A San Alfonso se le representa generalmente con el crucifijo en las manos, encorvado -padeció una terrible dolencia que le deformó la espalda-, rodeado de libros, un rosario, y acompañado de una imagen de la Santísima Virgen María, por quien profesó la más profunda de las devociones.
Su nombre, ‘Alfonso’, tiene origen germánico y significa ‘listo para el combate’, ‘el que está dispuesto’; curiosamente, su vida terminó siendo la realización del significado del nombre que sus padres escogieron para él.
Este santo italiano, natural de Nápoles, nació el 27 de septiembre de 1696. Con solo doce años fue admitido en la facultad de Derecho y a los dieciséis obtuvo el doctorado en Derecho Civil y Canónico. Es autor de numerosas obras consideradas grandes aportes a la teología: La práctica de amar a Jesucristo, La preparación para la muerte, Las glorias de María. Un lugar especial entre ellas ocupa su Teología moralis (Teología moral), escrito que goza de gran fama e influencia, utilizado por siglos en la formación del sacerdocio.
Asimismo, San Alfonso fue reconocido por sus bellos y edificantes sermones. Predicaba con sencillez y enseñaba a los misioneros que “un sermón sin lógica resulta disperso y falto de gusto. Un sermón pomposo no llega a la gente. Por mi parte, puedo deciros que jamás he predicado un sermón que no pudiese entender la mujer más sencilla».
Sobre la parte final de esta cita vale una aclaración. Esta no constituye ofensa alguna, ni encierra algún tipo de sarcasmo: en la época de San Alfonso las mujeres raramente eran educadas o letradas. Dicha condición ha ido cambiando con el tiempo, y, más bien, las palabras del santo deben ser interpretadas como expresión de cuán consciente era de las disparidades sociales y que justamente su intención era no ponerle trabas a la enseñanza y llegar a todos.
Gracias a esa sensibilidad pastoral, Alfonso envía de alguna manera un potente mensaje a los predicadores de hoy: el sacerdote debe preocuparse de que sus sermones sean realmente medios puestos al servicio del pueblo, para que este llegue a Dios, y no un obstáculo que confunda o distorsione el mensaje evangélico. En esto radica el reto para cualquier predicador que quiera anunciar a Cristo y no a sí mismo. Alfonso lo sabía muy bien.
San Alfonso, por otro lado, es fuente de ideas inspiradoras, de esas que pueden orientar el espíritu en su lucha cotidiana. Entre sus dichos más conocidos está ese que reza: “No hay gente débil y gente fuerte en lo espiritual, sino gente que no reza y gente que sí sabe rezar” -toda una provocación para el alma autoindulgente y un llamamiento a confiar en el poder de la oración-.
El Papa Benedicto XVI explicaba a los fieles, un día como hoy del año 2012, que este santo «nos recuerda que la relación con Dios es esencial en nuestra vida: sin la relación con Dios falta la relación fundamental», decía, y que «Dios nos ha creado por amor, para podernos donar la vida en plenitud”.
San Alfonso María falleció a la edad de 90 años, el 1 de agosto de 1787, en medio de circunstancias muy dolorosas, pues había sido separado injustamente de la Orden que fundó. Gracias a Dios, fue rehabilitado post mortem (después de muerto).
Fue canonizado el 26 de mayo de 1839 por el Papa Gregorio XVI, y declarado Doctor de la Iglesia el 7 de julio de 1871 por el Papa Pío IX.
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Si quieres saber más sobre San Alfonso María de Ligorio, te recomendamos el siguiente articulo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Alfonso_María_de_Ligorio.
Buenos Aires, miércoles 29 julio (PR/26) — Cada 29 de julio la Iglesia Católica celebra a Marta, a su hermana María y a su hermano Lázaro, amigos y discípulos de Jesús. De acuerdo a la Escritura, el Señor se hospedó al menos en tres oportunidades en casa de los tres, en Betania, ciudad ubicada a unos kilómetros de Jerusalén.
Hasta hace unos años, el día 29 de julio estaba destinado sólo a la celebración de Santa Marta. Sin embargo, a partir del 2021 se dispuso que los santos María y Lázaro sean también conmemorados en esta fecha.
