Sep 7, 2026 | Actualidad, Malvinas, Opiniones
El análisis del Dr. César Augusto Lerena desglosa la Cadena Nacional del Presidente, revelando las contradicciones geopolíticas, los intereses petroleros y el saqueo de recursos en el Atlántico Sur.
Buenos Aires lunes 7 septiembre (PR/26)– La Cadena Nacional del Presidente Milei para referirse a los derechos argentinos sobre Malvinas es humo. Quién podría creer que Milei se ha transformado de repente en un patriota, cuando ayer mismo manifestaba admiración por Margaret Thatcher y entendía que los administradores británicos ilegales tienen derechos.
Contradicciones de gobierno y postura probritánica
El análisis del Dr. César Augusto Lerena desglosa la Cadena Nacional del Presidente, revelando las contradicciones geopolíticas, los intereses petroleros y el saqueo de recursos en el Atlántico Sur.
El gobierno actual aceptaba graciosamente que los isleños implantados decidieran sobre su futuro y su gestión no efectuaba, hasta la fecha, reclamo ni acción legal alguna sobre las múltiples violaciones por parte de los británicos de nuestro territorio insular y marítimo.

Estas actitudes violan flagrantemente la Disposición Transitoria Primera de la Constitución Nacional y la Ley 24.543. Sus escribientes, naturalmente probritánicos, han llegado a declarar insólitamente que *«las Malvinas no son ni nunca fueron argentinas»* (Sabrina Ajmechet).
Con estas posturas se desconocen por completo los derechos argentinos, su enorme potencialidad geopolítica y económica, y las Resoluciones de la Organización de las Naciones Unidas 1514, 2065, 31/49 y muy especialmente la de posguerra 37/9.
A otros adeptos, como Fernando Iglesias, se los premia con la embajada en Bruselas; en su libro *La Cuestión Malvinas* (2012) se le atribuye haber escrito que cualquier idea de soberanía argentina sobre las islas es inaceptable para él y defiende la autodeterminación de los kelpers.


Existen más de veinte declaraciones contrarias a los derechos nacionales, expresadas por dirigentes que en su gran mayoría adhieren a La Libertad Avanza. No sabemos cómo habrán de mutar ahora, agarrados del pincel, tras el paño blanco exhibido por los jugadores de fútbol luego de ganarle a los ingleses y escuchar la cambiante opinión del líder.
Un discurso con trasfondo histórico y alianzas internacionales
Sin embargo, es necesario romper el manto de neblinas que impera en Malvinas, como refiere la Marcha Patria de 1940. El mensaje presidencial es solo humo colonial y guarda un enorme parecido a las declaraciones del Vicepresidente Julio A. Roca en 1933.
En aquel entonces, al firmar el pacto Roca-Runciman, se afirmó que la Argentina era una parte integrante del Imperio Británico desde el punto de vista económico; una manifestación considerada como una humillación colonial por Lisandro de la Torre. Hoy, esa subordinación parece dirigirse hacia Estados Unidos e Israel.

Los ministros sentados a la retaguardia del Presidente funcionan como una Guardia Pretoriana con balas de fogueo. Mientras Milei dice tener su futuro asegurado por sus trabajos como mandatario, el Ministro de Economía no provee los fondos para poner en valor los puertos estratégicos.
Se admite la intervención del Puerto de Ushuaia y los subordinados económicos facilitan las operaciones de capitales extranjeros en aguas continentales, mientras se desalienta con medidas económicas la industria nacional y su radicación en el litoral marítimo.
El desmantelamiento de las capacidades estatales y defensivas
Por su parte, el Ministro de Defensa reduce drásticamente las capacidades operativas de la Armada Argentina, no aporta los recursos económicos para disponer de una flota disuasiva y empobrece de manera continua a los miembros de las fuerzas armadas.
El Ministro de Desregulación y Transformación desmantela el Estado y promueve una legislación que facilita la extranjerización de tierras, incluidas las zonas fronterizas. En paralelo, la Ministra de Seguridad no instruye a la Prefectura Naval para ejercer los controles debidos.

