julio(PR/26)–Imagínate caminar por una extensa alfombra de arena blanca y fina, mientras tus pies se sumergen en un agua de un turquesa tan intenso que parece sacado del mismísimo Caribe. Este rincón idílico existe y no está al otro lado del océano, sino en el norte de España.
Hablamos de la espectacular playa de Rodas, una joya natural situada en las fascinantes Islas Cíes, dentro del Parque Nacional Marítimo-Terrestre de las Islas Atlánticas de Galicia. Su belleza es tan deslumbrante que el prestigioso periódico británico *The Guardian* la coronó en su momento como la mejor playa del mundo.
Una obra de arte de la naturaleza
Lo que hace que Rodas sea verdaderamente única es su asombrosa formación geográfica. Funciona como una inmensa lengua de arena en forma de media luna que conecta de forma natural las islas de Monteagudo y do Faro. Con algo más de un kilómetro de largo y unos 60 metros de ancho, ofrece el espacio perfecto para conectar con el paisaje sin aglomeraciones.
Su arena, compuesta principalmente por cuarzo de origen granítico, brilla bajo el sol con una pureza increíble, mientras que la absoluta transparencia de sus aguas la convierte en un templo ideal para los amantes del snorkel y el buceo.
Justo al otro lado de esta barrera de arena se esconde la Lagoa dos Nenos, una laguna interior de un valor ecológico incalculable. Este ecosistema protegido es el hogar de una biodiversidad fascinante y solo puede ser observado desde las pasarelas de madera especialmente acondicionadas para evitar cualquier impacto humano.
El secreto de su conservación: acceso exclusivo
¿Cómo ha logrado este paraíso mantenerse intacto frente al turismo de masas? La respuesta está en un firme compromiso ambiental. El parque cuenta con un estricto límite de acceso diario que restringe la entrada a un máximo de 1.800 personas en temporada alta y apenas 450 en temporada baja.
Por este motivo, si planeas visitarla, es totalmente indispensable tramitar una autorización previa antes de comprar el billete de barco. Además, para garantizar el equilibrio del ecosistema, existen reglas claras como caminar únicamente por las zonas permitidas y respetar rigurosamente el área de las dunas.
Mucho más que sol y playa
Aunque es tentador quedarse todo el día descansando frente al mar, las Islas Cíes invitan a la exploración. La playa de Rodas es el punto de partida perfecto para hacer senderismo. Una de las caminatas más recomendadas es la subida al Faro de Cíes, una ruta serpenteante que regala una panorámica imponente del océano Atlántico.
Si buscas una perspectiva diferente de los acantilados, el sendero que lleva al mirador del Alto do Príncipe te dejará sin aliento. Y si prefieres una atmósfera de absoluta tranquilidad, siempre puedes refugiarte en pequeñas calas vecinas y vírgenes como Margaridas o Nosa Señora, un verdadero oasis dentro de las inigualables Rías Baixas.
Vinos oceánicos en Argentina: de la cava submarina patagónica a la mesa bonaerense
Buenos Aires, jueves 25 julio (PR/26) — ¿Qué tienen en común una cava bajo el mar en Río Negro y una bodega frente al Atlántico bonaerense? El océano, hilo conductor del vino argentino.
El concepto de vino oceánico dejó de ser un fenómeno exclusivo de la Patagonia. A los proyectos de Chubut y Río Negro, donde la cercanía del mar define el carácter de los viñedos, se sumó este año una nueva escala en el sudeste bonaerense: la apertura de Atlántica, el restaurante de Bodega Gamboa en General Madariaga.
El recorrido completo, de oeste a este y de norte a sur, dibuja un mapa donde el mar funciona como un actor activo de la enología argentina, tanto en el viñedo como en la copa y en el plato.
El restaurante Atlántica funciona en el corazón del viñedo de Bodega Gamboa, en Madariaga.