“El Sumo Pontífice Francisco, acogiendo la propuesta de este Dicasterio, ha dispuesto que el 29 de julio se inscriba en el Calendario Romano General la memoria de los santos Marta, María y Lázaro” (Cardenal Robert Sarah, en ese momento prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos).
Santa Marta es patrona de los imposibles, del hogar, de las casas de huéspedes; también lo es de las cocineras, las amas de casa, las sirvientas, los hoteleros y lavanderas.
María, por su parte —a veces identificada con María Magdalena o con la mujer que enjugó los pies del Maestro con perfume— es patrona de quienes viven dedicados a la contemplación o la oración, así como de los vendedores de perfumes.
San Lázaro de Betania es patrono de los moribundos y los necesitados.
Jesús profesó un cariño muy especial por su amigo Lázaro. Prueba de esto es que, como dice el Martirologio Romano: “Lázaro, hermano de Marta, fue a quien lloró el Señor al enterarse de que había muerto, y al que resucitó” (ver: Jn 11).
De acuerdo al Evangelio, Lázaro había caído gravemente enfermo y sus hermanas enviaron gente para advertirle a Jesús —que no estaba en Betania— de que su amigo podría morir. Jesús, ocupado en su misión, no acude de inmediato al llamado y Lázaro muere.
Por eso, si hay una buena razón por la que los fieles recurren a Santa Marta para pedir su ayuda en las urgencias y dificultades, es porque ella conmovió a Jesús con su fe: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”. Luego le pide al Maestro con confianza absoluta que lo devuelva a la vida: “Pero aún ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá” (ver: Jn 11, 22).
Jesús le responde: “Tu hermano resucitará” (Jn 11, 23).
Es a Marta a quien el Señor dijo, mientras estaba alojado en su casa: “Marta, Marta, te preocupas y te agitas por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha elegido la parte buena, que no le será quitada” (Lc 10, 41-42).
Marta, cuyo deseo de servir era auténtico, se dejó interpelar por Jesús. Él le mostró cuál es el sentido último de cuanto hacemos por otros, empezando por el necesario servicio doméstico: amar a Dios.
Por eso, así como ella es ejemplo para todo aquel que quiera cumplir sus deberes con diligencia y responsabilidad, María, su hermana, es modélica en torno a la necesidad de la oración y la relación cercana de escucha o contemplación de la Palabra (“la parte buena”). Si el trabajo se hace sin amor, no tiene sentido; lo mismo que si Dios no es el centro, aun las cosas más nobles pueden hacer que se pierda de vista lo esencial (ver: 1 Cor, 13).
En 1894, en Antigonish, Nueva Escocia (Canadá), fue fundada la congregación de las Hermanas de Santa Marta, institución religiosa inspirada en la figura de la santa de Betania.
La Casa de Santa Marta o Residencia de Santa Marta, ubicada en la Ciudad del Vaticano, adyacente a la Basílica de San Pedro, lleva ese nombre en honor a la discípula de Jesús. Se trata de un edificio construido en 1996 bajo el gobierno del Papa San Juan Pablo II.
El Santo Padre dispuso que fuera la residencia de los cardenales electores durante los cónclaves.
Buenos Aires, martes 14 julio (PR/26) — Mañana miércoles 15 de julio, la Iglesia celebra a San Buenaventura, teólogo y místico franciscano, llamado Doctor Seráfico por su ardiente amor divino. Su vida, marcada por la profunda sabiduría, es un ejemplo de piedad cristiana y entrega total a Dios y hacedor de milagros!!!
Cuenta la tradición que, siendo un niño, fue curado milagrosamente por San Francisco de Asís, quien al verlo sano exclamó: “¡O buona ventura!”. Años más tarde, su humildad fue tal que, al sentirse indigno de comulgar, un ángel le trajo la hostia consagrada directamente a sus labios.

Un serafín le lleva la hostia
Su muerte ocurrió en Lyon durante el Concilio de 1274, tras lograr la unión con la Iglesia Ortodoxa. Aunque sus restos fueron profanados y quemados siglos después, su brazo derecho se preserva como reliquia en su ciudad natal, testificando su legado eterno.