Falta un control efectivo sobre el transporte extranjero de mercaderías ilegales en la Zona Económica Exclusiva y las capturas igualmente ilegales sobre la plataforma extendida argentina, la cual se proyecta hasta las 350 millas marinas.
La Ministra de Capital Humano no ejecuta programas de empleo y radicación en la Patagonia, el área de menor densidad poblacional. Se desatiende el desempleo creciente en todo el país, muy especialmente en la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur.
El Ministro de Relaciones Exteriores ignora cuánta acción ilegal ha realizado el Reino Unido en el territorio insular y marítimo. Además, ha desatendido las relaciones con nuestros vecinos estratégicos: Brasil, Chile y Uruguay.
Con Brasil no se mantienen relaciones fluidas; Chile actúa como un excelente socio de los británicos; y Uruguay, con una postura indiferente, alberga el principal puerto de descarga y transbordo de la pesca ilegal en Malvinas y alta mar.
Geopolítica exterior e intereses petroleros
Es evidente que al Presidente no lo ha movido reivindicar los derechos argentinos sobre Malvinas y sus aguas correspondientes, ya que en sus dos años y medio de mandato ha demostrado lo contrario. Su objetivo parece ser servir a las necesidades de Donald Trump.
Esta estrategia busca presionar al Reino Unido por su falta de apoyo en la guerra contra Irán y el control del Estrecho de Ormuz, además de intentar lavar la imagen presidencial de cara a las elecciones de 2027 ante la opinión pública.

Los ciudadanos consideraron como una cuarta estrella el triunfo ante Inglaterra y el levantamiento de la consigna «Las Malvinas son Argentinas» por parte de los seleccionados de fútbol. Diego Armando Maradona diría que la pelota no se mancha ante transgresiones a los sentimientos nacionales.
En la Cadena Oficial, el Presidente se refirió exclusivamente a la cuestión hidrocarburífera, que significa por parte del Reino Unido una gravísima apropiación de recursos argentinos calculada en 1.700 millones de barriles de petróleo.
El impacto ambiental y el saqueo pesquero en el Atlántico Sur
Sin embargo, omitió los graves daños a la pesca por el impacto ambiental de la explotación petrolera sin control, así como los perjuicios ecosistémicos de la explotación pesquera ilegal, evidenciados en la cancelación de la campaña del calamar Loligo.
La apropiación de recursos por parte de la Corona Británica genera pérdidas económicas y sociales enormes. Según datos oficiales del gobierno ilegal de las islas, se realiza una extracción anual promedio de 250.000 toneladas mediante 201 licencias ilegales.
Desde 1976 a la fecha, se han capturado en aguas argentinas de Malvinas unos 12,5 millones de toneladas de recursos pesqueros, con una valuación estimada en cincuenta mil millones de dólares, sin evaluar utilidades comerciales finales ni impuestos evadidos.
Al margen de las exploraciones en Sea Lion por la empresa israelí Navitas Petroleum y la británica Rockhopper Exploration, existen petroleras extranjeras que violan la Ley 26.659 (Ley Solanas) operando offshore en el Área Austral dentro de la ZEEA.

Se deberían revisar urgentemente los Estudios de Impacto Ambiental presentados, los cuales, de haberse realizado in situ, demostrarían graves daños a la pesca. Es un descontrol total donde la empresa TotalEnergies opera junto a socias vinculadas al extranjero.
Acciones legales urgentes y soberanía marítima
Nos preguntamos qué hará el gobierno argentino con Israel, aliado estratégico que se apropia de nuestros recursos, y con España, que, estando asociada a empresas isleñas británicas, participa del saqueo de los recursos pesqueros.
Bastaría con que la Cancillería intime al embajador español para que los buques gallegos se retiren de Malvinas e inicie las acciones legales correspondientes para recuperar la biomasa apropiada sin habilitación según la Ley 24.922.