Los océanos moldean los vinos
En el valle de Trevelin, provincia de Chubut, la bodega Casa Yagüe elabora sus vinos a solo 100 kilómetros del océano Pacífico. Los vientos del oeste cargan los viñedos de salinidad y generan una amplitud térmica de más de 30 grados entre el día y la noche, con valores que oscilan entre 0 y 30 grados centígrados e incluso heladas en pleno verano.
Esa combinación produce Chardonnay y Sauvignon Blanc de baja graduación alcohólica, entre 11,5 y 12 grados, con acidez natural, frescura y marcada mineralidad. El INTI reconoció estas particularidades y otorgó a Trevelin una protección legal por sus características diferenciales de origen.
Más al norte, sobre la costa rionegrina, en San Javier, a 30 kilómetros de Viedma, la bodega Wapisa lleva la influencia oceánica a un extremo literal. Desde 2019, sumerge parte de su producción en jaulas de acero inoxidable ubicadas en el Golfo San Matías, cerca de Las Grutas.
Allí, la oscuridad, la presión constante y la temperatura estable aceleran la evolución del vino: lo que una cava tradicional logra en cinco años, el mar lo consigue en ocho a quince meses.
El proyecto, llamado Wapisa Underwater, convirtió a la bodega en la primera de Sudamérica en aplicar esta técnica, ya conocida en Croacia y Francia, y hoy comercializa cada añada limitada a un valor aproximado de 300 dólares por botella.
Los viñedos de Casa Yagüe, en Trevelin, Chubut, a 100 kilómetros del océano Pacífico.
La nueva escala bonaerense
A mediados de junio de 2026, Bodega Gamboa inauguró Atlántica en el corazón de su viñedo de General Madariaga, sudeste de la provincia de Buenos Aires. La apertura completa un ecosistema de propuestas que la bodega viene desarrollando en ese enclave, donde ya funcionan visitas guiadas, degustaciones y recorridos entre las vides.
El nombre del restaurante condensa el espíritu del proyecto: la cultura del vino propia de la casa, combinada con la influencia oceánica que define a esta región cercana al mar.
Rodeada de viñedos, lagunas y paisajes típicos de la llanura bonaerense, Atlántica propone una cocina de kilómetro cero, estacional y vinculada con su entorno inmediato.
El campo y el mar conviven a pocos kilómetros de distancia, y esa proximidad se traduce en cada plato, con ingredientes frescos de origen local trabajados con técnica y sensibilidad.
Las jaulas de acero inoxidable resguardan las botellas de Wapisa en el Golfo San Matías, Río Negro.
Una identidad que crece de costa a costa
Entre el viento del Pacífico que recorre Trevelin, las profundidades del Golfo San Matías y los nuevos platos de Atlántica frente al Atlántico bonaerense, el vino argentino encuentra en el océano un punto de referencia común.
Algunas fuentes del sector mencionan, además, un programa provincial en Río Negro que sumaría a más de 20 bodegas a la crianza submarina, entre ellas Humberto Canale, Videla Dorna y Miras, con una primera extracción conjunta de 800 botellas.
Ese dato circula en medios especializados pero aún no cuenta con confirmación oficial, por lo que conviene tomarlo con reserva. Lo que sí queda claro es que la identidad oceánica del vino argentino ya no se limita a la Patagonia, sino que recorre buena parte del litoral atlántico y pacífico del país.
Esta pequeña localidad frente al Atlántico es la puerta de entrada a la ‘Corniche Basque’ donde los paisajes moldeados por el Atlántico dialogan con un rosario de tradiciones.
Buenos Aires jueves 18 de junio (PR/26)–Mi abuelo —asegura mi padre— decía que «no hay vascos españoles o vascos franceses. Hay vascos. Y punto». En realidad, mi abuelo no era vasco sino argentino. Y sus padres tampoco lo eran, porque antes de emigrar habían vivido toda la vida en el Béarn, la región al sur de Iparralde (como se le llama al País Vasco francés).
La larguísima playa de Hendaya, con Los Gemelos al fondo.
Pero muchas veces la identidad, la cultura y las tradiciones no dependen de una línea de puntos marcada en un mapa. Se siente o no se siente. Y punto, como decía mi abuelo.