Este miércoles 15 de julio, mientras la mirada del país se posa sobre la semifinal entre Argentina e Inglaterra en el Mundial 2026, en Atlanta, a las 16 (hora argentina) la liturgia católica conmemora a San Buenaventura. El santo, conocido como el “Doctor Seráfico”, es un baluarte de la fe y la sabiduría intelectual, cuya vida estuvo intrínsecamente ligada a lo sobrenatural y al amor ardiente por Dios.
La figura de Buenaventura destaca por un milagro eucarístico que estremece a los fieles: su humildad era tan profunda que, al sentirse indigno de recibir el Cuerpo de Cristo, un ángel Serafín tomó la hostia de manos del sacerdote y la condujo directamente a sus labios. Este evento, junto a su curación infantil por intercesión de San Francisco de Asís, lo consagraron como un ser elegido por el cielo.

Como Ministro General de los Franciscanos y artífice de la unión con la Iglesia Ortodoxa en el Concilio de Lyon, demostró que la diplomacia y la verdad histórica son las armas más poderosas para zanjar conflictos. En un día de alta tensión deportiva y social, su intercesión es un llamado al respeto, la memoria y la oración.
San Buenaventura nos enseña que el conocimiento y el fervor no son enemigos, sino que deben caminar juntos.
Mientras el deporte genera pasiones, el “Doctor Seráfico” —quien fuera llamado así por la cercanía de su alma a los serafines que rodean el trono divino— nos recuerda que la verdadera gloria reside en la búsqueda de la verdad y en la memoria de los héroes que nos precedieron.
Que este 15 de julio, bajo la protección de este santo místico, la jornada transcurra bajo el signo de la identidad y el honor. Que su ejemplo de fidelidad a los principios y su paz interior sirvan de guía para un pueblo que busca en la cancha y en la vida, no una guerra, sino la expresión más alta de su cultura, su historia y su identidad nacional.
Enrique estuvo a la cabeza del Sacro Imperio por más de una década, entre los años 1014 y 1024.
Su nombre secular fue Heinrich Sacsen (Henricus Saxon), nieto del emperador Carlomagno y el último monarca perteneciente al linaje del emperador Otón I (dinastía sajona).
La historia de la Iglesia lo recuerda como el más grande apóstol de la paz de los primeros 20 años del siglo XI y como uno de los más destacados promotores de la civilización occidental. Fue colaborador del papado y protector de los monjes del monasterio de Cluny.
El santo nació el 6 de mayo del año 973. Sus padres fueron Enrique II, el Pendenciero, duque de Baviera; y Gisela, hija del duque Conrado de Borgoña. Su educación fue confiada desde muy temprano a San Wolfgango, Obispo de Ratisbona, quien formó su inteligencia y voluntad en una sólida piedad cristiana.
Doce años más tarde, Enrique II era coronado emperador del Sacro Imperio Romano Germánico junto a su esposa, Santa Cunegunda, en la Basílica de San Pedro en Roma.
Para llegar a ese punto, Enrique había dejado tras de sí una estela de grandeza: emprendió recias campañas militares contra el Principado de Polonia y luchó contra los bizantinos, y no se detuvo hasta ver consolidadas las fronteras de su reino. Y por si esto fuera poco, consiguió restituir al Papa Benedicto VIII en su cargo.
Por su defensa de los valores y la cultura cristiana, Enrique II se ganó el apelativo de “el Piadoso” o “el Santo”. Estaba convencido de que el cristianismo es capaz de enriquecer la vida de los pueblos y sacar lo mejor de ellos. Buscó también extender la fe cristiana fuera de sus fronteras, promoviendo y respaldando a los monarcas católicos de Europa.
Un ejemplo preclaro de esto se dio cuando el rey Esteban de Hungría le pidió la mano de su hermana Gisela. Para autorizar el matrimonio, el emperador puso como condición que Esteban apoyara a la Iglesia Católica dentro de su reino, algo que este rey cumpliría con creces, alcanzando, él también, los altares.