El gobierno nacional mantiene 1.639.900 km² de territorio marítimo e insular invadido por el Reino Unido sin tener una hipótesis de conflicto, sumado a la imposición de un Consejo de Seguridad en el marco del Escudo de las Américas.

La Cancillería ha desactivado el Consejo Nacional de Malvinas, mientras la Secretaría de Malvinas impulsa programas con la Embajada británica y las becas Chevening, promoviendo iniciativas que parecen alinear cuadros locales a intereses británicos.
A esto se suma la importación de buques construidos en España y el ingreso de buques poteros chinos autorizados a operar en jurisdicción nacional. Además, se mantiene intervenido el Puerto de Ushuaia, mientras se sospecha la cesión de una Base Naval a potencias extranjeras.Coincide con la reducción de nuestras fuerzas. La depredación por parte de flotas chinas, españolas, británicas, coreanas y taiwanesas destruye la economía nacional.

Es urgente revertir el desinterés oficial y promover campañas de consumo de pescado, que hoy registra la cifra más baja de la región con 4,8 kg per cápita/año, para reconectar a la ciudadanía con sus riquezas marítimas y soberanía nacional.
«¿Quién nos habla aquí de olvido, de renuncia, de perdón? Ningún suelo más querido de la Patria en la extensión. Rompa el manto de neblinas como un sol, nuestro ideal: Las Malvinas argentinas en dominio ya inmortal».
Primicias Rurales
Fuente: PR
Sep 6, 2026 | Actualidad, Columnas, Malvinas
Trump, Milei, Londres y Washington volvieron a poner a las Malvinas en el centro de una disputa geopolítica mayor. La oportunidad argentina es enorme, pero también el riesgo de que las islas simplemente cambien de dueño.
Por Sergio Marcelo Mammarelli
Abogado laboralista, especialista en negociación colectiva.
Ex Titular de la Cátedra de Derecho del Trabajo y Seguridad Social de la Universidad Nacional de la Patagonia.
Autor de varios libros y publicaciones.
Ex Ministro Coordinador de la Provincia del Chubut
Buenos Aires, miércoles 9 septiembre (PR/26) — La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política. Hace algunas semanas, después de aquella bandera de “Las Malvinas son argentinas” que terminó desplegada por la Selección casi por accidente, escribí una frase de la que estaba bastante convencido:
La Argentina tiene un reclamo sobre Malvinas. No tiene una política.
Después de la cadena nacional de Javier Milei, y sobre todo después de conocer lo ocurrido en Washington durante los meses anteriores, debo ponerle por lo menos un signo de interrogación.
No porque las Malvinas estén hoy más cerca de ser argentinas. No porque Donald Trump se haya convertido repentinamente en un estudioso de nuestros títulos históricos. Mucho menos porque Estados Unidos haya reconocido nuestra soberanía.
Nada de eso ocurrió. Pero ocurrió algo.
Y en política internacional, cuando durante cuarenta y cuatro años prácticamente no ocurre nada, que ocurra algo ya merece nuestra atención.
Lo primero que debemos reconocer es que ese algo no nació en Buenos Aires. Nació en Washington.
El mérito de Javier Milei fue verlo, entenderlo y decidir subirse a una oportunidad que no había creado.
La pregunta es si estamos frente a una jugada electoral brillante, al comienzo de un giro diplomático real o, quizás, frente a las dos cosas.
Y existe una tercera posibilidad bastante más inquietante: que Malvinas haya dejado de ser solamente una discusión entre Argentina y Gran Bretaña y esté empezando a convertirse en una pieza de una estrategia norteamericana mucho mayor.
Trump no improvisó Malvinas
Hasta hace pocos días podía suponerse que Donald Trump había utilizado Malvinas como una ocurrencia para castigar verbalmente a Londres.
Ahora sabemos que la historia empezó antes. En abril, Reuters reveló la existencia de un correo interno del Pentágono en el que se evaluaban posibles represalias contra aliados de la OTAN que, según Washington, no habían acompañado suficientemente a Estados Unidos durante la guerra con Irán.