La arquitectura neovasca
En Hendaya hay más de 70 grandes casas que encarnan la arquitectura neovasca.
Uno de los detalles que mantienen ese lazo identitario es la abundancia de casonas de estilo neovasco. Esta ciudad, de solo 14.000 habitantes, se divide entre la Hendaya histórica y Hendaya Playa.
Entre una y otra, y sobre todo a lo largo del paseo marítimo, se concentran más de 70 casas históricas, muchas diseñadas por Edmond Durandeau, que replican una estética de techo a dos aguas, fachada con entramados de madera, amplios ventanales, jardín exterior y porches, con sus balcones, puertas y postigos pintados de solo cuatro colores: azul, rojo, verde o marrón.
Portugal, domingo 10 mayo (PR/26) . De antiguo enclave ballenero a meca de los amantes del surf, esta isla portuguesa ofrece historia, paisaje y olas constantes durante todo el año. En Nazaré, aquí, el surf rara vez depende de la suerte o de esperar el día perfecto. En esta isla de Portugal, el océano pocas veces se detiene y la costa siempre es capaz de ofrecer una alternativa.
En forma de playa resguardada del viento, de una ola más suave para aquellos que quieren iniciarse en el deporte o una rompiente potente para aquellos a los que ya solo les queda mejorar.
La posición de la isla, su geología y la cercanía con la península de Peniche crean un escenario privilegiado donde el Atlántico entra con fuerza y moldea olas durante casi todo el año, y donde se encuentran de forma habitual las condiciones ideales de viento para aprender a surfear.
Una historia ligada a las olas
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El surf llegó a la isla a finales de los años 60 y a principios de los 70.
El surf llegó a Baleal y Peniche -la región en la que se encuentra la isla- a finales de los años sesenta y a principios de los setenta, cuando un pequeño grupo de surfistas portugueses y extranjeros descubrieron el potencial de sus costas.
Con el paso de los años, corrió la voz y, poco a poco, se fue convirtiendo en un enclave de referencia para los amantes del deporte que comenzaron a viajar hasta Peniche atraídos por olas como las de la playa de Medão, también conocida como Supertubos por sus olas perfectas y tubulares que pueden alcanzar hasta los 3 metros de altura.
De hecho, por eso mismo cada año se convierte en la sede de MEO Rip Curl Pro Portugal, una de las pruebas del World Surf League Tour, una de las más prestigiosas competiciones a nivel nacional e internacional.
Escuela pionera
En los años noventa nació además uno de los proyectos que marcaría la identidad surfera de la región.
Fundado en 1993, el Baleal Surf Camp se convirtió en el primer surf camp de la región, y lo que comenzó como una pequeña escuela instalada en una estructura de madera frente al mar, terminó convirtiéndose en el modelo que inspiró a decenas de escuelas y campamentos de toda la costa portuguesa.
Desde entonces, Baleal dejó de ser solo un destino de olas para transformarse en un lugar de aprendizaje y cultura surfista.
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Históricamente se practicaba la pesca ballenera, de donde deriva su nombre.
Sin embargo, aunque ahora su identidad está completamente marcada por este deporte, históricamente su dedicación era otra, también regida por el mar. Durante siglos, las aguas que rodean la isla fueron escenario de una intensa actividad ballenera, uno de los motores de su economía y subsistencia, cuando la presencia de ballenas en esta parte del Atlántico era relativamente frecuente.
Con el paso del tiempo, la disminución de las poblaciones de estos cetáceos y los cambios de las prácticas económicas conllevaron el abandono de esta actividad. Pero se fue dejando huella. El propio nombre de Baleal remite a ese pasado, ya que deriva de ‘baleia’, que significa ballena en portugués.
Esta combinación de historia y belleza fue lo que llevó al poeta portugués Raúl Brandão (1867–1930) a afirmar que «Baleal es la playa más bonita de la tierra portuguesa«, y para muchos -surfistas y no surfistas- no hay error alguno en sus palabras.