Es cierto que San Enrique II fomentó la construcción de templos y monasterios como parte de su obra pública y que muchas de esas obras hablan por él hasta hoy, pero su legado más importante quizás sea otro: haber gobernado dejando que la luz de la fe y la gracia de Dios inspiren sus decisiones.
Enrique II murió repentinamente el 13 de julio de 1024 a los 51 años; fue canonizado en 1146 por el Papa Eugenio III. Pocos gobernantes han gozado de tan buena fama en vida como él, y menos aún son aquellos que fueron respetados y amados por sus súbditos como él lo fue.
Si quieres saber más sobre San Enrique II, puedes leer este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Enrique_II.
Buenos Aires, viernes 10 julio (PR/26) — Cada 10 de julio se recuerda a San Cristóbal de Licia, figura prominente en la historia del cristianismo de los primeros siglos. Y aunque las dificultades para conocerlo y entender su papel histórico son reales, se sabe con bastante certeza que vivió durante el gobierno de Decio, tercer emperador romano, alrededor del año 250.
Una famosa leyenda, bien conocida en Occidente y que podría haberse inspirado tanto en historias reales de mártires cristianos como en algún personaje de la mitología griega, cuenta cómo Reprobus, al que la tradición bautizaría como “Cristóbal”, llevó sobre sus hombros a un niño desconocido a través de un río caudaloso. El niño le había pedido ayuda para cruzar las aguas puesto que la corriente era muy fuerte.
Cristóbal andaba siempre cerca del río dado que ayudaba habitualmente a cualquiera que quisiera cruzarlo. Este era un servicio que hacía a sugerencia de un ermitaño al que le había preguntado cómo podía servir a Cristo, su Señor.
A la gran mayoría de viajeros le era imposible sobreponerse al caudal, mientras que a Cristóbal le resultaba más fácil cruzar que al resto, dada su fuerza y altura -se dice que medía más de dos metros-. Así que Cristóbal se la pasaba yendo, una y otra vez, de un lado al otro.
Una vez que dejó al niño en la orilla contraria, antes de desaparecer, este le reveló que era Cristo, a quien él intentaba ayudar, ayudando a otros.

Al considerar esta historia, uno puede comprender por qué la tradición bautizó a este santo como “Cristóbal”. El nombre proviene del vocablo griego “Christophoros”, que quiere decir “portador de Cristo”, o “el que lleva a Cristo”. Por eso, desde el siglo IV, San Cristóbal ha sido representado generalmente como un hombre de gran altura y fuerza, con el niño Jesús sobre los hombros, mientras cruza las aguas de un río apoyado en un bastón.
En la baja Edad Media se popularizó la creencia de que bastaba mirar la imagen del santo y encomendarse a él para verse libre de todo peligro durante una travesía; y es así como San Cristóbal devino en patrón de peregrinos, viajeros, navegantes, motoristas y transportistas en general.
La tradición señala, además, que tras haberse encontrado con Dios hecho niño, San Cristóbal fue bautizado en Antioquía y se dirigió a consolar a los cristianos perseguidos de Licia y Samos. Precisamente, en una de sus estancias en Licia, habría sido tomado prisionero por el rey Dagón, quien, bajo órdenes del emperador Decio, lo mandó torturar. Al resistirse a abdicar de su fe a pesar de ser torturado, se ordenó degollarlo. Según un relato atribuido a un tal Gualterio de Espira, la nación Siria y el mismo Dagón se convirtieron a Cristo gracias a este santo.
San Cristóbal es un personaje muy popular tanto en Oriente como en Occidente. Y su devoción ha trascendido el paso de los siglos.
Lo es en tal medida que el arte, las costumbres y la fe de los que viajan lo invocan aquí y allá. Incluso poetas considerados contemporáneos como Federico García Lorca y Antonio Machado lo han cantado con inspirados versos. Su imagen, sea esculpida o pintada, casi siempre colosal y gigantesca, decora muchísimas catedrales del mundo, como es el caso de la Catedral de Toledo en España.
Si deseas conocer más sobre San Cristóbal, te recomendamos este artículo de la Enciclopedia Católica: https://ec.aciprensa.com/wiki/San_Cristóbal.