Entre esas opciones aparecía algo extraordinario: revisar la posición norteamericana sobre el reclamo británico en las Falklands/Malvinas.
Es decir, Malvinas ya estaba en una mesa de análisis de la administración Trump meses antes de convertirse en una declaración presidencial.
Eso cambia bastante las cosas. No demuestra que Estados Unidos haya decidido apoyar la soberanía argentina. Tampoco prueba la existencia de un plan acabado para desplazar al Reino Unido del Atlántico Sur. Pero sí demuestra que la cuestión dejó de ser invisible para Washington.
Trump no inventó la posibilidad frente a un micrófono. La posibilidad ya circulaba dentro de su aparato de defensa. Y esta semana la hizo pública.
Por eso la grieta es más seria de lo que parecía, aunque todavía siga siendo apenas una grieta.
Trump no se hizo argentino
Conviene evitar nuestra tradicional tentación de enamorarnos de nosotros mismos.
Trump no descubrió que Argentina tiene razón. Descubrió que Malvinas podía servirle.
Estados Unidos está disgustado con Gran Bretaña y con una Europa a la que considera cada vez menos dispuesta a acompañarlo cuando Washington exige algo más que declaraciones. La guerra con Irán dejó expuesta esa diferencia.
Estados Unidos pidió compromiso. Europa pidió prudencia. Washington quería aliados dispuestos a pagar costos. Encontró muchos espectadores.
Cuando Trump fue interrogado sobre qué haría Estados Unidos ante una futura controversia por Malvinas, no garantizó automáticamente el respaldo a Gran Bretaña y confirmó que la posición norteamericana estaba siendo revisada.
Eso es mucho y es poco al mismo tiempo. Es poco porque Washington no reconoció nuestra soberanía. Es mucho porque durante cuarenta y cuatro años el principal activo estratégico británico en el Atlántico Sur no estuvo solamente en las islas. Estuvo en Washington.
No cambió todavía la política norteamericana. Pero apareció incertidumbre. Y en geopolítica la incertidumbre también cotiza.
El nuevo sheriff y la vieja Europa

Hay además una sintonía ideológica que no deberíamos ignorar.
Cuando Milei describe al Reino Unido como una potencia en decadencia no está utilizando solamente un argumento argentino contra el ocupante de Malvinas. Está hablando el mismo idioma político con el que la administración Trump viene describiendo a Europa.
En febrero de 2025, el vicepresidente J. D. Vance llegó a la Conferencia de Seguridad de Múnich y, delante de los propios dirigentes europeos, cuestionó sus democracias, sus políticas migratorias, su concepción de la libertad de expresión y su capacidad para hacerse cargo de su propia defensa.
Y resumió el cambio de época con una frase de western: “En Washington hay un nuevo sheriff en la ciudad”. No fue una ocurrencia simpática. Fue un aviso.
Estados Unidos ya no consideraba que la arquitectura transatlántica construida después de 1945 implicara obligaciones automáticas e ilimitadas. Europa debía pagar más por su defensa. Debía acompañar. Debía demostrar utilidad estratégica.
La guerra con Irán convirtió aquella advertencia en una factura. Y, de una manera que pocos hubiéramos imaginado, Malvinas terminó dentro de ella.
Milei comparte esa lectura. Su caracterización de un Reino Unido viejo y declinante frente a una Argentina que pretende convertirse en socio privilegiado del nuevo poder norteamericano no es solamente retórica malvinera. Es una toma de partido.
Milei eligió de qué lado del Atlántico quiere pararse.
¿El Escudo de las Américas también llega al Atlántico Sur?
Y aquí aparece una segunda pieza. En marzo de este año Trump reunió en Miami la primera cumbre del llamado Shield of the Americas, el Escudo de las Américas.
Argentina estuvo allí. Chile también.
El documento argentino sobre aquella reunión habló de una coalición destinada, entre otras cosas, a frenar la “interferencia extranjera en nuestro hemisferio”.
No estamos todavía frente a una OTAN americana. No existe, por lo menos públicamente, un equivalente del artículo 5, una obligación automática de defensa colectiva ni un comando militar integrado que permita afirmarlo.
Pero sí parece estar naciendo una arquitectura política y estratégica hemisférica.
Y si Washington vuelve a mirar al continente con la vieja lógica de las áreas de influencia, Argentina y Chile dejan de ser países periféricos. Son los dos países que abrazan el extremo austral de América. Entre ambos está el paso hacia la Antártida.

Del lado argentino está el Atlántico Sur. Y enfrente están las Malvinas.
Entonces las piezas empiezan a conectarse: Trump. La ruptura con parte de Europa. El enojo con Londres. El Pentágono. El Escudo de las Américas. Argentina. Chile. China. La Antártida. Las rutas marítimas. Y Malvinas.
No afirmo que exista un plan secreto que una automáticamente todos esos puntos. Sería periodísticamente irresponsable.
Digo algo distinto: los acontecimientos empiezan a mostrar una coherencia estratégica que sería igualmente irresponsable ignorar.
Milei vio la ventana
Tengo profundas diferencias con Javier Milei. Las escribo todas las semanas. Precisamente por eso no voy a negarle un acierto cuando lo tiene.
Milei vio la ventana. Y actuó.
Anunció medidas contra las empresas vinculadas a la explotación de hidrocarburos en el área de Malvinas, endureció el discurso frente al desarrollo de Sea Lion, prometió acelerar la Base Naval Integrada de Ushuaia y presentó todo aquello como el comienzo de una política más agresiva de defensa de nuestros intereses en el Atlántico Sur.
Una cosa es decir “Las Malvinas son argentinas”. Otra muy diferente es preguntarse: ¿Qué podemos hacer para que mantener la situación actual sea más caro?
La primera es una declaración. La segunda empieza a parecerse a una política.
La paradoja: Milei descubre a Cristina
Pero aquí aparece una deliciosa paradoja argentina. Buena parte de lo que Milei presentó como endurecimiento no nació con Milei.
El decreto publicado después de su discurso se apoya expresamente en la Ley 26.659, sancionada durante el kirchnerismo, y en el régimen que fue construido durante aquellos años para perseguir administrativamente la exploración y explotación de hidrocarburos en Malvinas sin autorización argentina.
El nuevo decreto designa a Cancillería como autoridad de aplicación, obliga a los organismos nacionales a informar posibles infracciones y establece procedimientos y plazos más rápidos para investigar y sancionar.
Es decir: Milei no destruyó la política anterior. La desempolvó, la aceleró y decidió utilizarla.
No lo digo como crítica. Todo lo contrario. Quizás estemos viendo, por una vez, aquello que tantas veces reclamamos y casi nunca hacemos: una política de Estado.
El presidente que construyó buena parte de su identidad política prometiendo terminar para siempre con el kirchnerismo terminó descubriendo que, para enfrentar a Gran Bretaña, algunas herramientas creadas durante los gobiernos kirchneristas podían ser útiles.
La grieta tiene estas ironías. Y quizás la madurez consista precisamente en eso: que un gobierno sea capaz de utilizar una buena herramienta
creada por el adversario sin sentir que por hacerlo se convierte en el adversario.
El petróleo cambió todo
El verdadero reloj no está corriendo en Washington. Está debajo del Atlántico. Sea Lion. Pesca, hidrocarburos, posición estratégica, proyección antártica.
Las Malvinas dejaron hace tiempo de ser una simple reliquia colonial. Son un activo.
Reuters informa que Sea Lion contiene recursos estimados en alrededor de 1.700 millones de barriles y que sus operadores, pese a las nuevas medidas argentinas, sostienen por ahora que el cronograma del proyecto no cambia.
Ese último dato es importante. Nos obliga a medir la eficacia real y no la eficacia discursiva.
Las sanciones argentinas pueden aumentar el riesgo jurídico, financiero, asegurador y comercial para quienes participen. Pero no han detenido el proyecto. Todavía.
Por eso Argentina no debería limitarse a sancionar a quien perfora. Tiene que conseguir que financistas, aseguradoras, proveedores, transportistas, inversores y eventualmente compradores tengan que calcular cuánto cuesta participar de una explotación que nuestro país considera ilegal.
Eso sería transformar soberanía en política económica.
Y también nos obliga a aceptar una realidad incómoda: cada barril que salga de allí no será solamente petróleo. Será tiempo comprado por los británicos. Y tiempo perdido por nosotros.
La base que todavía no existe
La Base Naval Integrada de Ushuaia merece un análisis bastante menos romántico.
En términos estratégicos tiene sentido. Si Argentina se define como país bicontinental, pretende proyectarse sobre la Antártida y reclama un papel central en el Atlántico Sur, resulta absurdo que Malvinas sea solamente una carpeta de Cancillería.
Necesitamos presencia marítima, logística, científica, pesquera, antártica, naval y comercial. Hasta allí, ninguna objeción.
El problema empieza cuando abandonamos el PowerPoint y preguntamos cuánto cuesta. Una base naval no se construye con soberanía declamada. Se construye con dinero. Y el Estado argentino atraviesa una restricción fiscal severa.
La recaudación de agosto creció 33,5% nominal interanual, pero algunos componentes directamente vinculados con consumo, actividad y empleo mostraron una dinámica bastante menos exuberante frente a la inflación.
Al mismo tiempo, el Gobierno continúa haciendo del equilibrio fiscal el centro de toda su política económica.
Entonces la pregunta no es si una base naval en Ushuaia sería conveniente. La pregunta es si existe presupuesto, cronograma, financiamiento, capacidad militar concreta y decisión de sostener durante años una obra multimillonaria.
Hasta que esas respuestas aparezcan, la base tiene algo de bengala. Se dispara. Ilumina todo el cielo. Produce una imagen extraordinaria.
El problema es descubrir qué queda cuando se apaga.
El golpe electoral
Naturalmente que existe política electoral. Milei no descubrió Malvinas en un monasterio. Está haciendo política.
Y encontró probablemente uno de los pocos asuntos capaces de hablar simultáneamente con un libertario, un peronista, un radical, un militar, un excombatiente y alguien que no quiere saber absolutamente nada con ninguno de ellos.
Malvinas sigue siendo uno de los escasísimos lugares emocionales comunes de la Argentina. Utilizarlo electoralmente puede resultar cuestionable.
Pero existe una diferencia entre utilizar electoralmente una política correcta y fabricar una política incorrecta exclusivamente para ganar una elección.
La prueba será sencilla. Si después de la cadena nacional aparecen diplomáticos, abogados internacionales, economistas, Defensa, Cancillería, Tierra del Fuego, presupuesto, legislación y una estrategia de veinte años, había una política.
Si aparecen solamente encuestas, spots y discursos, había una elección.
El peligro de enamorarnos de Trump
Los argentinos ya cometimos una vez un error parecido. Fue en 1982.
La dictadura creyó que su relación con Washington, su anticomunismo y su colaboración con la estrategia norteamericana en América Latina impedirían que Estados Unidos terminara alineándose con Gran Bretaña.
Sabemos cómo terminó.
Por eso sería imperdonable repetir, aunque ahora sea diplomáticamente, aquella fantasía.
Estados Unidos no se convirtió en nuestro aliado contra Gran Bretaña. Washington está utilizando la cuestión Malvinas dentro de una discusión mucho más amplia con Londres y Europa.
La diferencia parece pequeña. Es gigantesca.
Pero existe una segunda verdad. Que Trump quiera utilizarnos no significa que nosotros no podamos utilizar la oportunidad que Trump abrió.
Bienvenidos a la política internacional adulta. Los países no tienen amigos eternos. Tienen intereses.
La oportunidad y el precio
La apuesta de Milei puede ser extraordinariamente inteligente. Insertar la reivindicación argentina dentro de una reorganización hemisférica liderada por Estados Unidos puede alterar una ecuación que durante cuatro décadas permaneció congelada.
Pero toda alianza con una gran potencia tiene una pregunta que generalmente los países pequeños olvidan formular:
¿Qué quiere a cambio?
Estados Unidos mira hacia el sur y no ve solamente una bandera argentina. Ve China. Ve la Antártida. Ve rutas marítimas. Ve minerales. Ve hidrocarburos. Ve comunicaciones. Ve bases. Ve un corredor estratégico que dentro de veinte años probablemente valga bastante más que hoy.
Y ve, además, un archipiélago administrado por una potencia europea en un hemisferio sobre el cual Washington vuelve a utilizar un lenguaje que creíamos archivado con la Doctrina Monroe.
Por eso la oportunidad es enorme. Y el riesgo también.
El verdadero problema somos nosotros
Gran Bretaña tiene una ventaja formidable sobre Argentina. No son solamente sus submarinos. No son sus aviones. Ni siquiera es la OTAN.
Es el tiempo.
Londres sabe esperar. Nosotros cambiamos de estrategia cada cuatro años.
Un gobierno seduce a los isleños. El siguiente los ignora. Uno busca Washington. Otro busca Beijing. Uno endurece. Otro negocia.
Y Gran Bretaña espera.
Por eso el verdadero éxito de Milei no consistirá en conseguir una declaración de Trump. Consistirá en algo muchísimo más difícil:
Que el próximo presidente argentino continúe una política útil iniciada por Milei aunque lo deteste, del mismo modo que Milei acaba de utilizar instrumentos legales creados por gobiernos a los que detesta.
Eso sí sería una revolución argentina. No ideológica. Institucional.
¿Y si las Malvinas cambian de dueño?
Existe finalmente una pregunta que me resulta bastante más incómoda que todas las anteriores.
Nada de esto hubiera ocurrido sin Donald Trump. No fue Milei quien abrió la grieta. Fue Washington.
Y ahora sabemos que tampoco fue solamente una ocurrencia presidencial.
Meses antes de que Trump pronunciara públicamente la palabra Malvinas, dentro del Pentágono ya se analizaba revisar la posición norteamericana como instrumento de presión sobre Gran Bretaña por su comportamiento durante la guerra con Irán.
Al mismo tiempo, Trump construye su Escudo de las Américas, una nueva arquitectura hemisférica en la que Argentina y Chile ocupan inevitablemente un lugar estratégico en el extremo austral del continente.
Entonces aparece una pregunta bastante menos simpática.
¿Qué está viendo Estados Unidos cuando mira las Malvinas?
¿Una injusticia colonial que finalmente decidió reparar?
Permítanme dudarlo. Probablemente esté mirando otra cosa. China. La Antártida. El Atlántico Sur. Las rutas marítimas. El petróleo. Los minerales.
Quizás Trump no esté descubriendo que las Malvinas son argentinas.
Quizás esté descubriendo que son americanas.
Y entre ambas afirmaciones existe un océano.
Por eso debemos aprovechar esta extraordinaria coincidencia de intereses. Sería absurdo no hacerlo. Pero jamás debemos confundir el interés norteamericano con el interés argentino.
Tal vez el problema no sea que Milei esté entregando Malvinas a Estados Unidos. Eso sería una simplificación absurda.
El problema es bastante más sofisticado: que para recuperarlas necesitemos de una potencia que acaba de descubrir cuánto valen.
Hace unas semanas preguntaba quién sostendría nuestra bandera si algún día Londres aceptaba negociar.
Después de estos días tengo otra pregunta. Muchísimo más incómoda.
Durante casi dos siglos reclamamos que las Malvinas dejaran de ser británicas. Tal vez por primera vez una potencia capaz de modificar ese equilibrio parece dispuesta a incomodar seriamente a Londres.
Magnífica noticia. Ahora asegurémonos de entender por qué.
Porque después de casi dos siglos sería una ironía demasiado cruel que finalmente consiguiéramos que las Malvinas dejaran de ser británicas…
para descubrir que solamente estaban cambiando de dueño.
Fuente:Sergio Marcelo Mammarelli
Primicias Rurales